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VI CONCURSO LITERARIO
4º premio: El ermitaño y doña Purificación
JULIÁN RODRIGO MARTÍNEZ

Don Inocencio, con una carga respetable de años a sus espaldas, presagiaba una importante ventisca en muy pocas horas. Toda la tarde el tiempo se había mantenido blando, pero ya el viento ululaba por cualquier resquicio que encontraba y el cielo cambiaba de color gris a un blanco poco tranquilizador. Salió al corral en busca de unos trozos de carrasca que su vecino, Aniceto, le proveía. Los dos, en perfecta simbiosis, se beneficiaban. Uno, ganándose un poco de gloria aquí en la tierra (los rezos de don Inocencio seguro que se llevarían el alma en volandas al cielo el día de su defunción). El otro (intercediendo por su feligrés al Señor en el púlpito para que todo el pueblo lo supiera), se aseguraba en la tierra la calefacción en los crudos meses invernales.

Cuando el cura volvió a entrar en casa, observó los primeros copos de nieve que se regalaban en su sotana. Al instante se acordó de Venancio y de Aniceto.

Venancio era un hombre joven al que el Prior del seminario en el que estaba internado, arropado por sus aláteres, le denegó la ordenación sacerdotal informando al obispado graves razones éticas y morales, cuando ya se veía él, desde el púlpito, exhortando a los fieles de la parroquia a la que fuera destinado. Cuánto le hubiera gustado -y muchas veces lo soñó-, verse predicando a sus feligreses. Pero Dios, al parecer, le quiso dar un mayor premio; que sufriera los rigores de los inviernos en La Mancha, hasta la extenuación, y sus abrasadores estíos, por toda una vida entera hasta que Él lo acogiera en su seno.

Dejó la leña en el fogón y llamó a la puerta del vecino. Mientras abría la puerta el vecino, el cura miraba hacia el mogote que elevaba en la llanura y apenas se distinguía la pequeña ermita lugar de peregrinación en rogativas durante las sequías pertinaces. Únicamente se ascendía hasta aquel cerro implorando a las alturas por las mieses venideras o por alguna catástrofe natural como las plagas de langosta que se daban aunque muy de tarde en tarde.

- ¿Qué se le ofrece don Inocencio?

- Vete Aniceto. Sube con dos caballerías hasta la ermita y bájate a ese asceta si no queremos que se quede tieso allí arriba. Toma, dale esta manta que no creo que le sobre ropa. Me está quitando el sueño desde el mismo día que vino.

- ¿Porqué le quita el sueño, padre?

- Son cosas de la Iglesia que apenas llego a entender. Más aun te diría yo; son cosas de Dios. Este muchacho estaba a punto de profesar, de cantar misa, y ahí lo tienes, solo y enfermo.

- Don Inocencio. No hace mucho, pasé por allí de caza y su aspecto no era precisamente el de estar malo. Estaba cavando un poco tierra que tiene frente al cobertizo, y la azada la clavaba hasta el astil. Ya me gustaría a mí...

- Hijo mío -le cortó tajante el cura-, a mí también me gustaría estar como él, físicamente, pero su cabeza rezuma sodomía.

- ¿Qué es esa cosa, padre?

- ¡Arrea a por él que nos vamos a pasmar aquí fuera!

En la calle, con las dos mulas albardadas, se volvió Aniceto hacia el cura diciéndole:

- Ya me dirá usted qué es eso que me ha dicho que padece ese muchacho.

Moviendo simplemente los labios, sin salir de su boca una palabra, adivinó el buen vecino lo que le quiso decir el sacerdote: ¡Ma-ri-qui-ta!

Tal como había presagiado don Inocencio, la nieve crecía en el campo y el pueblo era de momento intransitable. El único tema de conversación de los vecinos, mientras abrían con pala caminos de puerta a puerta, era el del joven lego que ya le habían puesto el sambenito de afeminado. Las trasnochadas, alrededor de la lumbre, en ninguna casa del pueblo tenían desperdicio. Y que de no ser por el respeto que les imponía el hábito del seglar, ya que hubiera sido apaleado y desterrado de aquellos parajes. También se rumoreaba que era hijo de un noble de Castilla la Nueva que para tapar la afrenta familiar, se valieron de un cardenal que le dio de vivienda esa ermita, después de pasar unos años enclaustrado en un convento, apartado del mundo terrenal muy lejos de sus pagos.

