Los efectos beneficiosos del sol en el organismo ya fueron aprovechados por antiguas civilizaciones. Así, el historiador y geógrafo griego Herodoto (484 a.C.-425 a.C.) en su obra Historiae, al hablar de las costumbres asirias y egipcias, describe la existencia de espacios o terrazas en las que se tomaban baños de sol. Además en la ciudad griega de Epidauro se habían construido unas galerías para que los enfermos, al salir de sus cámaras, pudieran aprovechar el efecto beneficioso del aire y de la luz del sol. También Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.), considerado el padre de la medicina, reconoció el efecto beneficioso de los baños de sol. Teoría a la que siglos más tarde se sumaría el médico y filósofo persa Avicena (980-1037), que hablaría en sus textos del efecto protector y beneficioso de la luz del sol y de la vida al aire libre.

Pero estos conocimientos cayeron en el olvido, hasta que a mediados del siglo XVIII, el médico francés Faure, reconoció los efectos terapéuticos de la luz solar en casos de determinadas enfermedades cutáneas y en los abscesos crónicos. Pero la helioterapia no fue aceptada como tal, hasta el siglo XIX, particularmente en el tratamiento del raquitismo, la artrosis y la tuberculosis; encontrando en el médico suizo Arnold Rikli (1823-1906) y en el alemán Heinrich Lahmann (1860- 1905), sus grandes valedores.

Desde entonces, han sido numerosos los investigadores que apreciaron también el efecto bactericida de los rayos solares, por lo que a principios del siglo XX algunos médicos empezaron a recomendar la exposición de heridas mal cicatrizadas e infectadas a la luz del sol, así como de los focos tuberculosos superficiales.

Los rayos solares son un conjunto de radiaciones de diferentes longitudes de onda, y tardan poco más de ocho minutos en llegar a la Tierra. Al contactar con la atmósfera terrestre y la superficie de nuestro planeta percibimos su luminosidad y el color que producen. Estos, y más concretamente las radiaciones ultravioletas, tienen un efecto bactericida y antiséptico, lo cual puede resultar útil para la cicatrización de heridas superficiales. Además estimulan la formación de la vitamina D en el organismo siendo un excelente preventivo sobre el raquitismo y la osteoporosis. Por ello conviene que a los niños, aunque sean pequeños, y los mayores, les dé el sol con cierta regularidad. La vitamina D participa en el metabolismo del fósforo y del calcio y en la formación de los huesos.

Por esta misma razón, los baños de sol, especialmente si se realizan a orillas del mar, están indicados en casos de fracturas, siendo muy buenos en el tratamiento de la osteoporosis. Los rayos de sol pueden incluirse en el tratamiento de algunos trastornos digestivos como las malas digestiones, el estreñimiento, la falta de apetito, la diarrea, cólicos y candidiasis. El sol provoca una mejor circulación de la sangre en los órganos relacionados con la digestión, lo que estimula la secreción de jugos gástricos y la asimilación de los nutrientes.

Pero no conviene tomar baños de sol cuando hay hemorragias, inflamaciones o acidez en el estómago. Además el sol, acompañado de una buena dieta, ejercicio y los baños de aire, estimula el funcionamiento del metabolismo y en consecuencia la secreción de insulina y la asimilación de los hidratos de carbono, fundamentales para el tratamiento de la diabetes. Es recomendable también que aquellas personas con problemas en el sistema respiratorio tomen el sol de cintura para abajo así se descongestionan los pulmones, al mismo tiempo que la persona se beneficia de las propiedades antibióticas y fortalecedoras.

Mediante la helioterapia se han observado resultados positivos en trastornos de la menstruación, insuficiencia en los ovarios o sequedad vaginal. En los hombres, la cura solar se utiliza contra la impotencia, la erección débil y las inflamaciones de la próstata. El efecto tonificante del sol influye asimismo en el área psíquica de la persona, mejorando la sensación de bienestar y ayudando a mantener un buen estado de salud y vitalidad.

Por ello no es de extrañar que las depresiones sean más frecuentes en los países nórdicos, donde la incidencia y las horas de la luz solar son menores. En general, podemos afirmar que la exposición periódica a la luz del sol es un factor básico de salud, sobre todo en personas que sufren distonías neurovegetativas, nerviosismo, agotamiento, funcionamiento insuficiente de las glándulas endocrinas y en los estados anémicos.

Se debe tener en cuenta que la helioterapia o los baños de sol deben realizarse con precaución, en sesiones cortas y a primera y ultima hora del día, y siempre aplicándose antes protector solar.