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Anoche vi una
estrella fugaz, pero estoy segura de que no
va a traerme suerte, como se asegura en el poblado.
También
aquella otra noche, una estrella cruzó
la oscuridad mientras Karim me abrazaba bajo
el gran árbol lejos de la aldea. "Es
la señal de que El Profeta aprueba nuestra
unión" dijo. "No tengas miedo.
Yo estoy aquí para protegerte".
Le creí. Necesitaba tanto sentirme protegida
que olvidé la prudencia. Borré
de mi mente el temor a las consecuencias y permití
a mi cuerpo el gozo de fundirse con el calor
de los besos y caricias que mi piel ya había
olvidado.
Aquellos encuentros
clandestinos, siempre de noche, compensaban
la rutina embrutecedora de mi vida, aunque fuera
él quien me buscara, forzándome
a aceptar sus urgencias.
La mañana
es fresca y clara. Mis sentidos lo perciben,
pero mi cabeza está en otro sitio. Mientras
amaso las tortas que mis hijos comerán
mas tarde, trato de distinguir entre los sonidos
que llegan de la calle alguno que aliente mi
esperanza. Aunque es temprano, oigo en la plaza
unos golpes acompasados. Imagino a cinco o seis
hombres cavando lo que será mi suplicio
en la parte más abierta, donde empieza
el único camino que nos comunica con
los otros pueblos y con la lejana capital.
No hay mujeres
en la calle. Las más fuertes estarán
acarreando el agua desde el río; las
otras, ancianas o niñas amasarán,
ordeñarán cabras o cuidarán
de los más pequeños. Hombres si:
parece que hoy ninguno tiene tierras que arar,
frutas que recoger o ganado que cuidad. Hoy
en el poblado es un día especial, gracias
a mí.
Al fondo de mi
pequeña choza, mis tres hijos duermen.
Querría despertarles, pasar las próximas
horas hablándoles, que en el futuro cuando
se acuerden de mí, conozcan el porqué
de todo este sinsentido. No lo hago: son tan
pequeños que inevitablemente me olvidaran
pronto. Dejarles sin mi amparo me entristece
más que el tormento que me espera. Los
mayores me preocupan menos, son varones y su
padre los reclamará. Serán cuatro
manos más para ayudar en el trabajo.
Sí, hará valer su condición
de padre, él que me echó sin contemplaciones
de su casa para que ocupara mi lugar alguien
más joven y fuerte.
En el juicio,
que estuviera divorciada fue un punto en mi
contra, pero ¿por qué en mi contra?
Yo no quise divorciarme. Desde que Rashid me
desposó me comporté como una buena
esposa: cociné para él, le ayude
en el campo, limpiaba nuestra choza, servía
a su madre, iba al río a por el agua
y a los otros poblados a vender las telas que
yo misma pintaba. Hasta le di dos hijos. ¿Por
qué entonces se me castigaba?
Cuando lancé
esta pregunta ante el tribunal, se armó
un gran revuelo; todos daban su opinión
al mismo tiempo. Al presidente le costó
mucho que volviera el silencio. Yo esperaba
que alguna voz de mujer se alzara para defenderme
o cuando menos para denunciar lo injusto de
esta ley. Ninguna se atrevió. Entonces
busqué entre la gente la mirada de Karim:
él si se atrevería, diría
a todos que él era el responsable, me
sacaría de allí para llevarme
a su casa. Pero Karim tenía la cabeza
gacha, ni siquiera me miró.
Ahí supe
que estaba sola.
No sé
quién me denunció. ¿Mi
marido furioso porque me negué a él
cuando quiso que fuera su concubina? ¿Su
segunda mujer celosa porque todavía no
ha concebido y mis hijos heredarán las
tierras? ¿Los ancianos, porque mi culpa
les avergüenza, o alguna mujer que envidia
mi valor para transgredir?