La nieve, que cubría con generosidad todo lo que la vista alcanzaba, fue recibida con júbilo por todo el pueblo. La sequía, la que deja ciego al labrador de tanto mirar al cielo, había terminado. Este año sería un año grande. No hay ningún refrán que no trabaje; año de nieves, año de bienes. Y había que dar gracias al Señor por la bendición recibida en forma de copos y por permitirles unos días de asueto en el pueblo. Pero... ¿qué mejor manera de ofrendar a Dios que acudir todos a misa en acción de gracias?

De boca en boca corrió por el intrincado laberinto de zanjas entre nieve la oportunidad de ver al joven ermitaño ayudar al señor cura en la celebración de la misa.

La víspera por la noche, se hallaban sentados los dos religiosos en torno a la mesa bendiciendo a dúo la frugal cena oyendo de cuando en cuando el chisporroteo de la torcida del candil.

Bendice, Señor, los dones recibidos de tu largueza, que vamos a tomas. Por Cristo nuestro señor. Amén -dijo el cura, contestándole el joven: El Rey de la gloria nos haga partícipes de la mesa celestial. Amén.

Cenaron, y tras la señal de la cruz, tomaron asiento frente al fogón.

Mañana, entre los dos, celebraremos la Eucaristía -las tinieblas parecían engullirse las palabras mientras el resplandor de la lumbre estampaba las distorsionadas siluetas en las piedras. No creo que pueda enseñarte nada en cuestión de hacer la misa porque sabes tú más que yo. Mas ten en cuenta que serás el punto de mira de todos los fieles. Te va a conocer todo el pueblo en persona ya que hasta ahora sólo te conocen de oído. ¿Me imagino que te oiré en confesión y que mañana serás tú el primero en tomar la comunión?

- Todos los días, desde que estoy en la ermita, me confieso con santo Domingo, y aunque es muy pequeño y renegrido, estoy seguro que mis preces, mediante su intercesión, llegan al cielo.

- Y... ¡qué le dices, hijo, dime que aprenda de ti?

- Glorioso Padre y Abogado mío santo Domingo, os ofrezco humildemente tres padrenuestros para que por mí los presentéis a la Santísima Trinidad para que se digne perdonarme mis pecados, y darme gracia para hacer penitencia y enmendarme de ellos, librándome de estas calenturas y de todas mis enfermedades espirituales y corporales.

- Ahora que me hablas (en confesión, claro está), de las enfermedades del cuerpo y del alma de las que te hiciste acreedor en el monasterio ¿cómo pretendiste tan inmorales actos con el abad? ¡Con el superior de la abadía, Señor! ¡Cómo es posible! ¿Todavía sigue reinando esa perturbación en tu cabeza?

- Padre. No me haga recordar las humillaciones de que fui objeto. ¡No y mil veces no! Solamente le diré que mi físico equivocó al abad. Soy imberbe, mis ademanes modosos, y el tono de voz... ¡qué quiere que le diga, padre, si me educaron así! De mi celda no salía nada más que lo imprescindible. No me fiaba de nadie. De todos recelaba. Eso, y encasillado de aquella guisa del seminario, hizo al abad cometer un desatino conmigo. No acepté y, dándole un manotazo al prior, salí con lo puesto del convento.

Sotana y hábito iban a la zaga por ver cual de las dos prendas abrigaban menos en aquella gélida mañana en la que estaba congregado todo el pueblo en la iglesia.

Provisto de su estola, el cura ocupó el confesionario mientras los fieles fueron llegando al reclamo de las campanas que sonaban en esta ocasión con más brío del acostumbrado. El joven ermitaño dejando la soga de voltear las campanas se dirigió hacia la sacristía en espera de ponerle la casulla al sacerdote. Luego, los dos se dirigieron a oficiar la misa entre un ostensible murmullo que corría desde el coro hasta el altar haciéndose cábalas todos de la condición sexual del asceta. Ya no había ninguna duda. Alto, mucho más que ningún hombre del pueblo, la cara barbilampiña y la túnica con su cordón anudado hasta los pies, le daban un aspecto femenino. Más de mujer que de hombre.

