| Dicen
que no siempre fuiste así, pero yo no
lo recuerdo. Y que eras inteligente, activo
y emprendedor. Que practicaste a un buen nivel
no sé qué deporte individual en
el que conseguiste los trofeos que tiene mamá
sobre la librería. Que yo era tu nieta
preferida y que me contabas cuentos inventados
por ti, a veces de caballos,
a veces de princesas o de peces voladores. Pero
yo no lo recuerdo.
Dicen que me compraste mi primer
violín y el piano que está en
el salón y que te sentabas conmigo a
dar las primeras notas, porque querías
que supiéramos música como tú.
Y que siempre decías: "La música
es el idioma de los ángeles. Quien ama
la música es capaz de hablar con ellos".
Así que en casa todos hemos acabado músicos,
primero por imposición, luego por vocación.
Todo esto me lo cuenta mamá,
porque yo no lo recuerdo. Incluso me cuesta
creerlo. La primera vez que puedo representarte
en mi mente, estás sentado en el sillón
del comedor, ese marrón de brazos anchos.
Yo entraba en casa con una amiga para jugar
y nos encontramos contigo balbuciendo en voz
alta no se qué expresiones ininteligibles.
Mi amiga, sobresaltada, exclamó
"qué susto me ha dado ese viejo,
¿quién es?". "Nadie",
contesté cambiando de dirección
un tanto avergonzada de tu presencia, de tu
manera de hablar y de repetir siempre lo mismo,
de la inexpresividad de tu rostro arrugado,
del babeo de tu boca desdentada, de tu olor
a pis, o a vómito, o a viejo. Deseé
que desaparecieras o que te ocultaras mientras
estoy con mis amigas, como oculta el mago la
paloma en la chistera.
Aquella noche hablé con
mamá para proponerle que te encerrara
en la habitación, al menos cuando viniera
alguien conmigo a casa.
- ¡Es tu abuelo!, -contestó
con los ojos llorosos-.
Y ¿quién necesita
un abuelo así?, pensé sin atreverme
a decirlo en voz alta.
Yo en tu caso preferiría
ser retirada de la circulación. Ya sé
que todo el mundo aprende a aferrarse a la vida
a cualquier precio, pero no hay quien me quite
que una persona consciente no se sometería
no ya al desprecio, ni siquiera a la compasión
de quienes le rodean. Pero no le puedo decir
eso a mamá. Te venera, y aunque te has
convertido en solo un símbolo, representas
la base, la raíz de nuestra familia,
raíz que aunque vetusta y retorcida no
deja de aportar esa savia que aún ciertas
ramas no saben procurarse. Y una de esas ramas
es mamá. La veo demasiado dependiente
de ese abuelo que ya sólo da trabajo
y mala imagen. No es que yo desprecie tu presencia
ante nosotros, es que la lozanía se repele
con la decadencia de una forma natural, inconsciente.
Es verdad que cuando pedí que te retiraran
de mi presencia mostrándome tan insensible,
era muy pequeña. En realidad tampoco
lo hacía por mí, lo hacía
por mis relaciones, por evitar dar tanta explicación
molesta. Incluso lo hacía por ti mismo,
por si sufrías al verte ante las visitas
en tamaña situación de desvalimiento.
Bueno, no sé, no quisiera engañarme.
La cobardía tiene la ventaja sobre el
valor, de encontrar siempre una excusa. Es demasiado
pronto para enfrascarme a mi edad con los problemas
de la vejez. Si al menos tuvieras la cabeza
clara...
Poco tiempo después, descubrí
a la abuela dándote un beso de buenas
noches, pero no un beso cualquiera, sino un
beso de amor, en los labios. Sentí cierta
repugnancia y no pude evitar preguntarla en
tono de reproche:
- ¿Por qué le besas
así?
- Es el hombre de mi vida, -
contestó -. Hace casi cincuenta años
que vivimos juntos y sigue siendo el hombre
de mi vida.
Pensé que lo decía
por compasión. Tal vez por el distinto
concepto que yo tengo del "hombre de mi
vida".
