Inicio Hazte Socio Habla con UDP Foro Politica de Privacidad
 
Historia UDP
Organización
Servicios para socios
Red Digital UDP
Programas en marcha  
Convocatorias
Investigación y Parkinson
Informaciones saludables
Cofrentes, el poder del agua
Somiedo, la guarida del oso
Subida de las pensiones 2008
Compensación para prejubilados
 
Publicaciones / A vuela... / VI Concurso

VI CONCURSO LITERARIO
3º premio: El abuelo
EDUARDO TARRERO DE PABLO

Dicen que no siempre fuiste así, pero yo no lo recuerdo. Y que eras inteligente, activo y emprendedor. Que practicaste a un buen nivel no sé qué deporte individual en el que conseguiste los trofeos que tiene mamá sobre la librería. Que yo era tu nieta preferida y que me contabas cuentos inventados por ti, a veces de caballos, a veces de princesas o de peces voladores. Pero yo no lo recuerdo.

Dicen que me compraste mi primer violín y el piano que está en el salón y que te sentabas conmigo a dar las primeras notas, porque querías que supiéramos música como tú. Y que siempre decías: "La música es el idioma de los ángeles. Quien ama la música es capaz de hablar con ellos". Así que en casa todos hemos acabado músicos, primero por imposición, luego por vocación.

Todo esto me lo cuenta mamá, porque yo no lo recuerdo. Incluso me cuesta creerlo. La primera vez que puedo representarte en mi mente, estás sentado en el sillón del comedor, ese marrón de brazos anchos. Yo entraba en casa con una amiga para jugar y nos encontramos contigo balbuciendo en voz alta no se qué expresiones ininteligibles.

Mi amiga, sobresaltada, exclamó "qué susto me ha dado ese viejo, ¿quién es?". "Nadie", contesté cambiando de dirección un tanto avergonzada de tu presencia, de tu manera de hablar y de repetir siempre lo mismo, de la inexpresividad de tu rostro arrugado, del babeo de tu boca desdentada, de tu olor a pis, o a vómito, o a viejo. Deseé que desaparecieras o que te ocultaras mientras estoy con mis amigas, como oculta el mago la paloma en la chistera.

Aquella noche hablé con mamá para proponerle que te encerrara en la habitación, al menos cuando viniera alguien conmigo a casa.

- ¡Es tu abuelo!, -contestó con los ojos llorosos-.

Y ¿quién necesita un abuelo así?, pensé sin atreverme a decirlo en voz alta.

Yo en tu caso preferiría ser retirada de la circulación. Ya sé que todo el mundo aprende a aferrarse a la vida a cualquier precio, pero no hay quien me quite que una persona consciente no se sometería no ya al desprecio, ni siquiera a la compasión de quienes le rodean. Pero no le puedo decir eso a mamá. Te venera, y aunque te has convertido en solo un símbolo, representas la base, la raíz de nuestra familia, raíz que aunque vetusta y retorcida no deja de aportar esa savia que aún ciertas ramas no saben procurarse. Y una de esas ramas es mamá. La veo demasiado dependiente de ese abuelo que ya sólo da trabajo y mala imagen. No es que yo desprecie tu presencia ante nosotros, es que la lozanía se repele con la decadencia de una forma natural, inconsciente. Es verdad que cuando pedí que te retiraran de mi presencia mostrándome tan insensible, era muy pequeña. En realidad tampoco lo hacía por mí, lo hacía por mis relaciones, por evitar dar tanta explicación molesta. Incluso lo hacía por ti mismo, por si sufrías al verte ante las visitas en tamaña situación de desvalimiento. Bueno, no sé, no quisiera engañarme. La cobardía tiene la ventaja sobre el valor, de encontrar siempre una excusa. Es demasiado pronto para enfrascarme a mi edad con los problemas de la vejez. Si al menos tuvieras la cabeza clara...

Poco tiempo después, descubrí a la abuela dándote un beso de buenas noches, pero no un beso cualquiera, sino un beso de amor, en los labios. Sentí cierta repugnancia y no pude evitar preguntarla en tono de reproche:

- ¿Por qué le besas así?