Subido en el púlpito, el párroco puso especial énfasis en las Obras de Misericordia que de todos es sabido son catorce, pero se centró en tres que eran las que a él más le interesaba que calaran en sus feligreses. "Dar de comer al hambriento" "De beber al sediento" "Vestir al desnudo" no ahorrándose parabienes para su bienhechor y vecino Aniceto, dejando constancia de lo que un buen cristiano debe hacer con su prójimo. Al finalizar la homilía se dirigió a los fieles diciendo: "Te rogamos, Dios todopoderoso para que guardes a tus siervos el Papa Pío XII y a nuestro Jefe del Estado Francisco Franco, de toda adversidad para que cumplan el oficio recibido por Nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Tan pronto como la tierra se hartó de nieve, el joven ermitaño le dijo adiós al jergón que, misericordioso, le cedió don Inocente dirigiendo sus pasos de nuevo hacia la ermita. No tuvo necesidad de pedir limosna por el pueblo. Estimuladas por la última homilía dominical, algunas vecinas, con motivo de las recientes matanzas, obsequiaron con abundantes presente, al clérigo y al seglar, subiendo éste la cuesta hasta la ermita con un respetable fardel que le hacía jadear.

Llegó la primavera y con ella el tiempo bonancible y una visita inesperada. No daba crédito el asceta de lo que contemplaban sus ojos. Doña Purificación, esposa del secretario, sin penurias de ningún tipo en su casa y devota y practicante, movida en su interior por la plática del cura acerca de las Obras de Misericordia, observando la túnica del joven religioso un tanto ajada y descolorida, pensó en hacerle dos; una desmangada para el buen tiempo, y otra con mangas y capucha para el invierno.

El joven ermitaño aporcaba los caballones de su pequeño huerto cuando quedó sorprendido por doña Purificación que, obnubilada, contemplaba su atlético cuerpo. Éste corrió hacia el cobertizo a cubrirse pues estaba con unos roídos calzoncillos nada más.

Tras pedirle disculpas, dubitativa, por la intrusión en su austero mundo, la mujer le explicó su misiva hasta la elevada ermita sin perder el color carmesí de las mejillas que le quemaban como ascuas.

Cinco días después, tras el rezo del rosario, doña Purificación se arrodilló en el confesionario y a través de la rejilla e dijo al señor cura.

- Ave María Purísima. Padre, me acuso de haber pecado con el pensamiento.

- ¿Qué pecado es ese, hija mía?

- Padre, no sé cómo decírselo. Me ruborizo sólo de pensarlo.

- ¿Has tenido algún mal pensamiento deleitándote advertidamente en él?

- Sí, padre. Y no hay instante del día que mi cabeza no acuda a su encuentro y mi cuerpo no dé señales de flaqueza.

- ¿Vienes con el propósito de no volver a caer en la tentación?

- Eso quisiera don Inocencio, pero no puedo. Usted sabe que estoy casada, y sería mayor el escándalo que el pecado. Mi marido no me lo perdonaría. Por eso le recuerdo que estoy bajo su amparo y usted bajo secreto de confesión.

- Me estás poniendo en un brete; en ascuas vivas. ¡Dime ya, pardiez, de qué te acusas!

- Hace cinco días, amaneció un día de sol que invitaba a pasear. Me acordé del sermón pronunciado por usted sobre las Obras de Misericordia y me prometí hacer una: "Vestir al desnudo" Pues bien, tomé la cinta métrica de hule, un lápiz, un papel y subí a la ermita por detrás encontrando al ermitaño por sorpresa cavando su huerto como Dios lo trajo al mundo. Como alma que lleva el diablo corrió a taparse al cobertizo, mientras a mí me entraban unas acaloradas que aún me duran señor cura.

- Tampoco es para tanto hija mía.

