Cuando yo era un estudiante de derecho -sustantivo y adjetivo- del trabajo, y de la seguridad social, creía que lo máximo en sabiduría, eran los cálculos actuariales. Y se hablaba de ello a la manera mistérica, con unción y respeto. La capitalización, y el reparto, reinaban en la cuestión de pensiones, y tomado el camino del reparto, por España, a nadie le era concebible aportar nada nuevo. Era sacrosanto.

-Mira hijo, ese señor, de enorme cerebro, es un actuario. Descubrámonos en señal de respeto, y cedámosle el paso.

Pero con los años, he podido ver, con horror, que la pirámide de población es la que manda. La demografía, no los actuarios. Y una modificación sustancial -por unas modas, y unas políticas erróneas- la han deformado, hasta llegar a invertirse, y parecerse a una peonza, y esto pone la cuestión en un peligro evidente. Por más que los fondos, busquen rentabilidad en los mercados garantizados, y se trate de añadir dosis de capitalización a ese reparto, la tortuga alcanzará al veloz Aquiles, y Zenón de Elea, se partirá de risa, con esta aporía.

Retrasada la jubilación, los años que puedan ser, que no dan para mucho, por más que la medicina, y la esperanza de vida aporten longevidad –que no es ya productividad, porque el ser humano es como es- la pensión, en nuestro sistema, es cuestión de cotizaciones, y de hijos que produzcamos, y eduquemos, como buenos cotizantes, y esta correlación –estrechísima- no se ha valorado debidamente a la hora de fijar la cantidad final de la pensión. Se ha llevado a cabo a bulto. Todos café. Los hijos, amigo, tienen un coste tirando a alto, y las rentas no invertidas en hijos, por falta de vocación, o por infertilidad, deben ir a bolsas de capitalización de cara al futuro. Al fin, lo de cañones o mantequilla, de Samuelson. La postura de la célebre Chamosa, es un poco el ejemplo de cómo se actúa en esto, y no debe ser.

Los legisladores, y los gobiernos, no han previsto, o no quieren ver, lo trascendente de ayudar a las familias, generosamente, invertir en ellas, y fomentar la natalidad, en lugar del aborto. Ahora, ha quedado a la vista, cómo los chinos se pasaron en la limitación de descendencia, y corrigen el tiro. Un hijo es un gasto para la familia, que producirá en su día para el Estado, pues sus cotizaciones, y contribuciones impositivas -mayores a mayor cualificación, e inversión en ello- contribuirán al gasto en pensiones. Además, la familia se ha manifestado como el mejor apoyo al Estado y al orden, en las crisis, y malos tiempos.

Sería muy rentable, que las políticas sociales fueran en ese sentido. La pensión, debería estar en relación directa al número de hijos habidos, o adoptados, y educados, hasta cierta cantidad, porque son los que en el futuro contribuirán a ese gasto creciente, y sobre los que en un altísimo porcentaje, va a gravitar la realidad. Ser generosos y realistas, no es ningún error, es ser inteligentes. Si hacemos políticas miserables, nos llenaremos de miserables –lo estamos viendo- y no arreglaremos nada.

Es algo muy serio, que merece toda la atención de los gobernantes, y de asesores muy cualificados. Hoy es posible ensayar modelos de todo tipo, y luchar contra esa peonza, que gira amenazadora, sobre las cabezas de los futuros pensionistas.

La cicatería en la materia, por parte del responsable de turno, y la filosofía de no complicarse la vida –total, para cuatro años- debe dar un giro, y afrontar el problema. No es cuestión de ocurrencias, tan de moda. Si usted se ahorra criar y educar, al menos, a un hijo –lo evita- no espere mucho de la administración el día que cese de cotizar. La administración debe entender que con ese ahorro, y sin descendencia, en muy buena parte, si no en el total, debe ir a buscarse usted la vida por su lado, en una entidad, que se lo garantice, y la administración le aportará un mínimo de esas cotizaciones suyas, que en su momento, se consumieron en reparto. Pongamos que un mínimo vital. Usted no ha sido perceptor de ayudas por hijo, en alimentación, vestido y educación, ni se ha esforzado en ellos. Usted, como no ha gastado en hijos, se supone que habrá ahorrado, y capitalizado esos fondos, y no le preocupará el asunto. Se desentenderá. Lo que no puede ser es que usted no aporte al cimiento del sistema –que son los hijos- se lo gaste alegremente, y espere que se preocupen de usted.

Si el Estado, apuesta por la demografía, y ayuda a las familias españolas, y a las mujeres embarazadas, generosamente, pasado un tiempo, comenzará a recibir cotizaciones de esos hijos, que durarán toda su vida laboral, amortizará lo invertido, y dispondrá de ingresos para abonar las pensiones. No es tan fácil, por supuesto, y esto requiere un profundo estudio, y cálculos serios, pero en gran parte el problema estará solucionado. Que las españolas experimenten el aliento del reino de España. Serán muy otras. La pirámide –engrosando su base- habrá recuperado su figura poliédrica, y por vía de impuestos, o atemperando los gastos, habrá garantía de percepción, y reposición de nuevos españoles, que no es poco. Al fin, sistema propio de capitalización para unos –que han optado por ello- con una pequeña parte de reparto, para que los tarambanas no sean problema, y por otro lado, sistema de reparto garantizado en el tiempo, con rejuvenecimiento de la población, y nuevas generaciones españolas. Futuro.

Merece la pena entrar en ello, y darle vueltas, pero lo que no es posible es mirar para otro lado, y esperar que sean el Alzheimer, y la caquexia, los que arreglen esto.

Cantando vienes, cantando vas.

Al año que viene, ya me lo dirás.

Por Pelayo del Riego, secretario general de Fundación Deyna