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Llegué
a Florencia una tarde de invierno. Dejé
las maletas en la habitación del hotel.
Y, sin más, salí a la calle. Necesitaba
un primer contacto con la ciudad que visitaba
por primera vez. La temperatura era fría.
Deambulé por calles y plazas del centro
de la villa. Aún se mantenían
las luces y decorados de las cercanas Navidades
pasadas. Sentado en un histórico café
de la plaza de la República pensé
en la tarea que me esperaba en los días
siguientes: tratar de encontrar la portada adecuada
para mi libro sobre el Renacimiento que saldría
a la luz dos meses después. Ante el café
humeante pensé en el texto: mi descripción
del océano en aquellos años del
final del siglo XV y primeros años del
siglo XVI, cuando los barcos navegaban por océanos
de ilusión; cuando la imagen de la Tierra
se la inventaba cada viajero según sus
propios hallazgos personales; cuando la geografía
estaba hecha de sorpresas, distintas en cada
nueva mañana, en la que siempre había
un paisaje imprevisto, un horizonte florecido
de albricias, una isla nueva y una playa de
ensueño por descubrir... ¡Cómo
dejar de recordar la emoción de Raquel,
aquella amiga argentina, cuando visitamos la
Rábida!; desde su Buenos Aires natal,
la Rábida había sido para ella
un concepto mágico: el pasear por ella
fue un momento inolvidable.
Gracias a la
navegación se obtenían nuevas
dimensiones para el pensamiento: encuentros
con otras razas, con otras culturas y civilizaciones.
Todo era una combinación de voluntad
y audacia, de viajes y peligros, de libre arbitrio
y fatalismo, de especulación y riqueza.
Y rememorando la vida tierra adentro, en mi
libro expongo la característica primaria
del Renacimiento: el cambio en la esfera de
los valores económicos. La economía
rural medieval que representaba la posesión
de inmuebles, sobre todo de grandes latifundios,
se transformó en una economía
urbana, dinámica, burguesa, que se apoyaba
en los bienes muebles, cambiables, en los que
circulaba el dinero. Así, del mismo modo
que España y Portugal fueron los paradigmas
de ese despliegue hacia los mares, Florencia
fue el ejemplo más claro de las nuevas
circunstancias económicas.
El ambiente del
café florentino era acogedor. Runrún
de múltiples conversaciones entre el
dinamismo de los camareros. Una música
leve que percibo como de Vangelis ennoblece
el salón y me hace pensar, me hace soñar.
Reflexiono sobre el texto de mi libro. En aquellas
fechas, ya en pleno siglo XVI, la sangre española
hierve en ansia de aventuras y conquistas. Sin
ir más lejos, y como ejemplo, los siete
hermanos de Teresa de Ahumada viajaron a América
en aquellos años en sendas expediciones:
Hernando, Lorenzo, Jerónimo y Agustín,
al Perú; Rodrigo, al Río de la
Plata; Antonio, a Nueva Granada; Pedro, hacia
las Antillas.
Pero en mi obra
también dedico muchas páginas
a otra vertiente clave el mundo renacentista:
el movimiento humanístico. Ese era el
motivo de mi visita a Florencia: acercarme a
la realidad de aquella época donde, en
palabras de Antonio Gala, el hombre se alzó
de puntillas y atisbó sus posibilidades
de grandeza. ¿Encontraría para
mi portada un ejemplo expresivo, pictórico
o escultórico, en los recuerdos de aquel
hervidero cultural donde se daban cita toda
clase de ideas humanistas?
Primera sorpresa
al pagar mi consumición: la simpatía
de la cajera. Elisa tiene unos recuerdos inolvidables
de España. "Mi corazón está
en Madrid", me dice en perfecto castellano.
Elisa es estudiante universitaria; está
preparando su tesis doctoral sobre Historia
del Arte, concretamente sobre la figura de Sandro
Botticelli. Y me advierte: "Ojo con las
visitas a los museos. Algunos visitantes, alterados
por la ingestión desmesurada de belleza
artística, presentan síntomas
de vértigo, pérdida de identidad,
se desorientan...; y hasta tienen manía
persecutoria y depresiones...". Le agradezco
la advertencia y le sugiero que, si ella me
acompaña, estaré a salvo de tales
complicaciones psicosomáticas. Como al
día siguiente tiene libre, Elisa acepta
visitar conmigo la Galería de los Uffizi.
