VIENTO SOLANO
AUTOR: JAVIER ANTONIO GOMEZ NANCLARES
Los carpinteros estaban dando los últimos martillazos al local donde se iba a celebrar el juicio. Se trataba de un gran pabellón dedicado a caballerizas. En su parte llana se estaba dotando de un estrado, bancos de tablas corridas y mesas toscas para jueces, fiscales y letrados. Después de muchas deliberaciones, se había elegido Puerto Lápice para tan singular ocasión. En uno de los laterales, cubierto de hierbajos, se conservaban unas cuadras que darían cobijo a las bestias y animales diversos. Desde muchos días antes del juicio estaban llegando titiriteros, charlatanes de feria, frailes de diferentes confesiones y putas con vestimentas multicolores. Cuando sólo faltaban dos días, hicieron su aparición alguno de los demandantes. Así, se pudo ver y tocar, a Sancho Panza acompañado de su mujer Teresa sobre los lomos de su jumento. Una carreta tirada por dos bien criados bueyes, trajo al pueblo al Barbero acompañado del señor Cura. El Ventero se presentó en el pueblo con su mujer y su jija del brazo, detrás de ellos y como es de buena justicia, su criada Maritones. La víspera del juicio hizo su aparición entre enorme expectación y algarabía de mozuelos y amas de cría, Don Quijote de la Mancha sobre un Rocinante enjaezado y marchoso. No a mucho, rodeada de un séquito de labradores de teces quemadas por mil soles, apareció la incomparable Señora Dulcinea del Toboso. Por no hacer pesado el escrito, diré qué: llegaron todos los que tenían que estar y aún llegaron con tardanza la bellísima Zoraida con su esposo "El Cautivo". Todos al verse de nuevo reunidos se abrazaron con grandes muestras de contento.
El gentío entraba en la sala obsequiándose con insultos, empujones y mamporros. Para entonces, ya se encontraban en el interior los artífices de esta no mediana industria. El reo que iba a ser juzgado estaba encorsetado de grilletes. Colgado del cuello un letrero decía: Miguel de Cervantes Saavedra. A sus flancos, dos cuadrilleros de la Santa Hermandad, lo miraban ferozmente. El juez gritó ¡Silencio! Y todos los presentes comenzaron a vociferar. Las mujeres gritaban a los niños, los hombres a las mujeres, los demandantes a los abogados y estos al fiscal. Fuera, Rocinante y el jumento entonaron un dueto seguido por un coro de cabras, ovejas, perros y diferentes animales, que por haber, los había en gran número. Por fin, una cavernosa voz se abrió camino entre semejante zafarrancho: ¡Hágase el silencio o juro por las santas epístolas que saco mi espada y no dejo títere con cabeza! Todos miraron al Caballero de la Triste Figura y callaron.
-Proceda vuestra merced - dijo el juez al fiscal.
Alonso de Pata Fría - que así se llamaba el fiscal -, miró al reo, carraspeó y empezó su perorata:
¿Qué tenemos ahí? - señaló el banco donde estaba el acusado-. Un escritor ¿Y qué es un escritor? Yo os lo diré... Se trata de un ser que raya la herejía.
El rumor de los congregados subió hasta la techumbre esparciéndose como una nube amenazante. Cuando hubo vuelto el silencio, continuó Alonso de Pata Fría.
-Un escritor cree ser Dios Todopoderoso. A su antojo roba haciendas; destruye honras, miente, manipula, resucita muertos y mata vivos. Crea hijos y luego los abandona sin pan ni consuelo. Si no sabe qué hacer con ellos, los asesina. Yo demostraré qué el llamado Miguel de Cervantes, al crear Don Quijote de la Mancha, arruinó vidas y manipuló al hidalgo Quijada o Quesada o Quejana, que lo mismo me da, aquí presente. Nos lo presentó como un hombre sin juicio y sin fuste cuando en realidad era solamente un lector confundido con las patrañas de otros escritores tan culpables como él.
El aludido hidalgo se puso en pie gritando:
-Cuando se cansó de mí, me mató sin pedirme permiso, eso sí, me dio una muerte cristiana para salvarse él.
Las risas de la multitud apagaron el tronar de Don Quijote. Desde un banco alejado, la Señora Dulcinea del Toboso miró angustiada a su valiente caballero.
