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VI CONCURSO LITERARIO
Accesit D: La siesta del rey
CARMEN QUINTANILLA BUEY

"La paz es patrimonio de la humanidad
si tú y yo somos humanos
y es la Paz lo que queremos
¿Por qué la Paz que tenemos
nos la roban de las manos?"

"YO; EL REY"

- ¡Agustín chibirín dame una avellana! ¡Agustín chibirín no me da la gaaaana!

- ¡A ver si te arreo una...!

- ¡Tú siempre dices que vas a arrear mucho pero nunca arreas nada, tontáina, mameluco, cobardón!

Y era verdad, nunca arreaba nada, y es que ya desde la cuna, Agustín fue un gran amante de la Paz.

-¡Que bebé tan pacífico -decían las vecinas- no se le oye llorar nunca, aunque quiera teta o este mojadillo!

-¡Que chiquito tan tranquilo -decían mas tarde- no se pelea con otros niños aunque le quiten los juguetes o le pongan zancadillas!

Agustín desde su infancia ya pensó que no podía haber nada que le hiciera feliz si para conseguirlo tenía que pasar por los malos tragos de berrinches o peleas. ¡La Paz! Eso era lo que le gustaba a él. ¿Cómo no sabría apreciar la gente lo a gusto que se vive en Paz? Por eso, su madre se aprovechaba de la situación, y si en merienda salía un bocadillo más pequeño..." este para Agustín", y si no alcanzaba el presupuesto para el calzado de todos... "bueno, a Agustinillo le compramos unas alpargatas y andando, porque si no estos otros con lo bocazas que son..."

Agustín como toda la gente fue creciendo, y mientras sus hermanos adquirían la llamada "cultura general" en alguna academia de la ciudad, él quedó limitado a la escuela rural, porque "este chiquito mío no sirve para los libros, él se lo pasa mejor entre el grillo, la lagartija y la amapola".

Ya de mozo, y entre Paz y renuncias para conseguirla se mezclaba en francachelas sin gustarle, bailaba sin saber, y reía chistes sosos por no desilusionar. Y hasta hizo la mili sin querer y por deber.

Y cuando quiso darse cuenta se encontró casado con la Eufrasia, que como era una moza simpática y nada fea, y además se reía como una niña, a Agustín le gustaba mirarla, pero a la Eufrasia la vino de perlas aquel pedazo de pan y le echó el guante:

- Ya que vas a la ciudad compras los anillos de boda.

- Pero... ¿¡Para qué boda!?

- Pues... para la nuestra.

-"Que mira, hijo, que todas las vecinas me dicen que la Eufrasia no sabe ni fregar un plato, que no sabe hacer las labores de su casa, que por no hacer no hace ni la cama..."

- Así no hay que deshacerla, madre. Y hubo boda.

Vivian en el bonito pueblo castellano que los vio nacer y donde Agustín se encontraba sosegado y tranquilo. Su ambiente giraba en torno a la tierra parda que sabía recompensar con creces a la mano que la cuidaba premiándole cada temporada con espigas de oro molido. Y estaba "Chitón", su fiel perrazo del que Agustín decía; "Nos miramos mucho y existe la comprensión. Un perro que mira con esa dulzura nunca puede dar mordiscos". Pero la "guinda" para el sosiego la ponía Ernesto, su querido amigo del alma al que Agustín llamaba cariñosamente "El Che". Agustín a ratos era hasta feliz dentro de su imagen de castellano joven, guapo, rudo y noblote.

Ernesto tenía mas cultura pero menos sensibilidad que Agustín, y así habían llegado a conseguir una perfecta combinación.

- "Tú ya sabes, Che, que yo lo de la ortografía... todo eso de las comas, los acentos... sobre todo los puntos suspensivos. Lo de uves y bes no me preocupa tanto porque al fin y al cabo se lee lo mismo. Pero como tu siempre me dices esas cosas de que "un punto o una coma mal colocados cambian una frase, o lo de los puntos suspensivos...! Y es que desconozco el detalle, ¡coño! Dentro de mí siento cosas preciosas, pero a la hora de mostrarlas o de contarlas, ni las cuento bien ni las escribo bien.

