La ciudad ya era turística cuando el concepto del turismo ni tan siquiera existía: tras el hallazgo de los restos del apóstol y la construcción de la primitiva catedral en el siglo X, un aluvión de fieles se interesó por este modesto burgo medieval. La Catedral de Santiago es una metrópoli en sí misma, con sus secretos, rincones e historias íntimas. Como tal, es inabarcable y capaz de ofrecer nuevos estímulos. Uno de ellos está en lo más alto, en las cubiertas de granito a las que se puede acceder como si el templo, en un acto de humildad, nos permitiera hollar sus lugares prohibidos. Desde allí, la capital gallega se muestra cercana, coloreada por las tejas rojizas y comedida en dimensiones, sin edificios que aspiren a competir en tamaño. La azotea catedralicia no presume del barroquismo de la fachada: sencilla y discreta aún cuando es una de las principales sucursales de la cristiandad. El resto del edificio es una cascada de datos y chascarrillos, un libro abierto para todo aquel que quiera leerlo con detenimiento, demasiado largo y profundo como para glosarlo en estas líneas. Limitémonos a destacar que el maestro Mateo dedicó veinte años, veinte, en dar forma al Pórtico de la Gloria; que su estatua es venerada con un coscorrón en la cabeza por los peregrinos que acceden al templo en lo que es un ritual tan extraño como pagano; o que no son pocas las piedras de muros y columnas que todavía conservan las enigmáticas marcas de los canteros.

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Detalle de un rincón de Santiago de Compostela

Por lo general, quien deja atrás la Plaza del Obradoiro lo hace para volver a su hogar, descansar y colgar el bordón y los atuendos de peregrino. Pero hay caminantes para los que la Catedral y el abrazo a Santiago no son la meta final, sino una etapa más de este viaje místico. Así lo entienden aquellos peregrinos que, mochila en ristre, descienden por la rua das Hortas con un único destino en mente: aquel lugar que los romanos, avezados geógrafos, creyeron que era el punto más occidental del continente europeo, el cabo Finisterre.Tras el adiós compostelano, pasamos por los pueblos de Ames y Negreira, recorremos tierras boscosas plagadas de eucaliptos y, de forma constante, los carteles de la carretera nos invitan a visitar dólmenes y otros monumentos megalíticos. Así llegamos a terrenos bañados por el mar y lo hacemos vía Corcubión, villorrio burgués de castillos y pazos con un casco antiguo que lleva siglos siendo testigo del goteo de viajeros penitentes. A éstos aún les resta un suspiro para arribar al pueblo de Fisterra, pesquero, recogido y surcado por callejas estrechas en perpetua pendiente. En éste no escasean los elementos fantásticos: por un lado, el Santo Cristo da Barba Dourada que pace en la iglesia de Santa María das Areas de camino al faro, una talla vellosa y sangrante. Por otro, los restos de la ermita de San Guillermo, situada en las afueras y vinculada al culto pagano a la fertilidad. Se dice que las parejas que hagan el amor sobre una de sus piedras tendrán más que asegurada la descendencia. Quien no entienda por qué estas tierras nadan en un mar de cultos y creencias, hallará la respuesta una vez se llega al cabo del fin del mundo. Los atardeceres allí no son únicos pero sí muy especiales.

Cabo Vilán esconde tras de sí un rosario de muertes y naufragios. El más dramático tuvo lugar en 1890, cuando el buque inglés Serpent se hundió en el litoral cercano arrojando al mar un total de 175 marineros. Salvo tres, todos fenecieron y ello fue motivo más que poderoso para que el faro que corona el cabo se remozara y contara con luz eléctrica, siendo el primero de España en jactarse de tal avance. Dejamos atrás la brisa marina para sumergirnos de nuevo en la Galicia forestal de bosquejos que ocultan, en su seno, dólmenes, menhires y demás monumentos megalíticos levantados por los moradores de la prehistoria. La ciudad de La Coruña estuvo unida a Santiago durante siglos. Fue en sus muelles medievales donde desembarcaban los peregrinos llegados desde las islas británicas. También tienen en común orígenes perdidos en el túnel del tiempo: si Compostela presume de catedral milenaria, La Coruña hace las veces con la torre de Hércules, el faro más antiguo del mundo que aún funciona.

A pesar de su longevidad, la patria de María Pita es urbe moderna y modernista, rebautizada como la Ciudad de Cristal por contar con el mayor conjunto acristalado del globo, lo que ya suma para Coruña dos plusmarcas planetarias. Si en Santiago reina la piedra, en Coruña lo hace el cristal de los miradores de la avenida de Marina. Así fue concebida esta vía para que los humildes pescadores dispusieran de lugares soleados en los que secar el pescado. Hoy, esas casas se han metamorfoseado en codiciadas viviendas con vistas al puerto. La Coruña también es rica en mitos y fábulas, como la de la valiente María Pita. Fue esta arrojada mujer la que cambió el signo de la batalla que se libró en la localidad en 1589, cuando los 16.000 hombres del pirata Francis Drake desembarcaron con la convicción de arrasar con todo. La valentía de la Pita no sólo salvó la villa, sino que plantó la semilla de una quimera, rastreable en la plaza homónima o en las calles de la Ciudad Vieja. Es allí donde yace la iglesia de Santiago, el templo románico que nos recuerda que, si no todos, sí casi todos los caminos nos conducen a Compostela.