Al poco, Rocinante quebró las maderas carcomidas de su improvisada cuadra, entrando en el local del juicio seguido por el jumento, las cabras, los galgos, las mulas, bueyes y demás animales que no cuento por no sobrepasar los ocho folios concedidos. Cuando pastores, cabreros, boyeros y otros oficios pastoriles consiguieron desalojar la sala de cuadrúpedos, el fiscal continuó:
-Bien es verdad que Don Miguel de Cervantes fue un valiente soldado, aún perdiendo un brazo, fue capaz de seguir luchando contra los moriscos, pero no es menos verdad que pisó cárceles por hacer industrias encaminadas a llenar su bolsa vaciando la del erario público, y aún estuvo implicado en un asesinato nunca aclarado...
-Bueno ya está bien de pláticas - sentenció el señor juez-. Pegando con una maza de roble sobre la mesa. Si vuestra merced sigue contando la vida y milagros del acusado, mucho me temo para mí, que nos darán los dulces de Navidad de este año y quizás los del próximo. Llame vuestra merced a los demandantes para que digan lo que tengan a bien decir, o no decir, que sería lo mejor para todos viendo el percal que apoya sus posaderas en las pulcras maderas.
-¡Qué suba al estrado la señora de Sancho Panza! -ordenó el fiscal.
Cuando Teresa Panza o Teresa Cascajo, que por ambos apellidos atendía, se encaramó a donde el fiscal ordenaba, miró al acusado y sin más preámbulos dijo:
-¡Oh Señor! Que mi casa arrancaste a lo que más quería, ya no tanto por su talento, que no era mucho, sino porque era el sostén de la familia. No conformándote con llevarte a mi marido, también me arrancaste de casa a nuestro burro, sin importarte el hambre que hubieran de pasar una mujer sola y dos hijos menores. Tres veces regresó Sancho a casa, las tres con la panza vacía, que sólo en llenársela hubo que gastar los ducados agenciados en no sé qué montaña, además de los pagados por su señor. El borrico salió de casa en carnes y llegó de sus viajes en huesos, sin apiadarse vuestra merced dél, y concederle un solo día de buen yantar. Condenaste a mis hijos Sanchico y Sanchica a vivir sin un padre que buen consejo pudiera darles en la edad de necesitarlos. Por vuestra culpa mi hija Sanchica o Mari Sancha, que da igual y lo mismo, no pudo contraer matrimonio en su tiempo y deseo con Lope Tocho, hijo de Juan Tocho, mozo de colores compuesto y de carnes apretadas. Si alguna cosa buena he de decir en vuestro favor, hela aquí -: mi adorable Sancho salió borrego y regresó ilustrado, pero de eso no se llena la olla.
Cuando Teresa Panza o Teresa Cascajo o Teresa a solas si fuera menester llenas la bolsa hubo callado, nadie en la estancia osaba abrir la boca de lo doloridos que quedar hicieron. No bien se reincorporaba a su lugar la señora, que así había quedado, Sancho se acercó a ella y le dio un beso en una oreja que fue muy celebrado por la concurrencia. De las cuadras llegó a oírse un interminable rebuzno des asno de los Panza.
-Los siguientes en prestar declaración serán los Venteros, su hija y Maritones... la criada de todos - dijo el que tenía que decir.
-Yo no entiendo muy bien el porqué se me dio mal trato - habló el ventero-. Hasta llegar a mi venta el Caballero de la Triste Figura o Don Quijote de la Mancha, el infierno lo confunda, reinaba la estrechez en mi industria pero nunca la locura. Ahora no tengo ninguna duda de que el señor Cervantes no creó con la malsana intención de darnos mal pago.
-Recuerda marido que nos deben dinero - dijo la Ventera en grito en boca.
Las palmas y el pataleo inundaron de ruidos infernales el pabellón destinado a juicios y locuras. De nuevo, los animales irrumpieron en la sala acompañándose de rebuznos, ladridos, mugidos y una catarata de músicas sin director. Era tal el desconcierto, que el juez siendo magistrado, no acertaba a distinguir desde donde se encontraba quienes eran de cuatro patas y quienes de dos.
Esta vez, Don Quijote ordenó a Rocinante que saliera de inmediato, y todos los animales salieron sin hacer ruido alguno siguiendo al rocín.
- Les iba diciendo que decía que nos creó...
- Tú no dices nada, que ahora me toca a mí - dijo la ventera.
