Es de dominio general que la vida es un camino por el que todos transitamos que no está exento de riesgos. Algún pesimista recalcitrante llega a afirmar también, que es una enfermedad mortal, pues al final acaba con todos nosotros. Esta claro que existen obstáculos y peligros con los que hay que contar, pero afirmar que la vida es solo eso, es quedarse corto. En honor a la verdad, hay que decir que la vida tiene aspectos difíciles, pero también agradables, y que la combinación de ambos constituye un todo estimulante que merece ser vivido. No obstante, hoy nos vamos a concentrar en hallar la relación que existe entre personalidad y riesgo buscado. La vida plena nos exige madurez para vivirla, quiero decir que, hay que ser consciente de las fortalezas y  vulnerabilidades propias para tomar las decisiones que dirijan la acción. Todos habremos de buscar objetivos en la vida realizables y seguros en la medida de lo posible. Ahora bien, la novedad también nos atrae por los retos y desafíos que comporta. La sabiduría popular afirma que, dónde no hay riesgo no hay logro. Pero, todo con medida, nada en exceso. El riesgo nos lo podemos representar como un continuo en cuyo origen está la asunción de un cierto peligro y en el extremo opuesto la autodestrucción del sujeto. Entre medias, hay un gran número de fórmulas personales.

Todos sabemos que la etapa juvenil es la más propicia a todo género de riesgos exagerados: promiscuidad, drogas, deportes extremos, etcétera. Pero también hay ciertos adultos que buscan toda clase de riesgos gratuitos, que quieren vivirlo todo, y apurarlo todo hasta las heces. Su divisa parece ser conseguir el más difícil todavía, siempre y en cualquier circunstancia, como en el circo. Ambas etapas vitales compartirían un mismo rasgo que es la inmadurez afectiva, o ausencia de un yo consolidado y maduro. Todo exceso supone la compensación de una carencia, o como siempre se ha dicho: “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. De esta manera, hay un cierto tipo de personalidad, hiperemotiva e inestable,  que se puede enganchar a cualquier tipo de adicción al riesgo, ya sea clásica, como el alcoholismo, o más modernas como las compras compulsivas, el culto al cuerpo o el mundo virtual. En todas estas adicciones, predomina lo que conocemos como pensamiento mágico, que es un vestigio infantil, que lleva aparejada la ilusión de que se puede “controlar” la situación en el momento en que quiera. He de aclarar aquí que, todo impulso adictivo se caracteriza por desposeer a la persona de su libertad interior y su capacidad reflexiva, convirtiéndole en un enfermo en sentido psicológico. La persona volcada en la búsqueda de todo tipo de riesgos, también participa de la clase de personalidad descrita, cuando no de otra más grave como la límite. En cualquier caso, hemos de decir que todo aquello que tiene una expresión exagerada en la conducta personal, es signo de que algo funciona mal. El gran vacío interior presente en muchas personas predispuestas, les lleva a cultivar toda clase de riesgos para sentirse vibrar con impactos fuertes. La vida ordinaria no representa para ellos más que una pesada carga sin gusto alguno.

Mención aparte merecen las llamadas profesiones de riesgo, donde las personas que las desempeñan están sometidas a mucha presión psicológica, por el continuo contacto con el peligro. Los bomberos, los sanitarios, los policías,  perciben el riesgo constante en sus vidas, pero éste es suprimido de manera consciente, para permitir el servicio a los demás. No ocurre lo mismo con otra profesión de riesgo, pero buscado, como la de torero, donde la principal motivación es la búsqueda de gloria y admiración como gratificación narcisista del yo.

Por Carlos Espina, psicólogo