Segunda sorpresa
al llegar al hotel: junto a la cama abierta
encuentro un cartoncito rectangular. Por una
cara leo: Buonanotte, y en lengua italiana figura
impreso el Soneto LXXXIII de Pablo Neruda, uno
de los cien que escribiera en los años
cincuenta; y por la otra cara leo Sweet Dreams,
con el mismo soneto en lengua inglesa. Mi asombro
está acorde con el entusiasmo que me
produce esta atención con los clientes
del hotel. Se nota que estamos en la capital
del humanismo. El cansancio del día hace
que sólo pueda leer el primer verso:
E bello, amore, sentirti vicino a me nella notte
(Es bueno, amor, sentirte cerca de mí
en la noche). Neruda suena muy bien en italiano.
Después llegaron los dulces sueños,
supongo, como me deseaba la organización
del hotel.
* * *
A la mañana
siguiente, al abrir el ventanal de mi habitación,
me encuentro con una nueva sorpresa. Ante mí
aparecía la gran cúpula de la
catedral de Santa María de las Flores,
elevada sobre el tambor octogonal. ¡Tantas
veces la había visto en fotografías
y diapositivas! Pero me sentí impresionado
al tenerla tan cerca con el sol iluminando las
tejas de sus faldones. Aquellos tonos rojizos
que brillaban por la luminosidad solar me transmitían
una sosegada armonía. Esta cúpula
de Brunelleschi podría ser el símbolo
de Florencia. Sus innovaciones estéticas
sorprendieron en su tiempo. En la cúpula
el artista demostró su máxima
habilidad. Sus dimensiones colosales concuerdan
con su proporcionada elegancia. Parecía
una colina nacida de entre las casas florentinas.
Brunelleschi hizo la cúpula sin armazón.
Se pensó que era una empresa imposible
que superaría la capacidad técnica
de los hombres. Dieciséis años
tardó en construirse. La cúpula
la componen dos casquetes superpuestos unidos
entre sí mediante una estructura de arcos,
contrafuertes y elementos de enlace que dejan
un espacio libre al interior. Fue un verdadero
reto a la ley de la gravedad. Con ella Brunelleschi
cerró y cubrió el inmenso crucero
de la catedral. ¿Podría ser la
fotografía de esa cúpula la portada
de mi libro?
Salí a
deambular por las calles de la ciudad. La mañana,
a pesar del sol, era fría. Atravesé
uno de los puentes sobre el río Arno
y me adentré por la vía de Mayo.
Jorge Guillén escribió en Florencia
el poema El amor valeroso. Hacía referencia
a una pareja de poetas ingleses del siglo XIX:
Elisabeth y Robert Browning:
Florencia,
Via Maggio tras un puente
Puente de Santa Trinità,
Y al final de la calle Casa Guidi
Y allí los dos poetas
Valientemente, peligrosamente
Viven y se desviven
Por convertir sus sueños en su vida
Real, la cotidiana [...]
Observé
el cercano Palacio Pitti: ¿la poderosa
sillería con las formas almohadilladas
de su fachada, tan propia del Renacimiento,
que evoca la autoridad de los antiguos señores,
sería una expresiva portada?
Continué
hacia el centro de la ciudad. Volví a
atravesar el río por el Puente Viejo.
Me entretuve ante la escultura de Benvenuto
Cellini, aquel espadachín y orfebre,
otro de los grandes protagonistas de aquel tiempo.
Su figura ¿podría ser faz de mi
obra?; habida cuenta que en aquella Florencia
el ojo del artista se unió con la mano
del artesano, y de ello se derivó la
unidad de esa doble dimensión de la cultura:
la ciencia práctica y el arte creativo;
y así el hombre, como en el caso de Cellini,
como artista y artífice proyectó
a la cultura obras cada vez más creativas.
Llegué
al espacio de los Uffizi, donde ya me esperaba
Elisa. Toda la jornada, hasta su cierre, estuvimos
en aquellas instalaciones museísticas.
Recorrimos casi todos sus rincones. Llegué
a la conclusión que, para mi portada,
la ilustración más adecuada podría
ser el cuadro de Botticelli "La primavera".
