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VI CONCURSO LITERARIO
Accesit B: Crónica de un acercamiento al esplendor
JUAN JOSÉ LÓPEZ PÉREZ

Llegué a Florencia una tarde de invierno. Dejé las maletas en la habitación del hotel. Y, sin más, salí a la calle. Necesitaba un primer contacto con la ciudad que visitaba por primera vez. La temperatura era fría. Deambulé por calles y plazas del centro de la villa. Aún se mantenían las luces y decorados de las cercanas Navidades pasadas. Sentado en un histórico café de la plaza de la República pensé en la tarea que me esperaba en los días siguientes: tratar de encontrar la portada adecuada para mi libro sobre el Renacimiento que saldría a la luz dos meses después. Ante el café humeante pensé en el texto: mi descripción del océano en aquellos años del final del siglo XV y primeros años del siglo XVI, cuando los barcos navegaban por océanos de ilusión; cuando la imagen de la Tierra se la inventaba cada viajero según sus propios hallazgos personales; cuando la geografía estaba hecha de sorpresas, distintas en cada nueva mañana, en la que siempre había un paisaje imprevisto, un horizonte florecido de albricias, una isla nueva y una playa de ensueño por descubrir... ¡Cómo dejar de recordar la emoción de Raquel, aquella amiga argentina, cuando visitamos la Rábida!; desde su Buenos Aires natal, la Rábida había sido para ella un concepto mágico: el pasear por ella fue un momento inolvidable.

Gracias a la navegación se obtenían nuevas dimensiones para el pensamiento: encuentros con otras razas, con otras culturas y civilizaciones. Todo era una combinación de voluntad y audacia, de viajes y peligros, de libre arbitrio y fatalismo, de especulación y riqueza. Y rememorando la vida tierra adentro, en mi libro expongo la característica primaria del Renacimiento: el cambio en la esfera de los valores económicos. La economía rural medieval que representaba la posesión de inmuebles, sobre todo de grandes latifundios, se transformó en una economía urbana, dinámica, burguesa, que se apoyaba en los bienes muebles, cambiables, en los que circulaba el dinero. Así, del mismo modo que España y Portugal fueron los paradigmas de ese despliegue hacia los mares, Florencia fue el ejemplo más claro de las nuevas circunstancias económicas.

El ambiente del café florentino era acogedor. Runrún de múltiples conversaciones entre el dinamismo de los camareros. Una música leve que percibo como de Vangelis ennoblece el salón y me hace pensar, me hace soñar. Reflexiono sobre el texto de mi libro. En aquellas fechas, ya en pleno siglo XVI, la sangre española hierve en ansia de aventuras y conquistas. Sin ir más lejos, y como ejemplo, los siete hermanos de Teresa de Ahumada viajaron a América en aquellos años en sendas expediciones: Hernando, Lorenzo, Jerónimo y Agustín, al Perú; Rodrigo, al Río de la Plata; Antonio, a Nueva Granada; Pedro, hacia las Antillas.

Pero en mi obra también dedico muchas páginas a otra vertiente clave el mundo renacentista: el movimiento humanístico. Ese era el motivo de mi visita a Florencia: acercarme a la realidad de aquella época donde, en palabras de Antonio Gala, el hombre se alzó de puntillas y atisbó sus posibilidades de grandeza. ¿Encontraría para mi portada un ejemplo expresivo, pictórico o escultórico, en los recuerdos de aquel hervidero cultural donde se daban cita toda clase de ideas humanistas?

Primera sorpresa al pagar mi consumición: la simpatía de la cajera. Elisa tiene unos recuerdos inolvidables de España. "Mi corazón está en Madrid", me dice en perfecto castellano. Elisa es estudiante universitaria; está preparando su tesis doctoral sobre Historia del Arte, concretamente sobre la figura de Sandro Botticelli. Y me advierte: "Ojo con las visitas a los museos. Algunos visitantes, alterados por la ingestión desmesurada de belleza artística, presentan síntomas de vértigo, pérdida de identidad, se desorientan...; y hasta tienen manía persecutoria y depresiones...". Le agradezco la advertencia y le sugiero que, si ella me acompaña, estaré a salvo de tales complicaciones psicosomáticas. Como al día siguiente tiene libre, Elisa acepta visitar conmigo la Galería de los Uffizi.

