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Al
verle, recuerda vagamente a un actor caracterizado
de Lord ingles. En lugar del frac de inmejorable
paño y corte, lleva con la misma despreocupada
elegancia su uniforme de portero: de Conserje,
como le gusta presentarse.
En el edificio donde trabaja
desde hace apenas dos meses, señorial,
clase alta, su imponente presencia es un exponente
de la propia categoría de los vecinos,
piensan éstos; además es educado,
servicial sin perder el empaque. Las señoras
decididamente le adoran sin excepción;
cuando les abre la puerta del ascensor, más
que al portal les parece acceder al salón
del trono anunciadas por el Gran Chambelán
y se quedan momentáneamente aturdidas;
con la sonrisa en los labios y saludos leves
de cabeza, avanzan creyendo escuchar murmullos
de aprobación.
Él, seductor nato, hace
su paripé un poco teatral por divertirse
y porque sabe que así recibe mejores
propinas.
- ¿Podría hablar
con Vd.? Quisiera...
Se volvió solícito
requerido por aquella voz amable que dejaba
traslucir cierto nerviosismo.
Conocía vagamente de verle
entrar y salir en la casa de enfrente al caballero
que le había interpelado. De mediana
edad, no demasiado alto, con amplias entradas
y un estómago que el chaleco del traje
no conseguía retener; gafas graduadas
le agrandaban los ojos azules de mirada franca,
¿tímida? Y un bigote entrecano,
fino, anticuado, subraya sus labios poco habladores.
- Por supuesto Señor,
dígame.
- Es una conversación
privada la que me gustaría mantener con
Vd. si no tiene inconveniente le espero a la
salida de su trabajo en el bar de la esquina.
¿A las ocho le parece bien?
Realmente estaba intrigado.
**********
Llegó puntual. Le divisó
en una mesa al fondo del local, lejos del jaleo
de la barra, vigilando atentamente la entrada.
Se saludaron ligeramente envarados.
- ¿Le importa que fume?
Necesitaba la serenidad que proporciona el tener
un cigarrillo en la mano.
- Naturalmente que no. Hace tiempo
que lo dejé, pero todavía me gusta
el olor del tabaco. ¿Qué va a
tomar?
Cuando el camarero sirvió
la consumición, comenzó a hablar
como para sí mismo, prescindiendo del
ambiente que les rodeaba.
- Mariana, mi mujer, me tiene
preocupado. Últimamente no quiere salir
a la calle; la encuentro nerviosa, muy excitada,
y no puedo asistir impasible a un sufrimiento
que la aleja de mí. Ella ha sido, es
el motor de mi vida.
Exhaló una bocanada de
humo sintiéndose incómodo al escuchar
a aquel señor, que en clara violencia
con su carácter, le estaba contando intimidades
a él, a quién no conocía
de nada. Se removió inquieto en el asiento.
- Discúlpeme, se interrumpió
al percibir su movimiento, debería ser
más concreto. Lo intentaré.
Era fácil ver que estaba
alterado. El conserje simuló concentrarse
en la bebida mientras el otro se limpiaba las
gafas, dándose tiempo tal vez para recobrar
la serenidad.
- Verá, desde hace una
temporada, mi mujer se pasa la vida detrás
de los visillos del balcón espiando la
calle. Me ha confesado al fin, no quiero agobiarle
con detalles, que le produce una gran inquietud
el que esté haciendo guardia en la acera
de enfrente un antiguo novio, o pretendiente,
no sé. -y un punto de dolor asomó
a sus pupilas-. He llegado a la conclusión
de que se refiera a Vd. a quien confunde con
un tal Juan. Lo mejor será desengañarla,
que le conozca personalmente para que recobre
la paz. He pensado señor...
- Restrepo. Juan Restrepo.
- Bien señor Restrepo,
¿sería tan amable de hacernos
una visita el sábado por la tarde? Le
estaría muy agradecido. Por supuesto
será valorado económicamente el
tiempo que nos dedique.
**********
Ridículo. Estaba enfadado
consigo mismo por haberse dejado liar y encontrarse
pulsando el timbre de aquella casa. Se revisó
mentalmente. Era consciente de que sin el decorado
del portal y el uniforme perdía mucho,
pero no iba de conquista, ni pensaba culparse
por no vivir ahora con alguna mujer a la que
pedir consejo sobre si era adecuado el jersey
a la caja, la camisa de cuadros y el pantalón
de pana que llevaba. Los zapatos limpios, las
manos cuidadas, era una vieja obsesión,
el cabello rizado entreverado de canas bien
domado, recién afeitado. Si, estaba correcto.
Echaba de menos la colonia habitual, usaba una
infantil y le dio apuro que la reconocieran.
Como si tuviera que dar explicaciones. Bueno,
la suerte estaba echada. Total no tenía
que hacer nada especial, se ganaría un
dinero extra que le vendría de perlas,
y adiós. Sentía curiosidad, a
que negarlo.
