| "La
paz es patrimonio de la humanidad
si tú y yo somos humanos
y es la Paz lo que queremos
¿Por qué la Paz que tenemos
nos la roban de las manos?"
"YO; EL
REY"
- ¡Agustín chibirín
dame una avellana! ¡Agustín chibirín
no me da la gaaaana!
- ¡A ver si te arreo una...!
- ¡Tú siempre dices
que vas a arrear mucho pero nunca arreas nada,
tontáina, mameluco, cobardón!
Y era verdad, nunca arreaba nada,
y es que ya desde la cuna, Agustín fue
un gran amante de la Paz.
-¡Que bebé tan pacífico
-decían las vecinas- no se le oye llorar
nunca, aunque quiera teta o este mojadillo!
-¡Que chiquito tan tranquilo
-decían mas tarde- no se pelea con otros
niños aunque le quiten los juguetes o
le pongan zancadillas!
Agustín desde su infancia
ya pensó que no podía haber nada
que le hiciera feliz si para conseguirlo tenía
que pasar por los malos tragos de berrinches
o peleas. ¡La Paz! Eso era lo que le gustaba
a él. ¿Cómo no sabría
apreciar la gente lo a gusto que se vive en
Paz? Por eso, su madre se aprovechaba de la
situación, y si en merienda salía
un bocadillo más pequeño..."
este para Agustín", y si no alcanzaba
el presupuesto para el calzado de todos... "bueno,
a Agustinillo le compramos unas alpargatas y
andando, porque si no estos otros con lo bocazas
que son..."
Agustín como toda la gente
fue creciendo, y mientras sus hermanos adquirían
la llamada "cultura general" en alguna
academia de la ciudad, él quedó
limitado a la escuela rural, porque "este
chiquito mío no sirve para los libros,
él se lo pasa mejor entre el grillo,
la lagartija y la amapola".
Ya de mozo, y entre Paz y renuncias
para conseguirla se mezclaba en francachelas
sin gustarle, bailaba sin saber, y reía
chistes sosos por no desilusionar. Y hasta hizo
la mili sin querer y por deber.
Y cuando quiso darse cuenta se
encontró casado con la Eufrasia, que
como era una moza simpática y nada fea,
y además se reía como una niña,
a Agustín le gustaba mirarla, pero a
la Eufrasia la vino de perlas aquel pedazo de
pan y le echó el guante:
- Ya que vas a la ciudad compras
los anillos de boda.
- Pero... ¿¡Para
qué boda!?
- Pues... para la nuestra.
-"Que mira, hijo, que todas
las vecinas me dicen que la Eufrasia no sabe
ni fregar un plato, que no sabe hacer las labores
de su casa, que por no hacer no hace ni la cama..."
- Así no hay que deshacerla,
madre. Y hubo boda.
Vivian en el bonito pueblo castellano
que los vio nacer y donde Agustín se
encontraba sosegado y tranquilo. Su ambiente
giraba en torno a la tierra parda que sabía
recompensar con creces a la mano que la cuidaba
premiándole cada temporada con espigas
de oro molido. Y estaba "Chitón",
su fiel perrazo del que Agustín decía;
"Nos miramos mucho y existe la comprensión.
Un perro que mira con esa dulzura nunca puede
dar mordiscos". Pero la "guinda"
para el sosiego la ponía Ernesto, su
querido amigo del alma al que Agustín
llamaba cariñosamente "El Che".
Agustín a ratos era hasta feliz dentro
de su imagen de castellano joven, guapo, rudo
y noblote.
Ernesto tenía mas cultura
pero menos sensibilidad que Agustín,
y así habían llegado a conseguir
una perfecta combinación.
- "Tú ya sabes, Che,
que yo lo de la ortografía... todo eso
de las comas, los acentos... sobre todo los
puntos suspensivos. Lo de uves y bes no me preocupa
tanto porque al fin y al cabo se lee lo mismo.
Pero como tu siempre me dices esas cosas de
que "un punto o una coma mal colocados
cambian una frase, o lo de los puntos suspensivos...!
Y es que desconozco el detalle, ¡coño!
Dentro de mí siento cosas preciosas,
pero a la hora de mostrarlas o de contarlas,
ni las cuento bien ni las escribo bien.
