Las residencias después de la pandemia, más allá de la chapa y la pintura

Ana Urrutia Beaskoa, comparte su opinión ante la situación de las Residencias de Personas Mayores durante la crisis de la Covid-19 y el modelo de atención centrado en la persona.
fotografía de Ana Urrutia, Presidenta de la Fundación Cuidados Dignos
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La situación de las Residencias de Personas Mayores durante la crisis de la Covid-19 y el modelo de atención centrado en la persona

La Fundación Cuidados Dignos lleva ya una década trabajando para lograr un modelo de cuidado centrado en la persona y sin sujeciones. Y para celebrar su décimo aniversario organiza un encuentro virtual de centros sin sujeciones, que se desarrollará de 3 al 5 de marzo.

Enmarcado en la celebración del encuentro virtual, la Presidenta de la Fundación Cuidados Dignos, Ana Urrutia Beaskoa, comparte con los lectores y lectoras de MayoresUDP su opinión ante la situación de las Residencias de Personas Mayores durante la crisis de la Covid-19 y el modelo de atención centrado en la persona.

Autora: Dra. Ana Urrutia Beaskoa. Presidenta de la Fundación Cuidados Dignos

Ha sido muy duro. Para algunos centros mucho más que para otros, pero todos hemos luchado dura e intensamente por proteger a los residentes frente a él. Luchando por evitar su entrada. Luchando por expulsarlo.

Duro ha sido también ver cómo injustamente se nos convertía en el epicentro de la tormenta perfecta. Parecíamos culpables de no poder contener el virus, parecíamos culpables de no poder protegerles.

Una crisis sanitaria en centros sociosanitarios que para nada tenemos los recursos sanitarios que tienen o deberían de tener las organizaciones sanitarias.

Y aún así, en líneas generales, y en contra de lo se ha trasladado a la sociedad, estoy segura de que los datos dirán que en general hemos hecho un gran trabajo de prevención primaria convirtiendo a las residencias en búnkers que han evitado la entrada del virus, y un gran trabajo de prevención secundaria cortando su diseminación en los centros en los que ha entrado.

Hace tiempo que las residencias, los centros sociosanitarios, llamémonos de una u otra forma dejamos de ser asilos y es hora de que se nos trate como lo que somos, centros especializados en atender la fragilidad y la dependencia.

Si los datos lo demuestran, verdades como que la gran mayoría de centros residenciales en España habrán conseguido no tener casos de COVID-19 habrá que decirlas, y verdades como que la gran mayoría de los centros que los han tenido habrán conseguido controlar el foco de infección también habrá que decirlas. 

Y si no es así, y aunque lo sea, deberemos aprovechar la oportunidad que tenemos de sentarnos a analizar qué ha pasado y por qué. Y debatiremos: ¿Cuáles han sido las variables que han tenido mayor protagonismo en la génesis de esta terrible situación?

Se ha dicho que el problema ha estado en la falta de previsión, en la arquitectura de nuestros centros, en la deshumanización del cuidado y la ausencia de su individualización, en la desatención hospitalaria, en la falta de medios, en las ausencias de la administración pública… ¿Todo junto?

¿Ha sido exclusivamente un problema social? ¿O exclusivamente sanitario? ¿O una combinación de ambas? Yo no lo sé. Y quisiera analizarlo para saberlo.

¿Ha ocurrido porque somos solo centros sociales y se nos han pedido responsabilidades de centros sanitarios? ¿Debemos de estar más sanitarizados? ¿Mucho, poco, nada? ¿Con recursos propios o con recursos públicos? ¿Para cuándo la tan necesaria coordinación sociosanitaria que se dice que existe pero que o bien no existe o bien no funciona? ¿Y como reconvertimos ahora nuestros centros? ¿Es todo un problema de modelo o el modelo no ha tenido nada que ver y hablar de ello es aprovecharse de que el Pisuerga pasa por Valladolid?

¿O debe el país apostar por mejorar los ratios y los sueldos e impulsar la formación porque el no haberlo hecho hasta ahora ha formado parte del problema? La era post-covid se ha convertido en un buen momento para analizarlo todo.

Hemos aprendido con gran dolor. Demasiado. Por eso no quiero dejar de recordar la tragedia de tantos decesos en residencias. Que dos terceras partes de las personas fallecidas en todo el país sean personas que vivían en residencias de personas mayores no puede quedar como si nada hubiera pasado. NO. Es necesario analizarlo.