Ciertamente es emblemático del Renacimiento.
Representa su ideal de belleza: ese sentimiento
de quietud, esa filosofía del ocio. Es
como un retorno al paraíso perdido: la
idea de jardín reflejando la búsqueda
de armonía interior por parte de los
seres humanos. Elisa y yo estuvimos muchos minutos
mirándolo; intentando verlo. En medio
de un florido prado, sobre un fondo de follaje
y árboles cargados de fruta, Venus contempla
ensimismada el bullicioso despertar de la primavera;
levantando su mano derecha, trata de mostrar
algo. Por la derecha, avanza Flora, de esbelta
figura, recogiendo con gracioso gesto los pliegues
del vestido, mientras a su lado la ninfa Clori
trata de escapar de los brazos de Céfiro,
el joven y poderoso viento de marzo que sopla
entre los árboles. En la parte central
superior, un amorcillo de ojos vendados lanza
sus flechas hacia el grupo de las Tres Gracias,
que bailan alegres cubiertas con velos transparentes
reflejando el frescor juvenil de sus líneas.
En el extremo izquierdo del cuadro, Mercurio,
en forma de joven apolíneo, con sombrero
de viandante, espada y sandalias aladas, intenta
disipar las nubes con su caduceo. Decenas de
especies botánicas florecen en el césped
sobre el que pisan los personajes.
Elisa opinó
que de esta pintura se desprende felicidad,
alegría, carnalidad; que todo en ella
es transparente. Para ella es el rostro feliz
de la creación, el humanismo arropado
por la naturaleza, como la fraternidad entre
los seres humanos y el universo que habitan.
Le respondí que yo lo percibo como un
cuadro musical, que sería un acierto
que en la sala, mientras lo contemplamos, nos
llegaran los sonidos de diversas creaciones
musicales sobre la primavera; la de Vivaldi
por ejemplo. Contribuirían a enriquecer
la visión del cuadro, emocionarían
a más turistas. Para mí esa naturaleza
tiene sonidos, su comitiva alegre está
viva. Es como si sintiéramos sus pasos,
sus risas, las canciones que cantan, el eco
musical que mueve sus cuerpos.
-Pero además
desprende melancolía -me dice Elisa-.
Al menos, para los que sabemos la intrahistoria
de esta pintura. Botticelli retrató como
Flora a una joven de entonces llamada Simonetta
Vespucci. Fíjate que va derramando poco
a poco las rosas que cubren su regazo. Simonetta
había muerto poco antes. Hay quien interpretó
que el artista quería narrar en la imagen
el paso de Simonetta por la Tierra hasta llegar
al Elíseo. El amante de Simonetta era
Giuliano de Médicis, hermano de Lorenzo
el Magnífico, que murió víctima
de una conjura poco tiempo después. Por
cierto que su panteón lo realizaría
nada menos que Miguel Ángel.
Traté
de neutralizar lo triste de esa intrahistoria
recurriendo a mis apuntes. De entre las páginas
de la guía que portaba, decidí
leer lo que expresara Manuel Machado sobre esta
pintura:
-Elisa, hablábamos
antes de la conjunción de arte pictórico
y música... Pues aún podríamos
enriquecer la situación con un ingrediente
más, con la literatura. Uno de nuestros
poetas, Manuel Machado, expresaba así
lo que le inspiraba el cuadro que estamos viendo:
esos despertares de amor entre cantares; esa
humedad del jardín; esos ojos adormilados
y anegados en inauditas savias incipientes;
o los rostros de almendra, como flores al sol,
aurirrosados en los campos de mayo sonrientes...
-Es muy propio que los poetas canten a esta
pintura. Está en la raíz misma
de la propia creación de Botticelli.
Se inspiró en unos versos de su amigo
Poliziano, que era otro de los humanistas que
alternaban en el jardín de los Médicis.
-Digo en mi libro que esta pintura es la declaración
de amor hacia todo lo creado, es la alegría
de vivir en el mejor de los mundos posibles.
Es el momento en que la corte de Lorenzo el
Magnífico trató de recoger los
últimos brillos de la cultura grecolatina
para aplicarla al concepto moderno de la vida.