Segunda sorpresa al llegar al hotel: junto a la cama abierta encuentro un cartoncito rectangular. Por una cara leo: Buonanotte, y en lengua italiana figura impreso el Soneto LXXXIII de Pablo Neruda, uno de los cien que escribiera en los años cincuenta; y por la otra cara leo Sweet Dreams, con el mismo soneto en lengua inglesa. Mi asombro está acorde con el entusiasmo que me produce esta atención con los clientes del hotel. Se nota que estamos en la capital del humanismo. El cansancio del día hace que sólo pueda leer el primer verso: E bello, amore, sentirti vicino a me nella notte (Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche). Neruda suena muy bien en italiano. Después llegaron los dulces sueños, supongo, como me deseaba la organización del hotel.

* * *

A la mañana siguiente, al abrir el ventanal de mi habitación, me encuentro con una nueva sorpresa. Ante mí aparecía la gran cúpula de la catedral de Santa María de las Flores, elevada sobre el tambor octogonal. ¡Tantas veces la había visto en fotografías y diapositivas! Pero me sentí impresionado al tenerla tan cerca con el sol iluminando las tejas de sus faldones. Aquellos tonos rojizos que brillaban por la luminosidad solar me transmitían una sosegada armonía. Esta cúpula de Brunelleschi podría ser el símbolo de Florencia. Sus innovaciones estéticas sorprendieron en su tiempo. En la cúpula el artista demostró su máxima habilidad. Sus dimensiones colosales concuerdan con su proporcionada elegancia. Parecía una colina nacida de entre las casas florentinas. Brunelleschi hizo la cúpula sin armazón. Se pensó que era una empresa imposible que superaría la capacidad técnica de los hombres. Dieciséis años tardó en construirse. La cúpula la componen dos casquetes superpuestos unidos entre sí mediante una estructura de arcos, contrafuertes y elementos de enlace que dejan un espacio libre al interior. Fue un verdadero reto a la ley de la gravedad. Con ella Brunelleschi cerró y cubrió el inmenso crucero de la catedral. ¿Podría ser la fotografía de esa cúpula la portada de mi libro?

Salí a deambular por las calles de la ciudad. La mañana, a pesar del sol, era fría. Atravesé uno de los puentes sobre el río Arno y me adentré por la vía de Mayo. Jorge Guillén escribió en Florencia el poema El amor valeroso. Hacía referencia a una pareja de poetas ingleses del siglo XIX: Elisabeth y Robert Browning:

Florencia, Via Maggio tras un puente
Puente de Santa Trinità,
Y al final de la calle Casa Guidi
Y allí los dos poetas
Valientemente, peligrosamente
Viven y se desviven
Por convertir sus sueños en su vida
Real, la cotidiana [...]

Observé el cercano Palacio Pitti: ¿la poderosa sillería con las formas almohadilladas de su fachada, tan propia del Renacimiento, que evoca la autoridad de los antiguos señores, sería una expresiva portada?

Continué hacia el centro de la ciudad. Volví a atravesar el río por el Puente Viejo. Me entretuve ante la escultura de Benvenuto Cellini, aquel espadachín y orfebre, otro de los grandes protagonistas de aquel tiempo. Su figura ¿podría ser faz de mi obra?; habida cuenta que en aquella Florencia el ojo del artista se unió con la mano del artesano, y de ello se derivó la unidad de esa doble dimensión de la cultura: la ciencia práctica y el arte creativo; y así el hombre, como en el caso de Cellini, como artista y artífice proyectó a la cultura obras cada vez más creativas.

