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  V Concurso Literario UDP


 3º Accesit


EL QUIJOTE DEL ASILO
LEMA: CANDELERIA
AUTOR: FRANCISCO RUIZ DE LA CUESTA

- Te hablaré, amigo mío, del proyecto que me fascina, antes que la noche venga y nos confinen en los aposentos.
- Me tiene a vuestras órdenes, que he sido siempre buen bedel y he conocido a señores de alta alcurnia a los que he servido con humildad y paciencia.
- La cena será ya. Procura sentarte en una mesa apartada para que mi propuesta no sea escuchada por oídos inquisidores.
- Presto estaré a que vuestra merced me indique todo lo que trae entre manos.

Llamaron al ofertorio. Siempre a la misma hora. Las normas del asilo, rígidas y acuarteladas. La disciplina era férrea y las hermanas y ayudantas imponían todo a rajatabla.

- ¿Por qué no se sienta en su mesa, Rodrigo?
- Proseguía un relato de la guerra civil que estaba terminando de contar a don Anselmo, hermana.
- Ya sabe que cada uno debe ocupar su mesa. Con los variados regímenes nos podemos equivocar.
- No hay motivos con nosotros. Somos cuerpos gloriosos en cuanto a no tener azúcar, ni colesterol. Sólo poca sal en las comidas, por eso de la retención de líquidos, la tensión y los kilos de más, hermanita.
- Cállate, Rodrigo, y apremia a sentarte, que lo que tengo que referirte es urgente y grave.
- No me asuste, mi señor don Anselmo, que no está la noche para lobos.

Sirvieron la sopa de todas las colaciones y la verdura rehogada. Luego, una pieza de fruta.

- Come despacio, Rodrigo, que luego te quejas de los vientos inoportunos.
- - Vuestra merced tiene razón. Seré parco en el masticar y pondré atención en escucharle.

Don Anselmo miró a su alrededor, hasta percatarse de no ser oído por las vigilantes hermanas.

