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María Isabel Pradera, Madrid


Algunas noches necesitaba un baño largo y relajante antes de irse a la cama; y esta era una de esas noches. Mientras se dejaba acariciar por el agua tibia y el suave cosquilleo de la espuma, su mente no dejaba de viajar imaginando miles de fantasías a cual más excitante y atrevida. Salió del baño y envolvió su piel con un albornoz azul cobalto.

Cuando terminó de secarse, lo dejó resbalar por sus hombros sustituyéndolo por un camisón de encaje y seda. Un leve toque de perfume y la imagen que le devolvió el espejo le agradó, pues aunque había perdido la lozanía y tersura de tiempos pasados, sus rasgos eran más definidos y había más profundidad en su mirada.

Con estudiada lentitud se encaminó al dormitorio y apoyándose en el marco de la puerta, se deleitó como nunca antes lo había hecho contemplándolo. Yacía indolentemente sobre la cama. Su mirada recorrió cada uno de sus lunares y se detuvo en cada una de sus curvas. Se sentó y pasando su mano sobre él comenzó a acariciarle. Se estremeció como tantas otras veces al notar su suave y cálido tacto.

Se inclinó sobre el sin dejar de acariciar esos relieves que el paso de los años iba difuminando sin menoscavar la atracción que sobre ella ejercía. Sintió sobre ella la levedad de su peso y el calor que iba transmitiendo a su cuerpo.  Aspiró embriagada su olor. Y una vez más se entregó a ese dulce abandono que inundaba todos sus sentidos antes de que el sueño se apoderara de ella. Emitió un suave suspiro y en sus labios apareció una sonrisa.

Acababa de descubrir que nunca dejaría de gustarle y que era el mejor amante que podría tener. Se abrazó de nuevo a él. Nunca abandonaría a su viejo edredón de patchwork.