- Pero piensas mejor que yo,
Agustín, y aquí me tienes para
ayudarte. No es que sea Cervantes, pero siempre
me han gustado mucho los libros, tengo muchos,
los leo y eso es muy importante. Ya te contaré
la historia de un poeta maravilloso que empezó
cuidando cabras y que puso tanto de su parte
que hoy se leen sus poemas hasta en Japón.
Se llamó Miguel Hernández. Yo
tengo todos sus libros, ya te los dejaré.
- Alguna noción tengo
yo de aquel poeta, y sobre todo sé que
ni en vida ni en muerte encontró la Paz.
Pero bueno, si estás dispuesto copia
algo que tengo en la mente no vaya a ser que
luego se me olvide:
Quiero volcar en Castilla
toda mi alma de poeta
y sembrar la Paz que llevo
en páramos y mesetas,
y cuando vaya creciendo
entre brotecillos nuevos
yo los iré trasplantando
por ribazos y senderos,
ya todo lleno de Paz
y ante tanta maravilla
podré sentirme orgulloso
de haber puesto la semilla.
- ¡Eres fenomenal, Agustín,
y ni un solo punto suspensivo! ¿Ves?
Pues yo eso tan bonito no sé sentirlo.
Los hermanos de Agustín
vivían en Madrid. Menos bucólicos
que él y por lo tanto más suertudos
tenían ciertas influencias. Le propusieron
trasladarlo allí:
- Mira, no es que tengas mucha
preparación, pero hemos hablado con gente
de cierto relieve, y si quieres dejar el pueblo
ya te hemos buscado algo muy original. Serías...
algo así como limpiabotas de alto "Standing".
Una especie de asesor de imagen, pero de los
pies. Así como la alta burguesía
tiene encargados para sus armarios roperos,
tú te encargarías de los armarios
zapateros. El Palacio "La Tartera",
el Gran Hotel "Bohemios Reunidos",
y el Teatro "La Llantina", te admitirían.
Ya lo hemos hablado. El calzado de todos esos
famosos personajes tendría que estar
siempre a punto. Y al margen de ellos si tú
te buscabas alguno mas...
La Eufrasia vio los cielos abiertos:
- Yo creo que debes aceptar,
Agustín. ¿Tú sabes lo que
sería que en vez de ponerme los rulos
la chica de la Incolaza me peinara ese tal Llongueras
que sale en "Hola"? ¿Y que
en vez de jugar al cinquillo en el patio de
la vecina fuera a que me echara las cartas Rappel?
- Mira Eufrasia, yo soy hombre
de pueblo. Que me dejen con mi trigo aunque
sea trigo mojado.
- Ya ves que cosa tan bonita
te ha salido. ¿La has inventado tú?
- La ha inventado Castilla, pero
para mí.
- Ya decía yo que ese
era mucho arroz para un pollo. Y a propósito
de pollo, creo que ya se me ha quemado otra
vez la comida.
- ¿Lo ves? Aquí
me agarro a las uvas con queso, que me saben
a beso, no se de quien, pero me saben a beso.
- Y en Madrid en vez de beber
agua del manantial del huerto la beberías
de la fuente de la Cibeles, y en vez de pasear
por la era iríamos a la Puerta del Sol.
¡Vamos a Madrid, Agustín!
- ¡Pues... hala, vamos
a Madrid! No quiero discutir.
"Agustín limpiabotas
de postín, del zapato y el botín".
Era el rótulo que ostentaba la puerta
de su buhardilla. El recién estrenado
limpiabotas cumplía con creces con su
obligación. Todo estaba en orden, sus
jefes le querían, le regalaban cosas,
le daban propinas, entradas para el teatro,
y casi todos brillaban más por sus pies
que por sus cabezas. Pero ya nada era lo mismo.
Sí, en sus ratos libres paseaba por La
Gran Vía, escuchaba la radio y veía
la Televisión como recurso, pero... aquella
pequeña casita situada en el altozano
desde el que dominaba la llanura interminable
de trigales, aquel oleaje unas veces verde,
otras amarillo y otras de un color mezclado
e indefinido, aquella inmensa alfombra salpicada
de motas rojas y blancas azotada por el viento
sur del atardecer, aquel extender la mirada
intentado encontrar la línea divisoria
entre el cielo y la tierra, aquel perrazo noblote
dormido a sus pies!... ¡Aquello, Dios
mío, aquello...!
