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Con buenos deseos perduran los recuerdos

Aquellos duros años de posguerra, en que las huellas y los rencores aún no se habían desvanecido y escaseaban los alimentos, mis padres en verano me llevaban con mis tíos al Pozo de Guadalajara, un pequeño pueblo situado en un llano de la Alcarria, con una hermosa plaza, que ya lucia con orgullo su iglesia de San Mateo, del siglo XIII, precioso ejemplar de la arquitectura románico mudéjar y su picota del siglo XVI, símbolo de Villazgo.

La casa de mis tíos era humilde, propia de aquella época de labranza. En la entrada había un portalón con el suelo empedrado, y a la derecha un arcón donde se guardaban algunos utensilios del campo y a un lado unas cantareras con cantaros de barro, y en el centro una mesa y varias sillas con asientos de espadaña, luego enfrente, unas escaleras subían a los dormitorios, que tenían las camas de hierro y dos colchones, uno de borra, y encima el de la lana, y también unas cómodas y baúles para meter la ropa; y sin olvidar unos palanganeros con jarro de agua para realizar abluciones.

En el pasillo había una alacena donde se conservaban los alimentos, y al fondo la cocina, con su chimenea de campana donde se pendía un llar. A veces colgaban una caldera para calentar agua. Durante el día no faltaban unos leños ardiendo, y mirando al fuego, un escaño, una mesa, sillas y taburetes de madera. En la cocina era donde más se convivía, y era costumbre comer y cenar al amor de la lumbre. Lo que más se cocinaba eran potes de puchero de barro arrimados a las ascuas y sujetos por un morillo.

No faltaba tampoco un trébede para poner peroles o sartenes, de donde alguna que otra vez se hacían gachas con torreznos y todos metíamos la cuchara ordenadamente.
No faltaba en la cocina un fuelle de madera, un recogedor, unas tenazas y candiles, e igualmente una espetera con cazos y una espumadera. En un rincón se podía ver una despensa con sus fuentes de porcelana, platos de loza y una jícara.

Desde allí se pasaba al corral, donde algunas gallinas alegres picoteaban, mientras que otras salían por la gatera a la calle y campaban en libertad, a sus anchas. Al fondo del mismo estaba la cuadra, y en uno de los lados una tinada con leña.
En verano todos estaban entregados a las duras faenas de la recolección. Era época en que todas las labores del campo se hacían a mano, o mejor dicho… a brazo, y a veces venían cuadrillas de segadores, de otras regiones; hombres humildes cargados de hambre y sueños rotos. Al alba se levantaban, con la hoz, zoquetas, zahón, polainas, peales, y las albarcas puestas, con su sombrero de paja de ala ancha e iban camino de la siega.

Doblando los riñones llenaban la tierra de gavillas, que el atador convertía en haz con destreza. Después la cargaban en carros o caballerías y la hacinaban en la era, posteriormente la extendían en forma de circunferencia y, subidos en un trillo tirado por una caballería con ramales asidos a la cabezada, daban vueltas y vueltas alrededor de la parva y de cuando en cuando con una horca la volteaban.

Al caer la tarde recogían las mies con una rastra amontonándola. A continuación con un bielo albeldaban y con una criba separaban del grano las granzas y después con una media, cuartilla o celemín, envasaban las fanegas en sacos o costales; para trasladarlo al granero o a la tróje, y si no les daba tiempo lo llevaban de madrugada, quedando alguno a dormir en la era bajo una manta de sayal.

Con la brisa de la mañana, antes que el sol abrumara, transportaban en carro la paja hasta el pie del pajar. Con un bielo unos la introducían por la piquera, mientras otros, metidos dentro, y tapándose la cara con un pañuelo, henchidos de polvo y picor por toda la piel con la garganta reseca, la amontonaban al fondo, asomando la cabeza regularmente para respirar y echar un trago de agua, o vino de cosecha.

Una vez terminada la recolección, los labradores jóvenes, avejados y tostados por el sol, hartos de trillo y era, comenzaban a pensar en la fiesta. Se celebraba y se celebra el 21 de septiembre en honor a San Mateo, Santo y patrón del pueblo.

Y… yo para entonces regresaba a Guadalajara.

Juan Bautista López Sánchez
Premio relato corto Centro de Día La Rosaleda
Socio del Doncel UDP Guadalajara