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VI CONCURSO LITERARIO
2º premio: El pelmazo
FAUSTINO GRACIA BARRACHINA

Don Antonio no sabía por qué le pasaban estas cosas a él, un hombre hecho y derecho desde hacía mucho tiempo al que escasamente le faltaba un año para jubilarse del trabajo activo, pero el caso es que la vida jugaba a enredarle, y al final, por una y otra razón, se veía atrapado en la maraña que, no creía, haber formado él. Por ejemplo, aquel día.

Todo empezó, como casi la mayor parte de sus desgracias, por cierto acto de benevolencia. Justo un par de días antes de marchar de vacaciones al terminar el curso, le había telefoneado el antiguo alumno Zoilo Gutiérrez, -uno pesadísimo, muy pelmazo, que se empeñaba en, no entendiendo nada, subrayarlo todo con rotuladores de colores, y al que dejó de darle algunas clases particulares por que le sacaba de quicio-, para que le ayudara a hacer un trabajo necesario en la preparación de unas oposiciones de administrativo convocadas por la Autonomía; quería que le resumiese el capítulo XIII de un libro y ajustarlo al tiempo exigido en el examen. Don Antonio -de muy buen humor por haber finalizado el curso- salía después de comer hacia Zaragoza -su ciudad natal- para estar el verano con su hermana y de paso hacerse el necesitado chequeo cardiológico en la consulta médica de un doctor amigo. La víscera cardiaca le tenía algo preocupado últimamente, se fatigaba. Tal vez fuese ese contento que sentía ante la inminencia vacacional, lo qué le llevó a citar -al alumno torpe que siempre le atosigó- para el lunes siguiente -18 de septiembre- después de su vuelta del periodo de descanso, pensando aquello de "Largo me lo fiáis" y confiado en las mil cosas que podían suceder hasta el regreso, y hasta regocijado -un poco masoquista-, por la broma pesada que se había gastado a sí mismo.

El asueto transcurrió a la perfección y sólo la visita al galeno le hizo pensar que debía de tomar la vida con parsimonia y tranquilidad: << Si es posible jubílate. Tienes edad más que suficiente y tu corazón necesita reposo...>>

Era razonable el consejo y en la misma consulta decidió que aquel sería el último curso de impartir docencia. Estaba algo cansado de zozobras, de problemas idiomáticos y hasta de incomprensiones gubernativas sobre su modo de impartir las clases...

Pero las vacaciones se acabaron, llegó el 18 de septiembre y con él el día señalado para una cita que ni siquiera recordaba. Y por cierto, le cogió de muy otro humor que al marchar: sin comer, el frigorífico vacío y una carta de Hacienda en el buzón. En la misiva que leyó después de rasgar el sobre con cierta rabia, le notificaban un error en la declaración anterior. Tenía de plazo hasta el día siguiente para presentar alegaciones, documentos comprobatorios o pagar sin dilación la diferencia y sanción correspondiente.

En primer lugar, por lo de "Hacienda somos todos" fue dirigirse al escritorio y buscar los papeles que le pedían. Efectivamente encontró el justificante no remitido y suspiró aliviado. Aquella misma tarde podría subsanar la cuestión.

Acto seguido eligió una camisa limpia, abrió el grifo de la ducha, se desnudó despacio, comprobó que el agua estaba a la temperatura adecuada y se metió bajo la misma. Con aquel chorro templado empezó a sentir alivio y tranquilidad y a pensar -no sin pena- que aquel año sería el último curso de dar clases en el instituto municipal y que se acabaría toda una vida dedicada a la vocación de enseñante. Ya estaba comprometido con el regreso a sus lares, le esperaban: una vida tranquila en el pequeño apartamento, las tertulias del Casino Mercantil lleno de carrozas como él para discutir sobre el negocio armamentista, la miseria, la inmigración, la xenofobia, la pena de muerte, la solidaridad, la justicia, las drogas, las pensiones, la literatura o el arte. También le aguardaba una caña de pescar, muchos años olvidada.

No había hecho más que cerrar el grifo: un timbrazo, una larga pausa, otro timbrazo, otra larga pausa, otro timbrazo, otra larga pausa. En aquel instante le vino a la memoria la cita, pero no tenía ni ganas ni valor para recibir al "pelmazo" de Zoilo.

