Inicio Hazte Socio Habla con UDP Foro Politica de Privacidad
 
Historia UDP
Organización
Servicios para socios
Red Digital UDP
Programas en marcha  
Convocatorias
Investigación y Parkinson
Informaciones saludables
Cofrentes, el poder del agua
Somiedo, la guarida del oso
Subida de las pensiones 2008
Compensación para prejubilados
 
Publicaciones / A vuela... / VI Concurso

VI CONCURSO LITERARIO
Accesit A: Invierno (Desde el otro lado de la puerta)
ANTONIO BLÁZQUEZ MADRID

Creo que estoy tumbado, o eso al menos me parece. Noto que mi cabeza reposa sobre una suave almohada. Pienso que debo de estar en mi cama porque, aunque no siento la tibia suavidad de las sabanas, el olor lejano que percibo es el de mi habitación: esa habitación tantas noches compartida con Teresa entre la oscuridad caliente. Quiero mover las piernas para ir hacia ella, como la primera noche, pero están rígidas: será la artrosis, cargada por los años. Sí, eso debe ser.

Recuerdos vagos acuden a mi mente: no te preocupes, querida, iré al hospital, como tantas veces, y pronto volveré a sentir el calor de las sábanas, y podré ir contigo al mercado a comprar nuestros duelos y quebrantos, aunque sea a paso lento: qué más da si vamos despacio; ¡a quién le importa! Tiempo, es lo que ahora tenemos; tiempo que pasa deprisa, muy deprisa, aunque nosotros vayamos despacio.

Tengo las manos entumecidas y un frío intenso surca mis dedos, pero me parece notar que tus manos están sobre las mías. Sí, así; me gusta sentirlas, aunque tu calor apenas atraviese mi piel. No, no las separes que alivian un poco el gélido frío que me traspasa. Debe ser el invierno, es muy crudo este invierno, ha venido con mucha nieve, y por eso debo tener las manos congeladas. Tú me conoces, Teresa, y sabes que siempre fui muy friolero. Sí, seguro que es por culpa del inverno, pero pronto pasará, sólo es cuestión de tiempo, y en la primavera mis manos volverán a tener el calor suficiente para tocar tu cara y tu pelo, como a ti te gusta. ¡Maldito invierno!, eso es, ¡maldito!, porque me ha dejado sin poder acariciarte. La culpa es de esa nieve blanca que ya no me deja sentir, pero, ten un poco de paciencia, que la primavera está próxima, y volveremos a pasear por el campo, aunque sea a paso lento.

Quiero ver y no puedo. Intento abrir los ojos y algo me lo impide; como si una venda tuviese aprisionados mis párpados: ¡Quitadme la venda!, que quiero ver aunque sólo sea el cielo nublado; y también tu sonrisa, hija: esa sonrisa que me enloquece aunque tú nunca lo hayas sabido. Tal vez estoy así por culpa de las cataratas, quizá, por qué no, eso debe ser. Ya me lo dijo el doctor, pero no quise hacerle caso: <<Manuel, hay que quitar esas cataratas, cuanto más tarde...>>. Pero ya sabes, hija, cómo soy de testarudo. Pensé que aquellas nebrinas, que a veces cubrían mis ojos, eran un buen motivo para no ver lo que no quería. Tú siempre me decías: <<Papa, algún día te vas a quedar ciego, y no podrás verme>>. Sí, debe de haber sido por lo de las cataratas. Y me habrás tenido que llevar a la clínica, aunque ahora yo no lo recuerde. Seguro que ha sido por eso. Y habrán puesto sobre mis ojos un vendaje que no me deja abrirlos. Mas, no importa, porque yo tengo tu cara grabada en la retina y tu sonrisa guardada en mi memoria.

No fui hombre de palabras cariñosas, y nunca te dije un te quiero mirándote a los ojos (por una vergüenza estúpida), pero tú sabias que te quería, aunque a veces te vi llorar, quizá porque lo dudabas. Las palabras que nacían en mi corazón se quedaban atrapadas en la garganta. Ahora quiero decírtelo, ahora que mi boca está seca quiero que esas palabras que no te dije salgan para que las oigas, y te prometo que a partir de hoy te las diré todos los días, para que no tengas dudas.

Sí, susúrrame al oído. Así. No sé por qué no consigo descifrar lo que dices, pero me relaja tu voz. Es posible que también me estés contando que me quieres. Debería de haberte dicho te quiero en los momentos duros -que los hubo-, y en los días felices -que también tuvimos-, sin embargo no fui capaz de expresar mis sentimientos. Sigue susurrándome, quiero seguir escuchando tu voz.

