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Publicaciones / Concurso-3ºPremio

  V Concurso Literario UDP


 3º Premio


EL AMOR PROFUNDO DE TERESA PANZA
AUTOR: MANUEL TERRIN BENAVIDES

A la caída de la tarde, camino del Verrón, amazona ella a lomos del burdégano, la hija, pie con pie, la iba reprendiendo mientras avispaba a la bestia.

El último año, madre, que te traigo al cementerio, el último... Estás perdiendo el sentido del ridículo.

El día de Todos los Santos, machacona, autoritaria, Sanchica tuvo que llevarla desde el Verrón, viejo caserío donde trabajaba la familia desde la muerte de don Quijote, hasta el cementerio del pueblo, malhumorada, a regañadientes, mientras ella iba repitiendo por el camino que la pérdida de la pareja es lo mismo que dejar de ser.

El día de Todos los Santos bizarreaba por el sagrado recinto una gente muy pulida, como cuando se va de fiesta, rivales en honrar a sus fieles difuntos con el mejor ramo de flores, el más caro. Las tapias, cortando luz donde la nada se espesa, arropaban el encuentro de parientes, de amigos que se veían de año en año. Allí hablaban las mujeres de vestidos, de pompas, del último chisme local... y los hombres quedaban citados para la noche, en éste, en aquél mesón, como si entre los muertos se sintieran más vivos todavía.

Hay quien llevaba ya varios tragos de tintorro dentro del cuerpo y enhebraba comentarios festivos de velatorios, de los muertos más guapos, de los más feos que habían conocido en ellos, de las viudas fieles, de las doncellas andorreras...

La tumba de don Quijote, hidalgo tenido en todo el lugar por loco sin prerrogativas, también era manantial de comentarios jocosos.

A Teresa Panza, torpona, encorvada por el bombardeo de los años y el sol de la llanura, pocos la creían con temperamento suficiente para el espectáculo que estaba protagonizando delante de la tumba de Sancho, causa de risas indiscretas, un bochorno para la moderación de la hija.

.- Eres malo, Sancho, no me llamas....- alzaba la voz entre cipreses afilados como remordimiento.- Me prometiste que me llamarías y no me llamas, Sancho.

.- Baja la voz, te lo ruego.- le recomendaba Sanchica.-; padre ya no existe, compréndelo, la tierra se lo traga todo.

.- Hablo como quiero, puñetas, por si los muertos están sordos... llámame, esposo mío, no seas mal hombre, que necesito descansar a tu lado. ¿No te da pena la pobre Teresa?

.- Madre, por favor...

.- El mejor del mundo eras, cómo podría olvidarte. Siempre, cuando octubre, a la feria me subías, y a canutillos me invitaban, y a buñuelos de viento... Hasta el pellejo te hubieras arrancado para dármelo, Sancho, hasta el pellejo. ¿Quieres que Teresa Panza olvide esas atenciones? Nunca, nunca.

.- Más bajo, madre, la gente ríe.

Ni una sola noche llegaste borracho a casa, ni una noche siquiera, más bueno tú que nadie, que cuando estaba malucha me hacías purgantes con hierbas del ermitaño, o cocías manzanilla bastarda, con tus manos propias, bendita sea la madre que te parió. Ojo no pego pensando que ahora estás ahí, en ese rincón oscuro, tan frío, tan silencioso, que no sé cómo puedes, tanto que te gustaba el chachareo, Sancho.

.- Madre, madre... Tienes que comprender que los muertos, todos nos dicen adiós y se marchan muy lejos.

.- Déjala que se desahogue, Sanchica, déjala.- intervino una mujer regordeta, de rostro bonachón, con un ramo de gladiolos sostenido en el pecho.- Yo te comprendo, Teresa, yo sé lo mucho que os habéis querido, que hasta del vino pasaba por comprarte una saya, unos zarcillos, cualquier chuchería, siempre contigo como una reina.

.- Sólo una faena me hizo en la vida, Librada, amiga mía, una sola: morirse.

Nunca la anciana comprendería que dentro de aquel hueco no quedaban oídos para escuchar lamentos, apenas unos huesos maltratados, una manera opaca de estupor, unas órbitas como tristeza inmóvil donde sólo cabe la resignación. No, no lo entendía, jamás quiso entenderlo.

Después del día de Todos los Santos, cuando el sol sobre las paredes del Verrón era sonrisa abierta y los pájaros nadaban en el viento, o cuando la lluvia oscurecía el horizonte, o cuando el cielo besaba con labios de gelatina, Teresa extendía los ojos hacia los arañones de las cañanas, hacia las cumbres, esperando que en cualquier momento, desde cualquier punto, se elevara cariñosa la voz de Sancho Panza.

Durante las fiestas de un lejanísimo octubre vino el amor, dulzona ella, discreta, fuerte el muchacho, socarrón, con mucha retórica, y desde entonces habían sido una existencia duplicada.

