Acabamos de celebrar en la
Unión Democrática de Pensionistas
y Jubilados de España, UDP, nuestra XXVIII
Asamblea General. Se trata de un encuentro anual
donde la organización se toma el pulso,
se intercambian ideas y opiniones y se conversa
con los compañeros de toda España.
Otra de las cosas que hacemos cada vez que celebramos
una asamblea es dar la bienvenida a las asociaciones
que se han incorporado a la organización
durante ese año. En esta ocasión
han sido más de 30 las nuevas asociaciones
incorporadas en toda España.
En mi condición de presidente nacional
tengo que viajar con frecuencia por el país
y da gusto comprobar que en los pueblecitos
más remotos, en los lugares más
recónditos existe un letrero en algún
local con las siglas de UDP.
En estos tiempos de individualismo exacerbado
es reconfortante comprobar que el movimiento
asociativo de mayores está tan vivo.
Y es tan útil a la sociedad. Me comentaba
un amigo de Castellón, que gracias a
las convivencias con otros pueblos que organizan
desde su asociación, se han estrechado
importantes lazos de amistad entre comunidades
vecinas que estaban enfrentadas desde hace tiempo
no se sabe bien por qué; esa dichosa
herencia cainita que nos persigue a los españoles
haciéndonos pelear hermanos contra hermanos
permanentemente.
Los amigos de Burdeos, Francia, están
peleando desde hace varias legislaturas para
que se reconozcan los años que trabajaron
antes del final de la guerra, pues no se les
computan para su pensión al no tener
la mayoría documentos que justifiquen
esos años trabajados. Y el vicepresidente
de la asociación de Laussane, en Suiza,
me contaba que allí cuidan muy bien a
la gente mayor, proporcionándoles rentas
complementarias cuando sus pensiones son muy
bajas.
Los amigos de Tenerife quieren ampliar la oferta
de viajes fuera de las Islas para sus mayores,
porque les cuesta un dineral salir de allí.
En cambio los de Melilla están contentos
con la ayuda que les proporciona el ayuntamiento.
En Logroño piden a sus autoridades competentes
un local nuevo para la asociación, porque
son ya más de 1.500 asociados y hay demasiado
trajín para tan poco espacio. En Castilla-La
Mancha y en Galicia se hace hincapié
en incrementar las redes de apoyo en los ámbitos
rurales y desde Valladolid nos piden ordenadores
y cursos de formación.
Cada territorio tiene sus carencias, cada localidad
sus necesidades. Pero lo que es claro es que
los mayores disponemos de una inmejorable red
asociativa para canalizar nuestras demandas
a las administraciones competentes, aunque en
muchas ocasiones hagan oídos sordos.
Acabamos de celebrar unas elecciones y me hubiera
gustado que a la hora de confeccionar los diferentes
programas se nos hubiera tenido en cuenta. Pocos
piden nuestra opinión, a pocos interesan,
pero todos se pelean por nuestros votos.
Qué ocasión mejor que ésta
para que los políticos de uno u otro
signo hubieran puesto en práctica lo
que proclaman siempre que tienen oportunidad:
“queremos que los mayores participen activamente
en la construcción de la sociedad”,
“la aportación de los mayores a
la sociedad es un elemento indispensable del
que no podemos prescindir, bla bla bla, bla
bla bla...” ¿Quién mejor
que nosotros para exponerles nuestras inquietudes,
nuestras necesidades, nuestras preocupaciones?
¿Cómo quieren resolver nuestros
problemas si no nos preguntan?
La política debería ser el cauce
para dar solución a los problemas de
los ciudadanos pero a veces pienso que Woody
Allen tenía razón cuando decía
que “la vocación del político
de carrera es hacer de cada solución
un problema”. Señores políticos,
hagan su trabajo, cumplan con los compromisos
adquiridos y, aunque les parezca anacrónico,
respeten la palabra dada.
No incidiré en un tema en el que coinciden
casi todos los partidos. Se trata de la necesidad
de aumentar la cobertura de atención
sociosanitaria. Hacen falta más plazas
en residencias, más centros de día
y más servicios de ayuda a domicilio.
Y lo ideal, aunque parezca utópico, es
que el mayor pudiera elegir el lugar en donde
pasar sus últimos años de vida.
Con el sistema actual, en muchas ocasiones a
los mayores los envían a la residencia
que tiene una plaza libre, sin tener en cuenta
si la residencia en cuestión esta a 15
o a 50 kilómetros de los domicilios de
sus hijos o familiares cercanos.
A menudo esto supone romper del todo los lazos
familiares y dificultar grandemente la posibilidad
de que la familia visite al mayor con más
asiduidad. Los mayores sabemos quiénes
serán las personas que nos visitarán
más frecuentemente si ingresamos en una
residencia, y esa información debería
ser relevante a la hora de asignar destino a
un solicitante de plaza.
Uno de los problemas que más sufren
muchos mayores es el de la soledad. No me refiero
a las personas que escogen vivir solas, sino
a aquellas que llegan a esa situación
arrastrados por las circunstancias vitales.
Viudas y viudos sin hijos o con poca relación
con ellos y personas con problemas de movilidad.
Es cierto que se han ampliado los servicios
de ayuda a domicilio y teleasistencia, sobre
todo en las grandes ciudades, y es un avance,
pero también es cierto que un buen número
de las llamadas a estos servicios son para poder
hablar con alguien, simplemente para charlar.
Las redes de apoyo social en nuestro país
son escasas.
Los programas de voluntariado, -costosos de
gestionar y complejos en su ejecución-
deben ser promocionados mucho más por
las distintas administraciones. Porque son,
hoy por hoy, la única alternativa que
se ofrece a miles de mayores que, gracias a
la compañía y el apoyo de los
voluntarios, han superado el enorme vacío
que acompaña a la soledad no deseada.
Y es responsabilidad nuestra, de las asociaciones
del tercer sector, generar nuevos programas
de apoyo y ser capaces de ponerlos en marcha
para romper las barreras que separan a muchos
mayores de este país con el resto de
la sociedad. Me estoy refiriendo a programas
de intercambio generacional y a programas de
integración.
Por último, quiero pedir a nuestros
gobernantes de hoy y de mañana que multipliquen
sus esfuerzos para reducir la brecha digital
existente entre los mayores y otros grupos de
edad. Internet y las nuevas tecnologías
pueden ser una herramienta muy útil que
nos ayude a superar o a paliar en parte problemas
tan graves como la soledad o la incomunicación,
a la vez que un instrumento imprescindible para
la modernización de las diferentes redes
asociativas en las que trabajamos.
La gente mayor vamos a votar. Sabemos del privilegio
que disfrutamos porque durante muchos años
no hemos podido hacerlo. Y ocho millones de
votos dan para mucho. Ténganlo en cuenta
señores políticos.