- Es el hombre de mi vida, - contestó -. Hace casi cincuenta años que vivimos juntos y sigue siendo el hombre de mi vida.

Pensé que lo decía por compasión. Tal vez por el distinto concepto que yo tengo del "hombre de mi vida".

- ¡Si el no sabe ni quién eres, abuela!

- Pero sabe que le quiero.

Desde entonces alterno mis sentimientos hacia ti pasando de la repulsa instintiva que me inspiraba tu imagen a la intriga que me produce el verte respetado por los mayores que te rodean.

Un tiempo después, mamá me ha ido mostrando escenas nuestras en vídeo, en las que paseamos juntos, me llevas a hombros de excursión a la montaña más alta del pueblo, me dejas tocas las campanas de la ermita y te ríes conmigo... y me hablas de lo fresca que baja el agua del arroyo, y de los frutos que han dado los árboles del huerto. Y me dices que vas a plantar un árbol por cada nieto. Y que el mío ya está plantado. Es ese laurel de tamaño ya respetable que crece en el centro del jardín, pues soy la primera nieta, y que, en realidad, no es un árbol sino un arbusto de aromáticas hojas perennes. Y que lo has escogido en honor de mi nombre. Porque Laura viene del latín "laurel" que quiere decir corona, triunfo, premio, trofeo. Y también porque se conserva siempre verde, como la vida, para que me estimule a estar alerta, sin letargos invernales, dispuesta a absorber la savia del conocimiento, del arte, del amor y de las cosas bellas que el destino me depare en cualquier etapa de mi existencia.

He visto en la pantalla cómo yo te escucho atentamente, fijos mis ojos en aquel hombre aún vigoroso que eras, como si te entendiera, aunque sin duda no entiendo nada porque en la escena sólo tengo dos años. En aquel momento me hablabas del silencio de nuestro jardín. Es un silencio - decías - como el que guarda un sabio. Abarca tanta sabiduría que incluye hasta su posible propia ignorancia. Comentas que Confucio dijo que el silencio es un amigo que jamás traiciona. Es evidente que yo no te entendía, pero hay algo que me intriga. ¿Por qué me gusta tanto el silencio? Incluso he hecho hace poco un trabajo en el Colegio sobre el silencio musical. A veces es más expresivo y más conmovedor que un si bemol. El silencio del jardín - me seguías diciendo - es liviano, acaricia, refrigera la frente del alma como una brisa, como el murmullo impronunciado de una brisa sosegante. El mejor silencio es el que produce la mera libertad.

Me he emocionado sobre todo con aquel verso que me recitas y me aseguran compusiste para mí, donde te refieres a las secuencias del vídeo: "... y deseo, al observarlas/ que veas tras este espejo/ más que la escena precisa,/ más que el puntual movimiento,/ el orgullo que en la cámara/ ponía ante ti tu abuelo..."

He visto también los vídeos de las Navidades. Te he oído cantar villancicos y colocar regalos de Reyes al lado de mis zapatos, debajo de la ventana grande que sigue siendo mi ventana. Y decir: "este Baltasar siempre hace lo mismo. Como llega tan cansado lo descarga todo aquí cerca, porque éste es el mejor sitio de la casa. El próximo año lo pido para mí". Te he visto brindar con la abuela por el Año Nuevo.

Pero no puedo reconocerte en este abuelo encorvado y vencido, igual que tú no me reconoces a mí muchas veces, cuando me llamas Cristina o Lucía y te pones nervioso porque te digo:

- Soy Laura, abuelo, tu nieta mayor.

Y tú murmuras y te enfadas porque crees que te engaño, y porque, en el fondo, nunca has soportado que te rectifiquen.

Dicen que es el Alzheimer lo que te ha deteriorado. Que has perdido la memoria. Que no sabes en qué día estamos y te has olvidado de lo que has hecho y hasta a quién eres y quienes somos. Y que eso no se cura. Dicen que se hacen campañas para recaudar fondos y que cada vez se investigan nuevos medicamentos. No sé si llegarán a tiempo para devolverte a ti los recuerdos.

