Hasta hace un par de siglos, Barcelona se recogía en sí misma, lejos del mar y del puerto que le daba vida, como todas las ciudades portuarias del Mediterráneo, para defenderse de los peligros que casi siempre procedían del mar.

Hoy la ciudad, abierta a un mar al que siempre le había dado la espalda, ha despertado de su letargo y florece día a día con los tintes de aquella racionalidad y belleza que fueron exigencia de la gran burguesía de finales del XIX y principios del XX. No sólo por la afluencia de las avenidas que la atraviesan de norte a sur y del mar a la montaña, sino por la recuperación de barrios depauperados que uno tras otro han ido sintiéndose artífices de los grandes cambios que los ayuntamientos democráticos han logrado realizar. No se ha atendido únicamente a esas grandes vías abiertas para que respiraran las calles, ni a los cinturones que descongestionan el tráfico, sino que se han cuidado de forma sistemática los pequeños espacios, hasta entonces muertos y convertidos en estercoleros que son ahora plazas sombreadas por árboles y embellecidas por esculturas y fuentes. Es con este criterio, entre la contundencia de una obra magna y el respeto por los pequeños espacios, que las obras dejaban despojados a veces de su entorno, como se han abierto las grandes vías ciudadanas, la Diagonal, la Gran Vía, la Vía Layetana, los cinturones, el Paseo de Sant Joan, la Meridiana y se han descongestionado barrios enteros como Ciutat Vella, la Barceloneta, Santa Catalina y tantos otros.

Cuenta la tradición, como para resaltar los aspectos fundamentales del carácter de los barceloneses, que un día Gaudí llegó entristecido casi desesperado a visitar a su mecenas.

—“¿Qué le ocurre Gaudí que viene usted tan acongojado?”, le preguntó él.

—“Estoy muy descorazonado, señor conde, porque a nadie le gusta lo que yo hago. La gente me abuchea por la calle y los periódicos no cesan de meterse conmigo”, respondió Gaudí.

—“No lo tome así, hombre de Dios, ya se sabe lo que es la vida del artista, siempre incomprendido, siempre alejado de su público”, quiso consolarle Güell.

—“Es posible, señor conde, pero es triste, no me lo negará”, replicó él. “A veces estoy tan desanimado que pienso que lo que yo hago sólo le gusta a usted y a mí”.

Y reaccionó el conde al instante: —“Oiga Gaudí, no se confunda, a mí tampoco me gusta”.

La nueva Barcelona, clara, abierta, deliciosa, ha encontrado su verdadero sentido una vez más en la participación ciudadana.

Pero no todo es mérito de la ciudadanía, también lo ha sido en estos dos últimos decenios de la sabiduría de sus alcaldes que han sabido combinar, como sus locos antepasados, los dos elementos que constituyen el alma de los habitantes de esta ciudad: el seny, o sensatez, por la que se ciñen a las necesidades y al bienestar de la ciudad con orden y responsabilidad, y la rauxa, o desvarío, que sabe imprimir a su hacer y acontecer ese toque de magia que sólo habita en el alma enloquecida de un artista. En esa combinación que no todos los líderes del momento tienen, ni mucho menos, radica el encanto de una ciudad que por si fuera poco tiene además un clima inmejorable.