Cuando el visitante penetra en el corazón
de Compostela por alguna de sus plazas –Toural,
Galicia, Cervantes…– mostrará
la mirada sorprendida al milagro de sus piedras
florecidas a sus vetustas fachadas y cresterías,
torres, gárgolas y chimeneas; mientras
cada hora resuenan las graves campanadas de
la torre Berenguela, que recuerda al visitante
que el tiempo es oro petrificado en la Plaza
del Obradoiro, plata en la de Platerías,
y azabache en la Azabachería: esa calle
en la que los artesanos del más duro
y delicado carbón labran sus plegarias.
Y es que Compostela es una invitación
a adentrarse en el mundo de los sueños
interpretados en piedra por los viejos maestros
de la cantería, fundidos en una conjunción
de estilos donde el románico y el barroco
constituyen la suprema religión de
su granito.
Camine, pues, sin prisa por las calles que
circundan la catedral; esas rúas que
llevan a la Quintana de Vivos y de Muertos;
a San Martín Pinario; al legado renacentista
de Fonseca y del Hospital Real; al neoclasicismo
del pazo de Raxoi o al barro. Si así
lo hace, el viajero soñará Compostela
como la soñó el Maestro Mateo
cuando, en el siglo XII, labró las
esculturas de esa joya del románico
que es el Pórtico de la Gloria, o como
la soñó Ferreiro con sus bellos
retablos; o Andrade y Sarela, con sus casonas
y residencias hidalgas en las rúas
bulliciosas de Nova y de Vilar.
Pero no hay pausa para la sorpresa si el
visitante se introduce en el Pazo de Xelmírez,
el monumento románico civil más
importante de España, situado en el
lateral izquierdo de la catedral; o se dirige
después a San Domingo de Bonaval, donde
quedará sorprendido por su triple escalera
de caracol, o a la Colexiata de Sar. Todo
ello, junto a otras tantas maravillas descubiertas
si el paseo es nocturno a la luz de las farolas,
hacen de Compostela una ciudad que habita
en la leyenda y en la historia.Es su herencia.
Un testigo que arranca del medievo cuando,
junto a Roma y Jerusalén, se convierte
en centro de peregrinación cristiana
en Occidente. Mas el poso de los siglos no
ha impedido jamás que Santiago conserve
la vitalidad de las ciudades más cultas,
lúdicas y atractivas. Algo que está
unido a su omnipresente Universidad.