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Publicaciones / Concurso-1ºPremio

  V Concurso Literario UDP


 1º Premio



LA INAGOTABLE PEDAGOGÍA DEL QUIJOTE
LEMA: EL YELMO DE MAMBRINO
AUTOR: ÁNGEL GABRIEL LAS NAVAS PAGAN

Sábete, Sancho, que no es un hombre más que
otro, si no hace más que otro.

Cervantes, capítulo XVIII de la
primera parte del Quijote

Que duda cabe que la pedagogía del Quijote es inagotable y valedera para todos los tiempos y naciones. Miguel de Cervantes, que tanto supo de esfuerzos y adversidades, tuvo lo que se dice una conciencia universal, un profundo conocimiento de las miserias y grandezas de los seres humanos. Entendía que el hombre moral no puede gozar los privilegios de su fortuna, caso de tenerla, si advierte que los demás se hunden en la menesterosidad. El hombre moral, si es que realmente quiere demostrar que lo es - se advierte en el pensamiento cervantino --, reparte entre los demás, aunque no haya restitución ni premio, pues sabe que su humanidad es soluble en el tiempo, que sólo queda de ella el alcance y la dimensión de sus obras, y nadie puede sentirse bien sin su íntima aprobación.

Desde hace cuatrocientos años que Cervantes lo engendró para su singularísima novela, Don Quijote ha viajado desde las inmensas llanuras de la región manchega hacia todas las naciones del universo mundo. No hemos de olvidar que el Caballero de la Triste Figura, como también era llamado, fue un esforzado y audaz combatiente contra todos los desafueros que iba encontrando, lo cual le convirtió en un símbolo, en un ideal que siempre pervive en la conciencia de la sociedad. Le apedrearán los galeotes, porque los galeotes, como escribió don Miguel de Unamuno, apedrean siempre a quienes los liberan, a los que rompen sus cadenas, y precisamente por esto -insiste Unamuno--, porque el libertador termina apaleado en la mayor parte de los casos, su misión resulta tan triste e insólita, aunque, sin duda, imprescindible para que la humanidad no se desintegre en sus propios desafueros y desventuras.

Está bien demostrado que los seres humanos necesitamos mitos para alimentar nuestras esperanzas, para no caer en los inmensos vacíos que los vaivenes de la vida sitúan a nuestro alrededor. Esa es la principal utilidad que la lectura del Quijote nos proporciona. Don Quijote queda grabado en la memoria de sus lectores, admirado y seguido en sus aventuras y descalabros, que Cervantes narra de manera insuperable. De ahí que la fama del libro y de su autor saltaran pronto las fronteras de España y portasen al ambiente social de los países donde la novela iba siendo traducida, una especial filosofía. La filosofía del hombre nuevo, dimanada del Renacimiento, de las teorías erasmistas, de las que Cervantes era un gran admirador. "Yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro o la dorada como suele llamarse", dirá Don Quijote en el capítulo XX de la segunda parte.

Porque Don Quijote, como todo personaje procedente de una esencial genética literaria, desde el comienzo al final de sus inefables andanzas resulta, en definitiva, una intensa simbiosis de humanismo y espiritualidad, de amor a la vida y de generosidad en la manera de ofrecerla cuando el caso así lo requiere. Don Quijote entiende que los soldados y caballeros andantes de su tiempo eran algo parecido a ministros de Dios en la tierra y brazos por los que se ejecutaba la justicia. De ahí la importancia de los consejos que dará a Sancho Panza cuando se preparaba a hacerse cargo del gobierno de la ínsula Barataria: "Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue pasión propia en la causa ajena; que los hierros que en ella hicieres las más veces serán sin remedio, y si le tuvieren, será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda".

Por esta actitud ante la vida, por disponer de un altruismo nacido de su propia nobleza, Don Quijote se ha doblado en infinidad de hombres y servido de ejemplo permanente a los demás, sirviendo de orientación a la sociedad en momentos difíciles. El Caballero de la Triste Figura sabía bien que "hacer bien a villanos es echar agua en el mar", pero las órdenes de la andante caballería anteponían a cualquier otra actitud hacer el bien, socorrer a los débiles, a quienes necesitaban de la justicia, sin mirar más allá de estas premisas y necesidades. Cervantes había conocido la vida desde todos sus ángulos y perspectivas y sabía que el gran déficit que arrastra la humanidad desde sus primeros andares es precisamente ése, el desamparo de los menesterosos, la tremenda orfandad de aquellos que padecen los mordiscos de la pobreza, que no constituye ningún tipo de deshonor, pero sí una inmensa desgracia.