- Sí es para tanto, sí. Cuando volvió, don Inocencio, con los ojos arrastrando por el suelo y yo intentando darme aire con las manos, le conté a lo que subí. Convencido al fin, se puso como en la cruz mientras yo le medía los brazos, la espalda, la sisa y el pecho. Después me agaché, casi de rodillas ante él, pasándole el metro por detrás para medir el contorno de las caderas, y al juntar por delante las manos... ¡Señor qué rubores que me entran!... noté un bulto exagerado sin llegar a creer lo que tocaba. El corazón me salía por la boca y del sobresalto la cinta me cayó. Volví de nuevo con el metro y esa vez fue demasiado. No había forma de medir. Aquella prominencia excedía con mucho de la única que yo conozco y no pudiendo reprimirme... ¡Otra vez al recordar me dan sofocos padre!... aunque a través de la túnica, la así vehemente con mis manos mientras con las suyas, a empellones, apretaba mi cabeza contra él.

-¡Imposible! ¡Me estás mintiendo Purificación! Dijo el cura llevándose la mano a la frente aguantándose la cabeza como si no pudiera soportar el peso que acababa de dejarle la mujer.

- No le miento don Inocencio. Sabe usted que la cuesta está muy empinada y cuando llegué arriba, brotaba sudor por todos los poros de mi cuerpo y, pensando que me asfixiaba, me desabroché unos botones la blusa. Luego, cuando volví de nuevo a agacharme a medirle las caderas, quedaron expuestos mis pechos a sus ojos. De ahí, pienso yo, que sufriera un arrebato y me excitara a mí también.

- Tú eres hermosa y muy joven todavía. No sería extraño que sacaras de quicio a cualquiera pero no; ese ermitaño -que no me va a dejar dormir-, es imposible que se estimule con una mujer. ¿Acaso no conoces su condición..., y que fue expulsado de dos casas de religiosos por ser dado a prácticas innominables? Tienes que confesar y arrepentirte de este infundio. La Iglesia lo ha rechazado, ha sido apartado de su regazo y no ha sido excomulgado porque su padre tiene privilegios y títulos. Cósele esos hábitos y sube otra vez a la ermita y comprobarás que todo ha sido un espejismo fruto de tu imaginación. A veces, el demonio nos confunde o trata de confundirnos. Ve, sube de nuevo y verás que todo ha sido una ilusión pertrechada por el maligno.

A los pocos días, después del rezo del rosario, se volvió a arrodillar doña Purificación a los pies del sacerdote diciéndole así:

- Ave María Purísima. Padre, las túnicas le sientan de maravilla y yo bajé de la ermita medio loca. Subí recelosa pensando en usted y en el demonio y encontré al eremita deseoso de volverme a ver. Allí, padre, en el camastro, sin esponsales, y como único testigo santo Domingo, contraje segundas nupcias. Mi marido ya lo sabe. Vendrá para hablar con usted... ¡en confesión padre, en confesión! Y tengo que darle a usted la razón porque, el monje de la ermita, debe haberse transmutado con el diablo. Se lo digo padre, por las diabluras que me hizo.

Se santiguó la mujer y salió retumbando el taconeo por las bóvedas del templo dejando al cura dentro del confesionario haciéndole los ojos chiribitas.

- ¡Ave María Purísima! -dijo don Inocencio saltando como un resorte del asiento. "Este gallo, que parece gallina, ha revolucionado el gallinero" Todas las mujeres, sin excepción ninguna, prefieren de penitencia subir a la ermita a rezar un Padrenuestro o Avemaría antes que rezarlo aquí ante cualquier santo o beata. Por lo que oigo en confesión, va corriendo por el pueblo y los limítrofes, la fama de milagrero de santo Domingo.

Perplejo quedó don Inocencio oyendo el relato minucioso de su feligresa y el rubio barbilampiño, causante de sus insomnios, cuando oyó nuevos pasos dirigiéndose hacia él. Se incorporó hacia delante y vio en la penumbra la figura del secretario que instantes después oía su respiración a través de la rejilla del confesionario.