Al principio
esto me atormentaba. Ahora ya me da igual. El
tribunal dictó sentencia según
las leyes de nuestro Libro Sagrado condenándome
a la más alta pena, fijó un plazo,
marcó el lugar, la hora y el procedimiento.
No señaló al verdugo. Eso es lo
más aterrador: mi verdugo será
el pueblo. La gente con la que he vivido durante
mis veinticinco años, el tendero que
me vende los hilos y el grano, el médico
que curó mis ojos cuando se infectaron,
el vecino que bebe con Rashid en la taberna,
quién sabe si las amigas con quien me
reúno en el río para lavar nuestra
ropa.
Me los imagino,
el brazo extendido, el gesto airado, sin ninguna
piedad en su mirada y un temblor me recorre
mientras rompo a llorar.
Supe que estaba
embarazada en el momento mismo que ocurrió,
pero no se lo dije a Karim; quise durante un
tiempo gozar de mi secreto. Me sentí
resplandecer por dentro, como un precioso cofre
que albergara una joya fabulosa. Me gustaba
quedarme a solas al atardecer y soñar
un futuro en un país donde pudiera criar
a mis hijos libres y sin temor.
Cuando Karim
conoció la noticia habló de alguien
a quien conocía en una aldea alejada
de la nuestra que podía solucionarnos
el problema, incluso se ofreció a acompañarme
a la capital si eso me hacía sentirme
más segura. Cuando le dije con firmeza
que mi hijo nacería se asustó,
no sólo dejó de buscarme en las
noches, sino que tuvo mucho cuidado en evitar
mi presencia durante el día.
Traté
de ocultar mi embarazo mientras elaboraba un
plan para huir con mis hijos. Ya había
conseguido quien me albergara en la ciudad y
la promesa de un trabajo cuando llegó
la denuncia y me apresaron.
Mientras duró
el juicio me permitieron seguir en mi casa cuidando
a los niños, que dejaba con unos parientes
cuando tenía que acudir al tribunal,
así que mi vida no se alteró demasiado
y pude mantener la esperanza. Cuando escuché
la condena, entonces sí creí volverme
loca.
Alguien me aconsejó
que me defendiera diciendo que mi marido había
hecho uso de su derecho sobre mí en el
tiempo que la ley establece. Así lo hice
y entre apelaciones a las partes, interrogatorios
de testigos y otros procedimientos transcurrieron
más de dos meses. Para cuando denegaron
mi recurso, el amigo que conoce las leyes me
dijo que quizás me salvara si alegaba
violación. Resuelta a intentarlo todo
mentí al tribunal confesando que había
intentado involucrar a mi marido porque me avergonzaba
haber sido violada.
El proceso volvió
a pararse, los jueces me instaron a que diera
el nombre el autor. Mi castigo sería
mas leve si él lo reconocía y
prometía hacerse cargo de la criatura
cuando naciera. Para convencer a Karim le envié
una nota pidiéndole que fuera a visitarme.
Ni se molestó en contestar, yo había
dejado de interesarle, ahora ocupaba sus noches
con una joven, así que tuve que decir
que no reconocí al violador.
Llegados a este
punto, para que pudieran seguir considerando
este atenuante, debería presentar por
lo menos dos testigos.
¿Cómo
se consiguen testigos de una violación?
¿Acaso el asaltante invita a sus amigos
para que admiren su proeza, o es que la víctima
sabiendo el peligro que corre en vez de evitar
el lugar y la hora acude allí con sus
amigas para que conozcan su humillación?
Me rendí,
anulé mi defensa y me dispuse a acatar
la sentencia.
Gracias a mi
hija ésta volvió a ser aplazada.
La niña nació antes de lo previsto
lo que proporcionó unos meses más
de vida. Los jueces me concedieron seguir viva
mientras amamantaba a la criatura.
De esta forma
Yasmina fue a la vez la causa de mi condena
y mi salvadora, aunque me prohibieron salir
de la aldea, pude volver a mi casa y recuperar
a mis hijos de momento.
