La reivindicación de lo comunitario en los cuidados a las personas solas

«El ganchillo se quedará y rematará a saber qué toallas; a saber qué mesas cubrirá. El ganchillo es a la señora de pueblo lo que las pirámides a los faraones. Hacer ganchillo es buscar la inmortalidad a base de suspiros”. –Mendoza: Quién te cerrará los ojos (2017)

Agnès Varda había dedicado toda su vida al cine. Fue una directora socialmente comprometida, irónica, de enorme fuerza pese a su pequeña fragilidad y, sobre todo, un referente del cine feminista.

Del cine con mayúsculas que junto con Truffaut y Godard impulsa la Nouvelle Vague. Y, a pesar de las dificultades, a pesar de que sus ojos claros ya no veían con la misma nitidez con que lo habían hecho antes, decide embarcarse en un penúltimo proyecto cinematográfico. Se une al joven fotógrafo muralista JR. para, montados en una prodigiosa furgoneta que imprime fotografías de gran formato, recorrer los pueblos de Francia encontrándose con la gente, escuchándola, apostando por sus vidas de resistencia frente al capitalismo, frente al machismo, frente a la despoblación. Varda tenía casi 90 años cuando rueda “Caras y lugares”.

Uno ve a esa mujer que construye otro relato más sobre el valor de las historias de la gente corriente, sobre la importancia de seguir haciendo las ocupaciones que dotan de identidad y de sentido nuestras vidas y no puede pensar más que en todas esas personas mayores que viven solas en esos pueblos que, cada año que pasa, anotan una cifra menor en el censo.

Los últimos estudios dicen que en España hay dos millones de personas mayores que viven solas, que 400.000 superan los 80 años. No sólo eso: siete de cada diez personas mayores que viven solas son mujeres. La mitad, viudas.

Más allá de la frialdad de los números está la importancia que tienen las biografías de las personas que, de manera cotidiana, tienen que enfrentarse a la soledad, a los espacios rurales que pierden recursos y posibilidades.

Dos mujeres han escrito dos de los mejores libros de los últimos años para apreciar el cambio que se está imponiendo en el mundo rural: en Quién te cerrará los ojos”, Virginia Mendoza recorre pueblos en los que quedan dos o tres habitantes, esas personas que, como nos certifican los estudios científicos, aunque ya lo sabíamos de tanto hablar y escuchar a las personas mayores, quieren quedarse en los espacios que han habitado durante, en ocasiones, toda su vida: “nada amaban tanto como la vida y ni la soledad ni las ausencias ni los miedos minarían su instinto de permanencia”.  

El otro libro lo ha escrito María Sánchez, veterinaria y poeta. En “Tierra de mujeres” se propone servir de altavoz y dar espacio a las mujeres de nuestros campos, de nuestros pueblos, cuyas voces e historias no han sido protagonistas de ningún otro libro. Hay una petición en ese libro que nos resuena a quienes trabajamos en el ámbito de la atención a las personas mayores: “Cuiden. Como al alcornoque favorito, como a la primera célula”.

¿Y ahora qué? ¿Ahora qué hacemos? Tal vez sea necesario escapar de determinados modelos que priman el ladrillo (de las residencias) frente a una atención de proximidad, de cercanía, de un cuidado compartido en la comunidad. Tal vez sea el momento, como plantea Judith Butler, de que “no puede haber vida corporal sin apoyo social e institucional, sin redes de interdependencia y apoyo mutuo”.

Y precisamente en esas pocas palabras radique una de las fórmulas más “revolucionarias” que nos podemos encontrar para afrontar el futuro de los cuidados a las personas que viven solas, especialmente a aquellas que lo hacen en contextos rurales: posibilitar la creación de redes de personas que sustenten en los aspectos materiales pero sobre todo en los afectivos.

Cuidar implica (pre)ocuparse de construir un espacio adecuado donde se atiendan las necesidades de alimentación e higiene, pero en el que también se proporcione el cuidado afectivo que sólo podemos hacer los otros, las otras; que sólo podemos llevar a cabo si formamos redes que pongan en el centro la vida de las personas y proporcionen los afectos necesarios.

Somos cuando somos cuidados, cuando somos sostenidos en nuestra vulnerabilidad en redes de interdependencia. Y eso sólo lo podemos hacer de manera comunitaria.

Sobre el autor:
Pablo A. Cantero Garlito
Vicedecano de Comunicación, Extensión Cultural y Terapia Ocupacional de la Facultad de Ciencias de la Salud de Talavera de la Reina (Universidad de Castilla La Mancha).

Pablo A. Cantero Garlito