Ave María Purísima. No tengo nada de qué arrepentirme. Estoy casado, como usted sabe, pero soy célibe a la vez. Y sé muy bien don Inocencio, -porque de este negocio yo sé mucho más que usted-, que mi mujer bajó de la ermita en "estado de buena esperanza" No hubo más que verle el lustre que traía cuando llegó a casa. Le voy a decir algo que usted no sabe, pero piense en mi reputación. Soy el secretario de la circunscripción que abarca los seis pueblos lindantes con este. Lo mismo que pasa aquí, que me trato con usted, con las autoridades y con todos los vecinos, me ocurre en los otros pueblos. ¿Qué le parecería si les dijese a todos que voy a ser padre putativo? Que no valgo para engendrar, o qué sé yo si valgo, pero que me produce aversión... ¿me entiende, padre?

- No, no te entiendo. ¿Explícate! -le contestó don Inocencio en un mar de dudas.

- He intentado varias veces consumar el matrimonio y ha sido superior a mis fuerzas. Sí padre, así como suena. Soy de otra condición. Veinte años llevamos mi mujer y yo con esta mascarada. Ella, aguantando como una bendita... ¡Ayúdenos usted y calle, por Dios! Por ser funcionario, he sido instructor del temido Tribunal de Orden Público en causas de desgraciados de mi misma "condición" sin padrinos que los avalaran yendo a parar con sus huesos a la cárcel y molidos primero a palos. Las manos me temblaban pensando en correr la misma suerte que ellos, y aún no es tarde señor cura. Hemos sufrido mucho mi mujer y yo, por tanto... silencio padre. Secreto de confesión y a ver crecer nuestro hijo.

- ¡Tú, igual que tu mujer! Claro... dos que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma opinión. Llevo una temporada oyendo solamente disparates. Los caminos del Señor son infinitos. Él envía los hijos a quien quiere, cuando quiere, y como quiere.

Muy lejos de aquel lugar, sin pestañear, y llenos de incredulidad, cuatro purpurados oían el relato fantasioso del septuagenario sacerdote que decía así:

- Sus eminencias, con la autoridad moral que les confiere su dignidad, sabrán discernir, con toda seguridad, el camino a seguir acerca de la venerada imagen de santo Domingo, que no por menguada que ésta sea, no deja de ser grande la polvareda que ha levantado entre los católicos de aquellas rudas tierras que, a pesar de su rudeza, tienen el olfato fino en asuntos religiosos. Por cualquier pueblo de aquellos parajes, que vayan, oirán maravillas del santo que han dado en llamarle santo Domingo de la fertilidad. Falta hace ya más de una mano, para contar los casos en los que, mediante la "intercesión del Santo", mujeres que ni por asomo pensaban en engendrar, están en estado de gestación. Y me acude en este instante a la memoria un pasaje del Evangelio -que viene a colación con el asunto-, en el que según San Lucas, -como sus eminencias saben-, Dios envió un ángel a casa de la Virgen María anunciándole que concebiría un hijo, a lo que Ella le dijo que cómo si no conocía varón: "Del mismo modo que tu parienta Isabel -le contestó el ángel-, que ya en su vejez, y en el sexto mes de su esterilidad, ha concebido un hijo, porque para Dios no hay nada imposible".

- Mi querido Inocencio, no nos precipitemos; dejemos en paz a San Lucas y al arcángel San Gabriel. -dijo el cardenal de mayor edad después de una brevísima plática entre ellos, prosiguiendo: ¿Quién no nos dice a nosotros que Lucifer no esté metido de lleno en el embrollo y, con tal de crear desconcierto entre creyentes ansiosos de representaciones divinas, haya lucubrado esta maraña de vientres abultados que, luego a la postre, pudieran ser solamente aire? Dejemos que pase el tiempo y luego Dios dirá. Y que hagan las creyentes una novena por la ermita a ver si mientras tanto se gesta otro milagro.

- Seguro que vuestra reverendísima está en lo cierto, pero lo mismo le dijo este humilde sacerdote a la primera que vino a confesarme esos píos, y ya casi corretea el chico por el pueblo.