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VI CONCURSO LITERARIO
1º premio: Lluvia de estrellas y otras lágrimas
ALICIA LÓPEZ BUDIA

Al verle, recuerda vagamente a un actor caracterizado de Lord ingles. En lugar del frac de inmejorable paño y corte, lleva con la misma despreocupada elegancia su uniforme de portero: de Conserje, como le gusta presentarse.

En el edificio donde trabaja desde hace apenas dos meses, señorial, clase alta, su imponente presencia es un exponente de la propia categoría de los vecinos, piensan éstos; además es educado, servicial sin perder el empaque. Las señoras decididamente le adoran sin excepción; cuando les abre la puerta del ascensor, más que al portal les parece acceder al salón del trono anunciadas por el Gran Chambelán y se quedan momentáneamente aturdidas; con la sonrisa en los labios y saludos leves de cabeza, avanzan creyendo escuchar murmullos de aprobación.

Él, seductor nato, hace su paripé un poco teatral por divertirse y porque sabe que así recibe mejores propinas.

- ¿Podría hablar con Vd.? Quisiera...

Se volvió solícito requerido por aquella voz amable que dejaba traslucir cierto nerviosismo.

Conocía vagamente de verle entrar y salir en la casa de enfrente al caballero que le había interpelado. De mediana edad, no demasiado alto, con amplias entradas y un estómago que el chaleco del traje no conseguía retener; gafas graduadas le agrandaban los ojos azules de mirada franca, ¿tímida? Y un bigote entrecano, fino, anticuado, subraya sus labios poco habladores.

- Por supuesto Señor, dígame.

- Es una conversación privada la que me gustaría mantener con Vd. si no tiene inconveniente le espero a la salida de su trabajo en el bar de la esquina. ¿A las ocho le parece bien?

Realmente estaba intrigado.

**********

Llegó puntual. Le divisó en una mesa al fondo del local, lejos del jaleo de la barra, vigilando atentamente la entrada. Se saludaron ligeramente envarados.

- ¿Le importa que fume? Necesitaba la serenidad que proporciona el tener un cigarrillo en la mano.

- Naturalmente que no. Hace tiempo que lo dejé, pero todavía me gusta el olor del tabaco. ¿Qué va a tomar?

Cuando el camarero sirvió la consumición, comenzó a hablar como para sí mismo, prescindiendo del ambiente que les rodeaba.

- Mariana, mi mujer, me tiene preocupado. Últimamente no quiere salir a la calle; la encuentro nerviosa, muy excitada, y no puedo asistir impasible a un sufrimiento que la aleja de mí. Ella ha sido, es el motor de mi vida.

Exhaló una bocanada de humo sintiéndose incómodo al escuchar a aquel señor, que en clara violencia con su carácter, le estaba contando intimidades a él, a quién no conocía de nada. Se removió inquieto en el asiento.

- Discúlpeme, se interrumpió al percibir su movimiento, debería ser más concreto. Lo intentaré.

Era fácil ver que estaba alterado. El conserje simuló concentrarse en la bebida mientras el otro se limpiaba las gafas, dándose tiempo tal vez para recobrar la serenidad.

- Verá, desde hace una temporada, mi mujer se pasa la vida detrás de los visillos del balcón espiando la calle. Me ha confesado al fin, no quiero agobiarle con detalles, que le produce una gran inquietud el que esté haciendo guardia en la acera de enfrente un antiguo novio, o pretendiente, no sé. -y un punto de dolor asomó a sus pupilas-. He llegado a la conclusión de que se refiera a Vd. a quien confunde con un tal Juan. Lo mejor será desengañarla, que le conozca personalmente para que recobre la paz. He pensado señor...

- Restrepo. Juan Restrepo.

- Bien señor Restrepo, ¿sería tan amable de hacernos una visita el sábado por la tarde? Le estaría muy agradecido. Por supuesto será valorado económicamente el tiempo que nos dedique.

**********

Ridículo. Estaba enfadado consigo mismo por haberse dejado liar y encontrarse pulsando el timbre de aquella casa. Se revisó mentalmente. Era consciente de que sin el decorado del portal y el uniforme perdía mucho, pero no iba de conquista, ni pensaba culparse por no vivir ahora con alguna mujer a la que pedir consejo sobre si era adecuado el jersey a la caja, la camisa de cuadros y el pantalón de pana que llevaba. Los zapatos limpios, las manos cuidadas, era una vieja obsesión, el cabello rizado entreverado de canas bien domado, recién afeitado. Si, estaba correcto. Echaba de menos la colonia habitual, usaba una infantil y le dio apuro que la reconocieran. Como si tuviera que dar explicaciones. Bueno, la suerte estaba echada. Total no tenía que hacer nada especial, se ganaría un dinero extra que le vendría de perlas, y adiós. Sentía curiosidad, a que negarlo.