Llegué al espacio de los Uffizi, donde ya me esperaba Elisa. Toda la jornada, hasta su cierre, estuvimos en aquellas instalaciones museísticas. Recorrimos casi todos sus rincones. Llegué a la conclusión que, para mi portada, la ilustración más adecuada podría ser el cuadro de Botticelli "La primavera". Ciertamente es emblemático del Renacimiento. Representa su ideal de belleza: ese sentimiento de quietud, esa filosofía del ocio. Es como un retorno al paraíso perdido: la idea de jardín reflejando la búsqueda de armonía interior por parte de los seres humanos. Elisa y yo estuvimos muchos minutos mirándolo; intentando verlo. En medio de un florido prado, sobre un fondo de follaje y árboles cargados de fruta, Venus contempla ensimismada el bullicioso despertar de la primavera; levantando su mano derecha, trata de mostrar algo. Por la derecha, avanza Flora, de esbelta figura, recogiendo con gracioso gesto los pliegues del vestido, mientras a su lado la ninfa Clori trata de escapar de los brazos de Céfiro, el joven y poderoso viento de marzo que sopla entre los árboles. En la parte central superior, un amorcillo de ojos vendados lanza sus flechas hacia el grupo de las Tres Gracias, que bailan alegres cubiertas con velos transparentes reflejando el frescor juvenil de sus líneas. En el extremo izquierdo del cuadro, Mercurio, en forma de joven apolíneo, con sombrero de viandante, espada y sandalias aladas, intenta disipar las nubes con su caduceo. Decenas de especies botánicas florecen en el césped sobre el que pisan los personajes.

Elisa opinó que de esta pintura se desprende felicidad, alegría, carnalidad; que todo en ella es transparente. Para ella es el rostro feliz de la creación, el humanismo arropado por la naturaleza, como la fraternidad entre los seres humanos y el universo que habitan. Le respondí que yo lo percibo como un cuadro musical, que sería un acierto que en la sala, mientras lo contemplamos, nos llegaran los sonidos de diversas creaciones musicales sobre la primavera; la de Vivaldi por ejemplo. Contribuirían a enriquecer la visión del cuadro, emocionarían a más turistas. Para mí esa naturaleza tiene sonidos, su comitiva alegre está viva. Es como si sintiéramos sus pasos, sus risas, las canciones que cantan, el eco musical que mueve sus cuerpos.

-Pero además desprende melancolía -me dice Elisa-. Al menos, para los que sabemos la intrahistoria de esta pintura. Botticelli retrató como Flora a una joven de entonces llamada Simonetta Vespucci. Fíjate que va derramando poco a poco las rosas que cubren su regazo. Simonetta había muerto poco antes. Hay quien interpretó que el artista quería narrar en la imagen el paso de Simonetta por la Tierra hasta llegar al Elíseo. El amante de Simonetta era Giuliano de Médicis, hermano de Lorenzo el Magnífico, que murió víctima de una conjura poco tiempo después. Por cierto que su panteón lo realizaría nada menos que Miguel Ángel.

Traté de neutralizar lo triste de esa intrahistoria recurriendo a mis apuntes. De entre las páginas de la guía que portaba, decidí leer lo que expresara Manuel Machado sobre esta pintura:

