| Don
Inocencio, con una carga respetable de años
a sus espaldas, presagiaba una importante ventisca
en muy pocas horas. Toda la tarde el tiempo
se había mantenido blando, pero ya el
viento ululaba por cualquier resquicio que encontraba
y el cielo cambiaba de color gris a un blanco
poco tranquilizador. Salió al corral
en busca de unos trozos de carrasca que su vecino,
Aniceto, le proveía. Los dos, en perfecta
simbiosis, se beneficiaban. Uno, ganándose
un poco de gloria aquí en la tierra (los
rezos de don Inocencio seguro que se llevarían
el alma en volandas al cielo el día de
su defunción). El otro (intercediendo
por su feligrés al Señor en el
púlpito para que todo el pueblo lo supiera),
se aseguraba en la tierra la calefacción
en los crudos meses invernales.
Cuando el cura
volvió a entrar en casa, observó
los primeros copos de nieve que se regalaban
en su sotana. Al instante se acordó de
Venancio y de Aniceto.
Venancio era
un hombre joven al que el Prior del seminario
en el que estaba internado, arropado por sus
aláteres, le denegó la ordenación
sacerdotal informando al obispado graves razones
éticas y morales, cuando ya se veía
él, desde el púlpito, exhortando
a los fieles de la parroquia a la que fuera
destinado. Cuánto le hubiera gustado
-y muchas veces lo soñó-, verse
predicando a sus feligreses. Pero Dios, al parecer,
le quiso dar un mayor premio; que sufriera los
rigores de los inviernos en La Mancha, hasta
la extenuación, y sus abrasadores estíos,
por toda una vida entera hasta que Él
lo acogiera en su seno.
Dejó la
leña en el fogón y llamó
a la puerta del vecino. Mientras abría
la puerta el vecino, el cura miraba hacia el
mogote que elevaba en la llanura y apenas se
distinguía la pequeña ermita lugar
de peregrinación en rogativas durante
las sequías pertinaces. Únicamente
se ascendía hasta aquel cerro implorando
a las alturas por las mieses venideras o por
alguna catástrofe natural como las plagas
de langosta que se daban aunque muy de tarde
en tarde.
- ¿Qué
se le ofrece don Inocencio?
- Vete Aniceto.
Sube con dos caballerías hasta la ermita
y bájate a ese asceta si no queremos
que se quede tieso allí arriba. Toma,
dale esta manta que no creo que le sobre ropa.
Me está quitando el sueño desde
el mismo día que vino.
- ¿Porqué
le quita el sueño, padre?
- Son cosas de
la Iglesia que apenas llego a entender. Más
aun te diría yo; son cosas de Dios. Este
muchacho estaba a punto de profesar, de cantar
misa, y ahí lo tienes, solo y enfermo.
- Don Inocencio.
No hace mucho, pasé por allí de
caza y su aspecto no era precisamente el de
estar malo. Estaba cavando un poco tierra que
tiene frente al cobertizo, y la azada la clavaba
hasta el astil. Ya me gustaría a mí...
- Hijo mío
-le cortó tajante el cura-, a mí
también me gustaría estar como
él, físicamente, pero su cabeza
rezuma sodomía.
- ¿Qué
es esa cosa, padre?
- ¡Arrea
a por él que nos vamos a pasmar aquí
fuera!
En la calle,
con las dos mulas albardadas, se volvió
Aniceto hacia el cura diciéndole:
- Ya me dirá
usted qué es eso que me ha dicho que
padece ese muchacho.
Moviendo simplemente
los labios, sin salir de su boca una palabra,
adivinó el buen vecino lo que le quiso
decir el sacerdote: ¡Ma-ri-qui-ta!
Tal como había
presagiado don Inocencio, la nieve crecía
en el campo y el pueblo era de momento intransitable.
El único tema de conversación
de los vecinos, mientras abrían con pala
caminos de puerta a puerta, era el del joven
lego que ya le habían puesto el sambenito
de afeminado. Las trasnochadas, alrededor de
la lumbre, en ninguna casa del pueblo tenían
desperdicio. Y que de no ser por el respeto
que les imponía el hábito del
seglar, ya que hubiera sido apaleado y desterrado
de aquellos parajes. También se rumoreaba
que era hijo de un noble de Castilla la Nueva
que para tapar la afrenta familiar, se valieron
de un cardenal que le dio de vivienda esa ermita,
después de pasar unos años enclaustrado
en un convento, apartado del mundo terrenal
muy lejos de sus pagos.
