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Una canguro especial - Andrés Manzaneque Tejada

Soy una de las casi 7 millones de personas mayores de 65 años que estamos en España, que está viuda y vive sola...

Por circunstancias de la vida me han requerido mis hijos para que durante unas horas haga de “canguro” y así puedan de salir de “fin de semana”. Se han acordado de mí porque la “canguro” que tenían contratada no puede cumplir por estar enferma. Nada más decírmelo me he ofrecido voluntaria, quiero demostrarme que aún soy útil. Además lo hago por el enorme cariño que le tengo a mis nietos, a los que adoro con locura. Aunque estoy operada de cataratas me encuentro joven y bien y con ganas de demostrarles que no estoy desfasada, que sé adaptarme al paso de los años y que sacaré tiempo de donde no hay, pero cumpliré con esta misión. ¡Seré una abuela canguro!
Sé que con la edad perdemos reflejos, pero ganamos en experiencia.

Nada más quedarme sola con los nietos me encuentro con un arsenal de electrodomésticos modernos: lavadora, cocina vitrocerámica, microondas, plancha eléctrica, ordenador, televisor, vídeo y, por si fuera poco, me han dejado un “móvil”.
Ahora los pañales no se lavan, se tiran. Los biberones, potitos, etc. hay que dárselos a horas justas y precisas...
Y encima de la mesa hay una escueta nota: A las 9, bañarlo,?a las 10 biberón,?darle las vitaminas, agua, jugar, etc. etcétera, y ¡ah! las manos bien limpias, no digas palabrotas, no fumes, no hagas ruido. Si tiene fiebre... le das. Si tose... le das. Si vomita... le das. Si no hace “popo”... le das. Al leer esto el alma se me cayó encima, ¿Seré capaz?

Sé que estoy preparada por que la vida me ha dado experiencia. ¿Pero seré capaz de usar tanto aparato moderno?
Ahora comprendo que trabajar los dos y a la vez llevar una casa es difícil en estos tiempos que corren.

Los matrimonios ahora tienen mucha responsabilidad para intentar vivir bien y con buena calidad de vida. Así que no me extraña que estén deprimidos, cansados, cabreados y que muchos matrimonios terminen separándose. Antes nosotras cocinábamos, planchábamos, etcétera, le dábamos la “teta” al niño y ... ¡a dormir!. Los niños de ahora están demasiado consentidos, están soliviantados, son tercos, respondones, yo creo que necesitan de vez en cuanto un “cachete”. Les dan demasiadas “chucherías” y por eso muchas veces no tienen ganas de comer...
Yo sé que lo he hecho bien, pero para la próxima vez, hago el propósito de hacer un cursillo rápido de “Canguro” para estar a la altura de las circunstancias. ¡Saber envejecer es la obra maestra de la vida!

¡Debemos saber ser artesanos de nuestra propia vejez!