-Elisa, hablábamos antes de la conjunción de arte pictórico y música... Pues aún podríamos enriquecer la situación con un ingrediente más, con la literatura. Uno de nuestros poetas, Manuel Machado, expresaba así lo que le inspiraba el cuadro que estamos viendo: esos despertares de amor entre cantares; esa humedad del jardín; esos ojos adormilados y anegados en inauditas savias incipientes; o los rostros de almendra, como flores al sol, aurirrosados en los campos de mayo sonrientes...
-Es muy propio que los poetas canten a esta pintura. Está en la raíz misma de la propia creación de Botticelli. Se inspiró en unos versos de su amigo Poliziano, que era otro de los humanistas que alternaban en el jardín de los Médicis.
-Digo en mi libro que esta pintura es la declaración de amor hacia todo lo creado, es la alegría de vivir en el mejor de los mundos posibles. Es el momento en que la corte de Lorenzo el Magnífico trató de recoger los últimos brillos de la cultura grecolatina para aplicarla al concepto moderno de la vida.
-¡Ah, qué fiestas las de la Academia de Lorenzo el Magnífico! Aquel cantar y charlar, danzar y tañer en el jardín de los Médicis. En aquellas tertulias se reunían poetas, músicos, escultores, pintores, arquitectos, lingüistas, historiadores, filósofos... Se sucedían las generaciones de artistas...
-Allí, Elisa, se ponderaba el aforismo de Horacio Ut pictura, poesis, la poesía como pintura. Aludían a la divina encarnación de la idea. Es como si quisieran conciliar cristianismo, platonismo, dialéctica tomista, astrología, armonia de las estrellas y de las notas musicales...
-Sí, para ellos el ser humano era el centro del mundo y el creador de su propia vida.
Antes de salir de la gran sala vemos de nuevo la figura de Venus, la que pintara Botticelli saliendo del mar en otro cuadro célebre. Y de nuevo Céfiro, esta vez abrazando a la ninfa Aura. Ese viento suave de poniente impulsa la suave brisa que trae a Venus hacia la costa. Le comenté a Elisa la divulgación que hago en mi obra de la gesta de los navegantes portugueses al mando de Vasco de Gama, que canta Camoens en Os Lusiadas: cómo, bajo la protección de Venus, y venciendo los obstáculos que pone a su paso Baco, aquellos nautas circunvalan África, superando el cabo de las Tormentas -que a partir de entonces se llamaría cabo de Buena Esperanza- y consiguen su objetivo de llegar a la India. Fue otra gesta del Renacimiento.

* * *

Durante los tres anocheceres siguientes encontré en la habitación del hotel, sobre la cama abierta, otros tantos cartoncillos con el encabezamiento Buonanotte (al dorso Sweet Dreams): de Vastità di pini; de Qui io ti amo; de Perché tu possa ascoltarmi; todos de Pablo Neruda, y en el envés la versión inglesa.

A esta sazón, continué con mi búsqueda de una portada expresiva para mi libro. Las consideradas en mi primera jornada junto a Elisa no acababan de convencerme. En mi deambular solo por iglesias, museos y palacios, vi sobre todo múltiples escudos y emblemas flordelisados; era lo propio: la flor de lis fue el emblema de los Médicis. Y también me llamaron la atención la diversidad de auroras, pintadas o esculpidas; como si los artistas hubieran querido llamar la atención sobre la significación de Apolo y los cuatro caballos que tiran de su carro, los cuatro corceles que simbolizan la órbita solar: Eritreo -el sol naciente-; Acteón -la aurora radiante-; Lampos -el mediodía resplandeciente-; y Filogeo -el sol poniente-. Gracias a ellos Apolo podía cruzar el horizonte cada día desde el amanecer hasta la llegada de la noche.

En resolución, en aquellas jornadas visité la iglesia franciscana de la Santa Cruz. Pensé hacer una mezcolanza fotográfica con las imágenes de las tumbas de Miguel Ángel y de Enrico Fermi: el arte renaciente y la ciencia de nuestro tiempo descansando bajo los mismos muros. Pero desistí de ello. Al salir de esta iglesia recordé lo ocurrido a Stendhal. Me habían contado que el escritor francés decimonónico, después de recorrer la iglesia de la Santa Cruz alcanzó ese punto de emoción, ese estadio donde se hallan esa especie de sensaciones celestiales producidas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Al callejear por las calles florentinas Stendhal tenía palpitaciones, como si su vida estuviera agotándose; caminaba con miedo a caerse. Afortunadamente, aquellas impresiones fueron pasajeras y Stendhal se recuperó.

En mi pasear por el corredor de la Galería de la Academia, camino del David, tuve conciencia de la intensidad emotiva del lugar. Me llamaron la atención los esclavos del pasillo que conduce a la obra cumbre de la escultura miguelangelesca. Consideré la posibilidad que me ofrecía el conocido como Atlas, aquel gigante mitológico que soportaba el peso del mundo. Da la impresión de sujetar una piedra en la cabeza, pero ésta es la misma piedra; las piernas están separadas, los brazos doblados; con estos intenta levantar el gran peso que lleva sobre sus anchos hombros. La escultura expresa la energía comprimida y concentrada en el esfuerzo por emerger del mármol. Pero el Renacimiento fue una energía desplegada, no comprimida. Por tanto descarté la figura.