- Señor Cervantes: vos convertisteis mi hacienda en un manicomio con algunos cuerdos; pero, los cuerdos tengo para mí que estaban peor que los locos, así qué mi industria sale mal parada y peor pagada de sus sueños. Cuando buscaba un rincón para meter a sus hijos los metía en mi venta, y así, ya tenían un sitio donde holgar. En su favor tengo que decir y lo digo; que me trató con cortesía y buenas maneras, pero me pagó con moneda blanda y descastada. A mi hija la dejó pasar sin pena ni gloria, lo que viniendo de vuestra merced es cosa de agradecer. En cuanto a mi criada asturiana Maritones, dijo de ella, ser fea y peor encarada, y por si quedaba algo peor que mencionar, tiró su virtud por los suelos de la venta y encima de los huéspedes. Lo dicho, aquí queda dicho.
Tomó por el brazo a su marido y a su hija y saludaron a la concurrencia con la genuflexión muy aplaudida. Mientras tanto, Maritones se acerco al señor Cervantes y le dijo con voz apaciguada:
-Vos podía haberme dado un papel de princesa y me lo diste de puta mal pagada.
Al estrado se empinaron el Cura, el Barbero, llamado rapador o rapista y en algún momento señor Bacía, el Oidor, el Canónigo, El Caballero de los Espejos, el Cautivo, Zoraida, Dorotea y así hasta quinientos o más, ya que fueron difíciles de contar, y que si los contara rebasar haría con creces este relato. Diré, que algunos acusaron al escritor y otros, los menos, estuvieron contentos con el papel asignado. Cuando todos fueron oídos era sábado por lo que se aplazó la vista hasta el lunes, ya que es de buen cristiano reservar el domingo por la mañana al Señor y por la tarde a los amores mundanos. Para entonces quedaban por testificar la señora Dulcinea, el señor Sancho Panza y Don Quijote de la Mancha el de La Triste Figura.
Salió Don Quijote montado sobre Rocinante en busca de descanso y sosiego. A su lado montada sobre un caballo blanco iba radiante Doña Dulcinea del Toboso. En una carreta retrasada a prudente distancia, los criados portaban las viandas que nunca deben faltar en amores deseados y luengos tiempos esperados. Llegaron ambos a un prado verde de altos árboles y frondosa sombra por donde discurría un río de aguas cristalinas y alegres sonidos. Descendió el Caballero de su corcel, se llegó hasta la bella Señora, y tomándola del talle la posó sobre la hierba con gesto delicado y sentido. Tomados de la mano recorrieron un estrecho camino hasta llegar a un claro adornado con chirivitas de colores blancos y rojos.
Los dos se miraron con miradas de profundo amor y respeto. Acercaron sus labios y se besaron con besos de sabor a distancia e incomprensión. Al fin estaban juntos y ahora sería para la eternidad. Pasaron minutos, quizás horas, antes de que Don Quijote el Caballero de los Leones dijera a su amada:
-¡Oh! Mi dulce Señora, que triste ha sido recorrer una vida sin poder veros. Cuantas súplicas he elevado al cielo para que se cumpliera este deseo. Ha tenido que llegar un humilde emborronador de cuartillas para darnos la felicidad. Felicidad que nos hurtó el escritor que nos lanzó al mundo. Sepa vuestra Majestad, que eso sois para mí, que todos los momentos de mi vida os tuvo en mi pensamiento, que nunca embracé mi lanza ni empuñé mi espada sin encomendarme a Dios y a vos. Juro que nunca otra mujer hubo en mi vida y tampoco en mi pensamiento.
A lo que contestó la Señora Dulcinea del Toboso:
-Yo siempre he esperado este momento pues mi razón me decía que vos, valeroso Caballero, erais el dueño de mis amores y mis suspiros. Hasta mí llegaron trovadores y valientes guerreros vencidos por vos para rendirme pleitesía y decirme lo mucho que me amabais. Siempre esperé veros llegar, pero no nos ha sido concedido ese sublime deseo hasta este momento. Ahora permaneceremos unidos por siempre.
-Dejemos a nuestros tórtolos viviendo su amor, y veamos el dialogo que mantenían Rocinante y el rucio de Sancho Panza, en un prado cercano.
