Desde el comienzo de la vida, los seres humanos buscan establecer relaciones con sus semejantes para satisfacer diversos objetivos. En un primer momento, vemos como el niño necesita de la relación con la madre para sobrevivir. De la intensidad de ese primer vinculo, se ha hablado hasta la saciedad. No obstante, siempre hay que recordar que de la cantidad y calidad de ese encuentro, va a depender todo el futuro relacional de ese ser que comienza a vivir. Que la madre le sepa proveer de una “base segura” (Bowlby) desde la que explorar el mundo, va a ser determinante para forjar las necesarias relaciones posteriores. Habrá que recordar, también, que la función materna ha de ser “suficientemente buena” (Winnicot) para que el niño crezca con confianza en el universo que le rodea. De lo fuerte que sea el apego que se establezca con las figuras adultas relevantes, va a depender la formación  de un núcleo de personalidad sólido para el futuro adulto. Tras de esa primera relación, vendrán las otras relaciones necesarias: los hermanos, los iguales, los compañeros, los amigos, la pareja, etc. No quiero dejar de mencionar aquí al adolescente, que experimenta una brutal revolución interior como consecuencia de la pérdida de su condición de niño. Tampoco olvidaré al joven, y sus tribulaciones para conocer hacia dónde encaminar sus pasos tras la formación necesaria. Del adulto y del anciano, haré especial mención en las líneas siguientes.

Si las relaciones sociales han sido importantes antes, las que establece el adulto no pierden esa condición. Siempre se ha dicho que las personas adultas han de ser autónomas, para considerarse maduras y desarrolladas. Como si la madurez consistiera en prescindir de los demás para forjarse como individuo libre. Nada más lejos de la realidad. Considerar que, una persona lograda, madura y sana, puede prescindir de los demás, constituye un inmenso error. Estamos en condiciones de afirmar que, la vida del adulto satisfecho pasa, necesariamente, por mantener una interdependencia “saludable” con los demás. No existen personas “isla” felices. En todo momento, el hombre necesita sentirse conectado con los otros hombres, a pesar de los problemas que ese encuentro pueda generar. La idea de salud que hoy mantenemos (OMS), consiste en el bienestar físico, psíquico y social, y no sólo en la ausencia de síntomas. De modo que, el adulto sano, para continuar sano, necesita a los demás. Ya decía Freud, con mucho acierto, que la sanidad psicológica pasaba por amar y trabajar. Cuántas más relaciones se mantengan, más integrada se sentirá la persona en su medio.

Será necesario repetir que, el hombre ha de recorrer un camino que va de la dependencia extrema, que experimentó siendo niño, hasta la interdependencia del adulto adaptado. No hay atajos para este itinerario. Quien piense que la soledad es lo que distingue al ser humano excelente, se vuelve a equivocar. Aquí, también, es necesario un equilibrio entre las dos tendencias: soledad y compañía. Ninguna ha de predominar sobre la otra, pues se descompensaría el binomio. Que la soledad es necesaria está claro, para momentos de creación, de reflexión y proyección individual. Pero sostener que la soledad es el mejor camino para la realización humana, es insostenible a la luz de los conocimientos que nos ofrecen las ciencias del hombre actuales.

En cuanto a la necesidad de tener relaciones en la vejez, hemos de decir que también en ese momento se sigue necesitando de los demás, en un grado nada desdeñable. Parto de la noción de que un anciano no puede vivir solo por múltiples razones. En esta etapa de la vida en que, en mayor o menor medida, acecha la fragilidad, es un pensamiento poco realista pretender seguir solo contra viento y marea. Tras una vida de trabajo, en lo laboral y lo familiar, cuándo se ha perdido el cónyuge y muchos amigos, es momento de acercarse a los demás y reclamar su atención. Sin complejos ni dilaciones. Si la ayuda mutua ha sido una realidad constante para el progreso humano, lo es aún más en la ancianidad. Hoy contamos, afortunadamente, con varias soluciones para la convivencia con personas de la misma fase etaria. Desde las residencias clásicas, los pisos compartidos, las cooperativas de convivencia (cohousing), existen numerosas formas de mantenerse conectado a los demás. Es momento de desterrar la creencia de que el anciano ama la soledad  y solo necesita de compañía de sus pensamientos. Hoy sabemos que, la felicidad mental tiene uno de sus componentes más importantes en el mayor “colchón” social que se pueda mantener y que protege de la depresión.

Por Carlos Espina, psicólogo.