-¡Ah, qué fiestas las de la Academia
de Lorenzo el Magnífico! Aquel cantar
y charlar, danzar y tañer en el jardín
de los Médicis. En aquellas tertulias
se reunían poetas, músicos, escultores,
pintores, arquitectos, lingüistas, historiadores,
filósofos... Se sucedían las generaciones
de artistas...
-Allí, Elisa, se ponderaba el aforismo
de Horacio Ut pictura, poesis, la poesía
como pintura. Aludían a la divina encarnación
de la idea. Es como si quisieran conciliar cristianismo,
platonismo, dialéctica tomista, astrología,
armonia de las estrellas y de las notas musicales...
-Sí, para ellos el ser humano era el
centro del mundo y el creador de su propia vida.
Antes de salir de la gran sala vemos de nuevo
la figura de Venus, la que pintara Botticelli
saliendo del mar en otro cuadro célebre.
Y de nuevo Céfiro, esta vez abrazando
a la ninfa Aura. Ese viento suave de poniente
impulsa la suave brisa que trae a Venus hacia
la costa. Le comenté a Elisa la divulgación
que hago en mi obra de la gesta de los navegantes
portugueses al mando de Vasco de Gama, que canta
Camoens en Os Lusiadas: cómo, bajo la
protección de Venus, y venciendo los
obstáculos que pone a su paso Baco, aquellos
nautas circunvalan África, superando
el cabo de las Tormentas -que a partir de entonces
se llamaría cabo de Buena Esperanza-
y consiguen su objetivo de llegar a la India.
Fue otra gesta del Renacimiento.
* * *
Durante los tres
anocheceres siguientes encontré en la
habitación del hotel, sobre la cama abierta,
otros tantos cartoncillos con el encabezamiento
Buonanotte (al dorso Sweet Dreams): de Vastità
di pini; de Qui io ti amo; de Perché
tu possa ascoltarmi; todos de Pablo Neruda,
y en el envés la versión inglesa.
A esta sazón,
continué con mi búsqueda de una
portada expresiva para mi libro. Las consideradas
en mi primera jornada junto a Elisa no acababan
de convencerme. En mi deambular solo por iglesias,
museos y palacios, vi sobre todo múltiples
escudos y emblemas flordelisados; era lo propio:
la flor de lis fue el emblema de los Médicis.
Y también me llamaron la atención
la diversidad de auroras, pintadas o esculpidas;
como si los artistas hubieran querido llamar
la atención sobre la significación
de Apolo y los cuatro caballos que tiran de
su carro, los cuatro corceles que simbolizan
la órbita solar: Eritreo -el sol naciente-;
Acteón -la aurora radiante-; Lampos -el
mediodía resplandeciente-; y Filogeo
-el sol poniente-. Gracias a ellos Apolo podía
cruzar el horizonte cada día desde el
amanecer hasta la llegada de la noche.
En resolución,
en aquellas jornadas visité la iglesia
franciscana de la Santa Cruz. Pensé hacer
una mezcolanza fotográfica con las imágenes
de las tumbas de Miguel Ángel y de Enrico
Fermi: el arte renaciente y la ciencia de nuestro
tiempo descansando bajo los mismos muros. Pero
desistí de ello. Al salir de esta iglesia
recordé lo ocurrido a Stendhal. Me habían
contado que el escritor francés decimonónico,
después de recorrer la iglesia de la
Santa Cruz alcanzó ese punto de emoción,
ese estadio donde se hallan esa especie de sensaciones
celestiales producidas por las bellas artes
y los sentimientos apasionados. Al callejear
por las calles florentinas Stendhal tenía
palpitaciones, como si su vida estuviera agotándose;
caminaba con miedo a caerse. Afortunadamente,
aquellas impresiones fueron pasajeras y Stendhal
se recuperó.
En mi pasear
por el corredor de la Galería de la Academia,
camino del David, tuve conciencia de la intensidad
emotiva del lugar. Me llamaron la atención
los esclavos del pasillo que conduce a la obra
cumbre de la escultura miguelangelesca. Consideré
la posibilidad que me ofrecía el conocido
como Atlas, aquel gigante mitológico
que soportaba el peso del mundo. Da la impresión
de sujetar una piedra en la cabeza, pero ésta
es la misma piedra; las piernas están
separadas, los brazos doblados; con estos intenta
levantar el gran peso que lleva sobre sus anchos
hombros. La escultura expresa la energía
comprimida y concentrada en el esfuerzo por
emerger del mármol. Pero el Renacimiento
fue una energía desplegada, no comprimida.