Pulsó el timbre.
- Señor Restrepo, he preparado
el terreno. El servicio libra y mi mujer le
espera. Les acompañaré un rato
y luego saldré pretextando una llamada
urgente.
Atravesaron el vestíbulo
deteniéndose en la entrada de un salón.
- Mariana, mira quien nos visita.
Se volvió dejando caer
la cortina. Alta, delgada, bella en su madurez.
La calibró rápido. Tuvo que ser
impresionante, una real mujer, de eso sí
entendía.
Los ojos negros y curiosos le
miraron fijamente, luego sonriendo extendió
las manos para apretar las suyas.
- Has aparecido por fin. Me alegro
tanto...
**********
Todo eran preguntas, confidencias
en un ambiente cálido, de intimidad.
Se sorprendió a sí
mismo oyéndose contar su vida, algo que
nunca se permitía. Y sin embargo, ahí
estaba. Ella tiraba y tiraba de un invisible
sedal y notaba cómo el anzuelo de su
interés se clavaba cada vez más
profundo, haciendo desaparecer toda su reserva.
- Llevo muchos años fuera
de España, acabo prácticamente
de volver. Soy radiotelegrafista, profesión
que aprendí en la mili y que me llevó
una vez licenciado a enrolarme en un barco mercante.
¿La vuelta al mundo? Dos o tres veces,
la tierra es más pequeña de lo
que parece. Existe la leyenda, claro, de que
en cada puerto un amor, pero no es solo sexo.
Cuando llevas mucho tiempo zarandeado por el
mar y el viento, tienes la necesidad vital de
sentirte de nuevo un ser humano que hunde sus
pies en la tierra. La mujer te devuelve tu propia
naturaleza. Te agarras a ella como un náufrago
sabiendo que será capaz, si es necesario,
de enjugar tus lágrimas de miedo. Hijos
si, tengo dos de uniones diferentes, se quedaron
con sus madres. Me temo que no sirvo para educar,
soy un mal padre. -Hacía tanto tiempo
que no pensaba en ellos, que sintió al
recordarlos una emoción desconocida-.
No, no siempre he estado en la
mar.
En Brasil he pasado unos cuantos
años, los mejores, pero el ansia de aventuras,
de vivir emociones nuevas me ha empujado constantemente:
mercenario, pequeño contrabandista, aprendiz
de pirata... Nada de lo que pueda sentirme orgulloso.
Supongo que mi madre tenía razón
cuando me llamaba "cabeza loca".
El regreso. Crees que la curiosidad
es inagotable, hasta que un día te das
cuenta, debe ser por la edad, de que necesitas
estabilidad, volver a los orígenes, a
la seguridad de lo conocido, a tu tierra. He
encontrado un puesto de trabajo y no me quejo.
**********
Se encontraban solos. Cumpliendo
la palabra dada el marido en algún momento
se había retirado, ni siquiera sabía
cuando.
- Aquella noche de agosto, San
Lorenzo, ¿por qué no acudiste?
Despertó bruscamente a
la realidad. ¡Sería tonto! No era
a él a quien Mariana escuchaba con tanto
interés. La pregunta le devolvió
al papel de novio o pretendiente fallido por
el que estaba allí.
- Sería difícil
de explicar. Titubeó, concediéndose
unos segundos para improvisar.
- Yo tan joven, en aquel tren
que nos llevaba a visitar a la abuela. Cuando
dijeron que habría lluvia de estrellas,
que las Leónidas tapizarían esa
noche el horizonte busqué curiosa una
ventana para verlas caer. Estabas tu, -¿sabes
que se puede pedir un deseo a cada una de las
estrellas fugaces y que éste se cumple?-
me dijiste. Juntos hasta el amanecer. Escuchando
susurrarme al oído temas románticos
y poemas de amor... Sonrió evocadora
-"Tus ojos me recuerdan/ las noches de
verano/ negras noches sin luna/ orilla al mar
salado/ y el chispear de estrellas/ del cielo
negro y bajo/"-
- Tus ojos me recuerdan/ las
noches de verano/ y tu moreno carne/ los trigos
requemados/ y el suspirar del fuego/ de los
maduros campos/ siguió espontáneo.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Muchas veces había recitado esa poesía
de Machado aprendida en la escuela a mujeres
distintas. Miró a Mariana con ojos nuevos.
Ella hablaba animada, con pasión,
como reencarnada en la adolescente que fue.
- Te creí cuando quedamos
citados para el año siguiente en la misma
fecha. Para entonces ya habrías acabado
el Servicio militar al que te reincorporabas
después de un permiso, y seriamos dueños
del tiempo. Toda una vida para nosotros dos.
El día señalado, mucho antes de
la hora prevista, estaba ya en la estación;
esperé haciendo guardia junto a la taquilla,
pero los minutos pasaban y tu no aparecías.
