Con sus 1.487 metros, el Pico Alto de Garajonay no es comparable a la omnipotencia y majestuosidad del cercano Teide, pero tiene algo oscuro, inquietante y misterioso que lo hace irresistible. Todo el que llega a la isla de la Gomera siente más tarde o más temprano una extraña llamada que lo lleva hasta su cumbre. Da igual la ruta que elija, todos conducen hacia él y hacia ese insólito bosque de nieblas que lo rodea. En el camino aparecen gigantescos roques y fortalezas pétreas de un tamaño descomunal en medio de un paisaje áspero, casi cruel, que nos recuerda que esta isla redonda de menos de 400 kilómetros cuadrados es la única del archipiélago canario que no ha desarrollado erupciones volcánicas desde hace más de dos millones de años, permitiendo que la erosión haya actuado de una forma más agresiva y continuada.

De pronto, casi sin avisar, aparece la laurisilva, esa extraña formación vegetal que parece salida de un cuento de hadas, con sus barbas de líquenes cubriendo árboles y matorrales, entre multitud de helechos que, según cuentan los científicos, cubría gran parte de la cuenca mediterránea en la Edad Terciaria. Hay docenas de caminos por donde explorar esta tupida selva donde, al decir de la leyenda, todavía es posible encontrarse con el espíritu de los dos amantes que le han dado su nombre.

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Cuentan que la princesa aborigen Gara se enamoró de Jonay, hijo del poderoso mencey de Adeje en Tenerife, cuando lo conoció en las fiestas de la recolección de Beñesmén, algo que molestó a sus padres al temerse una desgracia. Gara era princesa de Agulo, el lugar del Agua, mientras que Jonay procedía del Fuego, de la isla del Infierno. El joven fue expulsado de la Gomera pero no tardó en volver, valiéndose de las vejigas infladas de unos animales. De nuevo juntos y ante la imposibilidad de vivir su amor, decidieron huir a la cumbre y tras clavarse una lanza de madera de cedro, se despeñaron por el alto que desde entonces lleva el nombre de los dos amantes.

Hoy en día esos parajes suelen estar protegidos por un mar de nubes donde se esconde ese paisaje único caracterizado por una permanente lluvia horizontal. Allí, entre las brumas, hay que descubrir tesoros como la ermita de Nuestra Señora de Lourdes, muy cerca de la Cascada del Cedro, donde no es difícil encontrarse con algún ejemplar de la paloma rabiche o la turque, dos aves endémicas en peligro de extinción que sólo sobreviven en este hábitat. No se tarda en percibir que la laurisilva no es uniforme y tan pronto es una selva subtropical como se convierte en un denso brezal, más propio de otras latitudes menos húmedas. Pero igual que todos los caminos de la isla llevan a Garajonay, la cumbre termina devolviendo al viajero a la costa, a través de tremendos barrancos que desafían el miedo.

Monumento de Roca

Desde el mismo caserío de El Cedro sólo hay que seguir el curso de un arroyo que parte del monte verde hacia el norte. Dejando atrás el bar de Casa Prudencio, se sigue un sendero empedrado que parece desplomarse hacia el abismo. No extraña que se conozca como el Caidero de la Boca del Chorro. El esfuerzo se ve recompensado al final del camino ante la monumentalidad del Roque de Hermigua, que anuncia un cambio radical de paisaje ya a pleno sol. El campo se llena primero de palmeras para dar paso a bancales donde las plataneras se alternan con la vid y otros cultivos tropicales.

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Los caseríos se hacen más frecuentes y a las ruinas de un antiguo convento de dominicos, suceden multitud de barrios y pueblecitos como Los Telares, donde parece que nada ha cambiado desde que Cristobal Colón se avitualló en esta isla antes de emprender rumbo a América. Tampoco queda lejos aquella Agulo que podría haber visto nacer a la princesa Gara, aunque su fundación oficial se produjera en 1607. Resulta anecdótico el hecho de que por aquí todavía pervive de forma residual la costumbre de comunicarse a través del silbo. Aunque cada día son menos los que practican este insólito lenguaje, mucho más complejo y sofisticado de lo que podría imaginarse.

Los barrancos de la isla desembocan en el océano Atlántico formando pequeñas playas de arena negra y la Hermigua no es una excepción. A la Gomera no se viene por sus playas pero tenerlas, las tiene. Y para muchos viajeros que huyen del turismo de masas, son perfectas en su cálida y abrupta belleza salvaje. Hay tantas y tan escondidas que cada uno termina encontrando su favorita donde imaginarse estar muy lejos del mundanal ruido y de la civilización.