El Monasterio de El Escorial nos aguarda varado en los pliegues de la sierra de Guadarrama que, algunos escriben, esconden un acceso al Infierno. De ahí que la obra de Juan de Herrera sea considerada una suerte de tapón celestial para frenar el acceso a nuestro mundo de criaturas del averno. A buen seguro que esta posibilidad fascinaría a su impulsor, Felipe II, el monarca supersticioso, atormentado y más mágico que pudo tener España. El ‘rey prudente’ de los Austrias fue, a su vez, un coleccionista compulsivo de reliquias llegando a atesorar en estos dominios más de 7.500 piezas, fragmentos y restos de todo tipo y condición, desde la rodilla de San Sebastián, alguna que otra espina de la corona de Cristo y varias decenas de cráneos de una pléyade de santos.

Al norte, en el corazón de Oviedo, se levanta la Catedral y la Cámara Santa, susceptible de protagonizar una andanza cinematográfica de Indiana Jones. En el interior de ésta reposó, durante siglos, el Santo Sudario que, se cree, cubrió el rostro de Cristo una vez muerto, así como otras reliquias cristianas de autenticidad siempre discutida, como uno de los denarios de Judas, una sandalia de San Pedro o pelos de María Magdalena. Sabemos de todos estos objetos porque el arca fue abierta en 1075 por Alfonso VI, tras guardar los convenientes días de ayuno y oración, y así no enojar a Dios. Algunos todavía siguen ahí.

En la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo reposan curiosas reliquias.

En la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo reposan curiosas reliquias.

Como alma que lleva el diablo, nos deslizamos por la A-8 hasta abandonarla a las puertas del desfiladero de la Hermida, en la frontera que separa Asturias de Cantabria. Semejante pasillo rocoso, angosto y asfixiante, tiene una lógica razón de ser: preservar Potes y sus dominios del mundanal ruido. Es allí, entre circos glaciales y pliegues montañosos, donde se guarda el segundo mayor fragmento de la Cruz de Cristo. El primero se halla en Roma, tras los muros del Vaticano, pero no puede verse y, por supuesto, tampoco tocarse. El nuestro, el custodiado en el idílico monasterio de Liébana —que se encuentra a la vista y, en fechas señaladas, se expone al tacto— fue traído hasta aquí por Santo Toribio tras superar mil y un infortunios a causa de la invasión musulmana.

Conduzcamos hasta Pamplona y, desde ahí, sigamos las indicaciones que nos llevarán a Huesca por la N-240. No queremos arribar a la capital oscense, sino que nos desviaremos poco antes de vislumbrar Jaca, por obra y gracia del monasterio de San Juan de la Peña, parada de lujo en nuestro periplo mágico. De éste se ha dicho y escrito tanto que resulta casi imposible distinguir entre Historia y ficción, lo que contribuye a engrandecer la leyenda del lugar. Por de pronto, esta construcción, cuyo claustro parece sostener frágilmente el peso del Monte Pano, albergó durante siglos el presunto [con estos asuntos, nunca se sabe] Santo Grial que ahora guarda la Catedral de Valencia.

La catedral de Santo Domindo cuenta con un gallinero, habitado por los pájaros más santos del occidente cristiano.

La catedral de Santo Domingo cuenta con un gallinero, habitado por los pájaros más santos del occidente cristiano.

Y en esto, nos cruzamos  con la senda iniciática del Camino de Santiago. Hemos dejado atrás Trespaderne, recuperado de nuevo la N-232 y desviado en Casalarreina para desembocar en Santo Domingo de la Calzada, parada santiaguista con pedigrí. Efectivamente, fue allí donde una gallina cantó no sólo tras ser asada, sino cuando ya se encontraba en la mesa de los comensales, lo que puede dar una idea de lo truculenta que pudo ser la escena. El ave resucitó para demostrar que un peregrino, que había sido condenado y ejecutado injustamente, seguía vivo de puro milagro. Es por ello por lo que la catedral de esta villa riojana cuenta con un gallinero, habitado por los pájaros más santos del occidente cristiano.

El sur también esconde sus tesoros misteriosos. En su busca bajamos a la sierra de Úbeda. Mágina fue tierra agitada en la Reconquista: lo prueban sus castillos, hoy maltrechísimos como en el caso del de Bedmar o el de Cabra del Santo Cristo, sobre el que recaen las sospechas de albergar en sus terrenos un fabuloso tesoro de oro que un musulmán abandonó con la esperanza de recogerlo algún día. Si retornamos a Úbeda y bordeamos las sierras de Cazorla y Segura por su vertiente meridional nos quedaremos a un suspiro de nuestra última parada peninsular: Caravaca de la Cruz, enclave murciano que custodia en su castillo otro trozo de la Santa Cruz, tan venerado como milagroso.