Pulsó el timbre.

- Señor Restrepo, he preparado el terreno. El servicio libra y mi mujer le espera. Les acompañaré un rato y luego saldré pretextando una llamada urgente.

Atravesaron el vestíbulo deteniéndose en la entrada de un salón.

- Mariana, mira quien nos visita.

Se volvió dejando caer la cortina. Alta, delgada, bella en su madurez. La calibró rápido. Tuvo que ser impresionante, una real mujer, de eso sí entendía.

Los ojos negros y curiosos le miraron fijamente, luego sonriendo extendió las manos para apretar las suyas.

- Has aparecido por fin. Me alegro tanto...

**********

Todo eran preguntas, confidencias en un ambiente cálido, de intimidad.

Se sorprendió a sí mismo oyéndose contar su vida, algo que nunca se permitía. Y sin embargo, ahí estaba. Ella tiraba y tiraba de un invisible sedal y notaba cómo el anzuelo de su interés se clavaba cada vez más profundo, haciendo desaparecer toda su reserva.

- Llevo muchos años fuera de España, acabo prácticamente de volver. Soy radiotelegrafista, profesión que aprendí en la mili y que me llevó una vez licenciado a enrolarme en un barco mercante. ¿La vuelta al mundo? Dos o tres veces, la tierra es más pequeña de lo que parece. Existe la leyenda, claro, de que en cada puerto un amor, pero no es solo sexo. Cuando llevas mucho tiempo zarandeado por el mar y el viento, tienes la necesidad vital de sentirte de nuevo un ser humano que hunde sus pies en la tierra. La mujer te devuelve tu propia naturaleza. Te agarras a ella como un náufrago sabiendo que será capaz, si es necesario, de enjugar tus lágrimas de miedo. Hijos si, tengo dos de uniones diferentes, se quedaron con sus madres. Me temo que no sirvo para educar, soy un mal padre. -Hacía tanto tiempo que no pensaba en ellos, que sintió al recordarlos una emoción desconocida-.

No, no siempre he estado en la mar.

En Brasil he pasado unos cuantos años, los mejores, pero el ansia de aventuras, de vivir emociones nuevas me ha empujado constantemente: mercenario, pequeño contrabandista, aprendiz de pirata... Nada de lo que pueda sentirme orgulloso. Supongo que mi madre tenía razón cuando me llamaba "cabeza loca".

El regreso. Crees que la curiosidad es inagotable, hasta que un día te das cuenta, debe ser por la edad, de que necesitas estabilidad, volver a los orígenes, a la seguridad de lo conocido, a tu tierra. He encontrado un puesto de trabajo y no me quejo.

**********

Se encontraban solos. Cumpliendo la palabra dada el marido en algún momento se había retirado, ni siquiera sabía cuando.

- Aquella noche de agosto, San Lorenzo, ¿por qué no acudiste?

Despertó bruscamente a la realidad. ¡Sería tonto! No era a él a quien Mariana escuchaba con tanto interés. La pregunta le devolvió al papel de novio o pretendiente fallido por el que estaba allí.

- Sería difícil de explicar. Titubeó, concediéndose unos segundos para improvisar.

- Yo tan joven, en aquel tren que nos llevaba a visitar a la abuela. Cuando dijeron que habría lluvia de estrellas, que las Leónidas tapizarían esa noche el horizonte busqué curiosa una ventana para verlas caer. Estabas tu, -¿sabes que se puede pedir un deseo a cada una de las estrellas fugaces y que éste se cumple?- me dijiste. Juntos hasta el amanecer. Escuchando susurrarme al oído temas románticos y poemas de amor... Sonrió evocadora -"Tus ojos me recuerdan/ las noches de verano/ negras noches sin luna/ orilla al mar salado/ y el chispear de estrellas/ del cielo negro y bajo/"-

- Tus ojos me recuerdan/ las noches de verano/ y tu moreno carne/ los trigos requemados/ y el suspirar del fuego/ de los maduros campos/ siguió espontáneo. Un escalofrío recorrió su espalda. Muchas veces había recitado esa poesía de Machado aprendida en la escuela a mujeres distintas. Miró a Mariana con ojos nuevos.

Ella hablaba animada, con pasión, como reencarnada en la adolescente que fue.