- ¡Carta de Ernesto!
- "...Y has tenido suerte,
hombre. Tú, al tún tún,
al tún tún..."
Y Agustín se decía:
"Desde luego, yo al tún tún,
al tún tún he llegado a la altura
del betún. Nunca me había hecho
ilusión de llegar muy arriba, pero ¡coño!
Ya no he podido caer mas bajo. Si me descuido
hago un hoyo.
Un nuevo atentado y además
sin paliativos. Ni Ernesto, ni Chitón,
ni la partida de mus, ni el majuelo... ¡nada!,
sólo quioscos abarrotados de prensa negra,
televisión y radio machacando sobre lo
mismo...
- ¿Sabes lo que te digo,
Eufrasia? Que me voy a misa. Quiero oír
decir al cura eso de "daos fraternalmente
la mano de la Paz". Hoy me voy a multiplicar.
Mis manos van a ser un chorro de apretones a
diestro y siniestro.
Cómo le hubiera gustado
a Agustín mandar en una nación.
Que bien hubiera resuelto todos los conflictos.
Nunca entendió que la gente se metiera
en guerras, terrorismo o disputas ideológicas.
¡Pero que adelantarían, Señor!
Total para conseguir un territorio lo ponían
todo perdido de sangre, de viudas, de huérfanos
y luego aquel terreno conquistado al fin, supondría
acarrear a sus nuevos propietarios grandes problemas
de reurbanización para reconstruir lo
ya derribado, aparte de los miles de papeles
que harían falta para acreditar su propiedad,
porque..." no creo yo que uno se pueda
quedar con naciones así como así,
sin nada que "lo haga bueno". Eso
de conseguir naciones a base de vidas le parecía
una monstruosidad, sobre todo si los que perdían
esas vidas iban a esas guerras en contra de
su voluntad. Y lo terrible para él era
que las segaran hombres obligados a hacerlo.
Agustín, filosofando se
preguntaba: ¿Por qué coño
se discute tanto sobre el tema del aborto, si
luego cuatro cabezas mal pensantes organizan
guerras donde se destruye sin piedad a personas
ya formadas?
- Mira Eufrasia. No sé
porqué pero aquí llevo peor algunas
cosas, las toco más de cerca. Las balas
en nuca ajena rebotan en la mía propia.
Tiro por tiro prefiero el del pardal. ¡Me
estoy ahogando, Eufrasia! Y es que tampoco es
lo mismo comer debajo de la parra que entre
persianas y ventiladores. Además yo creía
que en Madrid no había moscas, ¡coño!
- Pero que cosas dices, ¡Moscas, en verano
las hay hasta en la sopa!
- Pues por eso lo digo. Por eso
precisamente.
Sobremesa de calor bochornoso.
Presagio de tormenta. Y aquel niño grande
al que tanto le gustaba soñar despierto
soñó mas dormido que un tronco
de chopo castellano.
Un hada preciosa le tocó
con su varita de azahar:
- Agustín, ya es hora
de que dejes de arrodillarte a los pies de quien
no vale ni para descalzarte.
Y por arte de birlibirloque se
encontró convertido en el rey de una
fantástica nación. Una nación
blanca con un silencio que se podía oír
y que sólo interrumpía de vez
en cuando una musiquilla cadenciosa y sosegante.
Blancas palomas de la Paz cruzaban un cielo
limpio sin indicios de tormenta. Los días
allí transcurrían como en una
balsa de aceite. No existían manicomios
ni se conocían las mas leves enfermedades
nerviosas.
El Palacio real que ¡cómo
no! Se llamaba el Palacio de la Paz, era tranquilo,
sin estridencias, y en un trono blanco y blando
estaba él ¡Si, era él! Por
las paredes del salón había grandes
legados enmarcados en oro y todos con frases
alusivas a la Paz, tales como "SI LA PAZ
EN ESTE MUNDO SE LOGRASE POR AMOR SENTIRÍAMOS
MAS PAZ EN NUESTRO MUNDO INTERIOR" "PAZ
PALABRA CORTA DE LARGO CONTENIDO" "LA
PAZ YA LA TIENES PROCURA NO PERDERLA Y NO TENDRÁS
QUE LUCHAR POR RECUPERARLA".
