Una de las situaciones más comunes que se plantea a las personas, en  sentido amplio, es cómo resolver los conflictos que se derivan de la convivencia. Puesto que el hombre es un ser social, que a lo largo de su biografía va a estar implicado en muchos grupos, va a verse obligado a lidiar con numerosas situaciones que pongan a prueba su capacidad de negociación. Nadie ignora que, una de las maneras más frecuentadas para resolver los problemas entre las personas, es que haya un ganador. Podemos llamar a ésta, la solución más clásica. Los partidos de fútbol se resuelven de esa manera, al igual que las discusiones sobre cualquier tema. Pero, a pesar de su aparente lógica, este tipo de solución siempre deja a uno de los contendientes con la amarga sensación de haber sido derrotado. El resultado es que alguien se siente bien y otro mal. Cualquier observador de una situación donde aparezca un derrotado sabe que esa es una solución precaria. Aquello de “yo tengo razón y tú estás equivocado” ha demostrado que el que pierde va a quedar resentido y, posiblemente, con deseos de venganza.

En la convivencia diaria con familiares, amigos y compañeros se ha de huir del tipo de soluciones que dejan a alguien descontento. No cabe duda que si se saben tratar los conflictos, o negociar con ánimo constructivo, no tiene porque haber nadie que acabe “mordiendo el polvo”. Vencer es, con frecuencia, más fácil que convencer, como lo demostró en su tiempo la imposición de la pax romana, basada en el imperio de las armas sobre los pueblos sometidos. Pero el precio de ese tipo de  victorias suele ser muy alto. Por el contrario, la solución yo gano pero tú también ganas, se ha demostrado más madura y duradera, ya que pone igualdad entre las partes. Además, viene avalada por muchas negociaciones exitosas llevadas a cabo en el mundo de la empresa, que es una cancha tradicionalmente dada a los conflictos.

Señalar a los otros sus responsabilidades y obligaciones, no es muy agradable si no se hace en un contexto empático, que esté bien alejado de la imposición. Constituye un arte que no se enseña en ninguna universidad. La llamada “actitud negociadora”, ha de incorporarse a la mente de cualquiera que pretenda tener éxito en la solución de los problemas que se derivan de las relaciones humanas. Tanto si se trata de pequeños asuntos, como el reparto de las tareas del hogar, como de grandes temas –el futuro profesional de un hijo- esa actitud debe presidir el conjunto de los asuntos humanos. Lo que suele suceder es que, uno de los dos contendientes, o los dos a la vez, va con los oídos cerrados a las razones del otro. Si uno no es capaz de trascender sus propios prejuicios, si va atrincherado tras de sus ideas, es seguro que el éxito de la negociación está comprometido de antemano. Es un ejemplo más de la lógica del todo o nada:  venzo y arraso o no quiero saber nada. Hay que decir que esta actitud es, sin ninguna duda, poco compatible con la realidad, que suele ser más compleja y poliédrica. Decía un sabio que la verdad es un “cristal roto” del que cada uno posee un trozo. Si esto es así, y todo parece apuntar en esa dirección, será necesario modificar el propio punto de vista a la hora de negociar. Abandonar las ideas preconcebidas, y sobre todo las propias creencias,  tarea no siempre fácil, es el mejor camino para lograr acuerdos que perduren en el tiempo y no dejen descontentos detrás.

Carlos Espina, psicólogo