Nunca nada ni nadie es completa y única y exclusivamente culpable de algo. Y no es justo que las residencias expíen todas las culpas. Por desgracia el sistema ha fallado, y se ha producido un fenómeno de etiología multifactorial del que no solo las residencias habrán de responder. 

Es cierto que sabiendo que el colectivo de personas que cuidamos era el más vulnerable al virus, no preparamos nuestros centros y nos vimos “sorprendidos”.

Deberíamos haber estado preparados porque ya sabíamos que “el lobo venía”. En este sentido, yo al menos entono mi mea culpa.

Porque los centros que no hemos tenido casos no hemos sido mejores que los que los han tenido, simplemente tuvimos la suerte de que cuando los centros se cerraron, el virus no había entrado.

Y a partir de ahí cada uno y cada una hemos vivido nuestra propia historia. Y en esa historia no somos los únicos culpables.

Porque es cierto que las EPIs no nos llegaron, los test no existían y el sistema sanitario falló clamorosamente y faltó a la ética del cuidado reaccionando con gran ageismo a la atención de los mayores de las residencias. Quizá no en todo el país, pero sí en gran parte de él. 

Son demasiadas personas. Es necesario recordarlo con “alma”, con sentimientos de dolor, acompañando a las familias en su pena. Y dando valor a esas muertes, para que más allá de lo personal tengan significado para todas las personas que queremos seguir atendiendo la dependencia con profesionalidad, alma y vocación.

Que su pérdida nos sirva para ser justos y analizar individualmente y sin generalizar, qué centros lo hicieron bien aun habiendo sufrido el contagio, y quienes lo hicieron mal y fueron dolorosamente negligentes.

Y nos sirva para denunciar a las administraciones que se equivocaron, a las políticas desacertadas que no protegieron los derechos de las personas, a la sanidad que no atendió, y a la falta de ética en el cuidado.

Debemos diagnosticarlo, ponerle nombre y tratarlo. Y eso únicamente es posible cuando existe voluntad de análisis, perdón y diálogo. Entre distintos agentes sociales, políticos y administraciones.

Solo así podremos evitar que vuelva suceder y dar el necesario servicio a la sociedad. Si no se hace así, todo quedará en puro arreglo de chapa y pintura, buscando culpables y denunciando solo lo que a cada uno le interesa.  

Las residencias somos necesarias porque somos especialistas en tratar problemas que solo se pueden tratar bien cuando son atendidos por profesionales, porque damos cobertura a las personas dependientes y a sus familias, muchas veces desbordadas, y un respiro a los hogares y al sistema social y de salud.

Y debemos de reivindicar nuestro papel, exigir que se nos respete y se nos deje de tratar injustamente.

Pero también debemos de profundizar en el autoanálisis y el espíritu de mejora continua, reconociendo errores y carencias, y diseñando estrategias de mejora que permitan colocar con profesionalidad al sector en el mapa de “los recursos necesarios en la sociedad actual” y en el de “la calidad”.

Por desgracia el Covid-19 seguirá un tiempo entre nosotros y las residencias debemos de afrontar la gran dificultad que supone seguir cuidando del colectivo que en principio parece ser el más vulnerable a sufrir sus consecuencias, con optimismo y profesionalidad, así como con el deber moral de ofrecer a la sociedad unos cuidados que le den tranquilidad y le hagan recuperar la confianza perdida.

Siempre, pero especialmente en estos tiempos convulsos que generan intranquilidad, debemos de aprovechar para profundizar en un modelo centrado en la persona que defienda la transparencia, y exponer a las personas que viven en nuestros centros y a sus familias, nuestros Planes de Prevención, basándolos en reforzar la desinfección, la adquisición de EPIs y su constante utilización, la gestión y optimización del espacio y de las distancias, así como la utilización de test en el control de ingreso de nuevos usuarios y de nuevas incorporaciones de plantilla.

Deberemos también exigir apoyo constante de las administraciones para poder mantener los centros desinfectados, para poseer un stock sostenido de EPIs, para que nos hagan los test y nos “retesteen” con frecuencia, así como para que podamos acceder sin problemas a la realización de test para usuarios de nueva incorporación.

Los centros debemos de seguir cuidando con dignidad, sin sujeciones, desechando el paternalismo, centrándonos en la persona y abordando los planes de cuidado desde la individualidad y el desarrollo de la autonomía.

