Siempre que pensamos en drogas, nos acordamos de ciertos medicamentos (los tranquilizantes), de drogas ilegales (la heroína) y drogas legales (alcohol). Juzgamos a sus consumidores como adictos, como dependientes de sustancias, y, al fin y a la postre, como enfermos, que en realidad es lo que son.

A nadie se le ocurre ver un enfermo, en el sentido psicológico de la palabra, en un consumidor de Televisión, a pesar de que las estadísticas oficiales digan que, los niños ven una media de tres horas diarias y los adultos cuatro. Al ser cifras medias, ello supone que hay muchas personas que superan con creces, el número de horas aquí reseñado. Una vez más, habremos de decir con los médicos que en la dosis está el veneno. Una aspirina puede calmar el dolor de cabeza esporádico, pero tres pastillas tomadas buscando el mismo efecto, sólo que más rápidamente, pueden ocasionar una hemorragia digestiva. Con la TV. sucede algo similar. Dosificando su uso con criterio, y no abusando de ella, nadie puede objetar nada en su contra. El problema viene cuando ésta se convierte en un adicción, que de no consumirse genera el cuadro de la abstinencia: ansiedad, irritación, inquietud, insomnio, etc.

Voy a tratar de dibujar la situación psicológica en la que se coloca la persona tele-dependiente, sin que sea muy consciente de ella. Es una verdad comprobada que, cuantos más canales sensoriales se utilicen en un aprendizaje, más fuerte será la huella en el que aprende. La TV es un medio audio-visual que implica el uso de  dos de los más poderosos sentidos humano, vista y oído. La consecuencia directa es que avasalla de un modo tan fuerte, que induce en el que la ve un estado de absorción  próximo al de la embriaguez, o al trance hipnótico. De resultas de ello, la capacidad crítica necesaria para filtrar lo que se está viendo, queda abolida y la persona reducida a un ser pasivo y apático. A esto habrá de añadirse, la actitud silenciosa y atenta del televidente, que no presta atención a la compañía, si la hubiere. Súmese a esto, ver la TV a oscuras, cómodamente y en pijama, y se completará el cuadro de “entrega” del televidente adicto.

Nos tenemos que preguntar ahora, qué clase de adulto puede quedar atrapado por la pequeña pantalla en la postura descrita, por un tiempo excesivo. La personalidad del teleadicto se caracteriza por ser la de un sujeto muy sugestionable, con pocas defensas psíquicas, dependiente emocional, y muy vulnerable a todo aquello que sale por la TV. Puede extremarse la situación hasta llegar a confundir lo que se ve con la realidad misma, de modo que todo aquello que no sale en TV, no existe. Como se comprueba, ver la televisión en exceso, por ejemplo en fin de semana, puede llevar a una intoxicación aguda. Pero si esta situación se convierte en hábito diario, en sobredosis crónica, la situación final será la alineación del televidente adicto.

En el niño, la situación es definitivamente peor que la descrita para el adulto, por razones evidentes. La primera es que, el niño no cuenta con las necesarios filtros ante la violencia ubicua que se ve en la TV., el erotismo gratuito omnipresente y los espectáculos de la prensa del corazón. Se cifra en quince mil, el número de muertes violentas que el niño puede contemplar al año en su receptor. La consecuencia inmediata de esto es la banalización de la muerte y la consideración de ésta como un espectáculo más, sin mayor trascendencia. Confiar a la TV. como “canguro” de los niños, en lugar de tener un adulto a su lado que explique lo que se ve, que dosifique los tiempos, etc., es el peor escenario que se puede dar para la educación infantil.

Consumir un tiempo excesivo frente al televisor, lleva al niño a no hacer sus deberes de manera adecuada, a no leer libros, que obligan a pensar sin imágenes, a no jugar con otros niños, a no hacer deporte, etc. Esta situación hay que hacerla extensible al uso de todo tipo de pantallas, con resultados parecidos a los aquí descritos para la TV. Las múltiples excusas de los adultos responsables –fatiga, ganas de evasión, no tener tiempo- para no vigilar los excesos en este campo, no es la actitud correcta para la prevención de una adicción de las más potentes que conocemos.

Por Carlos Espina, psicólogo.