Por tanto descarté la figura.
En la capilla
del palacio Medici-Riccardi quedé admirado
ante el fastuoso fresco de Benozzo Gozzoli El
viaje de los Magos. Se trata de una minuciosa
cabalgata llena de colorido. Es de admirar la
brillantez de la comitiva, la magnificencia
de los trajes de los jinetes sobre los caballos
toscanos, la policromía del paisaje...
Me fijé en el personaje de Gaspar. ¿Acaso
quiso retratar el pintor a Lorenzo el Magnífico?
Ese símbolo del hombre cultivado, cuyo
esplendor y generosidad buscaba la gloria de
la inmortalidad es un reflejo de una época
de la historia, cuando Florencia abanderaba
el movimiento de renovación cultural
y política en Europa. Sin embargo, no
me llegaba a convencer del todo la imagen para
mi portada.
En mi vagar por
la ciudad me detuve ante un olivo. Al leer las
inscripciones que lo circundan, supe cómo
el terrorismo también se había
ensañado con Florencia. Una lápida
recuerda a las víctimas de una bomba
asesina en la noche aciaga del día 27
de mayo de 1993. Reza la inscripción
que esos seres humanos que cayeron viven en
el corazón de los florentinos. En aquella
fecha, la Torre Pulci, sede de una de las academias
de la ciudad, también fue duramente golpeada.
La reacción ciudadana y de las instituciones
fue ejemplar: se acabó su restauración
a los treinta y cuatro meses del suceso.
Volví
a la Galería de los Uffizi. Quise contemplar
con más detenimiento una pintura de Piero
della Francesca: el retrato de Federico de Montefeltro,
duque de Urbino, que me recordaba una diapositiva
de mi época universitaria. Federico fue
un humanista, ciertamente belicoso, típico
personaje del Renacimiento: soldado y hombre
de letras. Se hacía leer pasajes de Tito
Livio mientras comía. En la tabla pictórica,
el busto del duque, de perfil, está en
una posición sobreelevada, semejante
a un castillo, como dominando el paisaje de
sus tierras que se extienden hasta las lejanas
colinas del horizonte. Quizá Piero della
Francesca estuviera influido por imágenes
de antiguas monedas romanas, lo que favorecía
una mayor idealización y distinción
del personaje retratado. Pero enseguida entendí
que aquella imagen no era la que yo buscaba.
Lo que también comprendí en esa
vuelta a la Galería de los Uffizi fue
lo distinto que era visitarla solo que en compañía
de Elisa.
* * *
Aquella noche
fue la última de mi estancia. Tuve también
una pequeña sorpresa en mi habitación.
El poema de las buenas noches ya no era de Pablo
Neruda, sino del poeta turco Nazim Hikmet. El
título era Arrivederci fratello mare
(Goodbye brother sea). Parecía como una
premonición ante mi marcha del día
siguiente.
Sucedió
que aquella mañana, al despertarme, volví
a contemplar una vez más la cúpula
de Santa María de las Flores desde mi
ventanal. Me sentía satisfecho de las
jornadas pasadas, si bien no había conseguido
el objetivo. Seguía sin encontrar para
mi libro una portada que me convenciera. Después
de desayunar y de dejar preparadas las maletas,
salí hacia el Baptisterio donde me había
citado con Elisa para despedirme.
Callejeamos juntos
por el espacio en torno a la catedral. Nuestros
pasos tuvieron como fondo la vistosidad de los
monumentos, las puertas y las estatuas de bronce,
los relieves y las esculturas de mármol,
los mosaicos y las vitrinas de colores. Al acercarnos
a la verticalidad del campanario, miramos hacia
arriba. Observamos esa torre elegante, cubierta
de mármoles de distintas tonalidades
y adornada con relieves y estatuas. Vimos las
formas góticas que se diluían
en el tornasolado de sus mármoles y en
las esculturas que separan sus cuatro pisos.
En el basamento destacaban los medallones sobre
la creación del hombre y las actividades
laborales, atribuidas a Giotto.