- ¡Si el no sabe ni quién
eres, abuela!
- Pero sabe que le quiero.
Desde entonces alterno mis sentimientos
hacia ti pasando de la repulsa instintiva que
me inspiraba tu imagen a la intriga que me produce
el verte respetado por los mayores que te rodean.
Un tiempo después, mamá
me ha ido mostrando escenas nuestras en vídeo,
en las que paseamos juntos, me llevas a hombros
de excursión a la montaña más
alta del pueblo, me dejas tocas las campanas
de la ermita y te ríes conmigo... y me
hablas de lo fresca que baja el agua del arroyo,
y de los frutos que han dado los árboles
del huerto. Y me dices que vas a plantar un
árbol por cada nieto. Y que el mío
ya está plantado. Es ese laurel de tamaño
ya respetable que crece en el centro del jardín,
pues soy la primera nieta, y que, en realidad,
no es un árbol sino un arbusto de aromáticas
hojas perennes. Y que lo has escogido en honor
de mi nombre. Porque Laura viene del latín
"laurel" que quiere decir corona,
triunfo, premio, trofeo. Y también porque
se conserva siempre verde, como la vida, para
que me estimule a estar alerta, sin letargos
invernales, dispuesta a absorber la savia del
conocimiento, del arte, del amor y de las cosas
bellas que el destino me depare en cualquier
etapa de mi existencia.
He visto en la pantalla cómo
yo te escucho atentamente, fijos mis ojos en
aquel hombre aún vigoroso que eras, como
si te entendiera, aunque sin duda no entiendo
nada porque en la escena sólo tengo dos
años. En aquel momento me hablabas del
silencio de nuestro jardín. Es un silencio
- decías - como el que guarda un sabio.
Abarca tanta sabiduría que incluye hasta
su posible propia ignorancia. Comentas que Confucio
dijo que el silencio es un amigo que jamás
traiciona. Es evidente que yo no te entendía,
pero hay algo que me intriga. ¿Por qué
me gusta tanto el silencio? Incluso he hecho
hace poco un trabajo en el Colegio sobre el
silencio musical. A veces es más expresivo
y más conmovedor que un si bemol. El
silencio del jardín - me seguías
diciendo - es liviano, acaricia, refrigera la
frente del alma como una brisa, como el murmullo
impronunciado de una brisa sosegante. El mejor
silencio es el que produce la mera libertad.
Me he emocionado sobre todo con
aquel verso que me recitas y me aseguran compusiste
para mí, donde te refieres a las secuencias
del vídeo: "... y deseo, al observarlas/
que veas tras este espejo/ más que la
escena precisa,/ más que el puntual movimiento,/
el orgullo que en la cámara/ ponía
ante ti tu abuelo..."
He visto también los vídeos
de las Navidades. Te he oído cantar villancicos
y colocar regalos de Reyes al lado de mis zapatos,
debajo de la ventana grande que sigue siendo
mi ventana. Y decir: "este Baltasar siempre
hace lo mismo. Como llega tan cansado lo descarga
todo aquí cerca, porque éste es
el mejor sitio de la casa. El próximo
año lo pido para mí". Te
he visto brindar con la abuela por el Año
Nuevo.
Pero no puedo reconocerte en
este abuelo encorvado y vencido, igual que tú
no me reconoces a mí muchas veces, cuando
me llamas Cristina o Lucía y te pones
nervioso porque te digo:
- Soy Laura, abuelo, tu nieta
mayor.
Y tú murmuras y te enfadas
porque crees que te engaño, y porque,
en el fondo, nunca has soportado que te rectifiquen.
Dicen que es el Alzheimer lo
que te ha deteriorado. Que has perdido la memoria.
Que no sabes en qué día estamos
y te has olvidado de lo que has hecho y hasta
a quién eres y quienes somos. Y que eso
no se cura. Dicen que se hacen campañas
para recaudar fondos y que cada vez se investigan
nuevos medicamentos. No sé si llegarán
a tiempo para devolverte a ti los recuerdos.