Un rayo de sol
entra por la ventana. El tiempo se me está
acabando. Mi madre y Halima vendrán enseguida
para acompañarme.
He preparado
un hermoso vestido para que sea mi mortaja,
pero no me pondré tocado. Al salir me
cubriré con el manto negro que ocultará
mi rostro a los curiosos.
Las pocas cosas
que me pertenecen están sobre mi cama
repartidas en tres paquetes. Uno para mi madre
con los enseres de mi casa, el algodón
y los hilos de mi telar para que pueda ganar
algún dinero; quizás así
pueda ella cuidar de mis hijos. Una pieza de
tela hecha por mí y la sortija de plata
que tanto le gusta, para Halima, la única
amiga que ha permanecido a mi lado sin avergonzarse.
El resto, mis vestidos mantos y joyas, los pinceles
y la hena con la que me adornaba, los cuadernos
con mis dibujos para bordar, son para mi hija.
Mi madre sabrá el momento oportuno para
que los tenga. Podrá enseñarle
como me enseñó a mí a tejer
los hijos, manejar los tintes, escoger los motivos
que hacen que nuestras telas sean tan apreciadas
por los compradores de la ciudad.
Cuando los guardias
han venido a buscarme les ha impresionado verme
bien vestida, y tan serena. No había
lágrimas ni lamentos. Las despedidas
las habíamos hecho antes, sin testigos.
Mi amiga y mi madre no me acompañaron,
se quedaron confortando a mis hijos y elevando
oraciones.
En la calle la
gente se aparta por instinto abriéndome
paso. Oigo algunos insultos pero sigo caminando.
Al llegar a la plaza compruebo que cerca de
las piedras sólo hay hombres.
De una casa,
dos mujeres cubiertas con sus mantos negros
salen y se acercan a mí; este gesto lo
repiten tímidamente otras. Poco a poco,
a mi alrededor se forma un grupo de mujeres
enlutadas que avanza conmigo hasta la amenazadora
boca que me espera. Una de ellas pone disimuladamente
en mi mano un frasco; mientras me abraza susurra
a mi oído indicaciones precisas. Protegida
por el velo bebo todo su contenido.
Siento que mis
piernas flojean. Mis pies se clavan en la tierra,
incapaces de avanzar. Conmigo se paraliza todo
el grupo. El sol resalta los colores del traje
del Amir que se acerca con el brazo extendido.
Su mano abierta agarra mi muñeca y me
conduce firmemente. En el hoyo hay tallados
unos escalones. Los bajo temblando. A una señal
suya siento caer por mi espalda paletadas de
tierra. Las mujeres han formado filas a mi lado
y tratan de consolarme. Algunas se atreven a
gritar pidiendo que me indulten o protestando
por esta ley inhumana. Los guardias les obligan
a apartarse.
El bebedizo debe
estar haciendo su efecto, pues dejo de percibir
los sonidos y el dolor de la mitad de mi cuerpo
que está enterrado.
Miro a la horda
que está frente a mí y reconozco
de dónde vendrán los primeros
proyectiles: de la crueldad, que no se para
a pensar en los sufrimientos que inflinge a
otros, del fanatismo que hace que algunos se
crean superiores, que su verdad es la única
verdad, que son los intérpretes de la
voluntad divina y que los dioses están
de su lado, de la prepotencia, de la incultura,
de la hipocresía, del miedo a lo diferente,
de la venganza mezquina.
Los párpados
me pesan, siento paralizados los músculos,
mi corazón late cada vez más débilmente.
¡Qué
bien supo dosificar aquella mujer el veneno!
Se lo agradezco íntimamente y pienso
por última vez en mis hijos, encomendándoselos
al "Todopoderoso" con mi última
oración.
Veo entre
brumas cómo mis verdugos se agachan para
recoger piedras del montón que hay preparado.
Cuando se levanten y alcen los brazos para tomas
impulso, sólo mi cuerpo ya muerto estará
aquí para recibir su odio.
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