La nieve, que
cubría con generosidad todo lo que la
vista alcanzaba, fue recibida con júbilo
por todo el pueblo. La sequía, la que
deja ciego al labrador de tanto mirar al cielo,
había terminado. Este año sería
un año grande. No hay ningún refrán
que no trabaje; año de nieves, año
de bienes. Y había que dar gracias al
Señor por la bendición recibida
en forma de copos y por permitirles unos días
de asueto en el pueblo. Pero... ¿qué
mejor manera de ofrendar a Dios que acudir todos
a misa en acción de gracias?
De boca en boca
corrió por el intrincado laberinto de
zanjas entre nieve la oportunidad de ver al
joven ermitaño ayudar al señor
cura en la celebración de la misa.
La víspera
por la noche, se hallaban sentados los dos religiosos
en torno a la mesa bendiciendo a dúo
la frugal cena oyendo de cuando en cuando el
chisporroteo de la torcida del candil.
Bendice, Señor,
los dones recibidos de tu largueza, que vamos
a tomas. Por Cristo nuestro señor. Amén
-dijo el cura, contestándole el joven:
El Rey de la gloria nos haga partícipes
de la mesa celestial. Amén.
Cenaron, y tras
la señal de la cruz, tomaron asiento
frente al fogón.
Mañana,
entre los dos, celebraremos la Eucaristía
-las tinieblas parecían engullirse las
palabras mientras el resplandor de la lumbre
estampaba las distorsionadas siluetas en las
piedras. No creo que pueda enseñarte
nada en cuestión de hacer la misa porque
sabes tú más que yo. Mas ten en
cuenta que serás el punto de mira de
todos los fieles. Te va a conocer todo el pueblo
en persona ya que hasta ahora sólo te
conocen de oído. ¿Me imagino que
te oiré en confesión y que mañana
serás tú el primero en tomar la
comunión?
- Todos los días,
desde que estoy en la ermita, me confieso con
santo Domingo, y aunque es muy pequeño
y renegrido, estoy seguro que mis preces, mediante
su intercesión, llegan al cielo.
- Y... ¡qué
le dices, hijo, dime que aprenda de ti?
- Glorioso Padre
y Abogado mío santo Domingo, os ofrezco
humildemente tres padrenuestros para que por
mí los presentéis a la Santísima
Trinidad para que se digne perdonarme mis pecados,
y darme gracia para hacer penitencia y enmendarme
de ellos, librándome de estas calenturas
y de todas mis enfermedades espirituales y corporales.
- Ahora que me
hablas (en confesión, claro está),
de las enfermedades del cuerpo y del alma de
las que te hiciste acreedor en el monasterio
¿cómo pretendiste tan inmorales
actos con el abad? ¡Con el superior de
la abadía, Señor! ¡Cómo
es posible! ¿Todavía sigue reinando
esa perturbación en tu cabeza?
- Padre. No me
haga recordar las humillaciones de que fui objeto.
¡No y mil veces no! Solamente le diré
que mi físico equivocó al abad.
Soy imberbe, mis ademanes modosos, y el tono
de voz... ¡qué quiere que le diga,
padre, si me educaron así! De mi celda
no salía nada más que lo imprescindible.
No me fiaba de nadie. De todos recelaba. Eso,
y encasillado de aquella guisa del seminario,
hizo al abad cometer un desatino conmigo. No
acepté y, dándole un manotazo
al prior, salí con lo puesto del convento.
Sotana y hábito
iban a la zaga por ver cual de las dos prendas
abrigaban menos en aquella gélida mañana
en la que estaba congregado todo el pueblo en
la iglesia.
Provisto de su
estola, el cura ocupó el confesionario
mientras los fieles fueron llegando al reclamo
de las campanas que sonaban en esta ocasión
con más brío del acostumbrado.
El joven ermitaño dejando la soga de
voltear las campanas se dirigió hacia
la sacristía en espera de ponerle la
casulla al sacerdote. Luego, los dos se dirigieron
a oficiar la misa entre un ostensible murmullo
que corría desde el coro hasta el altar
haciéndose cábalas todos de la
condición sexual del asceta. Ya no había
ninguna duda. Alto, mucho más que ningún
hombre del pueblo, la cara barbilampiña
y la túnica con su cordón anudado
hasta los pies, le daban un aspecto femenino.
