Vivimos en un mundo que pone en jaque nuestro equilibrio psíquico de forma permanente. Las propias inseguridades personales, sumadas a la crisis económica mundial, el terrorismo, el cambio climático y tantas otras amenazas, provocan un estado de alarma propicio a toda clase de desajustes psicológicos. Hoy sabemos que la incertidumbre es capaz, por sí sola, de activar el circuito psicosomático, productor de padecimientos del tipo de la hipertensión arterial, y otros muchos, que tienen expresión corporal, siendo su raíz psíquica. No obstante, el yo, la parte más realista de nuestro aparato psíquico, debe adaptarse lo mejor posible, a una vida cambiante que se ha demostrado como una tendencia universal. Los esfuerzos para esa adaptación necesaria son cada vez más importantes.

Frente a este panorama tan poliédrico, el psiquismo humano ha de hacer un necesario trabajo de autocontrol para proporcionar las respuestas oportunas a las constantes demandas del medio. Esto significa que, se han de expresar los impulsos (los constructivos y los destructivos) de forma adecuada, tolerar las frustraciones exteriores y responder a las demandas. Esta regulación interna descansa en dos sistemas que han de estar en equilibrio, el de activación para la acción y el de retorno a la calma. Tanto si se está en permanente estado de tensión, como si predomina la pasividad del análisis, la situación permanece sin resolver, generando estrés al sujeto.

¿Qué es lo que hemos de controlar exactamente? Las llamadas “fuentes” de estrés son muchas pero vamos a ver las principales y que nos afectan a todos. Las que provienen del afuera del individuo, o sea, las relaciones sociales, los horarios impuestos, las aglomeraciones, el tráfico, los ruidos, etcétera.

A continuación, vienen las tienen su origen en el propio cuerpo, y que marcan el ritmo biológico individual (crisis): la adolescencia, el envejecimiento, la enfermedad, los accidentes, etcétera.

Por último, está nuestra propio pensamiento, que ordena e interpreta todo lo que nos sucede, confiriéndole un “sentido”, que puede ser positivo o negativo. No hemos de olvidar que circunstancias positivas como un ascenso en el trabajo, un traslado de residencia, un premio en la lotería, el casamiento, también son factores que estresan a muchos por su condición extraordinaria.

Siempre que hablamos de estrés, se ha de entender que es “toda imposición de la persona o del ambiente que excede los recursos propios” (Lazarus). Como se ve, todo desafío, puede suponer para quien lo padezca, una situación a la que tiene que dar una respuesta lo más madura posible. Y para eso está el autocontrol del que estamos hablando, el sujeto debe actuar de acuerdo con su manera particular, meditada, de ver el mundo, y no sólo reaccionando de forma automática a cualquier estresor. No se ha de olvidar que no todo el estrés es malo, hay un estrés positivo que nos ayuda a vivir y que nos mantiene alerta, despiertos, para responder a las demandas.

Lo malo es ese otro tipo que estrés que al ser excesivo, no permite su resolución, y acaba haciéndose crónico, sumiendo a la persona que lo siente en un estado de irritación que no es capaz de finalizar. El estrés se ha de resolver siempre, y las personas podemos hacerlo de una forma u otra, para así quedar libres de sus posibles efectos adversos, ya sean físicos (enfermedades) o psíquicos (ansiedad, depresión).

Todos conocemos a personas que son tranquilas y que, parece, que gobiernan sus vidas en todo momento, con mucho juicio y acierto. Son las afortunadas que dan soluciones sin esfuerzo, sin pestañear. Hablamos de ellas como predispuestas a la entereza. Hay que recordar ahora que, la personalidad es herencia y educación, en cantidades variables. De modo que aquellas personas tranquilas, son menos emotivas, neuróticas, que aquellas otras intranquilas, que presentan una falta evidente de regulación emocional que llama nuestra atención. Estos son datos de la realidad que hemos de reconocer. Sin embargo, quiero decir que a ser tranquilo también se puede aprender, aplicando técnicas de entrenamiento que están expuestas en muchos libros de autoayuda, y no precisan de la presencia de un profesional, pero sí, compromiso con uno mismo y voluntad: relajación, meditación, asertividad, parada del pensamiento, etcétera. En el caso que estas soluciones no funcionen, se puede recurrir al auxilio de un profesional que explorará y ayudará a realizar los cambios necesarios para recuperar el equilibrio perdido.

Por Carlos Espina, psicólogo.