Quiero comenzar afirmando que todos conocemos el miedo por haberlo sentido en nuestra vida. Se puede decir que es la emoción que primero conocemos, al entrar en el mundo, y la última que sentimos al abandonarlo. Es la más arcaica, que nos va a acompañar toda la vida, y su experiencia deja una honda huella en todos nosotros.

Al principio de la vida, y por carecer de palabras para nombrarlo, el miedo lo vamos a sentir de forma directa y física, sin mediación ninguna. Ya Freud dejó escrito que, el “yo” al principio de la vida, es un yo físico, que no hay mentalización suficiente para “traducir” lo que llega a través de los sentidos a términos psíquicos. A partir de esas sensaciones primarias, sin poderlas nombrar, el miedo va a estar presente durante toda la vida, pues por mucho que lo intentemos, y se ha intentado, nunca nos desprendernos de él. La experiencia que tenemos todos es que es un estado emocional que nos causa disgusto, y que por tener conciencia, podemos reflexionar sobre él, y conocer su origen y aplicar medidas paliativas.

Hemos de decir del miedo que, también, es nuestro gran aliado, ya que si no lo tuviéramos, nuestra vida correría múltiples peligros, tanto en el plano físico, para evitar enfermedades, como en el psíquico, por el enorme poder desestabilizador que tiene sobre el equilibrio personal. Estamos, pues, ante una emoción con un gran poder adaptativo que nos evita muchos riesgos y nos ayuda a sobrevivir.

La primera clasificación que se ha hecho de esta emoción es triple: la llamamos miedo cuando el estímulo que la produce está presente y puede ser observado por todos, es lo que sucede con el fuego, que si nos acercamos mucho, nos quema; luego está la ansiedad, que sentimos en ausencia de un peligro cierto, pero que imaginamos amenazador, como sucede ante la proximidad de un examen, cuyo resultado nos inquieta; por último, está la angustia, que definiremos como el miedo que se siente por medio del cuerpo, en sus vísceras y aparatos, que tiene expresiones del tipo: “no me pasa la comida”, “no puedo dormir”, “me falta el aire”.

En cuanto a su variación, es enorme entre las personas, ya que va desde la que apenas se le nota, hasta la que siempre exhibe una actitud temerosa. En lo que toca a la intensidad, existe un continuo que va desde la preocupación más o menos notoria, hasta la crisis de pánico, en que la persona se encuentra gravemente perturbada. En lo que se coincide de modo general, es que las manifestaciones del miedo son universales, y las sentimos todos a través de señales somáticas, como temblores, palidez, sudoración, etcétera.

Todas ellas constituyen la herencia inherente a nuestra condición humana. La vivencia de esta emoción, es estrictamente personal, y va desde el miedo más extendido a la oscuridad, hasta el más personal de las fobias individuales. Otra característica del miedo es la sensación que proporciona de urgencia y tensión, de que se tiene que enfrentar o escapar de él. Las medidas se habrán de tomar de manera inmediata: frente al resbalón en la escalera, la solución es asirse sin dudarlo, no se puede reflexionar entre diversas alternativas.

De lo dicho hasta ahora, se deduce que el miedo es una emoción necesaria para la vida. Que nos advierte de los riesgos del vivir. Pero como todo, se ha de expresar con medida: un miedo que yo controlo es aceptable; un cierto estrés es saludable, pero un miedo que nos desborda y paraliza, nos debe llevar a buscar ayuda. Es bien sabido que cuando el miedo aprieta, buscamos la presencia y la compañía de los otros, que sentimos protectores. Es la misma reacción que experimentamos de niños, cuando ante el miedo, buscábamos la presencia protectora de la madre. Ella era como un refugio seguro ante cualquier eventualidad amenazante.

De adultos, también sentimos necesidad de los demás para tranquilizarnos. Es una manera eficaz de combatirlo, poderlo verbalizar ante alguien que nos dé acogida y se muestre solidario. Alguien que nos ayude a pensar sobre cómo superarlo, ya que, como decíamos al principio, nunca va a desaparecer del todo. Hay que convivir con el miedo. El ser humano siempre ha luchado contra múltiples factores amenazantes, combatiéndolos con mejor o peor fortuna. El valor, el coraje, han propulsado a las personas a buscar soluciones, y así debe seguir siendo.

El miedo que tanto nos resta, debe ser enfrentado para superarlo. El adulto sano debe luchar, y a diferencia del niño que fue, aquel que buscaba cobijo debajo de las sábanas ante la presencia de los fantasmas, debe buscar el origen de sus miedos para superarlos. Primero, tomar conciencia, luego ir a por él. Hay muchas acciones que se pueden poner en marcha contra el miedo, desde técnicas activas de relajación, de meditación, hasta el recurso de los amigos, familiares, asociaciones y profesionales de la salud, que pueden ayudar. Todo antes que sucumbir ante él y quedar incapacitados.

Por Carlos Espina, psicólogo.