Siento la boca seca, muy seca, y la piel rígida. Será por el invierno, que me está calando los huesos. ¡El maldito invierno! Este invierno que hace que mis mejillas estén cada vez más frías; aunque aún puedo notar unos labios infantiles que se posan temblorosos sobre mi cara. Sé que son los tuyos, enano; te he descubierto, enanillo. Como cuando ibas a darme un beso por las noches y yo me hacía el dormido. Sí, como cada noche; porque me gustaba que repitieras tus besos hasta que yo hacía como que me despertaba, y entonces te cogía entre mis brazos, y miraba esa carita inocente que no sabía si sonreír o llorar por haberme despertado. Sí, eran los besos de la noche, los besos cándidos de mi querido nieto. Sigue besándome, aunque hoy me cueste más despertar porque el invierno me ha dejado como invernado. No pares, insiste, que pronto abriré los ojos para ver en los tuyos la sorpresa, y te volveré a coger entre estos brazos que habrán dejado de estar muertos: igual que entonces, cuando los dejaba colgando como si estuvieran sin vida, y después te cogía haciéndote sobresaltar y reír y reír, mientras mis dedos buscaban tus cosquillas entre tu tierno cuerpo. No dejes de besarme, aunque aún no me despierte. No te vayas, sigue un poco más. No te asustes por mi cara fría, que es por el invierno, y por la nieve que estará cayendo sobre la casa, pero pronto escampara y volveremos a jugar.

Unas gotas chocan sobre mi cara, aunque, extrañamente, no siento su húmeda presencia sobre la piel. Quizá estéis rociando el ambiente con algún perfume: las habitaciones cerradas se inundan de malos olores, y puede que lleve aquí más tiempo del que yo recuerdo, y por eso... pero no parecen ser las microscópicas gotas salidas de un "difusor", no, más bien podría pensar por su forma que son lágrimas que caen de lo alto. 'No, no puede ser! ¿Por qué he de pensar que se trata de lágrimas cuando no hay motivo para llorar?, ¿verdad? Porque estamos todos aquí juntos mientras yo despierto, y sólo he oído susurros cariñosos, y sentido manos cálidas que me quitan el frío, y besos cargados de amorosa inocencia infantil. ¡No, nadie puede llorar!, no hay ninguna razón para llorar, ¿verdad? Porque pronto se irá el invierno, en cuanto los días de nieve pasen, y entonces volveremos a oír nuestras voces, y a disfrutar de las caricias, y a sentir los labios tiernos sobre la piel. ¡Ah!, ¡ya!, ¡claro!, estáis humedeciendo mi piel seca para que no pierda el lustre, para eliminar esta sequedad, que ya me duele. Sí, es eso, no puede ser otra cosa ni hay razones para que no sea así. Son como aquellas gotas de agua que dejábamos correr sobre nuestras caras en los primeros días de otoño, cuando salíamos al campo bajo las primeras lloviznas que inundaban el espacio con ese olor agradable a tierra húmeda. Y ahora me pregunto por qué dejamos de hacerlo, por qué fuimos olvidando y apartando de nuestras vidas aquellos momentos agradables. Quizá los años, o las preocupaciones, o la distancia, no lo sé, pero cuando el frío abandone mi cuerpo, que será pronto, cuando deje de nevar, que no tardará en hacerlo, cuando mis ojos vuelvan a poder abrirse y mi boca deje de estar reseca y pueda articular las palabras que tantas ganas tengo de deciros y que nunca os dije, entonces, volveremos al campo en otoño para sentir la lluvia y oler la tierra empapada por el agua.

¿Por qué no respondéis? ¿Tal vez mis palabras no llegan nítidas hasta vosotros? Puede que de mi garganta fría no fluya bien la voz hasta mis labios, y no podáis entenderme. Sí, posiblemente es por eso. Dadme un poco de agua para que os pueda hacer llegar mi voz clara; o mejor un té caliente, así de paso mi boca dejará de estar seca y la garganta helada. Porque os quiero decir, ahora que he perdido la estúpida vergüenza para expresar mis sentimientos, lo que no os dije, lo que quedó atrapado entre las paredes del alma (aun no sé por qué) sí, dadme un té caliente para ahuyentar este gélido frío que me tiene preso.