Acaso no sea él -se animó-. Para comprobarlo se puso la bata y fue a asomarse a la terraza que daba a la calle, lleno de un regocijo malsano. Con precaución para no ser visto, miró despacio lo que sobresalía del portal, bajo el árbol: un brazo largo, fuerte y muy tostado sujetaba una carpeta y un libro que él debía resumirle. No cabía la menor duda, allí estaba, era el aspecto del joven "concienzudo" que cree, sin demasiada convicción, va a llegar a mucho, y en consecuencia esta empeñado en hacer sonar el timbre de la casa de un profesor que le dedicó muchas horas sin resultado alguno, y que debería explicar por enésima vez que es el objeto directo, objeto éste que le tendría sin cuidado si no fuera porque lo necesitaba para ese intento de buscar trabajo.

Don Antonio, dejó la terraza y fue a vestirse a su cuarto, sonriendo. No pensaba abrirle de ninguna manera, y menos después de haberle visto, y venirle a la memoria las eternas horas impagables de inútiles ejemplos subrayados en arco iris. No, no abriría, que pensara que no estaba se dijo, que no había llegado de las vacaciones todavía. Cansado se largaría.

Sin embargo, cuando al rato fue de nuevo a mirar sin ninguna precaución ya, desde la terraza, su optimismo decreció. Habían pasado dos horas y seguía apoyado en el árbol achicharrándose: ahora él empezaba a ser el verdugo, y Antonio la víctima. Le tenía encarcelado. ¿Cómo iba a justificar tanta tardanza en abrirle, si lo hacía? No, imposible. El timbre sonaba, ahora en pesados grupos de cuatro timbrazos cada uno, uniformemente distribuidos en el tiempo, como un sonoro ejército de hoplitas en la cercara... desde luego, era como para llamar a la policía, como par que algunos vecinos que tanto se quejaban de la delincuencia, de los repartidores de publicidad, de algún mendigo que se colaba y de los ruidos del bar de abajo, salieran a lincharle con el presidente de la comunidad al frente y la soga preparada en la mano al estilo de las películas del oeste americano.

Miró otra vez el reloj, eran casi las tres no había comido y aquel hombre parecía tener paciencia y aguante para varias horas más. Pensó en llamar al restaurante chino cercano y pedir que le subiesen un menú, explicándoles la situación, pero ¿cómo? <<Oiga, camarero que soy el profesor que vive en el piso tercero del número 7 piso 5º. 2ª puerta y necesito comer. Súbame arroz tres delicias y rollitos de primavera, porque tengo un pelmazo... armado con unos libros que me tiene sitiado...>>. ¿Pero como se explica eso en chino? Además odiaba la comida china. ¿Y si salía así por las buenas, disfrazado con cualquier atuendo y disimulaba que no era él, sino un nuevo inquilino de la casa? ¿O si tomaba carrerilla embistiéndole y huía aunque fuera por encima de su cadáver?

Poco a poco se acostumbró al sonido del timbre. Zoilo ya había introducido alguna que otra variación. Cada tres bloques de cuatro timbrazos, metía uno de cinco con ritmo incansable de rap. Como embebido en su música don Antonio calculó seriamente las posibilidades de escapar por la terraza, pero desde la casa de enfrente observó que un señor -con prismáticos y cara detectivesca- miraba sus maniobras e incluso parecía reírse de cómo actuaba. Inesperadamente dejó de sonar el timbre. Qué bien -pensó- ahora se vestiría y podría bajar al restaurante. Se asomó de nuevo a la terraza para ver si el pelmazo metía la llave en su coche y se largaba, pero no lo vio. Se ajustó la corbata, se puso unas gotas de colonia entre los escasos cabellos y... El timbre volvió a sonar, pero esta vez mucho más cercano, era el de la puerta del piso, al otro lado de la misma se escuchó la voz del portero:

- Don Antonio -susurró el portero persuasivamente, como si estuviese seguro de que le oía-, abra por favor, aquí hay un señor que viene a traerle un libro.

El portero esperó un ratito sin obtener respuesta y dijo a su acompañante:

- Ya ve, parece que no está, será mejor que preguntemos a la señora del piso de abajo. Yo al menos no le he visto entrar en el portal.

- Estoy seguro de que está. Le he visto como se asomaba a la terraza... y salir no ha salido -le contestó el alumno pelmazo mientras le seguía escaleras abajo.

Don Antonio pensó que era la ocasión propicia para salir. Se armó de valor y cogió la americana. Habían dejado arriba el ascensor y le venía de perlas porque sin ascensor era imposible huir. Esperó a que la señora de abajo les recibiera y con el menor ruido posible...

