| Creo
que estoy tumbado, o eso al menos me parece.
Noto que mi cabeza reposa sobre una suave almohada.
Pienso que debo de estar en mi cama porque,
aunque no siento la tibia suavidad de las sabanas,
el olor lejano que percibo es el de mi habitación:
esa habitación tantas noches compartida
con Teresa entre la oscuridad caliente. Quiero
mover las piernas para ir hacia ella, como la
primera noche, pero están rígidas:
será la artrosis, cargada por los años.
Sí, eso debe ser.
Recuerdos vagos
acuden a mi mente: no te preocupes, querida,
iré al hospital, como tantas veces, y
pronto volveré a sentir el calor de las
sábanas, y podré ir contigo al
mercado a comprar nuestros duelos y quebrantos,
aunque sea a paso lento: qué más
da si vamos despacio; ¡a quién
le importa! Tiempo, es lo que ahora tenemos;
tiempo que pasa deprisa, muy deprisa, aunque
nosotros vayamos despacio.
Tengo las manos
entumecidas y un frío intenso surca mis
dedos, pero me parece notar que tus manos están
sobre las mías. Sí, así;
me gusta sentirlas, aunque tu calor apenas atraviese
mi piel. No, no las separes que alivian un poco
el gélido frío que me traspasa.
Debe ser el invierno, es muy crudo este invierno,
ha venido con mucha nieve, y por eso debo tener
las manos congeladas. Tú me conoces,
Teresa, y sabes que siempre fui muy friolero.
Sí, seguro que es por culpa del inverno,
pero pronto pasará, sólo es cuestión
de tiempo, y en la primavera mis manos volverán
a tener el calor suficiente para tocar tu cara
y tu pelo, como a ti te gusta. ¡Maldito
invierno!, eso es, ¡maldito!, porque me
ha dejado sin poder acariciarte. La culpa es
de esa nieve blanca que ya no me deja sentir,
pero, ten un poco de paciencia, que la primavera
está próxima, y volveremos a pasear
por el campo, aunque sea a paso lento.
Quiero ver y
no puedo. Intento abrir los ojos y algo me lo
impide; como si una venda tuviese aprisionados
mis párpados: ¡Quitadme la venda!,
que quiero ver aunque sólo sea el cielo
nublado; y también tu sonrisa, hija:
esa sonrisa que me enloquece aunque tú
nunca lo hayas sabido. Tal vez estoy así
por culpa de las cataratas, quizá, por
qué no, eso debe ser. Ya me lo dijo el
doctor, pero no quise hacerle caso: <<Manuel,
hay que quitar esas cataratas, cuanto más
tarde...>>. Pero ya sabes, hija, cómo
soy de testarudo. Pensé que aquellas
nebrinas, que a veces cubrían mis ojos,
eran un buen motivo para no ver lo que no quería.
Tú siempre me decías: <<Papa,
algún día te vas a quedar ciego,
y no podrás verme>>. Sí,
debe de haber sido por lo de las cataratas.
Y me habrás tenido que llevar a la clínica,
aunque ahora yo no lo recuerde. Seguro que ha
sido por eso. Y habrán puesto sobre mis
ojos un vendaje que no me deja abrirlos. Mas,
no importa, porque yo tengo tu cara grabada
en la retina y tu sonrisa guardada en mi memoria.
No fui hombre
de palabras cariñosas, y nunca te dije
un te quiero mirándote a los ojos (por
una vergüenza estúpida), pero tú
sabias que te quería, aunque a veces
te vi llorar, quizá porque lo dudabas.
Las palabras que nacían en mi corazón
se quedaban atrapadas en la garganta. Ahora
quiero decírtelo, ahora que mi boca está
seca quiero que esas palabras que no te dije
salgan para que las oigas, y te prometo que
a partir de hoy te las diré todos los
días, para que no tengas dudas.
Sí, susúrrame
al oído. Así. No sé por
qué no consigo descifrar lo que dices,
pero me relaja tu voz. Es posible que también
me estés contando que me quieres. Debería
de haberte dicho te quiero en los momentos duros
-que los hubo-, y en los días felices
-que también tuvimos-, sin embargo no
fui capaz de expresar mis sentimientos. Sigue
susurrándome, quiero seguir escuchando
tu voz.
Siento la boca
seca, muy seca, y la piel rígida. Será
por el invierno, que me está calando
los huesos. ¡El maldito invierno! Este
invierno que hace que mis mejillas estén
cada vez más frías; aunque aún
puedo notar unos labios infantiles que se posan
temblorosos sobre mi cara. Sé que son
los tuyos, enano; te he descubierto, enanillo.
