Durante el mes de diciembre en el corazón
de la geografía española, extensos
campos se tiñen de rojo como queriendo
insuflar algo más de vida a un paisaje
que con la llegada del invierno se apaga lentamente.
Esta exhibición cromática sin
igual tiene lugar a los pies de la serranía
conquense, donde se difuminan los contornos
de la tierra de alcarria. El protagonista
de esta metamorfosis excepcional es el mimbre,
que en esta época del año se
muestra como una tupida alfombra de ondeantes
varas color bermellón.
Aunque, si bien el cultivo aún se
mantiene gracias a la perseverancia de algunos
agricultores, todo lo contrario ha ocurrido
con la elaboración de cestería
artesanal que, debido a la competencia de
otras fibras vegetales de origen asiático,
casi ha desaparecido. En Villaconejos las
mimbreras se extienden como una marea rojiza
que flanquea el río Trabaque en su
apacible discurrir por la localidad, que también
muestra orgullosa sus antiguas bodegas cueva
como privilegiados palcos sobre el colorido
escenario natural.
Quizás con un poco de suerte, al pasear
junto a ellas algún hospitalario vecino
nos invite a entrar en sus estrechas y oscuras
galerías de origen musulmán
para probar alguno de sus vinos que todavía
elaboran para el consumo familiar.
Priego se asoma a un profundo barranco rocoso,
puerta de entrada a la comarca de la Serranía.
Al observar la imponente silueta que forman
la Iglesia gótica de San Nicolás
de Bari y el Torreón de Despeñaperros
es fácil imaginar su esplendoroso pasado.
Sin embargo, al entrar en el pueblo lo primero
que llama la atención son los dos talleres
de alfarería artesanal, uno frente
a otro, que representan la mitad de los alfareros
que hoy quedan en la población.