Teresa. Hija. ¿Dónde estáis? Enanillo. ¿Sigues a mi lado? ¿Por qué no siento vuestra presencia? ¿Dónde habéis ido? ¿Qué es ese golpe que más que oír e sentido sobre mí?: parece el de una madera chocando contra otra madera. ¡Ah!, ¡ya!, debe ser la puerta. Sí, seguro que habéis cerrado la puerta. Quizá me queréis dejar tranquilo durante unos minutos, eso debe ser; deseáis que descanse; pero no quiero estar solo porque el espacio de repente parece que se ha hecho pequeño, muy pequeño, y por mis pulmones hace tiempo que ya no corre el aire. ¡Dejad abierta la puerta! ¡No quiero descansar más! ¡Deseo que estéis junto a mí!

Siento que las paredes han venido hacia mí y me aprisionan, y que la luz, que no veo, ha dejado de estar encima de mí, y que el frío se ha hecho más intenso, y ya no noto la almohada en la que se apoya mi cabeza. Otra vez el invierno que me congela, ¡maldito invierno! ¡Abrid! ¿Dónde estáis? ¿Por qué os habéis alejado? Tengo muchas más cosas que contaros, y no quiero esperar a que pase el invierno.

¿Por qué me movéis? ¡No, por favor!, estoy a gusto, me encuentro bien, sólo un poco aturdido. ¡Dejadme, dejadme quieto! ¿Qué es este balanceo que me hace sentir como si mi cuerpo estuviera abandonado sobre las resquebrajadas maderas de una pequeña barca? Siento un profundo mareo; dejadme descansar. ¿Por qué me movéis así? Teresa, Teresa, díselo, diles que estoy bien sobre mi cama, que estoy quieto porque me encuentro cansado, sólo tengo frío, mucho frío. Dame tu mano. ¿Por qué ya no pones tu mano sobre la mía? Querida, agárrame de nuevo para espantar un poco este hielo que ya cubre todo mi cuerpo.

¿Qué es ese murmullo?; ese murmullo que llega sordo y que suena a letanías antiguas. ¿Por qué no abrís la puerta para que os pueda escuchar?

Las voces se van alejando, pero aún puedo oír un rumor como de jaculatorias viejas. ¿De qué habláis? Hija, abre y susúrrame al oído como antes, y deja que el niño me bese en las mejillas, y diles que no me muevan.

¡Sí!, ¡así!, gracias, ahora ya he dejado de sentir el bamboleo de mi cuerpo. Por favor, no me mováis más; quiero estar quieto, aquí, en la cama, aunque ya no sienta donde se apoya mi espalda, pero estoy mejor así, mucho mejor. Tengo frío, frío, mucho frío, y este espacio que se ha hecho más pequeño me ahoga; no noto el aire, ni la luz a mi alrededor, nada...

¿Por qué ya no siento vuestro calor, ni vuestros susurros, ni los besos, ni las gotas de agua que hasta hace unos instantes derramabais sobre mi cara? ¿Por qué me habéis abandonado? Pero no importa, estoy bien así, quieto, sin ningún movimiento. Quiero descansar para olvidar la terrible frialdad que me invade. Dejadme descansar.

¡No!, ¡no! ¿Por qué me movéis de nuevo? ¿Por qué parece ahora que desciendo dentro de un achacoso ascensor que chirría al rozar con las paredes? ¿Dónde, dónde me lleváis? Teresa, diles que se detengan, que pronto se irá este duro invierno y de nuevo podré sentir el calor de tu mano. ¿¡Eh...!? ¿Qué es ese ruido como de piedras y tierra húmeda que golpea la madera? Hija, querida hija, ¿por qué no dejan de golpear la puerta? Diles que aunque parezca dormido estoy despierto, que esto pasará, que pronto despertaré y podré volver a oír tus susurros.

¡No!, ¡no!, ¡no!, ¡no me dejéis!, ¡no quiero ir!, ¡no quiero, no quiero, nooo...!


Ya no siento nada: ni el dolor, ni el frío, ni siquiera el horrible miedo del último momento. Ahora que ya sólo soy espíritu, ahora que ya puedo dominar tu mente, he querido que conozcas esta historia tal y como me fue sucediendo, para que sepas cual será tu último destino cuando llegue tu día de rezos. Ese día en el que nadie oirá tus palabras de amor ni tus gritos de angustia, cuando el frío será sólo tuyo y nada podrá aplacarlo, cuando todos se apartarán y rezarán a tu lado sin saber que tú lo sientes. Quiero que no ignores cómo será ese aterrador momento cuando las piedras y la tierra húmeda aplasten tu cuerpo sin que tú puedas hacer nada para evitarlo. He querido contártelo a ti y a tu alma, para que vayas pensado cómo será ese día de letanías antiguas, el último antes de que todos se olviden de ti para siempre.