- Pero piensas mejor que yo, Agustín, y aquí me tienes para ayudarte. No es que sea Cervantes, pero siempre me han gustado mucho los libros, tengo muchos, los leo y eso es muy importante. Ya te contaré la historia de un poeta maravilloso que empezó cuidando cabras y que puso tanto de su parte que hoy se leen sus poemas hasta en Japón. Se llamó Miguel Hernández. Yo tengo todos sus libros, ya te los dejaré.

- Alguna noción tengo yo de aquel poeta, y sobre todo sé que ni en vida ni en muerte encontró la Paz. Pero bueno, si estás dispuesto copia algo que tengo en la mente no vaya a ser que luego se me olvide:

Quiero volcar en Castilla
toda mi alma de poeta
y sembrar la Paz que llevo
en páramos y mesetas,
y cuando vaya creciendo
entre brotecillos nuevos
yo los iré trasplantando
por ribazos y senderos,
ya todo lleno de Paz
y ante tanta maravilla
podré sentirme orgulloso
de haber puesto la semilla.

- ¡Eres fenomenal, Agustín, y ni un solo punto suspensivo! ¿Ves? Pues yo eso tan bonito no sé sentirlo.

Los hermanos de Agustín vivían en Madrid. Menos bucólicos que él y por lo tanto más suertudos tenían ciertas influencias. Le propusieron trasladarlo allí:

- Mira, no es que tengas mucha preparación, pero hemos hablado con gente de cierto relieve, y si quieres dejar el pueblo ya te hemos buscado algo muy original. Serías... algo así como limpiabotas de alto "Standing". Una especie de asesor de imagen, pero de los pies. Así como la alta burguesía tiene encargados para sus armarios roperos, tú te encargarías de los armarios zapateros. El Palacio "La Tartera", el Gran Hotel "Bohemios Reunidos", y el Teatro "La Llantina", te admitirían. Ya lo hemos hablado. El calzado de todos esos famosos personajes tendría que estar siempre a punto. Y al margen de ellos si tú te buscabas alguno mas...

La Eufrasia vio los cielos abiertos:

- Yo creo que debes aceptar, Agustín. ¿Tú sabes lo que sería que en vez de ponerme los rulos la chica de la Incolaza me peinara ese tal Llongueras que sale en "Hola"? ¿Y que en vez de jugar al cinquillo en el patio de la vecina fuera a que me echara las cartas Rappel?

- Mira Eufrasia, yo soy hombre de pueblo. Que me dejen con mi trigo aunque sea trigo mojado.

- Ya ves que cosa tan bonita te ha salido. ¿La has inventado tú?

- La ha inventado Castilla, pero para mí.

- Ya decía yo que ese era mucho arroz para un pollo. Y a propósito de pollo, creo que ya se me ha quemado otra vez la comida.

- ¿Lo ves? Aquí me agarro a las uvas con queso, que me saben a beso, no se de quien, pero me saben a beso.

- Y en Madrid en vez de beber agua del manantial del huerto la beberías de la fuente de la Cibeles, y en vez de pasear por la era iríamos a la Puerta del Sol. ¡Vamos a Madrid, Agustín!

- ¡Pues... hala, vamos a Madrid! No quiero discutir.

"Agustín limpiabotas de postín, del zapato y el botín". Era el rótulo que ostentaba la puerta de su buhardilla. El recién estrenado limpiabotas cumplía con creces con su obligación. Todo estaba en orden, sus jefes le querían, le regalaban cosas, le daban propinas, entradas para el teatro, y casi todos brillaban más por sus pies que por sus cabezas. Pero ya nada era lo mismo. Sí, en sus ratos libres paseaba por La Gran Vía, escuchaba la radio y veía la Televisión como recurso, pero... aquella pequeña casita situada en el altozano desde el que dominaba la llanura interminable de trigales, aquel oleaje unas veces verde, otras amarillo y otras de un color mezclado e indefinido, aquella inmensa alfombra salpicada de motas rojas y blancas azotada por el viento sur del atardecer, aquel extender la mirada intentado encontrar la línea divisoria entre el cielo y la tierra, aquel perrazo noblote dormido a sus pies!... ¡Aquello, Dios mío, aquello...!