Resulta curioso observar cómo la sociología del Quijote ha trascendido a todos los sistemas de pensamiento del mundo moderno. El prototipo quijotesco ha desbordado todos los pronósticos y se ha situado como paradigmático de una realidad a la que siempre aspiramos. Con la diferencia de que Cervantes pone en el camino a su personaje sin importarle las enormes dificultades que habrá de superar y sabiendo que lo único que de verdad se va a conseguir, continuamente, es la derrota, al escalofrío de la mofa y la soledad, pero sabiendo que es más importante el camino que la posada, más reconfortante para el espíritu el deseo de alcanzar la victoria que la victoria misma, que siempre es cosa que termina desvaneciéndose en el tiempo.

Años y leguas
Pido prestada la frase a Gabriel Miró. Años y leguas. Y pienso en la edad que tenía Don Quijote en los días en que decidió convertirse en caballero andante. Cervantes nos dice que frisaba los sesenta años. Muchos para aquellos tiempos. Para un hidalgo de La Mancha rural, aquello podría ser la vejez, el ir despidiéndose, poco a poco, del amor y de la vida. También, por entonces, Miguel de Cervantes se aproximaba a eso que hoy llamamos la tercera edad, el sexenio, pues había nacido en 1547. Atrás quedaban muchos caminos recorridos, muchas leguas amortizadas. El autor y su personaje, el tiempo ido y el tiempo por llegar. Pero todo lleno de vibración, de esperanza, de emprender nuevas aventuras, de aportar a la sociedad las nuevas ideas que germinaban en el ingenioso hidalgo de ficción y en el primer prosista de la lengua española.

Cervantes venía de librar mil batallas por aquel fabuloso mundo que gobernaba Felipe II desde el monasterio de El Escorial. Batallas casi todas ellas perdidas, aunque sólo en apariencia; porque el escritor no dejaba de mirar hacia delante, de ir engendrando nuestra obra más universal, de conocer más plenamente el corazón de los seres humanos. Podrían los reveses de su vida privarle de la fortuna, pero nunca los deseos de llevar hasta el fin sus más caros proyectos. Entendía Cervantes que el futuro no s otra cosa que huir del pasado, la dimensión esencial de la vida, la tierra prometida de cada uno. Y el Quijote fue su tierra prometida, los espacios de la realidad que su inteligencia y su imaginación alumbraron para siempre, pues si difícil es saber de dónde venimos, mucho más lo es orientar nuestros pasos hacia delante.

Por otra parte, no hemos de estar de acuerdo con quienes entienden y afirman que Don Quijote ni el Quijote pertenecen a la realidad, sino que son vibraciones y refulgencias de la fantasía literaria de su autor, caudales del río fecundo de su talento narrativo. Don José Ortega y Gasset escribió en sus "Meditaciones del Quijote" que el ingenioso hidalgo manchego constituye una arista entre los mundos de la realidad y de la fantasía, pero que si se nos dijera que pertenece íntegramente a la realidad no deberemos ponerlo en duda, pues sólo haríamos notar que con Don Quijote entraría a formar parte de lo real su indómita voluntad, la cual se halla argumentada en una decisión, la decisión de la aventura. Para Don Quijote, como para Cervantes, la vida tiene su fundamento en la aventura: la aventura de mejorar los niveles sociales y morales de la sociedad de cualquier tiempo y país. O sea, que lo que para Don Quijote y Sancho es aventura, posteriormente para Persiles y Segismundo será peregrinación, que no quiere decir exactamente lo mismo.

La figura de Don Quijote permanece inmutable a través de los tiempos, encarnando el gran desasosiego de la esperanza que toda sociedad anhela convertir en realidad; y también es una permanente sugerencia para que sigamos la trayectoria del idealismo y la poesía de acuerdo con nuestros medios y posibilidades. Cervantes viene a decirnos que toda contribución al bien común es meritoria, no importa el alcance de la misma, del mismo modo que el egoísmo y la soberbia producen el caos y la desolación. Otra de las lecciones que nos llega del Quijote consiste en comprender que acaso la verdadera sabiduría sea aquella que nos lleva a pensar que tal vez sea más real lo que podía haber sido y no fue, pero que renueva de continuo nuestras ilusiones, pues difícilmente puede haber viento favorable para quienes no saben a dónde van.

