Inicio Hazte Socio Habla con UDP Foro Politica de Privacidad
 
Historia UDP
Organización
Servicios para socios
Red Digital UDP
Programas en marcha  
Convocatorias
La vital prevención del cáncer de mama
Consejos para dormir mejor
Tenerife, la isla del Titán
Donde duermen la reliquias
  Tiempo Libre / 4 - 2009

  Tiempo Libre


Madrid, la ciudad de los encuentros

La ruta del siglo de oro y la del famoseo, el paLacio real y los ‘lofts’ de chueca, cabarés y los jerónimos, el prado y el thyssen, el rastro sin domingo, flamenco y pop, jabugo y cañas...
Madrid siempre tiene dentro otro madrid.

Angel Antonio Herrera en El Mundo

El Madrid más folclórico se encarna en los mantones de manila y los trajes de chulapa

   Atardece por el hotel Puerta de América, que es un orfeón de diseñadores, a diseñador por planta, o bien atardece por Las Vistillas, donde aún existen las chulapas que se bailan toda su hermosura de sirenas con buen culo en lo que ocupa un ladrillo de chotis.

Desde ahí se ve la sierra de Madrid con bruma de postal o claridad de cuchillo de mayo. Madrid amanece por la Puerta del Sol, donde los japoneses, en romería, le dan gusto al gatillo de la Nikon para eternizarse sobre la acera del kilómetro cero.

O bien Madrid amanece en el Mercado de Legazpi, que fue sitio eternizado en las crónicas de la movida, con todo su alboroto de frutas sonrientes, su apoteosis de bueyes sobrantes y su bacanal de platas de pescado. Madrid siempre tiene dentro otro Madrid, que es como decir que Madrid siempre está partido en dos: la bailarina y el solitario, el cabaré y los Jerónimos, el tanga y el whisky, el Museo del Prado y el Museo Thyssen, el Hotel Palace y el Hotel Ritz, la Torre Picasso y el Teatro Real, el flamenco de la calle Echegaray y el pop de rólex del barrio de Salamanca, donde tiene monarquía Gabana, que es el templo de obligada visita del foráneo que quiere compartir barra con algún famoso.

"Al Rastro no hay que ir en domingo, que es cuando van los que no conocen el Rastro..."

A Madrid puede venirse a hacer la ruta del Siglo de Oro, que vertebra la calle Huertas, hasta asomar en la populosa Plaza de Santa Ana, donde bebió Hemingway, o a hacer la ruta nocturna de los famosos de oficio, donde beben los que salen en la telerrosa.
El Madrid del Siglo de Oro acogió en su día a los ingenios de entonces, que eran Góngora, Lope, Quevedo y Cervantes, y hoy no tiene sobrantes monumentos de guía de viajes al uso, salvo el Teatro Español, antaño Corral de Comedias del Príncipe, o el Palacio del Marqués de Ugena o la Real Academia de la Historia. Pero sí tiene el espíritu añejo y único de unas callejas estrechas, torturadas y muy puestas de forolón misterioso, con bombillas de amarillo tísico.

El día tiene una luz de libro de caballerías y la noche se alza como la noche quizá más populosa, mestiza y marchosa de las muchas noches concéntricas que se ofician en Madrid, que es ciudad que no duerme, o duerme muy poco. El Chelsea es una alhaja rara y recóndita del alma subterránea de Callao, cuando al fin cae la noche, cierran las zapaterías de diseño y se desvelan como gigantes los hoteles.

Hay toda una rueda de sitios con asomo de luz roja, por calles vecinas, que son la vertebración canalla, lujuriosa y casi oculta de la Gran Vía, que es en el día un desperezo de quioscos soleados, cines entredormidos, cafés de internet, restaurantes de menú, hostales de entreplanta y algún gran telón de anuncio de perfume, tamaño fachada, bajo el cual siempre parece detenida la misma taifa transeúnte de razas y edades que se ve en el corazón de Nueva York o París, a esa hora.

El Palacio Real

La Gran Vía la están comprando las multinacionales, y ya no está el Pasapoga u otros antros donde ligó Ava Gadner, pero es la Gran Vía. Chueca es hoy un barrio próspero y snob, donde la varonía gay ha montado su campamento de diseño, que unas veces tiende al loft y otras tiende al sotanillo de laberinto, con cuarto oscuro al fondo a la derecha, según se entra.

Chueca es lo contrario del Rastro, donde el diseño es un arcón de la bisabuela y los restaurantes son todos restaurantes chinos. Al Rastro no hay que ir en domingo, que es cuando van los que no conocen el Rastro, salvo que se vaya de cañas. La Cava Baja y la Cava Alta son un pasarse.

"Hoy Lavapiés es chino, las camareras de Vips son ecuatorianas y los africanos se emplean de velocistas..."

Es un acontecimiento comer en Casa Lucio (con reserva, please) y hasta en Lardhy, que es un tópico, pero un tópico que no falla. Ha tirado tanto Chueca de los gays de Madrid, y de fuera, que ya no caben más en el barrio pobladísimo, y por eso se salen incluso de las aceras, cuando pasean en pareja, o solos, moviendo un poco o un mucho la cintura de toreritos equívocos, a la hora punta del trasnoche o el alterne.

Hay siempre un paseo pendiente por el Retiro y otro paseo por la Gran Vía, que es la calle mayor y más mestiza y más fascinante de la ciudad. Si tiras a un lado, acabas en Chicote. Si tiras al otro te haces el Londres de los musicales, pero con incursiones de Mecano, que ahora retriunfa millonariamente, como todo lo de los ochenta.

Cardamomo es algo así como Las Ventas del flamenquito o el Bernabeu de las barras de los gitanos de la ciudad, esa “tribu de las pupilas incendiadas”, según acuñación de Baudelaire, que era un gitanazo de buhardilla. La calle Echegaray, donde queda el sitio, fue antaño una calle de trasnochadoras con tarifa y ahora es un cruce de hostales añejos y garitos raciales donde les da el alba a japonesas que se colocan con la bulería y a bailaores de Vallecas que siempre necesitan otro petardo para colocarse.

“Madrid es moro”, escribió Gómez de la Serna. La frase parece escrita hoy mismo. Hoy Lavapiés es chino, las camareras de Vips son ecuatorianas y los africanos se emplean de velocistas en las calles Preciados y Arenal, con la mochila del topmanta al hombro. Madrid es más que moro.

En Madrid nadie es de Madrid, que es como decir que todo el mundo es de Madrid. Madrid siempre está partido en dos. Están los que trabajan y los que miran a los que trabajan. Están los que se van a dormir y están los que entonces se acaban de levantar. Lo dijo Antonio Muñoz Molina: “Me gusta Madrid porque es una ciudad a la que puedes hacer culpable de todo”. Pues eso.