- Te creí cuando quedamos citados para el año siguiente en la misma fecha. Para entonces ya habrías acabado el Servicio militar al que te reincorporabas después de un permiso, y seriamos dueños del tiempo. Toda una vida para nosotros dos. El día señalado, mucho antes de la hora prevista, estaba ya en la estación; esperé haciendo guardia junto a la taquilla, pero los minutos pasaban y tu no aparecías. Recorrí el andén cien veces imaginando reconocerte en cada joven que veía. Por fin, desesperada, subí al convoy y entré en todos los departamentos buscándote. Llamé con tu nombre a muchos otros. Fue una noche de lágrimas mientras avanzábamos en la oscuridad y el cielo se iluminaba con miles de fogonazos; los pétalos estelares alfombraban las vías y yo rezaba: Que venga, que aparezca, quiero estar junto a él. No fui escuchada y me invadió una sensación de pérdida que siempre ha formado parte de mí. En un momento impreciso tomé conciencia de que alguien estaba a mi lado. Era Enrique. Nadie me ha querido como él -pareció descubrir emocionada- Hemos sido felices todos estos años.

- Entonces, ¿por qué resucitar ahora esa vieja historia? interrumpió. Había un fondo de agresividad en su tono.

**********

Enrique, sentado en su despacho, jugueteaba distraído con la fotografía que presidía la mesa y en la que Mariana y los niños reían abrazados mirando a la cámara.

Rememoraba cuando la descubrió de pie en el pasillo del vagón apoyada en la ventanilla. Se acercó con curiosidad a ese palco privilegiado para ver las miles de estrellas fugaces que la velocidad del tren hacia irreales, y comprobó extrañado que a la chica le resbalaban por las mejillas incontenibles y silenciosas lágrimas.

Inmóvil, incapaz de alejarse, le ofreció su pañuelo que ella acepto sin mirarle. Vieron nacer la mañana. La amó de forma instantánea. También se había sentido querido, reconoció, aunque Mariana a veces se perdía en ensoñaciones que nunca desvelaba. Como tampoco explicó a lo largo de su vida en común el por qué lloraba aquella noche de agosto en el tren.

El tren. El mismo rito cada año. Mariana lo impuso y todavía lo seguían; el día de San Lorenzo volvían a realizar el mismo recorrido de antaño para revivir con las Leónidas su primer encuentro. ¿O tal vez por otro motivo?

**********

Mariana seguía incontenible.

- La ausencia de alguien al que crees amar genera un gran vacío que se llena de fantasías. A lo largo de la vida, hay un pensamiento recurrente que te asalta sin previo aviso. Crees que el destino te ha escamoteado otras posibilidades, una manera diferente de vivir. El presente, por feliz que sea, siempre está hipotecado por un pasado que no tuvo lugar y un futuro improbable. La duda sin resolver ¿qué hubiera ocurrido si...? empaña otras certezas. Hace sufrir. Tu presencia Juan después de tantos años, ha removido en mi interior muchas emociones y me ha dado valor para no renunciar a saber la verdad. Quiero oír las razones por las que no acudiste a nuestra cita. Me habías besado apasionadamente. Parecías tan sincero...

Calló expectante.

No era fácil encontrar la respuesta adecuada. Ni siquiera a él.

- Las chicas románticas concedéis demasiada importancia a una caricia, dándole mil interpretaciones. Un beso abarca la eternidad, de acuerdo, pero a veces no resiste una despedida. De todos modos nunca sospeché que besara tan bien como para dejar una huella tan profunda-. Intentaba bromear, incluso pasó por su cabeza el improvisar una disculpa convincente, pero supo que tenía que ser honesto.- Mi amor duró lo que una estrella fugaz. Simplemente no aparecí porque me había olvidado de ti, incluso de tu nombre...

Mariana le miró con incredulidad, tristeza y un punto de desprecio. Lejana, un muro de soledad la aisló por completo. Aunque estaba acostumbrado a vivir sin remordimientos, empezó a invadirle un vago sentimiento de angustia cuando la vio majestuosa abandonar el salón.

- Perdón -susurró- no quise herirte.

**********

Permaneció unos minutos desorientado, confuso, irritado consigo mismo. Al buscar la puerta de salida de la casa sigiloso como un ladrón, divisó al matrimonio al contraluz de un balcón abrazados.

- Han matado a su fantasma, ¿y ahora yo?

Tendría que buscar un nuevo trabajo. No soportaba la idea de cruzarse con ellos en la calle o tener la sensación de ser continuamente espiado detrás de aquellos visillos.

Una vez más vuelta a empezar. Negra suerte. Sobre todo, despotricaba, porque él nunca fue el joven del tren, ni tenía nada que ver con la lluvia de estrellas y otras lagrimas. Había seguido el juego pensando en el marido, un buen hombre. Maldita sea. Mujeres, mujeres, siempre liándola.

Su figura se perdió al doblar la esquina de la calle.