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Bilbao: El Nervión renacido
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Arquitectura, hoteles y restaurantes
de altos vuelos en la renovada margen izquierda
del Nervión. Es Abandoibarra, el
Bilbao que crece y florece al calor del
museo que ha revolucionado la ciudad, el
Guggenheim.
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Nueve años después de estrenarlo,
los bilbaínos aún no se han
puesto de acuerdo en qué nombre darle
al puente peatonal que cruza el Nervión
a 300 metros del museo Guggenheim, ría
arriba. Los que viven en la margen derecha,
le dicen puente del Campo Volantín;
los de la izquierda, pasarela Uribitarte;
los vascoparlantes, Zubizuri (puente blanco);
y los que quieren que los entiendan en todas
partes, puente de Calatrava, en obvia alusión
a su creador, el arquitecto valenciano Santiago
Calatrava.
Tampoco es unánime el juicio que a
los nativos les merece el puente en cuestión.
Hay los que dicen que es arte puro, un objeto
que transciende de lo arquitectónico
a lo escultural e incluso a lo poético.
Y hay quienes, quizá porque lo usan
a diario, se quejan de que fue un melonada
de Calatrava no prever que, con la humedad
—habitual en Bilbao y más sobre
la ría—, las losas de vidrio
resbalarían como el hielo, obligando
a instalar en el puente carteles en dos idiomas
(Zoru irristakorra, kontuz! Atención,
suelo deslizante).
En lo que todo el mundo coincide es en que
el nuevo Bilbao, el de la remozada margen
izquierda del Nervión, comienza en
este puente. Justo a su vera, se están
acabando de construir las estratosféricas
Torres Isozaki. Poco más abajo, como
ya se dijo, despliega sus velas de titanio
el Guggen.
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Y desde el museo hasta el puente Euskalduna
se suceden a lo largo de un kilómetro
de ribera las fuentes interactivas, los parques
infantiles con juegos vanguardistas y suelos
de caucho, los tranvías verdes y silentes,
los céspedes rozagantes, los carriles-bici
y las esculturas de Dalí, Chillida,
Tücker, Lüpertz..., que jalonan
el llamado Paseo de la Memoria.
Al arquitecto César Pelli se debe el
proyecto de remodelación de Abandoibarra,
como se denomina esta zona antaño ocupada
por vías férreas, astilleros
y desechos portuarios, donde hoy se alzan
edificios tan vistosos como el centro comercial
Zubiarte, de Robert Stern, o el palacio de
congresos y de la música Euskalduna,
de Federico Soriano y Dolores Palacios, y
donde pronto lo hará la biblioteca
de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo.
Una zona que, aparte de sus evidentes encantos
museísticos y arquitectónicos,
depara al viajero el placer de alojarse en
alguno de los tres hoteles de diseño
que se han inaugurado aquí en los últimos
tiempos: el Gran Hotel Domine, el Miróhotel
y el Sheraton.
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A tan sólo 50 metros del Guggenheim,
frente por frente de Puppy, el colosal perro
floral de Jeff Koons, abre sus puertas el
Gran Hotel Domine, diseñado por Javier
Mariscal. Colorista e informal, como todas
las obras de éste, el hotel presenta
una fachada de espejos que multiplica hasta
el alucine la acerada silueta del museo.
El mismo afán rupturista domina el
hall, con su enorme sofá rojo, y el
aledaño atrio, presidido por el Ciprés
fósil, una escultura de cantos rodados
de 90 toneladas de peso y 26 metros de altura
que atraviesa las cinco plantas del edificio.
Todo ello refleja la visión que el
artista tiene de Bilbao como una “ciudad
de excesos y contrastes”, y también
el desembolso, no menos excesivo, que ha efectuado
la cadena hotelera Silken: ¡190 millones
de euros!
Hoteles de diseño hay muchos en España.
De diseño integral, sólo éste.
Todo, desde los uniformes del personal hasta
los colores de la moqueta, pasando por la
página web, la vajilla o la imagen
corporativa, ha sido ideado o seleccionado
por Mariscal.
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Hoteles
museo
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Frente a la opulencia
artística del Domine, que es un auténtico
hotel-museo, el Miróhotel –a
200 metros de aquél, en la misma calle–
propone el lujo detallista de un hotel-boutique,
denominación que le sienta como un
traje a medida no sólo por sus reducidas
dimensiones –50 habitaciones–,
sino por ser obra del diseñador Antonio
Miró, quien ha trabajado codo con codo
con la decoradora Pilar Líbano y la
arquitecta Carmen Abad. Ello no quiere decir
que no albergue obras de arte, pues ahí
están las fotografías de Ana
Laura Aláez, Alberto Peral o Paul Thorel,
entre otros, hermoseando las paredes del edificio.
Para el relax, están
los jacuzzis y termas del Spa Miró,
todo alicatado de mármol negro, color
que según los que saben de cromoterapia
es el que produce una mayor sensación
de paz. Para otro tipo de relax, el bar Miró,
donde se celebran periódicamente sesiones
de jazz. Y para acabar de convencer a los
modernos, el brunch dominical, esa costumbre
tan americana de juntar almuerzo y desayuno
en una sola comida tipo buffet que Miróhotel
ha introducido de forma pionera en Bilbao.
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