Respiramos mal. Parece mentira que un acto fisiológico tan importante no se haga bien de manera espontánea, pero la realidad es que para respirar bien hay que aprender.

Hay que realizar una correcta ventilación que consiste en conseguir que el aire entre en la totalidad del pulmón lo cual sólo se consigue de una manera voluntaria y consciente. Una respiración profunda se hace lentamente, para evitar los riesgos de la hiperventilación. También debe ser silenciosa y la inspiración siempre por la nariz. Para mejorar la ventilación se debe aprender a vaciar totalmente el pulmón, por lo que la correcta espiración debe preceder a una buena inspiración.

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Los expertos aconsejan dedicar doble tiempo a la espiración que lo que ha durado la inspiración. Si se inspira 5-6 segundos, se debe retener el aire otros dos segundos (para conseguir un correcto intercambio de gases) y después comenzar una espiración muy lenta, de 10 a 12 segundos.

Hay que practicar cada día como mínimo de media hora, o mejor aún, siempre que haya posibilidad hacerlo durante dos o tres minutos.

La correcta respiración provoca efectos en el pulmón, pues al llegar aire con oxígeno a todo el órgano se consigue un efecto antiséptico y un efecto movilizador de las secreciones. Los dos contribuyen a prevenir la aparición o gravedad de las infecciones respiratorias, sobre todo de gérmenes anaerobios, que son los que no pueden vivir en presencia de oxígeno.

Los principales órganos que sufren por falta de oxígeno son el cerebro, el corazón y el riñón. La reducción de la oxigenación provoca un aumento del gasto cardíaco, aumenta la frecuencia cardíaca, puede provocar diferentes tipos de arritmias, reduce la capacidad de concentración y de cálculo matemático, provoca ansiedad, cambios en la personalidad, confusión, etcétera.

Cuando nos hacemos mayores hay una pérdida de elasticidad de las vías aéreas ya que la pared torácica se vuelve rígida y las articulaciones costo-vertebrales pierden elasticidad. También hay una atrofia de los músculos intercostales y una reducción de la elasticidad del propio parénquima o tejido del pulmón. Por todo ello se produce una disminución de la capacidad pulmonar; una disminución de la concentración sanguínea de oxígeno;  una mayor susceptibilidad a sufrir neumonía, bronquitis, enfisema y otros trastornos pulmonares.

Aconsejamos como conclusión final que todo el mundo aprenda a efectuar la respiración completa y profunda que incluye en un mismo ejercicio hacer de manera continuada, pero lentamente, la respiración abdominal, costal y alta o clavicular.