Dice mamá que estoy madurando
porque ahora me gusta encontrarte cuando vuelvo
del Colegio. A veces toco el piano para ti y
veo de reojo que sigues el ritmo con la mano,
como si dirigieras una orquesta, como cuando
empecé a desgranar las primeras piezas.
Ahora sé que con ese aleteo quieres decir
"paloma", otras veces "águila",
incluso luna como soñando con el último
vuelo de las notas musicales de este concierto
de Chaikovski con que me estoy peleando para
interpretarlo tan sobrio y expresivo como yo
intuyo que tú lo quieres.
Cierras los ojos, y sé
que en realidad estás hablando con los
ángeles. Y dices:
- Más despacio, Cris.
Y yo no te digo "soy Laura,
abuelo", porque sé que en el fondo
no soportas que te lleven la contraria.
Mamá me dice que qué
pena. Que tenía que haber nacido unos
años antes o tú no haber contraído
la enfermedad, porque estarías muy orgulloso
de mí y yo comprendería que esa
apariencia desastrosa fue, en sus tiempos, una
energía difícil ahora de imaginar.
Dice también que tú habrías
renunciado a seguir viviendo de haberte visto
en este estado, porque tu orgullo no te lo habría
permitido. Pero la vida aspira a perpetuarse
y, cuando no puede más, por lo menos
a mantenerse, a subsistir. Por eso creo que
tu vida se aferra al último latido que
sea capaz de proporcionarle tu corazón
aún fuerte.
Cuando muere un árbol
queda su tronco enhiesto sin apenas dar fe de
su ruina. Se puede ver, incluso admirar en otoño,
cuando la naturaleza no habría, en ningún
caso, de pedirle fertilidad, hojas verdes ni
frutos sabrosos. Si, aún, se le corta,
se pueden construir instrumentos de uso duradero
o poderosas vigas para sostener edificios sólidos.
Se pueden construir barcos, mástiles,
marcos para obras de arte y, en última
instancia, papel para escribir estos cuentos
que tomo de la vida real. A lo mejor queda alguno
para que lo lea la posteridad haciendo que el
árbol que haya proporcionado aquellas
cuartillas se sienta orgulloso de haber aportado
algo más sólido que esas vigas
o esos mástiles: un poco de cultura.
Cuando tú nos dejes, no
quedará nada de eso, nada sólido
ni material. Pero quedará tu recuerdo,
la educación que diste a mamá
y a todos nosotros, la sensibilidad con que
nos enseñaste a absorber cualquier forma
de belleza, cultura o sentimiento.
Me gusta encontrarte recostado
en el sillón marrón de brazos
anchos y abrazarte como te abrazo en la película
cuando me bajas de "Blanquita", la
yegua que me enseñaste a montar. Ahora
ya no la tengo miedo ¿sabes? Reconozco
que yo también me había olvidado
de cómo eras y, por supuesto, de todo
lo que viví contigo. La memoria nos juega
malas pasadas a todos. A los niños y
a los mayores. A lo mejor es un recurso que
utiliza la naturaleza para defendernos de sorpresas
violentas cuando somos demasiado tiernos o de
los malos presagios cuando mayores. En el período
intermedio lo acaparamos todo para nutrir eso
que se llama conocimiento, experiencia, sabiduría
o raciocinio. En definitiva vida consciente,
que es, sencillamente, vida; porque yo no la
concibo sin poder pensar, sin emocionarme ante
un solo de violín, una puesta de sol
o la visión de tu frágil barquilla
naufragando en este mar tenebroso que es la
vida.
¡Que bien que mamá
me haya hecho explorar en todas estas consideraciones
retrospectivas! Tienes que comprender que cuando
era más pequeña y deseaba que
te ocultases no era yo quien lo hacía
sino esa ingratitud que caracteriza a los niños.
ya ves con qué ternura te miro ahora,
como tú siempre me estás mirando,
aunque puede que no entiendas por qué
te abrazo, que no sepas quién soy, ni
si me voy o he vuelto. Pero sonríes y
sé que sabes que te quiero.
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