Los rostros de los servidores
eran serenos y dulces, como el de aquel lacayo
que entró diciendo:
- Majestad, viene un emisario
a tratar sobre no se que peñón.
- Dile que pase Pazcual.
- Pascual, Majestad. Me llamo
Pascual, con ese.
- La Paz sea contigo, Majestad.
- Y contigo, hijo mío.
Y con todo el mundo ¿Qué te trae
por aquí?
- Que me manda mi Rey a preguntarte
que si nos podemos quedar con el peñón.
- ¡Pero hombre de Dios!
¿Para que queréis ese pedazo de
terreno peñascoso y puntiagudo? No os
servirá mas que para romperos la crisma.
Yo os lo daría de buena gana, pero os
va a acarrear problemas, y no pocos.
- Bueno. Pero le queremos.
- ¡Bien, pues hala, hala,
pero luego no vengáis diciendo que queréis
sacudiros esa mosca de encima! Lo que se pide
y se recibe ya no se devuelve. Cuando ya no
sepáis que hacer con él vosotros
veréis como os las arregláis ¿entendido?
- Bueno, es que siendo así...
- Nada, nada, para vosotros y
vete en Paz.
Nuevo lacayo con nueva cara de
Santo Job:
- Majestad, pide audiencia una
mujer preciosa, bajita, regordeta y sonriente
que dice llamarse Rigoberta Menchú.
- ¡Rigoberta!, queridísima
Rigoberta...
- ¡Admirado Agustín!,
quería conocerte y darte un fuerte abraso
de confabulación. El mundo entero te
admira.
Y así era. Los soberanos de todos los
países se interesaban por sus métodos
y sistemas para gobernar al pretender ellos
solventar sus problemas sin conseguir grandes
logros. El Rey Agustín siempre respondía:
- "Paz, paz. A la Paz hasta
la renuncia si es preciso"
En el centro de su corona se
leía "Paz". Y en los membretes
de sus cartas. Y en el respaldo de su trono.
Y en las esquinas de sus servilletas. Y en sus
ojos...
Le despertó un brusco
zarandeo de la Eufrasia:
- Arriba, Agustín, que
han telefoneado diciendo que tienes que ir a
retocar el calzado de no se cuantos ministros,
que hoy se reúnen con carácter
deliberante, y que mañana se vuelven
a reunir con carácter decisorio. Y como
está lloviendo no querrán entrar
en la sala salpicadillos. Es que al parecer
están planeando el recibimiento de una
tal Rigoberta Menchú, no sé si
he apuntado bien el nombre, ahí lo tienes.
El destronadísimo Rey
Paz fue desperezándose lentamente en
medio de un dulce duermevela. Sonrió
irónicamente de arriba abajo. Sonrió
con la cara, con los hombros, con el alma...
con el cuerpo entero. Y con palabras entrecortadas
por un bostezo:
- ¡Rigoberta, queridísima
Rigoberta!
- ¡Pero que dices, Agustín!
¿y quién es esa Rigoberta? No,
si ya digo yo que tu las matas callando.
- ¡Matar, matar... esa
palabra me suena de algo!
- Venga, espabila y no sigas
diciendo tonterías, que sigue lloviendo
y esos señorones querrán aparecer
en la reunión como los chorros del oro.
¡Y como sigas durmiendo van a aparecer
como otra clase de chorros! ¡Espabila!
- ¡Ya voy, mujer, ya voy!
Mira a ver si están en la caja todos
los betunes.
- Están todos.
- ¿Y todas las bayetas?
- También.
- ¿Y todos los cepillos?
- ¡Que síiiiiii!
Cuando el Rey Agustín
Paz, abrió por completo los ojos se estrelló
bruscamente con la triste realidad. Lo primero
que vio fue el delantal mugriento y reluciente
cubriendo la prominente barrigota de la Eufrasia,
y dos moscas azuladas y gordísimas posadas
en el sudado talón de uno de sus calcetines.
|