Como cuando ibas a darme un beso por las noches
y yo me hacía el dormido. Sí,
como cada noche; porque me gustaba que repitieras
tus besos hasta que yo hacía como que
me despertaba, y entonces te cogía entre
mis brazos, y miraba esa carita inocente que
no sabía si sonreír o llorar por
haberme despertado. Sí, eran los besos
de la noche, los besos cándidos de mi
querido nieto. Sigue besándome, aunque
hoy me cueste más despertar porque el
invierno me ha dejado como invernado. No pares,
insiste, que pronto abriré los ojos para
ver en los tuyos la sorpresa, y te volveré
a coger entre estos brazos que habrán
dejado de estar muertos: igual que entonces,
cuando los dejaba colgando como si estuvieran
sin vida, y después te cogía haciéndote
sobresaltar y reír y reír, mientras
mis dedos buscaban tus cosquillas entre tu tierno
cuerpo. No dejes de besarme, aunque aún
no me despierte. No te vayas, sigue un poco
más. No te asustes por mi cara fría,
que es por el invierno, y por la nieve que estará
cayendo sobre la casa, pero pronto escampara
y volveremos a jugar.
Unas gotas chocan
sobre mi cara, aunque, extrañamente,
no siento su húmeda presencia sobre la
piel. Quizá estéis rociando el
ambiente con algún perfume: las habitaciones
cerradas se inundan de malos olores, y puede
que lleve aquí más tiempo del
que yo recuerdo, y por eso... pero no parecen
ser las microscópicas gotas salidas de
un "difusor", no, más bien
podría pensar por su forma que son lágrimas
que caen de lo alto. 'No, no puede ser! ¿Por
qué he de pensar que se trata de lágrimas
cuando no hay motivo para llorar?, ¿verdad?
Porque estamos todos aquí juntos mientras
yo despierto, y sólo he oído susurros
cariñosos, y sentido manos cálidas
que me quitan el frío, y besos cargados
de amorosa inocencia infantil. ¡No, nadie
puede llorar!, no hay ninguna razón para
llorar, ¿verdad? Porque pronto se irá
el invierno, en cuanto los días de nieve
pasen, y entonces volveremos a oír nuestras
voces, y a disfrutar de las caricias, y a sentir
los labios tiernos sobre la piel. ¡Ah!,
¡ya!, ¡claro!, estáis humedeciendo
mi piel seca para que no pierda el lustre, para
eliminar esta sequedad, que ya me duele. Sí,
es eso, no puede ser otra cosa ni hay razones
para que no sea así. Son como aquellas
gotas de agua que dejábamos correr sobre
nuestras caras en los primeros días de
otoño, cuando salíamos al campo
bajo las primeras lloviznas que inundaban el
espacio con ese olor agradable a tierra húmeda.
Y ahora me pregunto por qué dejamos de
hacerlo, por qué fuimos olvidando y apartando
de nuestras vidas aquellos momentos agradables.
Quizá los años, o las preocupaciones,
o la distancia, no lo sé, pero cuando
el frío abandone mi cuerpo, que será
pronto, cuando deje de nevar, que no tardará
en hacerlo, cuando mis ojos vuelvan a poder
abrirse y mi boca deje de estar reseca y pueda
articular las palabras que tantas ganas tengo
de deciros y que nunca os dije, entonces, volveremos
al campo en otoño para sentir la lluvia
y oler la tierra empapada por el agua.
¿Por qué
no respondéis? ¿Tal vez mis palabras
no llegan nítidas hasta vosotros? Puede
que de mi garganta fría no fluya bien
la voz hasta mis labios, y no podáis
entenderme. Sí, posiblemente es por eso.
Dadme un poco de agua para que os pueda hacer
llegar mi voz clara; o mejor un té caliente,
así de paso mi boca dejará de
estar seca y la garganta helada. Porque os quiero
decir, ahora que he perdido la estúpida
vergüenza para expresar mis sentimientos,
lo que no os dije, lo que quedó atrapado
entre las paredes del alma (aun no sé
por qué) sí, dadme un té
caliente para ahuyentar este gélido frío
que me tiene preso.
Teresa. Hija.
¿Dónde estáis? Enanillo.
¿Sigues a mi lado? ¿Por qué
no siento vuestra presencia? ¿Dónde
habéis ido? ¿Qué es ese
golpe que más que oír e sentido
sobre mí?: parece el de una madera chocando
contra otra madera. ¡Ah!, ¡ya!,
debe ser la puerta. Sí, seguro que habéis
cerrado la puerta. Quizá me queréis
dejar tranquilo durante unos minutos, eso debe
ser; deseáis que descanse; pero no quiero
estar solo porque el espacio de repente parece
que se ha hecho pequeño, muy pequeño,
y por mis pulmones hace tiempo que ya no corre
el aire. ¡Dejad abierta la puerta! ¡No
quiero descansar más! ¡Deseo que
estéis junto a mí!