- ¡Carta de Ernesto!

- "...Y has tenido suerte, hombre. Tú, al tún tún, al tún tún..."

Y Agustín se decía: "Desde luego, yo al tún tún, al tún tún he llegado a la altura del betún. Nunca me había hecho ilusión de llegar muy arriba, pero ¡coño! Ya no he podido caer mas bajo. Si me descuido hago un hoyo.

Un nuevo atentado y además sin paliativos. Ni Ernesto, ni Chitón, ni la partida de mus, ni el majuelo... ¡nada!, sólo quioscos abarrotados de prensa negra, televisión y radio machacando sobre lo mismo...

- ¿Sabes lo que te digo, Eufrasia? Que me voy a misa. Quiero oír decir al cura eso de "daos fraternalmente la mano de la Paz". Hoy me voy a multiplicar. Mis manos van a ser un chorro de apretones a diestro y siniestro.

Cómo le hubiera gustado a Agustín mandar en una nación. Que bien hubiera resuelto todos los conflictos. Nunca entendió que la gente se metiera en guerras, terrorismo o disputas ideológicas. ¡Pero que adelantarían, Señor! Total para conseguir un territorio lo ponían todo perdido de sangre, de viudas, de huérfanos y luego aquel terreno conquistado al fin, supondría acarrear a sus nuevos propietarios grandes problemas de reurbanización para reconstruir lo ya derribado, aparte de los miles de papeles que harían falta para acreditar su propiedad, porque..." no creo yo que uno se pueda quedar con naciones así como así, sin nada que "lo haga bueno". Eso de conseguir naciones a base de vidas le parecía una monstruosidad, sobre todo si los que perdían esas vidas iban a esas guerras en contra de su voluntad. Y lo terrible para él era que las segaran hombres obligados a hacerlo.

Agustín, filosofando se preguntaba: ¿Por qué coño se discute tanto sobre el tema del aborto, si luego cuatro cabezas mal pensantes organizan guerras donde se destruye sin piedad a personas ya formadas?

- Mira Eufrasia. No sé porqué pero aquí llevo peor algunas cosas, las toco más de cerca. Las balas en nuca ajena rebotan en la mía propia. Tiro por tiro prefiero el del pardal. ¡Me estoy ahogando, Eufrasia! Y es que tampoco es lo mismo comer debajo de la parra que entre persianas y ventiladores. Además yo creía que en Madrid no había moscas, ¡coño!
- Pero que cosas dices, ¡Moscas, en verano las hay hasta en la sopa!

- Pues por eso lo digo. Por eso precisamente.

Sobremesa de calor bochornoso. Presagio de tormenta. Y aquel niño grande al que tanto le gustaba soñar despierto soñó mas dormido que un tronco de chopo castellano.

Un hada preciosa le tocó con su varita de azahar:

- Agustín, ya es hora de que dejes de arrodillarte a los pies de quien no vale ni para descalzarte.

Y por arte de birlibirloque se encontró convertido en el rey de una fantástica nación. Una nación blanca con un silencio que se podía oír y que sólo interrumpía de vez en cuando una musiquilla cadenciosa y sosegante. Blancas palomas de la Paz cruzaban un cielo limpio sin indicios de tormenta. Los días allí transcurrían como en una balsa de aceite. No existían manicomios ni se conocían las mas leves enfermedades nerviosas.

El Palacio real que ¡cómo no! Se llamaba el Palacio de la Paz, era tranquilo, sin estridencias, y en un trono blanco y blando estaba él ¡Si, era él! Por las paredes del salón había grandes legados enmarcados en oro y todos con frases alusivas a la Paz, tales como "SI LA PAZ EN ESTE MUNDO SE LOGRASE POR AMOR SENTIRÍAMOS MAS PAZ EN NUESTRO MUNDO INTERIOR" "PAZ PALABRA CORTA DE LARGO CONTENIDO" "LA PAZ YA LA TIENES PROCURA NO PERDERLA Y NO TENDRÁS QUE LUCHAR POR RECUPERARLA".

