No descubro nada nuevo si comienzo este artículo afirmando que todos hemos de enfermar, de forma aguda, múltiples veces en la vida, y, eventualmente, de forma crónica. Tampoco es una novedad decir que, la enfermedad, en general, es un recordatorio de nuestra fragilidad cierta que culmina con la muerte. No obstante, estas realidades que todos aceptamos de forma intelectual, las negamos emocionalmente de manera sistemática para defendernos de la ansiedad que nos suscitan. Es decir, siempre enferma de cáncer, de diabetes, de Alzheimer, el otro, nunca el propio yo, ya que para nuestro inconsciente profundo, el yo se estima inmortal.

Que enfermamos de forma total, y no solo del cuerpo, o solo de la mente, es algo que debe ser recordado una vez más, pues el ser humano es una unidad a todos los efectos, ajena a divisiones artificiales, aunque cómodas. En castellano tenemos dos verbos que nos ayudan a calcular lo que representa la enfermedad, de forma genérica, Así, cuando decimos “estoy acatarrado”, o “estoy estreñido, estamos aludiendo a situaciones transitorias, más o menos molestas. Por el contrario, decir “soy diabético, o, “soy hipertenso”, nos remite a estados de pérdida permanente de más difícil aceptación. El “ser” un enfermo es vivido en la intimidad como una forma de muerte simbólica , o pequeña muerte, que anticipa la otra inevitable.

Estamos así, frente a una realidad que se impone de forma masiva, pero que como todo hecho trascendente, ha de ser aceptado , tras un inevitable trabajo de elaboración. Vuelvo a recordar otra evidencia si digo que, nadie acepta el dolor, y una enfermedad crónica (EC) es una realidad dolorosa, sin más.

Por eso mismo, la aceptación definitiva de una EC es un proceso con etapas, que se ha de completar en su totalidad, ya que el detenimiento en alguna de ellas prolonga el dolor. La EC cambia, en consecuencia , y de forma radical, la relación que el yo mantiene tanto con su propio mundo interno, como con el externo, que a partir de entonces habrá de continuar contando  con esa ausencia de salud.

No ha de pensarse que el proceso descrito no se pueda culminar con éxito, pues el yo cuenta con recursos que lo permiten. Dependiendo de la personalidad que se posea, se elegirán, de forma espontánea, unas defensas u otras. Hay que decir que hay unas más positivas, o sanas, que abrevian el sufrimiento y otras más negativas que lo prolongan. Lo primero que habrá de hacerse, ante cualquier diagnóstico de EC, es tomar conciencia lo más exacta posible de su alcance. Y luego escoger, en la medida que sea posible, la actitud más adecuada  a la situación, aunque ello suponga vencer la propia tendencia.

De las defensas existentes, ya fue mencionada la negación de la realidad como una de las menos adecuadas e insanas. En la misma línea están: el alejar de la conciencia lo que molesta; la autoculpabilización por lo sucedido; la utilización de drogas para disminuir la tensión; hacer cualquier cosa, aunque sea poco práctico; abandonarse a la fatalidad; hacer uso exclusivo de los razonamientos para evitar los sentimientos, etc. Como salta a la vista, todas ellas son poco realistas e impiden adoptar una actitud eficaz frente al problema planteado.  Del otro lado, están los mecanismos considerados más sanos, ya que permiten lidiar con la situación de forma eficaz, o sea, procurando hacer lo que se puede. Solo mencionaré algunos de los más sencillos de realizar: desarrollar una actitud positiva a partir de lo que se sabe sobre la enfermedad; compartir aquello que preocupa con otras personas que estén en la misma situación; aceptar lo inevitable para poder convivir mejor con ello; buscar las indicaciones que se han demostrado más eficaces y practicarlas; cultivar lo que aún se posee y no añorar lo perdido; huir de soluciones mágicas que orillen el principio de realidad, etcétera.

Llega hasta aquí el breve análisis que la repercusión psicológica de la EC ejerce sobre la economía mental de la persona. Por último añadiré, a modo de conclusión, que solo una relectura lúcida de la nueva situación vital creada, permitirá hacer de la EC algo soportable y dominar el dolor que la acompaña.

 

Carlos Espina es psicólogo. Habitualmente presta apoyo y asesoramiento a diversas ONG del sector sanitario y social.