- ¡Ahí está! -gritó el portero que había oído el sonido de la puerta del ascensor y dispuesto a que no se le escapara la presa, corrió escaleras abajo seguido del alumno.

Pero don Antonio imaginando lo que se le venía encima, sin pensarlo dos veces, se metió en el cuarto de la basura, para, por lo menos de momento, despistar a los acosadores.

Como él pensó salieron de la casa para cerciorarse de si había escapado o no. En aquel momento lo importante era desaparecer e imaginando que ellos estaban en la puerta de la calle, decidió subir de nuevo al piso sin usar el ascensor, para no levantar sospechas y no dejar ningún rastro.

Eran cinco pisos y llegó muy cansado, el corazón le latía de forma un tanto rara, con ritmo distinto del habitual, pero en casa se sintió más seguro.

El timbre volvió a sonar a intervalos uniformes, tristemente. Don Antonio -que bajo ningún concepto iba a dar su brazo a torcer como tozudo y buen aragonés-, al sentir cosquilleo en el estómago volvió a repasar el frigorífico y encontró una caja de leche todavía sin caducar, y en el armario de la cocina un bote de galletas "María". No se atrevió a encender la tele, por miedo a que el portero volviera a subir y el ruido le delatase, así que tuvo que soportar mientras sorbía la leche y masticaba con desgana las galletas, aquel timbre periódico y torturante. Cuando terminó la escasa y pobre comida, dejó de sonar, y corrió, lleno de esperanza a la terraza: el alumno seguía allí, apoyado en la pared y con el libro y sus papeles sujetos bajo el brazo. Al cabo de un par de horas, vencido por el sueño, el cansancio, el estado nervioso y los extraños latidos del corazón, se fue a la cama. El timbre seguía, casi sin fuerza, continuaba dando algún que otro pitido, muy de vez en cuando.

No obstante, aquella noche le despertó un profundo silencio, y, aliviado, se asomó a la negrura de la calle. No había nadie, más tranquilo se volvió a la cama... Pero quizás, el silencio sólo había sido un sueño, a la mañana siguiente, más que la luz de la cortina sin correr, le despertó un timbrazo repetido, como si no hubiese dejado de sonar nunca.

<<Será el cartero>> pensó-, en un intento de serenarse, mientras se ponía las zapatillas. Afloró de nuevo a la terraza... y allí estaba el alumno pegado al árbol, la eterna figura con la misma camisa y el mismo libro. El jubilado de enfrente saludo con una inclinación de cabeza la aparición de don Antonio, frunció las cejas y se encogió de hombros.

Ya durante todo el día, el timbre martirizó al profesor: sonaba, dejaba engañosamente de sonar, volvía con sequedad... A la hora de la comida, tomó la leche y las galletas que le quedaban. Fue lo último que ingirió de alimento. Luego se dedicó a las infusiones: manzanilla, menta, hierba Luisa, tila... principalmente tranquilizadoras. El portero subió en un par de ocasiones con el eterno susurro:

- Don Antonio, ¿está ahí?

El alumno, siguió toca que te toca. Don Antonio -ya por principios- persistió en no abrir. Los dos enemigos presentían la victoria o la muerte por el aire. Al tercer día, el delicado corazón de don Antonio, no resistió el cerco.

Cinco fechas más tarde, el portero, alertado por la ausencia, por las quejas de los vecinos con el concierto de timbre y alguna sospecha personal, llamo al 091. le encontraron tumbado en el sofá en zapatillas, con la bata puesta y un gesto de determinación en la cara, no exento de ironía que quería decir: "tú no podrás conmigo".

La policía interrogó al afligido Zoilo que se mesaba los lacios cabellos:

- Sí, desde luego, yo ya sabía que tenía que estar en casa. Pero por no ser pesado, por no hacerme pelmazo...

El portero también juraba y perjuraba que le había visto bajar en el ascensor:

- Me saludó al pasar con el ascensor, tan correcto como siempre.

El jubilado de la casa de enfrente, cuando vio salir el féretro para cargarlo en el furgón que lo trasladaría al cementerio, dejó los prismáticos en el quicio de la ventana, se llevo la mano a la visera de una gorra militar imaginaria, como lo habría hecho durante el servicio castrense activo a un héroe muerto, metió una hoja de inmaculado papel blanco en la máquina de escribir y se dispuso a iniciar una novela de misterio.