Dice mamá que estoy madurando porque ahora me gusta encontrarte cuando vuelvo del Colegio. A veces toco el piano para ti y veo de reojo que sigues el ritmo con la mano, como si dirigieras una orquesta, como cuando empecé a desgranar las primeras piezas. Ahora sé que con ese aleteo quieres decir "paloma", otras veces "águila", incluso luna como soñando con el último vuelo de las notas musicales de este concierto de Chaikovski con que me estoy peleando para interpretarlo tan sobrio y expresivo como yo intuyo que tú lo quieres.

Cierras los ojos, y sé que en realidad estás hablando con los ángeles. Y dices:

- Más despacio, Cris.

Y yo no te digo "soy Laura, abuelo", porque sé que en el fondo no soportas que te lleven la contraria.

Mamá me dice que qué pena. Que tenía que haber nacido unos años antes o tú no haber contraído la enfermedad, porque estarías muy orgulloso de mí y yo comprendería que esa apariencia desastrosa fue, en sus tiempos, una energía difícil ahora de imaginar. Dice también que tú habrías renunciado a seguir viviendo de haberte visto en este estado, porque tu orgullo no te lo habría permitido. Pero la vida aspira a perpetuarse y, cuando no puede más, por lo menos a mantenerse, a subsistir. Por eso creo que tu vida se aferra al último latido que sea capaz de proporcionarle tu corazón aún fuerte.

Cuando muere un árbol queda su tronco enhiesto sin apenas dar fe de su ruina. Se puede ver, incluso admirar en otoño, cuando la naturaleza no habría, en ningún caso, de pedirle fertilidad, hojas verdes ni frutos sabrosos. Si, aún, se le corta, se pueden construir instrumentos de uso duradero o poderosas vigas para sostener edificios sólidos. Se pueden construir barcos, mástiles, marcos para obras de arte y, en última instancia, papel para escribir estos cuentos que tomo de la vida real. A lo mejor queda alguno para que lo lea la posteridad haciendo que el árbol que haya proporcionado aquellas cuartillas se sienta orgulloso de haber aportado algo más sólido que esas vigas o esos mástiles: un poco de cultura.

Cuando tú nos dejes, no quedará nada de eso, nada sólido ni material. Pero quedará tu recuerdo, la educación que diste a mamá y a todos nosotros, la sensibilidad con que nos enseñaste a absorber cualquier forma de belleza, cultura o sentimiento.

Me gusta encontrarte recostado en el sillón marrón de brazos anchos y abrazarte como te abrazo en la película cuando me bajas de "Blanquita", la yegua que me enseñaste a montar. Ahora ya no la tengo miedo ¿sabes? Reconozco que yo también me había olvidado de cómo eras y, por supuesto, de todo lo que viví contigo. La memoria nos juega malas pasadas a todos. A los niños y a los mayores. A lo mejor es un recurso que utiliza la naturaleza para defendernos de sorpresas violentas cuando somos demasiado tiernos o de los malos presagios cuando mayores. En el período intermedio lo acaparamos todo para nutrir eso que se llama conocimiento, experiencia, sabiduría o raciocinio. En definitiva vida consciente, que es, sencillamente, vida; porque yo no la concibo sin poder pensar, sin emocionarme ante un solo de violín, una puesta de sol o la visión de tu frágil barquilla naufragando en este mar tenebroso que es la vida.

¡Que bien que mamá me haya hecho explorar en todas estas consideraciones retrospectivas! Tienes que comprender que cuando era más pequeña y deseaba que te ocultases no era yo quien lo hacía sino esa ingratitud que caracteriza a los niños. ya ves con qué ternura te miro ahora, como tú siempre me estás mirando, aunque puede que no entiendas por qué te abrazo, que no sepas quién soy, ni si me voy o he vuelto. Pero sonríes y sé que sabes que te quiero.