Lo hace con la misma fuerza que entonces, sorteando todos los obstáculos de la Sierra de Alfabía, a través de 13 túneles. Su atractivo reside en el doble viaje que nos propone: Uno, en el espacio, a lo largo de sus 27 kilómetros de vía estrecha. Y otro, en el tiempo, hacia el pasado. El recorrido, de una hora de duración, ofrece unas vistas únicas de la isla, con la Sierra de Tramuntana, mirando al Mediterráneo. Si comenzamos el viaje en el pueblo de Sóller, a tres kilómetros de su bahía y su puerto, el tren nos sumerge en un vergel de naranjos y limoneros, que florecen de una manera vertiginosa en invierno y mantienen sus llamativos frutos hasta el verano. Según ascendemos por la montaña, los huertos de cítricos van dejando paso a los bancales de olivos milenarios, a cual más viejo y retorcido. Y llega un momento en el que todo el valle, con su vegetación y sus tres pueblos –Sóller, Fornalutx y Biniaraix– quedan a los pies en una vista única que llega hasta el mar. Sumidos en este placer visual, cabe pararse a pensar en la obra de ingeniería que lo hizo posible hace 93 años.

El ferrocarril de Sóller realiza desde 1912 ininterrumpidamente y a diario el trayecto en tren entre Palma de Mallorca y Sóller de 27,3 km y desde 1913 el trayecto en tranvía entre Sóller y el Puerto de Sóller de 4,9 km. El ferrocarril se caracteriza entre otras cosas por ser un ferrocarril de vía estrecha, con un ancho de vía de 914 mm (yarda inglesa) poco común en la actualidad y por presentar un material móvil antiguo muy variado y de carácter detallista y mantenimiento artesanal.

Salvando los desniveles de la isla se accede a vistas espectaculares.

Salvando los desniveles de la isla se accede a vistas espectaculares.

Además, el ferrocarril de Sóller destaca por el especial y atractivo trayecto que realiza superando la barrera natural que supone la Sierra de Alfàbia, con sus 2,8 km de ancho y 496 metros de alto. Para ello el ferrocarril en un tramo de tan sólo siete kilómetros supera un desnivel de 199 metros, atraviesa trece túneles con longitudes que van de los 33 hasta los 2.876 metros, sobrepasa varios puentes, el viaducto del “cinc-ponts” de cinco arcos con luces de 8 metros de altura y cuantiosas curvas, algunas con radios inferiores a los 190 metros.

En su ascenso a la montaña, el ferrocarril salva un desnivel de más de 50 metros sobre el torrente de Monreals a través del viaducto de Cinc Ponts, llamado así por sus cinco arcos, que forman parte del paisaje desde 1910. Después, llega el momento de entrar en el Túnel Major, que es como el túnel del tiempo. En su interior, de casi tres kilómetros de longitud, el tren alcanza el punto más alto de la ascensión, dentro de la montaña, y hacia la mitad, inicia el descenso.

Será la tenue luz de las antiguas lamparitas que iluminan suavemente el interior y llenan la madera de destellos cálidos; o, quizá, el lento cha-ca-cha, el crujido de la madera y el chirrido de los engranajes, que se intensifican en el hueco de la montaña; tal vez influya también el bamboleo brusco, acompasado, casi hipnótico, que produce la tracción de la vieja locomotora… Pero todo ello produce un efecto de ensoñación que traslada al viajero directamente a otra época, la de principios del siglo XX, con sus señores de chaleco y sombrero, y sus señoras de vestido largo y sombrilla, aquellos burgueses, terratenientes o industriales textiles, cuyo capital y espíritu emprendedor hicieron posible el ferrocarril que rompería su aislamiento dentro de la isla. Cuentan que, cuando la locomotora era de vapor, los viajeros contenían la respiración todo lo que podían en cada túnel para no tragar el humo acumulado.

En el puerto conviven las embarcaciones de siempre con las más modernas.

En el puerto conviven las embarcaciones de siempre con las más modernas.

A partir de 1919, el viaje dejó de ser un suplicio gracias a la locomotora eléctrica, que aún hoy, reparación tras reparación, sigue tirando de los cinco vagones 11 veces al día. En su camino a Palma, el tren realiza su primera parada en el municipio de Bunyola, que marca el ecuador del trayecto. A partir de ahí, los túneles y las curvas dan paso a un trazado recto y prácticamente llano, flanqueado por almendros en gran parte de su recorrido, lo que hace de la primavera la mejor estación para subirse al centenario tren. Hoy, todos sus viejos vagones –los de primera clase, con sillones acolchados, y los de segunda, con bancos de madera– son un medio de transporte más para los mallorquines. Pero, sobre todo, el tren de Sóller es la gran atracción de los turistas. Para su regocijo, el convoy realiza una parada en un mirador con vistas panorámicas sobre el valle y la bahía. La mayoría de sus pasajeros aprovecha el viaje para pasar la jornada en Sóller, una localidad encantadora que también es origen y destino de numerosas rutas campestres. En sus edificios modernistas se adivina el esplendor de hace un siglo. Por sus calles transita una mezcla homogénea de habitantes autóctonos y extranjeros que le añade un punto de modernidad cosmopolita insólito. Y en la estación, alojada en un edificio de 1606, bajamos del tren y subimos al tranvía, que nos llevará hasta el mar en un trayecto de 20 minutos. Con su carrocería metálica policromada y sus bancos de madera, también se conserva fiel a su origen, en 1913, y nos permite disfrutar, una vez más, de un paisaje de cuento, entre naranjos.