El progreso humano se fundamenta en la ayuda mutua en el sentido más amplio. La mayor parte de los logros que han proporcionado continuidad , y a la postre historia, a los hombres, se basan en la reciprocidad de favores y servicios. Más recientemente, la ayuda mutua como movimiento ha cogido una renovada fuerza gracias a la difusión del voluntariado social. En una época como la actual, donde los medios virtuales para encontrar a los demás son tan abundantes, han reverdecido las dos actitudes de fraternidad más antiguas que se conocen. Y hemos de alegrarnos de que sea así, pues  nos permite que en el último tercio de la vida, donde el tiempo libre está más presente, podamos ejercer ambas de manera más generosa.

Es de todos conocido que, cuando hay problemas, y la vida está plagada de ellos, la solidaridad es un poderoso recurso que nos acerca a su solución. Poder acudir a nuestros iguales en busca de auxilio, o simplemente de encuentro, para que nos ayuden a pensar, sigue siendo una sana costumbre. Y es que de los amigos, los familiares y otros allegados, a diferencia de los profesionales, nos viene esa clase de apoyo global que más nos puede ayudar. Acude a mi memoria la frecuente situación que se da entre los jubilados de un diagnóstico no favorable de salud. Frente a esa contingencia, donde prima el desconcierto del afectado, el otro conocido, que en muchas ocasiones está o ha estado en la misma circunstancia, nos va a proporcionar esa clase de ayuda que va más allá del consejo piadoso. Estoy hablando de esos pequeños, y también grandes, gestos de ayuda desinteresada que suponen la compañía, el contacto físico, la palabra oportuna, el calor humano, en suma.

Hoy, cuando todos recomiendan las bondades del envejecimiento activo, se olvida que la ayuda mutua proporciona una auténtica cantera de actividades y beneficios psicológicos para quien los presta. Frente a una situación problemática, cualquiera que esta sea, está la opción de enfrentarla contando con los otros o en soledad. Está claro que la fuerza que proporciona ser más que uno, va a ser decisiva en muchas ocasiones para salir airoso de las pruebas a que nos vemos sometidos. Esa es la principal divisa de la ayuda mutua: hoy por ti, mañana por mi. Recurrir a los otros como aliados, o brindar nuestra ayuda, es una de las mejores medicinas que conocemos para sentirnos mejor y más capaces. Muchas veces será necesario sobreponerse a los propios pudores y prejuicios, que nos impiden acceder a los demás. Es difícil que la demanda sincera de auxilio no valla a va a ser respondida por alguien, ya sea conocido o no. La retribución que obtiene el que ayuda es haber sido útil en el momento preciso, y constituye un poderoso acicate para la acción.

Lo dicho hasta ahora es válido tanto a nivel individual como colectivo. Los grupos de ayuda mutua, de los que existen numerosos ejemplos, suponen la prestación de apoyo entre personas afectadas por un mismo problema. Es en el campo de la salud (enfermedades crónicas) donde tienen mayor visibilidad este tipo de grupos, aunque no solo. La práctica del mutualismo refuerza el tejido comunitario y mejora la convivencia interpersonal en todos los ámbitos.  Es el ejemplo que mejor muestra la sociabilidad del ser humano, de forma práctica. Si hay algo que es evidente por sí  solo es que, el mundo de los seres humanos lo constituye el conjunto de los otros seres humanos. De modo que practicando la ayuda mutua estamos mejorando nuestra humanidad y creciendo como personas, además de ayudar a otros en esa misma dirección. Concluyo, pues, invitando a todos desde aquí a cultivar la ayuda mutua para hacer de este planeta un lugar más habitable.