Pienso y estoy convencido de que hay mucha vida tras la edad administrativa o laboral que representa el fin del “trabajo real”. Los 65 años no es el fin de la vida, ni mucho menos, es una buena edad para continuar la persecución de los “anhelos”, esos deseos por hacer y dejar constancia de cuales fueron nuestros ideales. Y mucho mejor si no nos creemos la edad que vamos cumpliendo. ¡Yo nunca pienso en los años! A partir de esa edad se pueden reencontrar vocaciones y aproximarse lo más posible a esa otra vida, la vida ideal, que todos o muchos hemos anhelado y que sólo algunos pueden llegar a realizar.

En estos años de “edad avanzada” es cuando se puede ir conjuntando la vida real con la vida idealizada. Deberíamos decirnos más a menudo que solo somos mayores si así lo hemos querido. Mi caso comprendo que es atípico, ya que mis cometidos son, en muchos momentos, objetivos que requieren una enorme energía física, que hay que conservar y emplear con cierto ingenio. La mayor parte de las personas dejamos de entrenarnos y de estudiar en cuanto hemos alcanzado una posición social. Poco a poco la comodidad nos aleja de la juventud y, con ella, del esfuerzo. Pero si permanecemos firmes en los deseos de la vida, sea esta la que sea, y continuamos con los mismos hábitos juveniles, la juventud que tuvimos nunca nos defraudará.

Hay que entrenarse, en mi caso haciendo piruetas en los prados verdes igual que cuando éramos niños o subiendo montañas, escalando vertientes sujetándome con las manos a las peñas y manteniendo la cabeza tranquila y en equilibrio ante los precipicios de la montaña y de la vida. Sigo realizando expediciones de alpinismo y exploración, a veces muy duras, las cuales precisan no haber perdido facultades, lo cual consigo mediante la gimnasia, las largas caminatas y el esfuerzo, siendo la ilusión el único motor imprescindible. La ilusión y el humor son ese talante fantástico que hace casi todo asequible. Sé que mi futuro, como dijo el poeta Valente, ya no existe y que solo tengo un ancho y venturoso presente. Y así me olvido de la edad legal y cronológica.

Nunca deberemos mentalizarnos insistiéndonos que ya somos mayores y que ya no somos aptos para realizar empresas de juventud. Y lo mismo ocurre en misiones de investigación y ciencia, ya que esos “quehaceres” tienen una fundamental vertiente deportiva, como apuntó magistralmente Ortega. Hay que comprometerse con la vida, libres de tantas obligaciones sociales y laborales, centrándonos más que nunca en nosotros mismos, haciéndonos sujetos de esa obligación moral y real de siguiendo siendo lo que fuimos, o más aún, de lo que quisimos haber sido y el trabajo impuesto de cada día nos lo impidió. Para ello tendremos que adaptar nuestras fuerzas mentales y físicas al objetivo de la obra que deseamos realizar.

Tengo un amigo, compañero de toda la vida en las montañas, que cuando se jubiló en su profesión de tapicero, en la cual era un artista efectivo y cumplidor, decidió continuar con su pasión por el alpinismo y no sentarse a tomar el sol mirando la plaza de su pueblo. A partir de entonces comenzó una nueva etapa: escalar las 14 montañas más altas de la Tierra, declarando valientemente, que como ya no podría escalar las difíciles paredes y aristas de los Alpes y de otros grandes macizos de la Tierra se contentaría con llegar a la cima de todos los “ochomiles” que son menos comprometidas.

Me temo que esa declaración no habrá gustado a tantos jóvenes que se emplean a fondo para alcanzar la cumbre de alguna de esas montañas. Mi amigo ya está a punto de conseguirlo. En mi caso he tardado más de 50 años en encontrar la motivación de mi principal ocupación, la ascensión de las montañas, y la explicación de tantos dramas y tantas desventuras, y es ahora cuando estoy en el complicado compromiso de elaborar esos estudios para su publicación, pero ello me anima a continuar experimentando, viviendo y actualizando emociones y sensaciones.

El otro día, después de varios meses sin conseguirlo, por circunstancias climáticas, y a veces por falta de destreza, pude salir volando desde la cima de la Najarra, colgado de mi parapente. Volé sobre la inmensa Pedriza, en la Sierra del Guadarrama. Y a pesar de haberlo hecho en decenas de ocasiones, constaté que era cada vez más fantástico y mucho más porque el que colgaba de aquella cometa de colores era yo, que al no tener edad ya no era un inconsciente. Era yo mismo el que experimentaba anotando sentimientos para contarlos cuando fuera necesario y así animar a tanto desilusionado a reemprender la aventura de la vida.

Ayer regresé de los Pirineos, en donde mis amigos los rescatadores de montaña de la Guardia Civil me acompañaron a la cima del Aspe, una de las mejores montañas de la cordillera. Estoy preparando algunos libros que tengo que terminar iluminados por esas experiencias espirituales, buscando explicaciones para seguir animando en la ilusión por el esfuerzo a tantos jóvenes que buscan su camino. Hay tiempo. Tengo para mí este ancho y venturoso presente en el que vivo. Y seguiré contando capítulos de ayer y de hoy, escribiendo lo mejor que pueda, que cada vez me parece más difícil, y especialmente sintiendo esas emociones derivadas del miedo, del cansancio, de la alegría infinita y de la satisfacción por la obra bien hecha. –¿Oiga?… Pero, ¿qué edad tiene usted? –¡No lo sé!… Yo elijo la edad que tengo según mi estado de ánimo. Solamente son mayores aquellos que saben que la aventura ya no es posible.