-Sabes... -me
dijo Elisa- todo empezó por el empeño
en construir un campanario más alto,
más esbelto y más bello que el
de las ciudades rivales. En el Trecento, en
el Quattrocento, en el Cinquecento, se desató
un conflicto entre las ciudades, los mecenas
y los artistas... Este campanario lo inició
Giotto, pero como murió a los pocos años
lo culminaron Pisano y Talenti... Un cuarto
de siglo duró su construcción,
por cierto entre el drama de la gran peste negra
que asolaba a Europa y que acabó con
la población toscana hasta reducirla
casi a la mitad...
A esta sazón,
alcé la vista hacia un lugar del campanario,
a la parte interna de la fachada. Allí
miré unos relieves hexagonales. Hacían
referencia a la astrología, al arte de
la construcción, a la medicina, a la
lógica y la dialéctica; y un poco
más allá vi que había un
hexágono donde un maestro enseñaba
a dos discípulos. Debió iluminarse
mi rostro más de la cuenta porque Elisa
me miró más sonriente que nunca.
-Mira -le dije-
ya tengo mi portada. Este hexágono que
es una estampa de enseñanza, que es un
homenaje al arte liberal de la gramática.
Para mí, Elisa, en todas las edades de
la historia la clave está en la educación,
y sobre todo en la educación de la infancia.
Ese maestro del relieve trata de iluminar la
mente de sus dos discípulos. Y los tres,
juntos, deben ir en busca de verdades.
Elisa seguía sonriendo. Señaló:
-Y además Giotto está en las raíces
del Renacimiento. Si esta época de la
historia tuvo ese esplendor fue porque tomó
en consideración la educación.
-Sí, Elisa, y un pedagogo sobresalió
en aquellos años, Vittorino da Feltre.
Fundó en Mantua la Casa Giocosa, la casa
alegre. Sobre la fachada de esta escuela había
una inscripción: "Venid, oh niños,
aquí se instruye; no se atormenta".
Se trataba más de formar personalidades
que de formar eruditos.
-Así quiso impulsar el aprendizaje encendido...
Recuerdo lo que me dijo una pedagoga argentina
que pasó por aquí buscando huellas
de sus ancestros: educar no es llenar una vasija,
sino encender una llama.
Elisa y yo paseamos
a través de la vía Martelli, de
la vía Cavour... Yo feliz por haber encontrado
la ilustración de mi portada; y ella,
según mi percepción, también
contenta al verme a mí en ese estado.
Hablamos de la educación futurible. Había
que armonizar a Homero y Virgilio con los ordenadores.
Sin las humanidades, sin los saberes comunes
al ser humano, el joven puede estar perdido
en el mundo, a merced del primer dogma que aparezca,
de cualquier inercia en que apoyarse. El mundo
grecorromano, recuperado en el Renacimiento,
fue la guía para que el hombre de aquel
tiempo pudiera encontrarse a sí mismo.
Aquella afirmación espléndida
de un movimiento que ahondó sus raíces
en el tiempo, que adquirió conocimiento
de sí, fue la levadura que renovó
radicalmente la vida. Pasó del plano
cultural a todos los aspectos de la sociedad.
En resolución,
tanto Elisa como yo éramos conscientes
de la degradación de la cultura que sufrimos
en la actualidad. Ese pseudosaber que convierte
en hábito entre las masas el no pensar.
El vandalismo de muchos jóvenes proviene
de la falta de valores auténticos. ¿Qué
se pretende comunicar con esos mensajes abstrusos
que ensucian tantas fachadas? ¿Por qué
ese afán de ensombrecer la belleza?
Seguimos en muchos casos albergando los mismos
sentimientos y sueños que en el Renacimiento.
Los poetas los cantan cada mañana. Como
en el caso de Jorge Guillén en aquella
jornada florentina del siglo pasado, cuando
escribió el poema El amor valeroso, haciendo
referencia a una pareja de poetas ingleses decimonónicos.
Ya lo cité en líneas anteriores.
A Elisa le recité el final del poema:
Y en la ciudad que es la ciudad
soñada,
Realísima y bellísima
Con hermosura siempre verdadera.
Los años amontonan
Sus materiales brutos,
Que habrá de atravesar, y sin embustes,
La luz del corazón y de la mente.
Fugas no habrá ni vanas ilusiones.
Los amantes se afrontan día a día.
Oh freedom! Oh my Florence!
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