La sociedad española a través de los personajes del Quijote
Sucede que los personajes del Quijote no son sólo sujetos literarios sobre los que el autor ha montado la ficción de la gran novela. Eso es evidente, pues a través de ellos Cervantes nos muestra una panorámica realmente fidedigna de la sociedad española de los siglos XVI y XVII. En primer lugar, su estructura piramidal: arriba están los reyes; abajo, labriegos, pastores, arrieros, criados y otros representantes del pueblo llano; en medio se sitúan, en distintos niveles de una sociedad muy estratificada, varios escalones de la nobleza. Tres son los monarcas citados en la obra, y múltiples las referencias a ellos, aunque cada uno tome protagonismo en función de la historia que aparece en determinado momento. Los mismos monarcas bajo cuyo reinado transcurrió la vida de Cervantes: Carlos I y su hijo Felipe II resuenan en el relato del capitán cautivo en relación con las contiendas navales en el Mediterráneo frente a los turcos. Y Felipe III como el rey que decretó la expulsión de los moriscos, que el Quijote registra ampliamente por medio de la historia de Ricote, Ana Félix y su familia, o las acciones del Duque de Alba, los Villahermosa, don Fernandino de Velasco, etc.

El cuerpo de la nobleza se repartía entre caballeros ricos, hidalgos en apuros y escuderos que vivían al servicio de un señor. La nobleza aparece en su más fiel retrato en las acaudaladas figuras del duque Ricardo (padre de don Fernando, seductor de Dorotea y de Luscinda, y probable trasunto del Duque de Osuna); y en los duques aragoneses en cuyo castillo se alojan Don Quijote y Sancho durante un cierto tiempo, siendo agasajados y burlados por ellos, e identificados por algunos como los de Villahermosa. En ambos casos el comportamiento de los nobles resulta bien poco ejemplar, pues los duques, por ejemplo, viven ocupados todo el tiempo en fiestas, cacerías y burlas de dudoso gusto, que provocan con su desidia el malestar y las quejas de sus propios súbditos.

La servidumbre numerosa es uno de los capítulos esenciales del gasto ostensible que caracteriza a la nobleza. Entre los servidores de los duques hay, en efecto, dueñas, doncellas, lacayos, mozos y pícaros de cocina, pajes, mayordomo, maestresala, y un clérigo paniaguado que, alejado de los servicios eclesiásticos ordinarios, ejerce actividades impropias de su condición: "Un grave eclesiástico destos que gobiernan las casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida por la estrechez de sus ánimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables".

Todo panorama social e histórico de la España de los Austrias que se refleja en las páginas del Quijote, tanto en lo que se refiere a los personajes de ficción como a los tomados de la realidad. Cervantes contempla los síntomas claros de una decadencia que avanza inexorablemente por las arterias de España, aunque hace hincapié en los rasgos de la grandeza de los seres humanos, mostrada siempre que acecha el peligro colectivo. Y también en esa admirable sencillez del pueblo llano reflejada en la figura de Sancho Panza, uno de los personajes mejor cortados de todas las literaturas.

De aquel tiempo y de todos los tiempos es la pedagogía del Quijote, inagotable tanto en su aplicación inmediata como en sus continuas reflexiones sobre el devenir de los conflictos humanos. Cervantes sabía que la historia, por lo general, la protagonizan los héroes, los hombres y mujeres geniales, pero también miraba con gran respeto y admiración a los que la padecen, a las gentes de las que no se guarda memoria y termina devorando el paso de los años, y aconseja modestia en el comportamiento de los poderosos, sobre todo a Sancho antes de ser gobernador de la ínsula Barataria: "Mirad, Sancho, que tal vez, viéndoos gobernador no os acordéis de la madre que os parió". Mas no fueron necesarios tales consejos, dado que el fiel escudero era sencillo como el mundo rural que tanto amaba y sabio como la propia naturaleza: "Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho discreto" le llamará Don Quijote como premio a su admirable conducta.

Lema: El Yelmo de Mambrino