Los rostros de los servidores eran serenos y dulces, como el de aquel lacayo que entró diciendo:

- Majestad, viene un emisario a tratar sobre no se que peñón.

- Dile que pase Pazcual.

- Pascual, Majestad. Me llamo Pascual, con ese.


- La Paz sea contigo, Majestad.

- Y contigo, hijo mío. Y con todo el mundo ¿Qué te trae por aquí?

- Que me manda mi Rey a preguntarte que si nos podemos quedar con el peñón.

- ¡Pero hombre de Dios! ¿Para que queréis ese pedazo de terreno peñascoso y puntiagudo? No os servirá mas que para romperos la crisma. Yo os lo daría de buena gana, pero os va a acarrear problemas, y no pocos.

- Bueno. Pero le queremos.

- ¡Bien, pues hala, hala, pero luego no vengáis diciendo que queréis sacudiros esa mosca de encima! Lo que se pide y se recibe ya no se devuelve. Cuando ya no sepáis que hacer con él vosotros veréis como os las arregláis ¿entendido?

- Bueno, es que siendo así...

- Nada, nada, para vosotros y vete en Paz.

Nuevo lacayo con nueva cara de Santo Job:

- Majestad, pide audiencia una mujer preciosa, bajita, regordeta y sonriente que dice llamarse Rigoberta Menchú.

- ¡Rigoberta!, queridísima Rigoberta...

- ¡Admirado Agustín!, quería conocerte y darte un fuerte abraso de confabulación. El mundo entero te admira.


Y así era. Los soberanos de todos los países se interesaban por sus métodos y sistemas para gobernar al pretender ellos solventar sus problemas sin conseguir grandes logros. El Rey Agustín siempre respondía:

- "Paz, paz. A la Paz hasta la renuncia si es preciso"

En el centro de su corona se leía "Paz". Y en los membretes de sus cartas. Y en el respaldo de su trono. Y en las esquinas de sus servilletas. Y en sus ojos...

Le despertó un brusco zarandeo de la Eufrasia:

- Arriba, Agustín, que han telefoneado diciendo que tienes que ir a retocar el calzado de no se cuantos ministros, que hoy se reúnen con carácter deliberante, y que mañana se vuelven a reunir con carácter decisorio. Y como está lloviendo no querrán entrar en la sala salpicadillos. Es que al parecer están planeando el recibimiento de una tal Rigoberta Menchú, no sé si he apuntado bien el nombre, ahí lo tienes.

El destronadísimo Rey Paz fue desperezándose lentamente en medio de un dulce duermevela. Sonrió irónicamente de arriba abajo. Sonrió con la cara, con los hombros, con el alma... con el cuerpo entero. Y con palabras entrecortadas por un bostezo:

- ¡Rigoberta, queridísima Rigoberta!

- ¡Pero que dices, Agustín! ¿y quién es esa Rigoberta? No, si ya digo yo que tu las matas callando.

- ¡Matar, matar... esa palabra me suena de algo!

- Venga, espabila y no sigas diciendo tonterías, que sigue lloviendo y esos señorones querrán aparecer en la reunión como los chorros del oro. ¡Y como sigas durmiendo van a aparecer como otra clase de chorros! ¡Espabila!

- ¡Ya voy, mujer, ya voy! Mira a ver si están en la caja todos los betunes.

- Están todos.

- ¿Y todas las bayetas?

- También.

- ¿Y todos los cepillos?

- ¡Que síiiiiii!

Cuando el Rey Agustín Paz, abrió por completo los ojos se estrelló bruscamente con la triste realidad. Lo primero que vio fue el delantal mugriento y reluciente cubriendo la prominente barrigota de la Eufrasia, y dos moscas azuladas y gordísimas posadas en el sudado talón de uno de sus calcetines.