En la capilla del palacio Medici-Riccardi quedé admirado ante el fastuoso fresco de Benozzo Gozzoli El viaje de los Magos. Se trata de una minuciosa cabalgata llena de colorido. Es de admirar la brillantez de la comitiva, la magnificencia de los trajes de los jinetes sobre los caballos toscanos, la policromía del paisaje... Me fijé en el personaje de Gaspar. ¿Acaso quiso retratar el pintor a Lorenzo el Magnífico? Ese símbolo del hombre cultivado, cuyo esplendor y generosidad buscaba la gloria de la inmortalidad es un reflejo de una época de la historia, cuando Florencia abanderaba el movimiento de renovación cultural y política en Europa. Sin embargo, no me llegaba a convencer del todo la imagen para mi portada.

En mi vagar por la ciudad me detuve ante un olivo. Al leer las inscripciones que lo circundan, supe cómo el terrorismo también se había ensañado con Florencia. Una lápida recuerda a las víctimas de una bomba asesina en la noche aciaga del día 27 de mayo de 1993. Reza la inscripción que esos seres humanos que cayeron viven en el corazón de los florentinos. En aquella fecha, la Torre Pulci, sede de una de las academias de la ciudad, también fue duramente golpeada. La reacción ciudadana y de las instituciones fue ejemplar: se acabó su restauración a los treinta y cuatro meses del suceso.

Volví a la Galería de los Uffizi. Quise contemplar con más detenimiento una pintura de Piero della Francesca: el retrato de Federico de Montefeltro, duque de Urbino, que me recordaba una diapositiva de mi época universitaria. Federico fue un humanista, ciertamente belicoso, típico personaje del Renacimiento: soldado y hombre de letras. Se hacía leer pasajes de Tito Livio mientras comía. En la tabla pictórica, el busto del duque, de perfil, está en una posición sobreelevada, semejante a un castillo, como dominando el paisaje de sus tierras que se extienden hasta las lejanas colinas del horizonte. Quizá Piero della Francesca estuviera influido por imágenes de antiguas monedas romanas, lo que favorecía una mayor idealización y distinción del personaje retratado. Pero enseguida entendí que aquella imagen no era la que yo buscaba. Lo que también comprendí en esa vuelta a la Galería de los Uffizi fue lo distinto que era visitarla solo que en compañía de Elisa.

* * *

Aquella noche fue la última de mi estancia. Tuve también una pequeña sorpresa en mi habitación. El poema de las buenas noches ya no era de Pablo Neruda, sino del poeta turco Nazim Hikmet. El título era Arrivederci fratello mare (Goodbye brother sea). Parecía como una premonición ante mi marcha del día siguiente.

Sucedió que aquella mañana, al despertarme, volví a contemplar una vez más la cúpula de Santa María de las Flores desde mi ventanal. Me sentía satisfecho de las jornadas pasadas, si bien no había conseguido el objetivo. Seguía sin encontrar para mi libro una portada que me convenciera. Después de desayunar y de dejar preparadas las maletas, salí hacia el Baptisterio donde me había citado con Elisa para despedirme.

Callejeamos juntos por el espacio en torno a la catedral. Nuestros pasos tuvieron como fondo la vistosidad de los monumentos, las puertas y las estatuas de bronce, los relieves y las esculturas de mármol, los mosaicos y las vitrinas de colores. Al acercarnos a la verticalidad del campanario, miramos hacia arriba. Observamos esa torre elegante, cubierta de mármoles de distintas tonalidades y adornada con relieves y estatuas. Vimos las formas góticas que se diluían en el tornasolado de sus mármoles y en las esculturas que separan sus cuatro pisos. En el basamento destacaban los medallones sobre la creación del hombre y las actividades laborales, atribuidas a Giotto.