En este sentido este es un buen momento para mejorar la coordinación sociosanitaria y profundizar en el derecho que, en condiciones de justicia social, tienen las personas mayores que viven en residencias a disfrutar de los mismos servicios de los que disfruta el resto de la ciudadanía.

A este respecto no debemos de olvidar que las personas que viven en los centros residenciales son ciudadanos con derechos, los de cualquier otro ciudadano.

Y tienen derecho a vivir en entornos dignos, no estimagtizados, ni paternalistas y en el que se cubran sus necesidades sobre todo y muy particularmente en tiempos de dificultad como los actuales.

Los centros debemos de seguir cuidando con dignidad, sin sujeciones, desechando el paternalismo, centrándonos en la persona y abordando los planes de cuidado desde la individualidad y el desarrollo de la autonomía. 

Para poder hacerlo así también necesitaremos que los medios profundicen en dar forma a un discurso más objetivo y menos politizado.

Ha sido muy duro vivir la saña con que determinados medios de comunicación trataban la gestión de las residencias.

Contagiados o no, habiéndonos convertido en “escudos humanos involuntarios”, no podíamos comprender que nadie tuviera en cuenta el esfuerzo que estábamos haciendo.

Soy consciente de que hay centros que no lo hacen bien, yo lo he denunciado muchas veces y lo sigo denunciando, pero el descredito indiscriminado nunca es beneficioso y puede conducir a consecuencias muy negativas en una sociedad para la que somos necesarios.

¿Y qué pasa con los políticos y las administraciones?… Pienso que deben de estar a la altura y dejar de jugar al “paternalismo del Estado sobre los asilos y sus ancianos” y pensar en clave de entornos profesionalizados que cubren las necesidades de personas plenas de derechos, porque es lo que somos unos y otros, profesionales, quienes trabajamos en los centros, y personas con derechos, quienes viven en ellos.

Deben de dejar de tomar decisiones como las del Plan de Desescalada en el que en un intento de protección paternalista, de forma generalizada y no centrada en cada persona, y obviando la posibilidad de una valoración profesional individual de cada caso, se les negó el paseo, las visitas y las salidas a las personas que viven en las residencias anulándoles derechos que sí disfrutaban personas que viven en su hogar.

Pienso que deben de confiar más en los profesionales y escuchar más a las personas que sufren dependencia y a sus familias. En este momento ni unos ni otros estamos para discusiones o manipulación política, izquierdas y derechas.

Necesitamos apoyo y confianza en nuestro hacer. Y los derechos de las personas dependientes y de los profesionales, deben de ser objeto de protección lo mismo para las izquierdas que para las derechas.

La crisis Covid-19 es en esencia una crisis sanitaria que ha impactado de forma brutal en las estructuras sociales, provocando terribles consecuencias.

El modelo de cuidado centrado en la persona, el modelo de derechos, no debe circunscribirse solo al ámbito de las residencias y lo sociosanitario, sino también al entorno sanitario.

Sé que hay gente que piensa que no, pero yo sí creo que la ausencia de este modelo, la ausencia de sus valores, ha formado parte del problema que hemos vivido porque ha condicionado una toma de decisiones en muchas ocasiones deshumanizada.

Se me ha argumentado que aunque nuestro modelo fuera centrado en la persona la cifra de fallecidos hubiera sido la misma porque países que cuidan en dicho modelo también han tenido un impacto importante en las residencias.

Será así, no lo sé, no pretendo decir que el modelo hubiera evitado las muertes. No es eso. Solo quiero aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y defender que un modelo centrado en la persona, libre de sujeciones, basado en estándares de calidad de vida en el cuidado, y que hubiera impregnado nuestra sociedad y fuera culturalmente fuerte, hubiera protegido mejor los derechos, en la prevención, en la enfermedad e incluso en el momento de la muerte, y nos hubiera ayudado y nos estaría ayudando ahora a tomar decisiones más humanas.

Y pienso que este es un buen momento que no debemos desaprovechar para iniciar su pleno desarrollo tanto en lo sanitario como en lo social.

Son tiempos difíciles, nos esperan dificultades, pero no más que a muchos otros sectores. Somos profesionales y sabemos hacerlo y sabemos que somos necesarios. Así que estaremos ahí para dar respuesta a la sociedad, generando confianza y seguridad. Mucho ánimo.

Dra. Ana Urrutia Beaskoa. Presidenta de la Fundación Cuidados Dignos

#lasresidenciascuidamosbien

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