Siento que las
paredes han venido hacia mí y me aprisionan,
y que la luz, que no veo, ha dejado de estar
encima de mí, y que el frío se
ha hecho más intenso, y ya no noto la
almohada en la que se apoya mi cabeza. Otra
vez el invierno que me congela, ¡maldito
invierno! ¡Abrid! ¿Dónde
estáis? ¿Por qué os habéis
alejado? Tengo muchas más cosas que contaros,
y no quiero esperar a que pase el invierno.
¿Por qué
me movéis? ¡No, por favor!, estoy
a gusto, me encuentro bien, sólo un poco
aturdido. ¡Dejadme, dejadme quieto! ¿Qué
es este balanceo que me hace sentir como si
mi cuerpo estuviera abandonado sobre las resquebrajadas
maderas de una pequeña barca? Siento
un profundo mareo; dejadme descansar. ¿Por
qué me movéis así? Teresa,
Teresa, díselo, diles que estoy bien
sobre mi cama, que estoy quieto porque me encuentro
cansado, sólo tengo frío, mucho
frío. Dame tu mano. ¿Por qué
ya no pones tu mano sobre la mía? Querida,
agárrame de nuevo para espantar un poco
este hielo que ya cubre todo mi cuerpo.
¿Qué
es ese murmullo?; ese murmullo que llega sordo
y que suena a letanías antiguas. ¿Por
qué no abrís la puerta para que
os pueda escuchar?
Las voces se
van alejando, pero aún puedo oír
un rumor como de jaculatorias viejas. ¿De
qué habláis? Hija, abre y susúrrame
al oído como antes, y deja que el niño
me bese en las mejillas, y diles que no me muevan.
¡Sí!,
¡así!, gracias, ahora ya he dejado
de sentir el bamboleo de mi cuerpo. Por favor,
no me mováis más; quiero estar
quieto, aquí, en la cama, aunque ya no
sienta donde se apoya mi espalda, pero estoy
mejor así, mucho mejor. Tengo frío,
frío, mucho frío, y este espacio
que se ha hecho más pequeño me
ahoga; no noto el aire, ni la luz a mi alrededor,
nada...
¿Por qué
ya no siento vuestro calor, ni vuestros susurros,
ni los besos, ni las gotas de agua que hasta
hace unos instantes derramabais sobre mi cara?
¿Por qué me habéis abandonado?
Pero no importa, estoy bien así, quieto,
sin ningún movimiento. Quiero descansar
para olvidar la terrible frialdad que me invade.
Dejadme descansar.
¡No!, ¡no!
¿Por qué me movéis de nuevo?
¿Por qué parece ahora que desciendo
dentro de un achacoso ascensor que chirría
al rozar con las paredes? ¿Dónde,
dónde me lleváis? Teresa, diles
que se detengan, que pronto se irá este
duro invierno y de nuevo podré sentir
el calor de tu mano. ¿¡Eh...!?
¿Qué es ese ruido como de piedras
y tierra húmeda que golpea la madera?
Hija, querida hija, ¿por qué no
dejan de golpear la puerta? Diles que aunque
parezca dormido estoy despierto, que esto pasará,
que pronto despertaré y podré
volver a oír tus susurros.
¡No!, ¡no!,
¡no!, ¡no me dejéis!, ¡no
quiero ir!, ¡no quiero, no quiero, nooo...!
Ya no siento nada: ni el dolor, ni el frío,
ni siquiera el horrible miedo del último
momento. Ahora que ya sólo soy espíritu,
ahora que ya puedo dominar tu mente, he querido
que conozcas esta historia tal y como me fue
sucediendo, para que sepas cual será
tu último destino cuando llegue tu día
de rezos. Ese día en el que nadie oirá
tus palabras de amor ni tus gritos de angustia,
cuando el frío será sólo
tuyo y nada podrá aplacarlo, cuando todos
se apartarán y rezarán a tu lado
sin saber que tú lo sientes. Quiero que
no ignores cómo será ese aterrador
momento cuando las piedras y la tierra húmeda
aplasten tu cuerpo sin que tú puedas
hacer nada para evitarlo. He querido contártelo
a ti y a tu alma, para que vayas pensado cómo
será ese día de letanías
antiguas, el último antes de que todos
se olviden de ti para siempre.
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