Llevamos un tiempo en que los periódicos traen, casi a diario, noticias sobre actos de terrorismo. El yihadismo ha puesto de actualidad la vulnerabilidad general que se respira en los países occidentales. Creíamos que estábamos blindados contra estos actos de barbarie, pero ha resultado ser una ficción. El objetivo principal de los terroristas es inducir en la población general, el sentimiento de estar indefensa frente a ellos. A esto contribuye la práctica inmediatez con que se difunden las noticias, al margen de su lejanía. No hay telediario en que no se nos ofrezcan imágenes espeluznantes de los estragos terroristas.

Pero, tenemos que preguntarnos una vez más, qué pretende el terrorismo con sus acciones. La respuesta más obvia es causar miedo, terror, hacer tambalear el estado de bienestar subjetivo en que nos encontramos. Y es que es sumamente fácil hacer sentir mal, inseguras, a las personas. El equilibrio psíquico personal se basa en una serie de supuestos que se dan por ciertos. Ahora bien, cuando alguno de ellos falla, sobre todo los que afectan a la seguridad física, económica, afectiva, hace entrar a la persona en crisis y causa sufrimiento. El terrorista pretende explotar el más arcaico temor humano: a la muerte. Tanto el que ejecuta el acto, como su “mentor” intelectual, tratan de llevar su mensaje allí dónde más duele. Se inocula el miedo en todos los estratos sociales, ya sean pobres o ricos, civiles o militares, creyentes o agnósticos. Su objetivo es sembrar desconfianza en la sociedad, hacer perder la serenidad individual y crear ansiedad general.

¿Cuál es la psicología de aquel que quiere sembrar el pánico en la comunidad? Tenemos que hablar aquí, de la figura del “mártir”, sea de la ideología que sea. La personalidad del mártir es la suma de una serie de características muy determinadas. Es alguien que tiene ideales exaltados, muy sugestionable, un código ético estricto y rígido, tendencias masoquistas y vocación de redentor, Además, su sacrificio, o sea, su muerte, es sólo un episodio para él, un paso que no le asusta, ya que la vida  que le aguarda es siempre mejor que la que tiene. Aquí se ve con claridad, el inmenso poder que tiene la vida mental sobre la física. Alguien, fuertemente ideologizado, fanatizado, no ve personas con dignidad cuando se decide a eliminarlas. Simplemente, ve objetivos a abatir, independientemente de cualquier otra consideración. Sería muy difícil, o imposible, quitar la vida a alguien que se conoce con cierta profundidad. Los terrorismos religiosos y los totalitarismos en general, tan abundantes en la historia de la Humanidad, basados en consignas de exterminio físico del infiel, de una vida pura a ultranza, de una ortodoxia rígida poco humana, han hecho correr auténticos ríos de sangre inocente.

De lo antedicho, se desprende que los terrorismos han existido siempre en todos las latitudes del planeta, y por desgracia van a seguir existiendo. Que existe una vocación de martirio en ciertos sujetos, que esconde siempre un trastorno de la personalidad, que incluye tendencias suicidas entre sus componentes. Que el momento de pasar de la predisposición interna al acto de segar vidas ajenas, es sólo cuestión de factores precipitantes externos como los ecos de una guerra lejana, la publicidad que se hace de los mismos actos terroristas, un contagio emocional súbito, etc., etc. Que lo que podemos hacer los amenazados es seguir viviendo, y llevar nuestras vidas a cabo, con las debidas precauciones, pero sin dejarnos amedrentar por las mentes desajustadas de quienes quieren arrebatarnos el sentido de la vida y la misma vida. Que vivir no es gratis, y que nadie tiene la vida asegurada al cien por cien. De modo que si nos convertimos en el objetivo de algún terrorismo, en algún momento, hemos de tener la convicción que nuestra muerte será absolutamente injusta.

Por Carlos Espina, psicólogo