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VI CONCURSO LITERARIO
Accesit C: Solidaridad
BLANCA RODRÍGUEZ PERAL

Anoche vi una estrella fugaz, pero estoy segura de que no va a traerme suerte, como se asegura en el poblado.

También aquella otra noche, una estrella cruzó la oscuridad mientras Karim me abrazaba bajo el gran árbol lejos de la aldea. "Es la señal de que El Profeta aprueba nuestra unión" dijo. "No tengas miedo. Yo estoy aquí para protegerte". Le creí. Necesitaba tanto sentirme protegida que olvidé la prudencia. Borré de mi mente el temor a las consecuencias y permití a mi cuerpo el gozo de fundirse con el calor de los besos y caricias que mi piel ya había olvidado.

Aquellos encuentros clandestinos, siempre de noche, compensaban la rutina embrutecedora de mi vida, aunque fuera él quien me buscara, forzándome a aceptar sus urgencias.

La mañana es fresca y clara. Mis sentidos lo perciben, pero mi cabeza está en otro sitio. Mientras amaso las tortas que mis hijos comerán mas tarde, trato de distinguir entre los sonidos que llegan de la calle alguno que aliente mi esperanza. Aunque es temprano, oigo en la plaza unos golpes acompasados. Imagino a cinco o seis hombres cavando lo que será mi suplicio en la parte más abierta, donde empieza el único camino que nos comunica con los otros pueblos y con la lejana capital.

No hay mujeres en la calle. Las más fuertes estarán acarreando el agua desde el río; las otras, ancianas o niñas amasarán, ordeñarán cabras o cuidarán de los más pequeños. Hombres si: parece que hoy ninguno tiene tierras que arar, frutas que recoger o ganado que cuidad. Hoy en el poblado es un día especial, gracias a mí.

Al fondo de mi pequeña choza, mis tres hijos duermen. Querría despertarles, pasar las próximas horas hablándoles, que en el futuro cuando se acuerden de mí, conozcan el porqué de todo este sinsentido. No lo hago: son tan pequeños que inevitablemente me olvidaran pronto. Dejarles sin mi amparo me entristece más que el tormento que me espera. Los mayores me preocupan menos, son varones y su padre los reclamará. Serán cuatro manos más para ayudar en el trabajo. Sí, hará valer su condición de padre, él que me echó sin contemplaciones de su casa para que ocupara mi lugar alguien más joven y fuerte.

En el juicio, que estuviera divorciada fue un punto en mi contra, pero ¿por qué en mi contra? Yo no quise divorciarme. Desde que Rashid me desposó me comporté como una buena esposa: cociné para él, le ayude en el campo, limpiaba nuestra choza, servía a su madre, iba al río a por el agua y a los otros poblados a vender las telas que yo misma pintaba. Hasta le di dos hijos. ¿Por qué entonces se me castigaba?

Cuando lancé esta pregunta ante el tribunal, se armó un gran revuelo; todos daban su opinión al mismo tiempo. Al presidente le costó mucho que volviera el silencio. Yo esperaba que alguna voz de mujer se alzara para defenderme o cuando menos para denunciar lo injusto de esta ley. Ninguna se atrevió. Entonces busqué entre la gente la mirada de Karim: él si se atrevería, diría a todos que él era el responsable, me sacaría de allí para llevarme a su casa. Pero Karim tenía la cabeza gacha, ni siquiera me miró.

Ahí supe que estaba sola.

No sé quién me denunció. ¿Mi marido furioso porque me negué a él cuando quiso que fuera su concubina? ¿Su segunda mujer celosa porque todavía no ha concebido y mis hijos heredarán las tierras? ¿Los ancianos, porque mi culpa les avergüenza, o alguna mujer que envidia mi valor para transgredir?

Al principio esto me atormentaba. Ahora ya me da igual. El tribunal dictó sentencia según las leyes de nuestro Libro Sagrado condenándome a la más alta pena, fijó un plazo, marcó el lugar, la hora y el procedimiento. No señaló al verdugo. Eso es lo más aterrador: mi verdugo será el pueblo. La gente con la que he vivido durante mis veinticinco años, el tendero que me vende los hilos y el grano, el médico que curó mis ojos cuando se infectaron, el vecino que bebe con Rashid en la taberna, quién sabe si las amigas con quien me reúno en el río para lavar nuestra ropa.

Me los imagino, el brazo extendido, el gesto airado, sin ninguna piedad en su mirada y un temblor me recorre mientras rompo a llorar.

Supe que estaba embarazada en el momento mismo que ocurrió, pero no se lo dije a Karim; quise durante un tiempo gozar de mi secreto. Me sentí resplandecer por dentro, como un precioso cofre que albergara una joya fabulosa. Me gustaba quedarme a solas al atardecer y soñar un futuro en un país donde pudiera criar a mis hijos libres y sin temor.

Cuando Karim conoció la noticia habló de alguien a quien conocía en una aldea alejada de la nuestra que podía solucionarnos el problema, incluso se ofreció a acompañarme a la capital si eso me hacía sentirme más segura. Cuando le dije con firmeza que mi hijo nacería se asustó, no sólo dejó de buscarme en las noches, sino que tuvo mucho cuidado en evitar mi presencia durante el día.

Traté de ocultar mi embarazo mientras elaboraba un plan para huir con mis hijos. Ya había conseguido quien me albergara en la ciudad y la promesa de un trabajo cuando llegó la denuncia y me apresaron.

Mientras duró el juicio me permitieron seguir en mi casa cuidando a los niños, que dejaba con unos parientes cuando tenía que acudir al tribunal, así que mi vida no se alteró demasiado y pude mantener la esperanza. Cuando escuché la condena, entonces sí creí volverme loca.