Más de mujer que de hombre.
Subido en el
púlpito, el párroco puso especial
énfasis en las Obras de Misericordia
que de todos es sabido son catorce, pero se
centró en tres que eran las que a él
más le interesaba que calaran en sus
feligreses. "Dar de comer al hambriento"
"De beber al sediento" "Vestir
al desnudo" no ahorrándose parabienes
para su bienhechor y vecino Aniceto, dejando
constancia de lo que un buen cristiano debe
hacer con su prójimo. Al finalizar la
homilía se dirigió a los fieles
diciendo: "Te rogamos, Dios todopoderoso
para que guardes a tus siervos el Papa Pío
XII y a nuestro Jefe del Estado Francisco Franco,
de toda adversidad para que cumplan el oficio
recibido por Nuestro Señor Jesucristo
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
Tan pronto como
la tierra se hartó de nieve, el joven
ermitaño le dijo adiós al jergón
que, misericordioso, le cedió don Inocente
dirigiendo sus pasos de nuevo hacia la ermita.
No tuvo necesidad de pedir limosna por el pueblo.
Estimuladas por la última homilía
dominical, algunas vecinas, con motivo de las
recientes matanzas, obsequiaron con abundantes
presente, al clérigo y al seglar, subiendo
éste la cuesta hasta la ermita con un
respetable fardel que le hacía jadear.
Llegó
la primavera y con ella el tiempo bonancible
y una visita inesperada. No daba crédito
el asceta de lo que contemplaban sus ojos. Doña
Purificación, esposa del secretario,
sin penurias de ningún tipo en su casa
y devota y practicante, movida en su interior
por la plática del cura acerca de las
Obras de Misericordia, observando la túnica
del joven religioso un tanto ajada y descolorida,
pensó en hacerle dos; una desmangada
para el buen tiempo, y otra con mangas y capucha
para el invierno.
El joven ermitaño
aporcaba los caballones de su pequeño
huerto cuando quedó sorprendido por doña
Purificación que, obnubilada, contemplaba
su atlético cuerpo. Éste corrió
hacia el cobertizo a cubrirse pues estaba con
unos roídos calzoncillos nada más.
Tras pedirle
disculpas, dubitativa, por la intrusión
en su austero mundo, la mujer le explicó
su misiva hasta la elevada ermita sin perder
el color carmesí de las mejillas que
le quemaban como ascuas.
Cinco días
después, tras el rezo del rosario, doña
Purificación se arrodilló en el
confesionario y a través de la rejilla
e dijo al señor cura.
- Ave María
Purísima. Padre, me acuso de haber pecado
con el pensamiento.
- ¿Qué
pecado es ese, hija mía?
- Padre, no sé
cómo decírselo. Me ruborizo sólo
de pensarlo.
- ¿Has
tenido algún mal pensamiento deleitándote
advertidamente en él?
- Sí,
padre. Y no hay instante del día que
mi cabeza no acuda a su encuentro y mi cuerpo
no dé señales de flaqueza.
- ¿Vienes
con el propósito de no volver a caer
en la tentación?
- Eso quisiera
don Inocencio, pero no puedo. Usted sabe que
estoy casada, y sería mayor el escándalo
que el pecado. Mi marido no me lo perdonaría.
Por eso le recuerdo que estoy bajo su amparo
y usted bajo secreto de confesión.
- Me estás
poniendo en un brete; en ascuas vivas. ¡Dime
ya, pardiez, de qué te acusas!
- Hace cinco
días, amaneció un día de
sol que invitaba a pasear. Me acordé
del sermón pronunciado por usted sobre
las Obras de Misericordia y me prometí
hacer una: "Vestir al desnudo" Pues
bien, tomé la cinta métrica de
hule, un lápiz, un papel y subí
a la ermita por detrás encontrando al
ermitaño por sorpresa cavando su huerto
como Dios lo trajo al mundo. Como alma que lleva
el diablo corrió a taparse al cobertizo,
mientras a mí me entraban unas acaloradas
que aún me duran señor cura.
- Tampoco es
para tanto hija mía.