.- Era muy bueno, Sanchica, bueno, bueno, bueno.- le repetía a la hija siempre que aquella intentaba arrancarle la congoja del corazón.- ¿cómo puedo olvidarlo?

Porque Sancho había sido bueno, por eso; no por guapo, ciega nunca estuvo, ni por simpático, aunque derrochaba simpatía, por bueno.

Acaso alguna gente viera monótona la vida de la pareja, siempre recluidos en El Verrón, destartalado caserío de la llanura manchega, al servicio de hidalgos que vivían en el pueblo y apenas los visitaban, pero era un error. Azucenas que le trajera en la capacha después de la jornada, ver anidar a los abejarucos en los paredones del camino, contemplar costaneras con olor a tomillo, trigales anegados de luz, la fiebre de los surcos..., todo engendraba plenitud, borbotones de vida.

.- Te casarías con otra si yo me muero antes, Sancho... Con otra te casarías.

-¿Quién, yo?-

Y eso ella quería escuchar. No lujos, no ínsulas, no comodidades, eso sólo: dueña, siempre del corazón de Sancho, jornalero del campo, escudero de un loco tiempo atrás, el hombre más bueno del mundo, el más cariñoso, el que le traía tallos de amaranto porque el amaranto también se llama flor de amor.

- ¿Y si eres tú quien se marcha primero, Sancho?

.- Te doy una voz, agarras la marrilla y te vienes conmigo a...donde sea.

.- ¿Seguro que después...?

.- Seguro, Teresa, seguro. ¡Pobres almas nuestras si la muerte no fuera principio de algo!

Después del día de Todos los Santos, todavía más viva chapoteaba en su espíritu la fecha del adiós. Noche oscura era, lluviosa, cuando a Sancho Panza se le atrancó el corazón para siempre. Los gritos histéricos de la nueva viuda traspasaron el contorno del caserío, derramando lágrimas como agállaras de roble. Cuando se llevaron el cadáver al pueblo, para el velatorio y el entierro, el paso le seguían muchos campesinos del Verrón, de las haciendas próximas y ella, a veces delirante, desesperada siempre, llenaba todo el llano con su desconsuelo.

Mucho alivio recibió de familiares, de amigos, hasta de los amos, presentes en casi todos los sencillos actos fúnebres. Luego, después de las despedidas, un fantasma negro Teresa Panza parecía.

.- Tu voz, compañero, tu voz - hablaba a solas, ¿Ya no recuerdas que me lo prometiste?

.- Tienes que entenderlo, madre - la sermoneaba Sanchica-; los muertos no hablan, no tienen garganta.

.- El, sí; ya veréis cómo me llama un día de estos, ya lo veréis. Tú, hija, lo hablado: de los ahorros, de ahí los gastos. Me enterráis bajo su misma piedra, eso quiero, con los nombres de los dos: el suyo, primero; el mío, más abajo.

.- Sí madre, eso haremos.

Eso, pocos días después, hicieron.

A primeras horas la habían encontrado, junto a Sancho, una mañana fría, desapacible, cuando el invierno cubre el sol con tallos de niebla, como si el día de Todos los Santos, meses antes, ella hubiese comprendido que aquella sepultura estaba incompleta.

La escarcha, espuma dura sobre el cuerpo, le daba imagen de ángel dormido, pero estaba muerta. Lope Tocho, esposo de Sanchica, quiso levantarla del suelo y a la anciana le crujieron todos los huesos.

La tarde anterior a la madrugada del triste suceso - de madrugada, seguro, tuvo que haber sucedido -Teresa Panza, en completo silencio, había abandonado El Verrón. Sanchica, su esposo, también otros campesinos, la anduvieron buscando por los alrededores, desde el anochecer, hora tras hora, sin pegar ojo, cansados, confusos, con mechones de paja encendidos, temiendo un accidente, que se hubiese despeñado, torpona, por cualquier barranca.

.- Por aquí no miréis más, - dijo alguien- ; los perros ya la habían olfateado.

Sanchica, con un pánico en el rostro parecido al que precede a las ejecuciones, fue la primera que cayó en la cuenta:

- A ver si...

Y allí estaba.

Nadie comprendía cómo una mujer tan vieja, de ojos débiles, reumática, había podido llegar desde El Verrón hasta el cementerio del pueblo, avanzando, casi todo el tiempo de noche, por atajos y senderos de ovejas, pero lo hizo y allí la encontraron, acurrucada a los pies de la piedra de Sancho, con el alma fría, compartiendo el silencio profundo de los muertos.

Lope Tocho la sostenía entre los brazos, tembloroso, y Sanchica la sacudía la escarcha del cabello, del vestido, de los pies helados como de muchacha pequeña.

-¿Quién iba a pensar esto? - mascullaba, con voz entrecortada, el hombre.

.- Yo sí, ya ves- le respondió Sanchica - horas antes de que escapara del caserío, contenta, coquetuela, estuvo comentado, mientras rastrillaba con mimo los cadejos del cabello, que ya había escuchado la voz.