Todos los días estoy rodeada de personas que van perdiendo sus recuerdos y, sobre todo, su identidad. Aun así, no desisto en intentar que sigan siendo ellos mismos y que saquen su verdadero yo. Unos son conscientes, en cierto modo, de lo que les pasa, otros, lejos de creer que les pasa algo, piensan que no necesitan nada de nadie. Os podéis imaginar las diferentes fórmulas que hay que utilizar para relacionarse con unos y con otros. No es tan diferente a la vida misma con tus familiares, tus amigos, tus vecinos… cada uno son de una manera y a cada uno lo llevamos como podemos.

Ellos necesitan normalizar todas las situaciones, que cada día sea como uno más de los muchos que ya han vivido, que nosotros les vayamos marcando los pasos, pero sin quitarles las riendas de su vida.

Los que saben hacer esto genial son los niños. Para ellos “son personas normales”, y así es como les tratan. Les miran con los mismos ojos que miran a cualquier otra persona, no les ponen la etiqueta de Alzheimer.

Cuando los niños entran en el centro donde yo trabajo, las sonrisas aparecen en las caras de los abuelos y los ojos les brillan de forma especial. Pero sobre todo, sale a la luz su papel de abuelos, vuelven a ser ellos los que cuidan, ellos los que les dicen lo que está bien y lo que no, ellos los que tienen que preocuparse por los demás. Los niños les devuelven su identidad y eso es lo mejor que les puede pasar. Por un espacio de tiempo vuelven a ser ellos mismos.

El poder ayudar a que las personas con Alzheimer vivan sus propias vidas es algo increíble. Hay pocas cosas en esta vida que te den tanta satisfacción. Escuchar cómo te dan las gracias, saborear esos besos sinceros, escuchar cómo se ríen… todas estas cosas y muchas más son las que me dicen cada día la suerte que tengo de trabajar con ellos.

Muchas gracias a todos los abuelos que me habéis permitido ayudaros en vuestros días con Alzheimer.