Recorrí el andén cien veces imaginando
reconocerte en cada joven que veía. Por
fin, desesperada, subí al convoy y entré
en todos los departamentos buscándote.
Llamé con tu nombre a muchos otros. Fue
una noche de lágrimas mientras avanzábamos
en la oscuridad y el cielo se iluminaba con
miles de fogonazos; los pétalos estelares
alfombraban las vías y yo rezaba: Que
venga, que aparezca, quiero estar junto a él.
No fui escuchada y me invadió una sensación
de pérdida que siempre ha formado parte
de mí. En un momento impreciso tomé
conciencia de que alguien estaba a mi lado.
Era Enrique. Nadie me ha querido como él
-pareció descubrir emocionada- Hemos
sido felices todos estos años.
- Entonces, ¿por qué
resucitar ahora esa vieja historia? interrumpió.
Había un fondo de agresividad en su tono.
**********
Enrique, sentado en su despacho,
jugueteaba distraído con la fotografía
que presidía la mesa y en la que Mariana
y los niños reían abrazados mirando
a la cámara.
Rememoraba cuando la descubrió
de pie en el pasillo del vagón apoyada
en la ventanilla. Se acercó con curiosidad
a ese palco privilegiado para ver las miles
de estrellas fugaces que la velocidad del tren
hacia irreales, y comprobó extrañado
que a la chica le resbalaban por las mejillas
incontenibles y silenciosas lágrimas.
Inmóvil, incapaz de alejarse,
le ofreció su pañuelo que ella
acepto sin mirarle. Vieron nacer la mañana.
La amó de forma instantánea. También
se había sentido querido, reconoció,
aunque Mariana a veces se perdía en ensoñaciones
que nunca desvelaba. Como tampoco explicó
a lo largo de su vida en común el por
qué lloraba aquella noche de agosto en
el tren.
El tren. El mismo rito cada año.
Mariana lo impuso y todavía lo seguían;
el día de San Lorenzo volvían
a realizar el mismo recorrido de antaño
para revivir con las Leónidas su primer
encuentro. ¿O tal vez por otro motivo?
**********
Mariana seguía incontenible.
- La ausencia de alguien al que
crees amar genera un gran vacío que se
llena de fantasías. A lo largo de la
vida, hay un pensamiento recurrente que te asalta
sin previo aviso. Crees que el destino te ha
escamoteado otras posibilidades, una manera
diferente de vivir. El presente, por feliz que
sea, siempre está hipotecado por un pasado
que no tuvo lugar y un futuro improbable. La
duda sin resolver ¿qué hubiera
ocurrido si...? empaña otras certezas.
Hace sufrir. Tu presencia Juan después
de tantos años, ha removido en mi interior
muchas emociones y me ha dado valor para no
renunciar a saber la verdad. Quiero oír
las razones por las que no acudiste a nuestra
cita. Me habías besado apasionadamente.
Parecías tan sincero...
Calló expectante.
No era fácil encontrar
la respuesta adecuada. Ni siquiera a él.
- Las chicas románticas
concedéis demasiada importancia a una
caricia, dándole mil interpretaciones.
Un beso abarca la eternidad, de acuerdo, pero
a veces no resiste una despedida. De todos modos
nunca sospeché que besara tan bien como
para dejar una huella tan profunda-. Intentaba
bromear, incluso pasó por su cabeza el
improvisar una disculpa convincente, pero supo
que tenía que ser honesto.- Mi amor duró
lo que una estrella fugaz. Simplemente no aparecí
porque me había olvidado de ti, incluso
de tu nombre...
Mariana le miró con incredulidad,
tristeza y un punto de desprecio. Lejana, un
muro de soledad la aisló por completo.
Aunque estaba acostumbrado a vivir sin remordimientos,
empezó a invadirle un vago sentimiento
de angustia cuando la vio majestuosa abandonar
el salón.
- Perdón -susurró-
no quise herirte.
**********
Permaneció unos minutos
desorientado, confuso, irritado consigo mismo.
Al buscar la puerta de salida de la casa sigiloso
como un ladrón, divisó al matrimonio
al contraluz de un balcón abrazados.
- Han matado a su fantasma, ¿y
ahora yo?
Tendría que buscar un
nuevo trabajo. No soportaba la idea de cruzarse
con ellos en la calle o tener la sensación
de ser continuamente espiado detrás de
aquellos visillos.
Una vez más vuelta a empezar.
Negra suerte. Sobre todo, despotricaba, porque
él nunca fue el joven del tren, ni tenía
nada que ver con la lluvia de estrellas y otras
lagrimas. Había seguido el juego pensando
en el marido, un buen hombre. Maldita sea. Mujeres,
mujeres, siempre liándola.
Su figura se perdió al
doblar la esquina de la calle.
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