La pérdida de la pareja es la primera causa de estrés conocida. Estamos acostumbrados a no ver la muerte como un acontecimiento que acompaña a la vida. Se nos inculca la creencia que la muerte es algo que no nos va a afectar a nosotros mismos, y, por extensión, a los que amamos. Esta creencia cala nuestro inconsciente, y desde ahí, nos susurra que somos invulnerables, inmortales, que siempre se muere el otro, nunca el propio yo. Esto que es, claramente, un ejemplo de apartamiento de aquello que no nos gusta, está vividamente grabado en nuestra mente, y desde ella, ejerce su influencia. Está claro, pues, que sintiendo de esa manera, alejamos mágicamente uno de los extremos del binomio vida-muerte, sin que por ello éste desaparezca. Nos causa un especial rechazo que algo, tan destructor, forme parte de la vida que queremos. Nos resistimos, en suma, a aceptar nuestra finitud. Es, según dice Irvin Yalon, como intentar mirar el sol, nadie lo contempla de frente, si no es por un fugaz instante.

A lo dicho hasta ahora, que es válido para todos, habremos de sumar la circunstancia agravante de la desaparición de nuestra pareja, de nuestro compañero de vida, Normalmente, esta pérdida sucede tras una convivencia de muchos años, donde se ha formado un sólido vinculo que se desvanece bien sea por accidente o por enfermedad. Si ha habido tiempo, nos habremos podido ir representando el final temido. La expresión “falleció tras una larga y penosa enfermedad” sirve, o debe servir, para ir entrando en la difícil noción de que esa vida que amamos, está tocando a su fin.

La pregunta que cabe hacerse ahora es, cómo se puede afrontar una herida de estas dimensiones y, además, seguir viviendo de forma aceptable. Para la respuesta, viene a nuestro auxilio el modelo de cinco fases que la Dra. Kubler Ross trazó para explicar el proceso de morir. He de advertir que, este modelo es también válido para el acompañante del que va a morir, sólo que sin el desenlace final. El primer momento que denomina de “negación-aislamiento”, cumple la función de suprimir la realidad que amenaza. Se dan  pensamientos del tipo “esto tiene remedio si no es aquí, será en Estados Unidos”; “los médicos están equivocados”; “juntos podremos vencer la situación”, etc. A esta fase, le sigue la de ira  que se proyecta en todas las direcciones y contra todas las personas que tienen algo que ver con el mundo del enfermo. Aparecen sentimientos de irritabilidad, el no poder dormir, el desasosiego, la rabia irracional, en suma. A continuación, viene la fase de pacto-negociación, dado que las anteriores no han conseguido revertir el proceso, el enfermo pide a Dios, amablemente, si es creyente, una demora, a cambio de ser mejor persona. En la cuarta fase, o de depresión, la noción de pérdida de la vida acaba por imponerse. Es un tipo de pena preparatoria ante la certeza de abandonar lo que aún se posee. La verbalización de ese dolor ha de tener un lugar prioritario en la comunicación, pues para el paciente es el tema que más le interesa en esos momentos. Por último, la fase de aceptación sobreviene cuando se ha dejado de luchar y lo único que se desea es partir en paz y sin dolor. Es el  momento del lenguaje no verbal de los gestos, coger de la mano, aguantar el silencio y otorgar el permiso para salir.

Este modelo pretende dibujar el itinerario que se ha de recorrer, en su totalidad, si se ha de comprender y empezar a superar el proceso de morir de nuestra pareja. Es, como cabe pensar, la situación ideal, que en muchas ocasiones no se da, y lleva aparejada, como consecuencia, la prolongación del duelo en el tiempo. Desde la perspectiva del cónyuge superviviente, lo primero que ha de hacer, cuando la etapa de shock emocional haya amainado, es reconocer la pérdida (viudedad). La pareja ya no está y comienza una nueva vida en soledad, temporal, que ha de permitir experimentarse de nuevo en singular. Bien es verdad, que los recuerdos y el acervo de experiencias vividas, vienen a sustituir, de alguna manera, la presencia física perdida. Esta fase, tiene una duración variable según sea la persona que la protagoniza y las tareas del duelo nunca van a tener una duración standarizada. Es algo estrictamente personal, y debe acabar por superarse, tras un periodo de tiempo razonable. El proceso de dasapego debe sustituir, paulatinamente, a aquel otro en que los cónyuges aparecían fusionados y siendo “una sola carne”. No se me oculta que esta tarea, que parece fácil en el papel, lo sea también en la realidad, pero ha de hacerse. Por último, habrá que dar un sentido constructivo a la pérdida, para vivirla como una transformación personal. Ser capaz de seguir con el oficio de vivir, de manera digna, debe ser el final deseable para todo aquel que ha perdido a su pareja.

Carlos Espina