-Sabes... -me dijo Elisa- todo empezó por el empeño en construir un campanario más alto, más esbelto y más bello que el de las ciudades rivales. En el Trecento, en el Quattrocento, en el Cinquecento, se desató un conflicto entre las ciudades, los mecenas y los artistas... Este campanario lo inició Giotto, pero como murió a los pocos años lo culminaron Pisano y Talenti... Un cuarto de siglo duró su construcción, por cierto entre el drama de la gran peste negra que asolaba a Europa y que acabó con la población toscana hasta reducirla casi a la mitad...

A esta sazón, alcé la vista hacia un lugar del campanario, a la parte interna de la fachada. Allí miré unos relieves hexagonales. Hacían referencia a la astrología, al arte de la construcción, a la medicina, a la lógica y la dialéctica; y un poco más allá vi que había un hexágono donde un maestro enseñaba a dos discípulos. Debió iluminarse mi rostro más de la cuenta porque Elisa me miró más sonriente que nunca.

-Mira -le dije- ya tengo mi portada. Este hexágono que es una estampa de enseñanza, que es un homenaje al arte liberal de la gramática. Para mí, Elisa, en todas las edades de la historia la clave está en la educación, y sobre todo en la educación de la infancia. Ese maestro del relieve trata de iluminar la mente de sus dos discípulos. Y los tres, juntos, deben ir en busca de verdades.
Elisa seguía sonriendo. Señaló:
-Y además Giotto está en las raíces del Renacimiento. Si esta época de la historia tuvo ese esplendor fue porque tomó en consideración la educación.
-Sí, Elisa, y un pedagogo sobresalió en aquellos años, Vittorino da Feltre. Fundó en Mantua la Casa Giocosa, la casa alegre. Sobre la fachada de esta escuela había una inscripción: "Venid, oh niños, aquí se instruye; no se atormenta". Se trataba más de formar personalidades que de formar eruditos.
-Así quiso impulsar el aprendizaje encendido... Recuerdo lo que me dijo una pedagoga argentina que pasó por aquí buscando huellas de sus ancestros: educar no es llenar una vasija, sino encender una llama.

Elisa y yo paseamos a través de la vía Martelli, de la vía Cavour... Yo feliz por haber encontrado la ilustración de mi portada; y ella, según mi percepción, también contenta al verme a mí en ese estado. Hablamos de la educación futurible. Había que armonizar a Homero y Virgilio con los ordenadores. Sin las humanidades, sin los saberes comunes al ser humano, el joven puede estar perdido en el mundo, a merced del primer dogma que aparezca, de cualquier inercia en que apoyarse. El mundo grecorromano, recuperado en el Renacimiento, fue la guía para que el hombre de aquel tiempo pudiera encontrarse a sí mismo. Aquella afirmación espléndida de un movimiento que ahondó sus raíces en el tiempo, que adquirió conocimiento de sí, fue la levadura que renovó radicalmente la vida. Pasó del plano cultural a todos los aspectos de la sociedad.

En resolución, tanto Elisa como yo éramos conscientes de la degradación de la cultura que sufrimos en la actualidad. Ese pseudosaber que convierte en hábito entre las masas el no pensar. El vandalismo de muchos jóvenes proviene de la falta de valores auténticos. ¿Qué se pretende comunicar con esos mensajes abstrusos que ensucian tantas fachadas? ¿Por qué ese afán de ensombrecer la belleza?
Seguimos en muchos casos albergando los mismos sentimientos y sueños que en el Renacimiento. Los poetas los cantan cada mañana. Como en el caso de Jorge Guillén en aquella jornada florentina del siglo pasado, cuando escribió el poema El amor valeroso, haciendo referencia a una pareja de poetas ingleses decimonónicos. Ya lo cité en líneas anteriores. A Elisa le recité el final del poema:

Y en la ciudad que es la ciudad soñada,
Realísima y bellísima
Con hermosura siempre verdadera.
Los años amontonan
Sus materiales brutos,
Que habrá de atravesar, y sin embustes,
La luz del corazón y de la mente.
Fugas no habrá ni vanas ilusiones.
Los amantes se afrontan día a día.
Oh freedom! Oh my Florence!