Alguien me aconsejó que me defendiera diciendo que mi marido había hecho uso de su derecho sobre mí en el tiempo que la ley establece. Así lo hice y entre apelaciones a las partes, interrogatorios de testigos y otros procedimientos transcurrieron más de dos meses. Para cuando denegaron mi recurso, el amigo que conoce las leyes me dijo que quizás me salvara si alegaba violación. Resuelta a intentarlo todo mentí al tribunal confesando que había intentado involucrar a mi marido porque me avergonzaba haber sido violada.

El proceso volvió a pararse, los jueces me instaron a que diera el nombre el autor. Mi castigo sería mas leve si él lo reconocía y prometía hacerse cargo de la criatura cuando naciera. Para convencer a Karim le envié una nota pidiéndole que fuera a visitarme. Ni se molestó en contestar, yo había dejado de interesarle, ahora ocupaba sus noches con una joven, así que tuve que decir que no reconocí al violador.

Llegados a este punto, para que pudieran seguir considerando este atenuante, debería presentar por lo menos dos testigos.

¿Cómo se consiguen testigos de una violación? ¿Acaso el asaltante invita a sus amigos para que admiren su proeza, o es que la víctima sabiendo el peligro que corre en vez de evitar el lugar y la hora acude allí con sus amigas para que conozcan su humillación?

Me rendí, anulé mi defensa y me dispuse a acatar la sentencia.

Gracias a mi hija ésta volvió a ser aplazada. La niña nació antes de lo previsto lo que proporcionó unos meses más de vida. Los jueces me concedieron seguir viva mientras amamantaba a la criatura.

De esta forma Yasmina fue a la vez la causa de mi condena y mi salvadora, aunque me prohibieron salir de la aldea, pude volver a mi casa y recuperar a mis hijos de momento.

Un rayo de sol entra por la ventana. El tiempo se me está acabando. Mi madre y Halima vendrán enseguida para acompañarme.

He preparado un hermoso vestido para que sea mi mortaja, pero no me pondré tocado. Al salir me cubriré con el manto negro que ocultará mi rostro a los curiosos.

Las pocas cosas que me pertenecen están sobre mi cama repartidas en tres paquetes. Uno para mi madre con los enseres de mi casa, el algodón y los hilos de mi telar para que pueda ganar algún dinero; quizás así pueda ella cuidar de mis hijos. Una pieza de tela hecha por mí y la sortija de plata que tanto le gusta, para Halima, la única amiga que ha permanecido a mi lado sin avergonzarse. El resto, mis vestidos mantos y joyas, los pinceles y la hena con la que me adornaba, los cuadernos con mis dibujos para bordar, son para mi hija. Mi madre sabrá el momento oportuno para que los tenga. Podrá enseñarle como me enseñó a mí a tejer los hijos, manejar los tintes, escoger los motivos que hacen que nuestras telas sean tan apreciadas por los compradores de la ciudad.

Cuando los guardias han venido a buscarme les ha impresionado verme bien vestida, y tan serena. No había lágrimas ni lamentos. Las despedidas las habíamos hecho antes, sin testigos. Mi amiga y mi madre no me acompañaron, se quedaron confortando a mis hijos y elevando oraciones.

En la calle la gente se aparta por instinto abriéndome paso. Oigo algunos insultos pero sigo caminando. Al llegar a la plaza compruebo que cerca de las piedras sólo hay hombres.

De una casa, dos mujeres cubiertas con sus mantos negros salen y se acercan a mí; este gesto lo repiten tímidamente otras. Poco a poco, a mi alrededor se forma un grupo de mujeres enlutadas que avanza conmigo hasta la amenazadora boca que me espera. Una de ellas pone disimuladamente en mi mano un frasco; mientras me abraza susurra a mi oído indicaciones precisas. Protegida por el velo bebo todo su contenido.

Siento que mis piernas flojean. Mis pies se clavan en la tierra, incapaces de avanzar. Conmigo se paraliza todo el grupo. El sol resalta los colores del traje del Amir que se acerca con el brazo extendido. Su mano abierta agarra mi muñeca y me conduce firmemente. En el hoyo hay tallados unos escalones. Los bajo temblando. A una señal suya siento caer por mi espalda paletadas de tierra. Las mujeres han formado filas a mi lado y tratan de consolarme. Algunas se atreven a gritar pidiendo que me indulten o protestando por esta ley inhumana. Los guardias les obligan a apartarse.

El bebedizo debe estar haciendo su efecto, pues dejo de percibir los sonidos y el dolor de la mitad de mi cuerpo que está enterrado.

Miro a la horda que está frente a mí y reconozco de dónde vendrán los primeros proyectiles: de la crueldad, que no se para a pensar en los sufrimientos que inflinge a otros, del fanatismo que hace que algunos se crean superiores, que su verdad es la única verdad, que son los intérpretes de la voluntad divina y que los dioses están de su lado, de la prepotencia, de la incultura, de la hipocresía, del miedo a lo diferente, de la venganza mezquina.

Los párpados me pesan, siento paralizados los músculos, mi corazón late cada vez más débilmente.

¡Qué bien supo dosificar aquella mujer el veneno! Se lo agradezco íntimamente y pienso por última vez en mis hijos, encomendándoselos al "Todopoderoso" con mi última oración.

Veo entre brumas cómo mis verdugos se agachan para recoger piedras del montón que hay preparado. Cuando se levanten y alcen los brazos para tomas impulso, sólo mi cuerpo ya muerto estará aquí para recibir su odio.