Granada, ciudad de melancólicos poetas
Allí donde el paisaje deslumbra más que el paisanaje , donde las costumbres se unen a las tradiciones, donde la cultura se fusiona con las plumas inquietas, se alzan las murallas de esta adorada, caprichosa y tolerante ciudad
Juan Bonilla, escri tor. Su últi mo libro es La noche del Skylab.
Granada es la ciudad europea con mayor número de poetas por metro cuadrado, hasta el punto de que alguno de ellos se conformaría con ser, no ya el mejor poeta de su barrio, sino el mejor de su edificio.
Para quien piense que el adjetivo que puede acomodársele a la palabra poesía es bonita, entenderá perfectamente que Granada ofrezca esa inverosímil legión de poetas, porque si hay una ciudad que merece ese adjetivo, es sin duda ésta.
Su hermosura ha sido tan cantada, que puede parecer raro que no se haya gastado de tanta metáfora como se la ha infligido. Pero conviene recordar en este punto a aquel personaje de Rilke que, refiriéndose a Praga, decía: “No hace falta hablar de ella, no hace falta cantar loores a su belleza ni a su magia, porque ella habla por todos nosotros, habla en cada esquina, en cada fuente, en cada torre, en cada palacete”.
Y por eso da un poco de apuro hablar de Granada, reducirla a un itinerario y a unas cuantas imágenes de ambicioso vuelo poético: la empresa está llamada al fracaso, pues a lo más que se puede aspirar es a ofrecer un pálido reflejo donde quede sonando algo de la belleza de la ciudad, de su encanto y de su magia, martirizada a diario por miles de flashes fotográficos que se llevarán unas imágenes a todo el planeta.
"...a Granada a lo que se viene mayormente es a dejarse hechizar por La Alhambra..."
Una de las grandes instituciones granadinas es el tapeo. Por supuesto que el tapeo es algo que practican nueve de cada diez granadinos alguna vez a la semana, pero el hecho de que se pueda comer todos los días tan barato y tan bueno, de que te pongan un requeté —montadito de melva con pimiento morrón— o una pipirrana —ensalá de tomates, pepinos, pimientos y cebollas— acompañando a la cerveza o al vino por sólo 60 céntimos ocasiona que los jóvenes coman en la calle muy a menudo.
Dado que la Plaza Nueva es la más antigua de la ciudad, y que a cualquier viandante se le interpondrá en su itinerario, cuando vaya o cuando venga de algún sitio, es obligado mencionar algunos de los bares de vino que enriquecen la zona, da igual que sea de día o de noche: por allí está, por ejemplo, las Bodegas La Mancha, con sus muchos jamones colgando y sus tinajas y una carta de bocadillos inagotable.
Cerca de allí, en la Cuesta de Gomérez, hay que hacer parada en una de las más típicas tabernas granadinas, que para eso se llama La Gran Taberna, con sus sofisticadas tapas, tan exóticas como el montaíto de salmón con aguacate.
Otra zona de tapeo es el Albaicín, el barrio por excelencia de Granada, tan mítico que ruboriza un poco hablar de él, agregar prosa a la que ya se le ha destinado. Aunque hay buenos bares de tapeo en casi todas las zonas conocidas de la ciudad, destacan también las terrazas del Paseo de los Tristes, lugar éste cuyo sólo nombre ya es un espléndido manifiesto poético.
A la vera del río Darro, y con la Alhambra allá arriba, colgando de una nube de verde oscuro, el Paseo de los Tristes consiente que sus bares se impongan nombres igualmente poéticos: Rabo de Nube (que era una canción de Silvio Rodríguez, y que es la expresión que en Cuba se le da al tornado), por ejemplo, o Puerta del Vino. Está por allí también una de las legendarias tascas de Granada: 1899.
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| Algunos patios granadinos conservan todo el frescor y belleza de los mejores tiempos de Al Andalus. |
Pero no consienta el cielo que los lectores crean que hemos venido a Granada sólo a tapear. Que el tapeo sea institución, no significa que sea la única. Por supuesto, a Granada a lo que se viene mayormente es a dejarse hechizar por La Alhambra, cosa cada vez más difícil, pues el número de visitantes es tan alto, que visitar el monumento mayor de la ciudad, subir las cuestas que llevan hasta él, se convierte en una lucha incómoda.
"..no hace falta cantar loores a su belleza ni a su magia, porque ella habla por todos nosotros..."
Si no se consigue entrada, y lo más probable es que no pueda conseguirse si no se reserva con alguna antelación, puede uno conformarse con la coqueta y elegante Casa Museo de Manuel de Falla, que está en las inmediaciones de La Alhambra, y que es un carmen —es decir una casa-jardín— donde se conserva todo, según dice el folleto “tal y como el músico lo dejó”.
En cuanto a la Alhambra, qué quieren que les diga. Ahora sí que hay que recurrir sin remedio a las citadas palabras de Rilke: Ella habla sola, habla por los codos, no deja de hablar, incluso en las pocas estancias donde puede uno escuchar su silencio, oye un silencio parlanchín, lleno de palabras, de músicas, de sosiego».
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| Visitar la Alhambra y los jardines del Generalife es transportarse a un tiempo donde la arquitectura y las artes decorativas estaban al servicio del goze espiritual |
La Alhambra más que un monumento es una experiencia íntima, y en eso cada cual se contará a sí mismo lo que crea oportuno. Decir que es muy bella es demasiado poco sin duda, pero tampoco castigando la prosa en busca de una expresión más donosa adelantaríamos mucho.
Pero Granada, no es sólo Granada, es también un extenso anillo de pueblos sorprendentes. Guadix por ejemplo, con sus cuevas cavadas en la roca, y ese paisaje lunar de chimeneas extrañas, expresionistas. O Busquistar, con sus quinientos habitantes y sus casas con techos de launa, y los restos de una mezquita y sus balcones a las inenarrables Alpujarras, que por la noche es un distinguido océano en el que las luces de las casas apartadas parecen señales de barcas de pescadores.
O la Necrópolis de la Peña de los Gitanos, que se encuentra entre los pueblos de Montefrío e Illora: un yacimiento megalítico con dólmenes y cuevas y tiendas de campaña de los que se atreven a llegarse hasta allí a pasar la noche y respirar aire antiguo. O Lanjarón, con su famoso balneario.
Entre el paisaje melancólico, y el paisanaje con ganas de divertirse, se produce en Granada una suculenta combinación que admite la tristeza que hace germinar poetas bajo las piedras o por encima de los árboles, y la alegría de quienes saben que una ciudad es poca cosa si no deja que se la disfrute. Y yo creo que en eso Granada es sabia, porque sí se deja.
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