La soledad y las personas mayores

Artículo de opinión de José Agustín Arrieta, presidente de AGIJUPENS:Asociación Guipuzcoana de Jubilados y Pensionistas, UDP Guipúzcoa, sobre la crisis del coronavirus
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Uno tiene la impresión que aunque nuestra sociedad responde con políticas sociales positivas no es suficiente.

Por José Agustín Arrieta, presidente de AGIJUPENS:Asociación Guipuzcoana de Jubilados y Pensionistas, UDP Guipúzcoa

Bien sabemos lo que es la soledad. Creo que casi todos hemos percibido algo de eso en nuestra vida profesional, social  y personal. No es cuestión de mirar en el diccionario, sino de mirarnos los unos a los otros. Últimamente se habla mucho de la soledad de los ancianos, que después de una vida de esfuerzos y trabajos, se encuentran en la nada y hasta desatendidos por los propios hijos o parientes. 

El abandono de la gente mayor es uno de los problemas más graves de la actual sociedad de consumo, donde quienes no son productivos, quienes no aportan algo, no sirven y, consecuentemente, estorban. Una sociedad dirigida por las tres leyes: la ley de la máxima competitividad, la ley de la máxima ganancia y la ley del máximo bienestar por encima de todo, tiene muy poco de humana, o mejor dicho, resulta deshumanizante. Y una sociedad inhumana y deshumanizante es incapaz de acoger cariñosamente a sus ancianos. 

Los datos sociológicos están ahí. Nuestras residencias de mayores reciben pocas visitas de acompañamiento y de amistad. Muchos familiares parecen que están “muy ocupados”. Lo peor que uno puede experimentar es no ocupar lugar alguno en ningún corazón humano. Además se requieren muchos más recursos públicos para que tanto la atención a la dependencia y la atención de las personas residentes en Residencias de Mayores se atienda dignamente sin discriminación económica.

Bien sabemos que la soledad es algo terrible. Uno tiene la impresión que aunque nuestra sociedad responde con políticas sociales positivas no es suficiente. Necesitamos más humanidad, menos egoísmo y más corazón. No es una crítica a la política social sino a la política que practicamos en el día a día.

En este momento me vienen a la memoria las personas que en nuestro mundo están solas, que no ocupan ningún lugar en el corazón de nadie. Estas personas sufren porque nadie las quiere, nadie se interesa por ellas, ni siquiera nadie piensa en ellas. Es esta una terrible soledad no querida que las destroza humanamente hablando. 

Ante esta angustiosa situación me pregunto: ¿cómo estas personas solas y abandonadas que no experimentan ningún amor humano podrán experimentar la paz y el descanso? ¿Cómo sentirán la ternura y la sociedad del bienestar si nadie ha sido tierno con ellos?

Interrogantes que deberían despertar nuestra responsabilidad ante tanta gente abandonada y sola que abre los brazos, despavorida, en busca de un amor que nunca tuvo. La soledad, sinónimo de abandono y aburrimiento, produce desasosiego, tristeza y amargura, en cambio la compañía y la escucha son claves para el bienestar y la calidad de cualquier persona y más de una persona mayor.

La soledad no querida es muy difícil de soportar.

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