-Yo -decía Rocinante-, vine al mundo en un establo de Ruidera. Mi padre fue un jumento delgado y altivo, mi madre suna yegua de pocas carnes y muchos huesos. Los dos fueron vendidos a un ganadero de Villamanrique según me contaron. Al quedarme solo, mi amo me dedicó a tirar de un pequeño carromato para diversión de su hija Casipilla. Cuando llegué a ser adulto, dada mi figura, se me reservó para el alquiler, y así un día iba para Malagón y al otro para Guadalmez. Un buen día se presentó en la hacienda un caballero de planta flaca e ideas estrafalarias ofreciendo unos reales por mí. Mi amo, qué no sabía cómo perderme de vista y de pienso, me vendió en menos que cuesta una ave maría. El resto ya lo sabes amigo rucio.
El rucio permaneció pensativo, si pensar puede uno de su claro, y contesto:
-No te quejes de tu suerte, pues tienes un nombre por el que se te conocerá por siempre, mientras que yo siempre seré conocido por asno, rucio y genéricos endilgados a mi condición. Digo para mí qué el que me parió pudo darme un nombre como Rayo, Lucero, Pancín u otro que a su gusto fuera. Por lo demás me quejo a medias, pues si comer hice mal y palos recibí a contento, no es menos cierto que mi dueño Sancho Panza me quiso con gran afecto y hasta lloró cuando fui robado por el maligno Gines de Pasamonte.
-No me hables de palos, amigo rucio, pues sabes que yo he sido molido de éstos, sin faltarme cantazos, mandobles, y cuanto mi entrecuerdo amo ansí recibiera.
La llegada de un mozo de cuadras hizo enmudecer a los cuadrúpedos, no fuese éste a salir gritando: ¡milagro! ¡encantamiento! Pues es de viejos sabido: que cuando los humanos no entienden algo, lo resuelven en sangrantes luchas.
La tarde iba cayendo, cuando El Caballero de los Leones y la sin par Dulcinea del Toboso se deshicieron del abrazo que los había mantenido unidos y convertidos en uno solo, eso sí, dentro de los límites que la Santa Madre Iglesia encontraba convenientes. Al poco, les llegó una música pegadiza y celestial que de los cielos parecía bajar. Se acercaron al claro, y pudieron escuchar la mayor banda de músicos que la historia recuerde. Los que tan maravillosamente arrancaban aquellos sonidos celestiales pararon en su menester cuando vieron a la pareja de enamorados, luego, su mandamás, dijo:
-¡Oh, inigualables Señores! Hemos sido convocados para acompañaros junto a los caballeros que esperan a la salida de este jardín dando fe de vuestro amor y mayor gloria.
Y así, de esta guisa, hicieron su reentrada en Puerto Lápice, Doña Dulcinea del Toboso y el Caballero de la Triste Figura, también llamado el Caballero de los Leones. Dicen que nunca se vieron tantos tamborinos; rabeles, laúd, vigüelas, flautas, salterios, alboques, panderos, sonajas, chirimías y dulzainas.
El lunes entró pasado el domingo, y llegados a este tiempo se reanudo la vista contra Don Miguel de Cervantes Saavedra, siendo de mucho peso y enjundia los testigos o acusadores que quedaban por declarar o acusar, pues éstos eran tres y muy principales de la historia. Así qué con la venia del juez, se llegó hasta el estrado Sancho Panza, no sin antes tropezar hasta con la mesa del acusado, lo que fue motivo de la primera chirigota del día y prometía no ser la última.
-Proceda -dijo el juez-, y procure ir al grano dejándose de pláticas que nada ha de aclarar y sí mucho estorbar.
-De cuna de labriegos vengo, escudero he sido y a labriego he vuelto. "Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano." Se me prometieron ínsulas que gobernar; pero gobernador sólo fui diez días de la ínsula Barataria. Parecióle darme mucho a maese Cervantes, y ya que me dio ínsula, me quito yantar. Yo me quejo y digo: Don Miguel de Cervantes me trató de forma inconsiderada y simismo persona desas sin fuste y alongado de conocimientos. He sufrido mucha hambre, he recibido muchas puñadas, frío, sed y cientos de perrerías que alargarían mi descurso hasta las estrellas; pero, ¡oh hi de puta! Lo que no te perdono es el manteo que me dieron tus criados en la venta entre las risas y fiestas de todos los congregados. Así mesmo, téngolo para mí, que alejaste al Caballero de la Triste Figura de la venta para que no pudiera socorrerme. No parecióle poco este castigo, que también en la segunda parte me castigaste con tres mil y trescientos azotes menos cinco en mis posas, con el cuento de que la señora Dulcinea estaba encantada por Merlín. No quedó conforme, y me llovieron nuevos zarandeos en la galera que flotaba en mares de Barcelona. ¡Válame Dios, cuanta injusticia! Así digo a vuesa merced: el que siembra vientos, recolecta tempestades; adonde las dan, allí las toman; en chica cama y en largo camino se conoce el buen amigo; cacarear y no poner huevo, cada día lo vemos...