- Rodrigo, ¿estás contento en el asilo?
- No. Me arrinconé en este convento al quedarme solo.
- Yo también. Como sabes, quedé sin nadie y esta fue la salida oportuna de tener alguna acogida, después de jubilarme de la Diputación de Ciudad Real... Pero echo de menos mi libertad, el poder volver a mis lugares queridos, a esa Mancha de mi amor perdido, a esos lares de aventuras sin fin donde fui feliz y complacido.
- No ha de decirme, señor don Anselmo, que animáis a mi humilde persona a que os acompañe en lo que hablamos ayer.
- Tú lo has dicho, mi leal amigo.
- ¿Cuándo, mi señor?
- La señal será tomada y la contraseña te la comunicaré muy pronto. Quería estar seguro que me acompañarías.
- No lo dude vuestra merced... Desde que lo conocí siendo bedel de la Diputación, donde usted trabajaba, siempre lo acompañé por pueblos y pedanías de Ciudad Real.
- La cena, como siempre, una bazofia.
- ¡Cuánto echo de menos los guisos de mi Gertrudis! La pobre, que en paz descanse, siempre se quedaba corta en el condumio.
- Lo mío, querido Rodrigo, era peor... Tan acostumbrado estaba a los "Duelos y Quebrantos"; al "Atascaburras", "Los Galianos", también llamados "Gazpachos Manchegos"; los "Morteruelos"; "Pistos"; las "Perdices Escabechadas"; "Ajopuerco"; las "Migas", las "Gachas"... "Las Bodas de Camacho", el "Cordero Asado", los "Quesos"... Mi suegra y mi mujer, de Sevilla, repetían las "Frituras de Pavía"; "Gazpacho Andaluz", en frío; "Tagarninas" y otras hierbas, y, siempre, muchas aceitunas aliñadas, que así tengo el estómago, acostumbrado a manjares exquisitos de la tierra noble de La Mancha, con esas "Tortas de Manteca" de Albacete; esos "Suspiros" de La Roda y los "Miguelitos"; los "Bizcochos Borrachos" de la Alcarria; los "Mazapanes" de Toledo; el "Alajú", las "Bizcochás" y los "Mostachos" de Cuenca, ¡Gloria bendita!.
- Me está poniendo vuestra merced el paladar que ni las siete lagunas de Ruidera juntas... Y aquí solo hay una manzana.
- Razones tengo, querido compañero de armas, para volar de este castillo-prisión, que es el asilo, y volver a la tierra de promisión para deleitarnos con los molinos de Alcázar de San Juan, Consuegra, Mota del Cuervo, Criptaza; las ventas y sus venteras; los castillos de Belmonte, Consuegra, Alarcón; los "Chorros" del Río Mundo; las plazas de Tembleque, Almagro, Tomelloso, El Toboso; las tabernas de Argamasilla de Alba, Villarrubia de los ojos, Membrilla, Socuéllamos, Villarrobledo; los vinos de tinajas de Valdepeñas; los quesos de Puerto Lápice... ¡Cuantos recuerdos y regustos perdidos!
- Pero si el reencuentro es bueno, la dicha al recuperar tanta gozada será mucho más placentera.
- Comamos la manzana como si de mazapán se tratara.
- Iluso caballero que me trastorna las entendederas con sus proyectos aventureros. ¿Se lograrán, don Anselmo?
- Pongo a Dios por testigo que no pasará más de una semana sin que se hagan realidad mis planes de auto soberanía, de huída, acoso y derribo en la tierra santa de promisión que es La Mancha, mi patria, donde nunca debí marcharme, aunque "dos tetas sevillanas tiran más que dos carretas", -el dicho tuvo la culpa-, que luego fueron fuegos fatuos y al final "polvo eres y en polvo te convertirás"... Y aquí solo, abandonado de todos, encerrado en este asilo porque los que quedan de mi familia se han olvidado que existo... Y luego, lo de mi enfermedad.
- No se ponga triste, vuestra merced, que el proyecto es bueno, aunque muy difícil para su escudero... Hay muchas lagunas en mis entendederas...
- Ahora, en la sobremesa, en el salón de tertulias, le contaré el gran proyecto de evasión.

Se levantaron despacio. Arrastraban los pies, para dar más pena de su aparente discapacidad física.
- Aquí hay dos sillones.
- Buen rincón para conspirar, amigo Rodrigo.
- Las hermanas, unas, estarán recogiendo, y, otras, en la oración.
- ¡Qué cenamos antes que los pájaros, caray!
- Y nos levantamos al alba, con lo bien que se está en el lecho. ¡Esto no lo llevan bien las beatas!
- Soy todo oídos, don Anselmo.
- Mucho me temo que pondrás mil inconvenientes, Rodrigo.
- Veremos, mi señor. Confieso a vuestra merced que estoy en ascuas.
- No lo pienso más. No lo demoro... Mañana será el día. Aprovecharemos el amanecer. Cogeremos las llaves que guarda la hermana portera. Luego, iremos a la estación. El primer tren para Alcázar de San Juan. He depositado una carta, que luego firmaremos, donde explico nuestra decisión, nuestra renuncia y nuestro abandono voluntario del asilo.
- ¿Y el dinero?
- A buena fe que no confías en tu señor... Tengo una cartilla de ahorros guardada desde hace años. Y en el forro de mi chaqueta hay billetes bastantes para el tren y viandas alimenticias.
- ¡Alabado sea Dios por tanto empuje de caballero andante, valiente y aventurero! La gente manchega es honrada, arrojadiza, "echá pa lante".
- Pernoctemos pronto, que hay que madrugar. No te olvides de meter la ropa que puedas y la manta enrollada, dentro de las sábanas, simulando que dormimos.
- ¿Y nada de equipaje?
- Los documentos de identidad. Con ellos basta.

Aún era de noche cuando las llaves del convento-asilo eran introducidas en la cerradura.

Salieron raudos y veloces. Pequeño y rollizo, don Rodrigo; macilento y ojeroso, don Anselmo.

