Desde siempre, la Humanidad ha creído y practicado la magia, las artes adivinatorias (las mancias) y  toda suerte de prácticas supersticiosas para dominar a la naturaleza. Desde el advenimiento de la Parapsicología científica, a principios del siglo XX, todas ellas han sido examinadas a la luz de criterios más rigurosos, con el objetivo de separar lo puramente folclórico de lo cierto.

Es lo que ha sucedido con la telepatía, la clarividencia, la precognición, la psicoquinesis y la curación psíquica. Hoy me voy a centrar en esta última, como un caso especial de la influencia de la mente sobre la materia, en este caso, viva. Se puede afirmar que este tipo de curación existe, dado que se ha podido demostrar con experimentos bien controlados, dirigidos por personas provenientes del mundo científico oficial.

Es lo que sucedió con las pruebas llevadas a cabo por el biólogo Bernard Grad, que trabajó con el curandero Estabany en los años sesenta, que tenía la especialidad de imposición de manos. Se utilizaron ratones heridos, ex profeso, y el tratamiento consistió en que el sensitivo los sostenía entre sus manos durante 20 minutos, dos veces al día.

Paralelamente, un asistente sin poderes, los cogía también el mismo tiempo todos los días, para probar la contra hipótesis. Al cabo de catorce días, se comprobó que el grupo de ratones tratados por Estabany había mejorado de forma evidente, tras la medición del cierre de las heridas practicadas. Parecidos resultados se obtuvieron con semillas de cebada “heridas” mediante calor, que tras ser plantadas fueron regadas con agua, curada por el sensitivo. Al cabo del periodo de tiempo acordado para la experiencia, se pudo comprobar que las plantas tratadas por él eran más altas y pesadas que las no tratadas.

Todos conocemos el poder de la sugestión, de la autosugestión, de la actitud positiva, en la mejora de los asuntos humanos, ya sean de salud física o psíquica. Es condición sine qua non, que entre curandero y cliente, exista una relación de confianza suficiente para que las prácticas de aquel produzcan cambios en éste. “Saber” que alguien cuida de nosotros es un poderoso activador del sistema inmunitario. Además, la fama que precede al sanador, contribuye a que sus indicaciones consigan en muchos casos, los efectos esperados. Muchos de los curanderos conocidos dicen ser instrumentos de espíritus, que actuarían a través de ellos produciendo los cambios. Ya sea  con medios no invasivos (imposición de manos, pases magnéticos, oraciones, etc.) o invasivos  (la cirugía psíquica fundamentalmente) los cambios suceden.

Los sanadores son, en general, personas con un sensibilidad exacerbada, son más emotivos que analíticos, excéntricos, histeriformes, y pueden captar información de sus clientes por vía subliminal. Proceden de todas las tradiciones espirituales, y sus “poderes” son equivalentes.

Se puede afirmar que, las curaciones se producen por la fe y de manera no ortodoxa, con ninguna asepsia, como en el caso de los “cirujanos”, sin anestesia, sin dolor, sin hemorragia, con instrumentos toscos. Es el caso del curandero Zé Arigó en Brasil, o Alex Orbito y Tony Azpaoa en Filipinas.

Está claro que estas curaciones chocan con el sentido común del observador, y nos obligan a repensar la realidad misma. No obstante, solo tenemos que recordar aquí que el cuerpo y la mente constituyen un continuo, de modo que si actuamos sobre uno de ellos, repercute en el otro. Es en lo que se basa el conocido efecto placebo, que se obtiene suministrando una medicina “inerte” al paciente, y consigue que éste remonte su enfermedad por la fuerza autocurativa de su propia mente.

Otro ejemplo lo representa el “deseo de vivir”, que en algunas personas es un poderoso aliado para salir de la enfermedad. Lo que antes pensábamos que era imposible, como influir de manera voluntaria sobre el  ritmo cardiaco, hoy se consigue mediante técnicas de biofeedback, de meditación (minfulnes), entrenamiento autógeno, hipnosis, yoga, etc., todas ellas aplicadas tras un entrenamiento riguroso y sostenido en el tiempo.

En occidente, ha prosperado menos este tipo de prácticas porque el modelo imperante de curación se basa, casi en exclusiva, en el modelo médico que describe la biología en términos mecanicistas, donde la mente queda excluida, y su influencia nunca valorada.

Por Carlos Espina, psicólogo.