Diferenciar entre lo urgente y lo importante, establecer las prioridades vitales a veces resulta complicado, pero es esencial para vivir en armonía con uno mismo. Por Carlos Espina, psicólogo.

Cuando estamos a solas, es frecuente que pensemos en que nos está aguardando alguna cosa urgente por hacer. Cada uno tiene su propia lista, y todas las listas son buenas. La pregunta es, entonces: ¿para qué nos sirve el pensamiento de estar urgido por tantas cosas de inaplazable realización? Este hábito no es sólo propio de las personas que están sujetas a un rígido horario laboral. También acucia a las personas jubiladas, que se supone tienen más tiempo. Luego, si esto sucede a la mayoría, es que debe ser algo muy general y extendido, que atormenta a todos, y conduce a no estar tranquilo en prácticamente ningún momento. El teléfono que llama y nos urge a levantarlo, el timbrazo de nuestro vecino que quiere un poco de sal, un amigo afligido que nos pide una cita ya, y otro montón de urgencias más, están impidiendo que dirijamos la vista hacia nuestro interior. Allí dentro es donde moran las cosas, nuestras cosas, las realmente importantes, las que nos impulsan a vivir según nuestro propio guión de vida. Solo están esperando ser descubiertas.

Ahora bien, es frecuente que si preguntamos a cualquier persona ¿cuáles son los móviles de su vida? Obtengamos una de las tres respuestas siguientes: un tópico, una duda o una evasiva. Tan poco acostumbrados estamos a responder, que somos incapaces de dar una contestación razonada y madurada, fruto de una reflexión sostenida. Está de moda en el mundillo de la prensa la expresión “hoja de ruta”, que se acuñó hace algún tiempo para resolver un conflicto bélico, muy lejos de aquí. Hoy quiero rescatarlo por su indudable poder descriptivo de aquello que, se supone, conduce la vida personal de cada cual. El conjunto de los objetivos vitales que impulsan a levantarse cada mañana, es la auténtica hoja de ruta que nos conduce inconscientemente.

Aquella gente que vive “automáticamente”, o sea, sin hacerse preguntas comprometidas, respondiendo a todos y a todo de forma impersonal, es la que más necesita descubrir el inventario de sus cosas importantes. Ahora bien, alguien me preguntará: vale, no sé lo que pinto en el mundo, pero ¿cómo puedo saberlo? ¿qué debo hacer? Esas preguntas, nada banales, nos están señalando ya una respuesta. Si estoy acostumbrado a mirar siempre afuera, a lo inmediato y urgente, por qué no probar a dirigir la vista hacia el interior, para ver qué sucede. Es relativamente fácil: sólo hay que cerrar los ojos y dejar el exterior ahí, afuera, y  a continuación, ponerse a escuchar, a escucharse, sería más exacto. Para el que no esté acostumbrado a esta práctica, ya sea por considerarla poco productiva, o como una pérdida de tiempo, yo le diría que repita en esa misma dirección, más veces, con voluntad decidida. Habrá de hacerse frecuentemente, y por poco tiempo al principio, para no aburrirse. Siempre habrá de buscarse un lugar tranquilo y sin compañía. A una hora en que se esté libre de compromisos. Desconectar los teléfonos para que no suenen, y pedir a los que nos acompañan que no nos interrumpan. A continuación, sentados o tumbados, simplemente observar lo que pasa por nuestra cabeza sin ejercer censura. Todo vale, no hay que oponerse a lo que venga. Comprobaremos que los pensamientos van y vienen, entran y salen, porque es lo que hacen habitualmente. Ese es el ritmo de nuestra mente, a un pensamiento le sucede otro, y  a ese otro, otro más, y así sucesivamente, hasta el infinito. En resumen, no hay tranquilidad para escucharse, para encontrar y ordenar los pensamientos importantes y poner lógica en el caos. Si somos capaces de aquietar la mente, irán apareciendo, con tiempo y ejercicio,  nuestras prioridades, nuestros móviles vitales, aquello por lo que nos movemos realmente. Hay que decir que, lo que aguarda es un camino que se habrá de recorrer en todas sus etapas pues no hay atajos. Es una práctica muy diferente de la que se ha llevado de forma habitual, es un camino hacia nuestro propio interior, al final de cuyo recorrido nos aguarda el timón de nuestra propia vida.