Un "Correo" procedente de Barcelona se aproximaba a la estación, con rumbo a La Mancha y Andalucía. Próxima parada, Alcázar de San Juan, donde se pregonaban las ricas tortas.

- Será lo primero que degustemos en La Mancha.

Soñolientos. Gente mohína por los andenes.

- Confieso a vuestra merced, señor don Anselmo, que esto me gusta.

- Y a buena fe que te gustará más cuando lleguemos a Argamasilla de Alba. Cogeremos el primer autocar de viajeros que salga para Tomelloso y Argamasilla. Allí nos instalaremos, de momento, en una pensión. Lo tengo todo planeado. Y empezaremos nuestro recorrido por La Mancha: Hasta Puerto Lápice, camino de Despeñaperros, para volver a El Toboso, Campo de Criptaza... Recorreremos Almagro, Daimiel, Consuegra, Villanueva de los Infantes, Tembleque, Belmonte, Villarrobledo, La Roda, Ruidera...

- Es nuestra ruta soñada, don Anselmo.

- No saldremos de Castilla-La Mancha, porque no quiero estar lejos de mis raíces... Se acerca mi hora, querido compañero...

- No me asuste, vuestra merced, ¿qué hora?

- La de la Verdad infinita, donde tendré que atravesar el túnel del tiempo y del recuerdo.

- A todos nos llegará, don Anselmo.

- Pero antes, vamos a alquilar un cacharro viejo para nuestro periplo por estos lares de La Mancha y luz, vid y azafrán, quesos, vinos y navajas, como mandan los cánones de los buenos manchegos.

- Yo propongo, mi buen don Anselmo, que desayunemos unas buenas migas con café con leche.

- Bien pensado. Y unas copitas de "Resoli", como lo hacen en Cuenca.

Alquilaron un coche "Fiat" del año 1954. Don Anselmo todavía tenía su carnet, pero sin renovar.

- Si pasa algo, ya lo explicaré.

Iniciaron su viaje por carreteras secundarias, parando en cada venta, ventorrillo o antiguas posadas.

Pueblos y ciudades; molinos de viento o castillos; tablas y lagunas; cuevas y patios hermosos; palacios e iglesias. Don Anselmo se llevaba minutos ensimismado. Luego, decía a Gregorio:

- Lo estoy cumpliendo. Mis últimos deseos eran venir a La Mancha para empaparme de su gloria; ver su estilo, estirpe, su presencia amable, como estas llanuras de vid y trigo, el cuerpo y la sangre del Señor.

- ¿Comemos, don Anselmo?

- Claro que sí. No sólo de ver y admirar vive el hombre.

Aquél fue un recorrido por toda la gastronomía manchega. No hubo lugar donde no apuraran condumios típicos y bebidas generosas, exquisitas.

Hasta que:

- Volvamos hacia Argamasilla de Alba, nuestro pueblo. No tengas agobio, amigo Rodrigo, porque todo te lo dejo. Podrás vivir con desahogo hasta el fin de tus días.

- ¿Por qué habla así vuestra merced, señor don Anselmo?

- No te lo he dicho nunca, pero los médicos en la última revisión pusieron caras de pocas esperanzas. Les espeté a que me dijeran la verdad. Y me lo confirmaron: El tumor pulmonar estaba muy extendido. No se podía operar. Quizás unos meses de vida... Por eso estamos aquí... Me estoy despidiendo, amigo Rodrigo, de mi Mancha inmensa. Aquí nací y aquí quiero reposar, ¿me entiendes?

- Confieso a vuestra merced que he estado metido en una gran ignorancia. Yo no sabía nada...

- Y a buena fe que ha sido mejor así. Y conviene, y es menester, que nadie lo sepa... Llama al médico y al sacerdote.

Gregorio sale a las calles de Argamasilla de Alba. El atardecer pone ribetes de arreboles en las nubes que pasan.

Antes de llegar a la iglesia, se para y recuerda aquella frase de la inmortal novela: "Abre los brazos y recibe a tu hijo, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que, según me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse pueda".