Casi veinte años después de estrenarlo, los bilbaínos aún no se han puesto de acuerdo en qué nombre darle al puente peatonal que cruza el Nervión a 300 metros del museo Guggenheim, ría arriba. Los que viven en la margen derecha, le dicen puente del Campo Volantín; los de la izquierda, pasarela Uribitarte; en euskera, Zubizuri (puente blanco); y los que se acuerdan del autor, puente de Calatrava, en obvia alusión al arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Tampoco es unánime el juicio que a los bilbaínos les merece el puente en cuestión. Están los que dicen que es arte puro, un objeto que transciende de lo arquitectónico a lo escultural e incluso a lo poético. Y hay quienes, quizá porque lo usan a diario, se quejan de que, con la humedad -habitual en Bilbao y más sobre la ría-, las losas de vidrio resbalan como el hielo, convirtiéndose en conflicto ante los tribunales entre el arquitecto y el ayuntamiento bilbaíno.

En lo que todo el mundo coincide es en que el nuevo Bilbao (a pesar de haberse estrenado ya hace casi dos décadas), el de la remozada margen izquierda del Nervión, comienza en este puente. Justo a su vera, se Torres Isozaki y un poco más abajo, el Guggenheim.

Y desde el museo hasta el puente Euskalduna se suceden a lo largo de un kilómetro de ribera las fuentes interactivas, los parques infantiles con juegos vanguardistas y suelos de caucho, los tranvías verdes y silentes, los céspedes rozagantes, los carriles-bici y las esculturas de Dalí, Chillida, Tücker, Lüpertz…, que jalonan el llamado Paseo de la Memoria.

Al arquitecto César Pelli se debe el proyecto de remodelación de Abandoibarra, como se denomina esta zona, antaño ocupada por vías férreas, astilleros y desechos portuarios, donde hoy se alzan edificios tan vistosos como el centro comercial Zubiarte, de Robert Stern, o el palacio de congresos y de la música Euskalduna, de Federico Soriano y Dolores Palacios, y donde pronto lo hará la biblioteca de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo. Una zona que, aparte de sus evidentes encantos museísticos y arquitectónicos, depara al viajero el placer de alojarse en alguno de los tres hoteles de diseño que se han inaugurado aquí en los últimos tiempos: el Gran Hotel Domine, el Miróhotel y el Sheraton.

A tan sólo 50 metros del Guggenheim, frente por frente de Puppy, el colosal perro floral de Jeff Koons, abre sus puertas el Gran Hotel Domine, diseñado por Javier Mariscal. Colorista e informal, como todas las obras de éste, el hotel presenta una fachada de espejos que multiplica hasta el alucine la acerada silueta del museo. El mismo afán rupturista domina el hall, con su enorme sofá rojo, y el aledaño atrio, presidido por el Ciprés fósil, una escultura de cantos rodados de 90 toneladas de peso y 26 metros de altura que atraviesa las cinco plantas del edificio. Todo ello refleja la visión que el artista tiene de Bilbao como una “ciudad de excesos y contrastes”, y también el desembolso, no menos excesivo, que realizó la cadena hotelera Silken: ¡190 millones de euros!

Hoteles de diseño hay muchos en España. De diseño integral, pocos. Todo, desde los uniformes del personal hasta los colores de la moqueta, pasando por la página web, la vajilla o la imagen corporativa, ha sido ideado o seleccionado por Mariscal.

Frente a la opulencia artística del Domine, que es un auténtico hotel-museo, el Miróhotel –a 200 metros de aquél, en la misma calle– propone el lujo detallista de un hotel-boutique, denominación que le sienta como un traje a medida no sólo por sus reducidas dimensiones –50 habitaciones–, sino por ser obra del diseñador Antonio Miró, quien ha trabajado codo con codo con la decoradora Pilar Líbano y la arquitecta Carmen Abad. Ello no quiere decir que no albergue obras de arte, pues ahí están las fotografías de Ana Laura Aláez, Alberto Peral o Paul Thorel, entre otros, hermoseando las paredes del edificio.

Para el relax, están los jacuzzis y termas del Spa Miró, todo alicatado de mármol negro, color que según los que saben de cromoterapia es el que produce una mayor sensación de paz. Para otro tipo de relax, el bar Miró, donde se celebran periódicamente sesiones de jazz. Y para acabar de convencer a los modernos, el brunch dominical, esa costumbre tan americana de juntar almuerzo y desayuno en una sola comida tipo buffet que Miróhotel ha introducido de forma pionera en Bilbao.