- Sí es
para tanto, sí. Cuando volvió,
don Inocencio, con los ojos arrastrando por
el suelo y yo intentando darme aire con las
manos, le conté a lo que subí.
Convencido al fin, se puso como en la cruz mientras
yo le medía los brazos, la espalda, la
sisa y el pecho. Después me agaché,
casi de rodillas ante él, pasándole
el metro por detrás para medir el contorno
de las caderas, y al juntar por delante las
manos... ¡Señor qué rubores
que me entran!... noté un bulto exagerado
sin llegar a creer lo que tocaba. El corazón
me salía por la boca y del sobresalto
la cinta me cayó. Volví de nuevo
con el metro y esa vez fue demasiado. No había
forma de medir. Aquella prominencia excedía
con mucho de la única que yo conozco
y no pudiendo reprimirme... ¡Otra vez
al recordar me dan sofocos padre!... aunque
a través de la túnica, la así
vehemente con mis manos mientras con las suyas,
a empellones, apretaba mi cabeza contra él.
-¡Imposible!
¡Me estás mintiendo Purificación!
Dijo el cura llevándose la mano a la
frente aguantándose la cabeza como si
no pudiera soportar el peso que acababa de dejarle
la mujer.
- No le miento
don Inocencio. Sabe usted que la cuesta está
muy empinada y cuando llegué arriba,
brotaba sudor por todos los poros de mi cuerpo
y, pensando que me asfixiaba, me desabroché
unos botones la blusa. Luego, cuando volví
de nuevo a agacharme a medirle las caderas,
quedaron expuestos mis pechos a sus ojos. De
ahí, pienso yo, que sufriera un arrebato
y me excitara a mí también.
- Tú eres
hermosa y muy joven todavía. No sería
extraño que sacaras de quicio a cualquiera
pero no; ese ermitaño -que no me va a
dejar dormir-, es imposible que se estimule
con una mujer. ¿Acaso no conoces su condición...,
y que fue expulsado de dos casas de religiosos
por ser dado a prácticas innominables?
Tienes que confesar y arrepentirte de este infundio.
La Iglesia lo ha rechazado, ha sido apartado
de su regazo y no ha sido excomulgado porque
su padre tiene privilegios y títulos.
Cósele esos hábitos y sube otra
vez a la ermita y comprobarás que todo
ha sido un espejismo fruto de tu imaginación.
A veces, el demonio nos confunde o trata de
confundirnos. Ve, sube de nuevo y verás
que todo ha sido una ilusión pertrechada
por el maligno.
A los pocos días,
después del rezo del rosario, se volvió
a arrodillar doña Purificación
a los pies del sacerdote diciéndole así:
- Ave María
Purísima. Padre, las túnicas le
sientan de maravilla y yo bajé de la
ermita medio loca. Subí recelosa pensando
en usted y en el demonio y encontré al
eremita deseoso de volverme a ver. Allí,
padre, en el camastro, sin esponsales, y como
único testigo santo Domingo, contraje
segundas nupcias. Mi marido ya lo sabe. Vendrá
para hablar con usted... ¡en confesión
padre, en confesión! Y tengo que darle
a usted la razón porque, el monje de
la ermita, debe haberse transmutado con el diablo.
Se lo digo padre, por las diabluras que me hizo.
Se santiguó
la mujer y salió retumbando el taconeo
por las bóvedas del templo dejando al
cura dentro del confesionario haciéndole
los ojos chiribitas.
- ¡Ave
María Purísima! -dijo don Inocencio
saltando como un resorte del asiento. "Este
gallo, que parece gallina, ha revolucionado
el gallinero" Todas las mujeres, sin excepción
ninguna, prefieren de penitencia subir a la
ermita a rezar un Padrenuestro o Avemaría
antes que rezarlo aquí ante cualquier
santo o beata. Por lo que oigo en confesión,
va corriendo por el pueblo y los limítrofes,
la fama de milagrero de santo Domingo.
Perplejo quedó
don Inocencio oyendo el relato minucioso de
su feligresa y el rubio barbilampiño,
causante de sus insomnios, cuando oyó
nuevos pasos dirigiéndose hacia él.
Se incorporó hacia delante y vio en la
penumbra la figura del secretario que instantes
después oía su respiración
a través de la rejilla del confesionario.