-¡Cállese vuestra merced, o lo mando encarcelar! - gritó el juez.
Las frutas y hortalizas salieron disparadas en todas las direcciones sin saber nadie cómo terminaría semejante desenfreno. A un fraile que estaba en el banco más alto le impactó una bosta de vaca en el rostro, saliendo gritando ¡A mí el Santo Oficio!
Luego de mucho tiempo, se llegó hasta donde estaba el acusado; la sin par, la única, la adorada por los dioses, la venerada por el Señor de los Leones... Doña Dulcinea del Toboso.
Vestida en azul raso, se cubría la cabeza y hombros con una estola rosa ribeteada con piel cibelina. Un grueso collar de oro, del que colgaba un crucifijo en oro y perlas, daban un realce imponente a la Señora. Por primera vez, el silencio hacía daño cuando doña Dulcinea habló de esta manera:
-No seré yo la que arroje ninguna acusación sobre don Miguel de Cervantes. No obstante he de decir; que no es de cristianos tener en espera a una dama durante largos tiempos sin conocer a su Caballero, para luego no permitir el encuentro. Nunca hasta ahora, que y conozca, nadie se atrevió a poner a dos amantes sobre la faz de la tierra para condenarles a no conocerse y amarse. No me ha importado que se me trate de campesina basta y de baja condición, porque, esto, no es ninguna ofensa, por el contrario, es motivo de felicidad. Sí que quiero agradecer al escritor el haberme tratado de honrada y honesta, sólo por esta causa, se merece mi perdón, el cual otorgo.
Fuertes aplausos y vivas acompañaron el discurso de la Señora Dulcinea del Toboso. Cuando descendía para tomar asiento en su banco, Don Quijote la tomó del brazo en actitud de Caballero Andante.
-Ahora, tomará la palabra el Caballero de los Leones. Antes, el Caballero de la Triste Figura. También; Don Quijote de la Mancha, y al principio; hidalgo Quijada o Quesada o Quejana, que esta industria nunca la dejo clara el que le trajo al mundo -dijo el juez con mal avío.
Tomó la palabra el susodicho caballero y largó lo que sigue:
-Mis primeras palabras sean para mi amor único y por siempre: Mi señora Dulcinea. Al señor escritor le digo: Tu pluma me convirtió unas veces en loco y otras en cuerdo, y para mí tengo, que quisiste dejar escrita tu vida, tus miserias y tus virtudes, amparándote bajo mi figura de caballero andante. ¿Por qué ¡oh ingrato!, no nos permitiste un beso de amor a la señora Dulcinea y a este humilde Quijote? ¿Por qué, si tanto te dimos, con tan mala moneda nos pagaste?
Todos escuchaban guardando silencio. Algunas mujeres lloraban sin sonarse los mocos. Rocinante y el rucio, relincharon con sentimiento humano. Don Quijote recorrió con su mirada la estancia hasta encontrar los de Dulcinea, le hizo un guiño y continuó:
-Soy desfacedor de agravios, enderezador de entuertos, amparo de doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas. Quede éste desfacido, y vuelva el escritor a sus tintas, los actores a sus teatros y los señores a las plateas; los campesinos a sus campos, los venteros a sus ventas, los duques a sus castillos, los encantadores a sus cuevas, y así, todos, a las mientes de Don Miguel Cervantes Saavedra.
-Amén - contestó el juez.
De entre la abigarrada multitud alguien gritó:
"¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote de la Mancha! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes"
Un coro de relinchos aplaudió las alabanzas. Los que miraron con ojos de querer ver, vieron a: Rocinante, Bucéfalo, Babieca, Billadoro, Bayarte, Frontino, Bootes, Orelía, Clavileño, Paladión y el rucio de Sancho, volar con alas de sueños.
Dicen los vecinos de La Mancha:
Allí en el cielo, junto a las estrellas, se pueden ver en noches claras, cuando sopla suave el viento solano, unas estelas: Son las de la señora Dulcinea del brazo de don Quijote; también las de Sancho con Teresa; los Venteros, el Cura, el Barbero, el Bachiller Carrasco, los Duques...