Ave María
Purísima. No tengo nada de qué
arrepentirme. Estoy casado, como usted sabe,
pero soy célibe a la vez. Y sé
muy bien don Inocencio, -porque de este negocio
yo sé mucho más que usted-, que
mi mujer bajó de la ermita en "estado
de buena esperanza" No hubo más
que verle el lustre que traía cuando
llegó a casa. Le voy a decir algo que
usted no sabe, pero piense en mi reputación.
Soy el secretario de la circunscripción
que abarca los seis pueblos lindantes con este.
Lo mismo que pasa aquí, que me trato
con usted, con las autoridades y con todos los
vecinos, me ocurre en los otros pueblos. ¿Qué
le parecería si les dijese a todos que
voy a ser padre putativo? Que no valgo para
engendrar, o qué sé yo si valgo,
pero que me produce aversión... ¿me
entiende, padre?
- No, no te entiendo.
¿Explícate! -le contestó
don Inocencio en un mar de dudas.
- He intentado
varias veces consumar el matrimonio y ha sido
superior a mis fuerzas. Sí padre, así
como suena. Soy de otra condición. Veinte
años llevamos mi mujer y yo con esta
mascarada. Ella, aguantando como una bendita...
¡Ayúdenos usted y calle, por Dios!
Por ser funcionario, he sido instructor del
temido Tribunal de Orden Público en causas
de desgraciados de mi misma "condición"
sin padrinos que los avalaran yendo a parar
con sus huesos a la cárcel y molidos
primero a palos. Las manos me temblaban pensando
en correr la misma suerte que ellos, y aún
no es tarde señor cura. Hemos sufrido
mucho mi mujer y yo, por tanto... silencio padre.
Secreto de confesión y a ver crecer nuestro
hijo.
- ¡Tú,
igual que tu mujer! Claro... dos que duermen
en el mismo colchón, se vuelven de la
misma opinión. Llevo una temporada oyendo
solamente disparates. Los caminos del Señor
son infinitos. Él envía los hijos
a quien quiere, cuando quiere, y como quiere.
Muy lejos de
aquel lugar, sin pestañear, y llenos
de incredulidad, cuatro purpurados oían
el relato fantasioso del septuagenario sacerdote
que decía así:
- Sus eminencias,
con la autoridad moral que les confiere su dignidad,
sabrán discernir, con toda seguridad,
el camino a seguir acerca de la venerada imagen
de santo Domingo, que no por menguada que ésta
sea, no deja de ser grande la polvareda que
ha levantado entre los católicos de aquellas
rudas tierras que, a pesar de su rudeza, tienen
el olfato fino en asuntos religiosos. Por cualquier
pueblo de aquellos parajes, que vayan, oirán
maravillas del santo que han dado en llamarle
santo Domingo de la fertilidad. Falta hace ya
más de una mano, para contar los casos
en los que, mediante la "intercesión
del Santo", mujeres que ni por asomo pensaban
en engendrar, están en estado de gestación.
Y me acude en este instante a la memoria un
pasaje del Evangelio -que viene a colación
con el asunto-, en el que según San Lucas,
-como sus eminencias saben-, Dios envió
un ángel a casa de la Virgen María
anunciándole que concebiría un
hijo, a lo que Ella le dijo que cómo
si no conocía varón: "Del
mismo modo que tu parienta Isabel -le contestó
el ángel-, que ya en su vejez, y en el
sexto mes de su esterilidad, ha concebido un
hijo, porque para Dios no hay nada imposible".
- Mi querido
Inocencio, no nos precipitemos; dejemos en paz
a San Lucas y al arcángel San Gabriel.
-dijo el cardenal de mayor edad después
de una brevísima plática entre
ellos, prosiguiendo: ¿Quién no
nos dice a nosotros que Lucifer no esté
metido de lleno en el embrollo y, con tal de
crear desconcierto entre creyentes ansiosos
de representaciones divinas, haya lucubrado
esta maraña de vientres abultados que,
luego a la postre, pudieran ser solamente aire?
Dejemos que pase el tiempo y luego Dios dirá.
Y que hagan las creyentes una novena por la
ermita a ver si mientras tanto se gesta otro
milagro.
- Seguro que
vuestra reverendísima está en
lo cierto, pero lo mismo le dijo este humilde
sacerdote a la primera que vino a confesarme
esos píos, y ya casi corretea el chico
por el pueblo.
|