Hay quienes consideran que la imaginación es una forma de evasión de la realidad. Otros, como el territorio propio de la niñez, o como una forma inmadura del pensamiento impropia del adulto. Según esta concepción, parecería que las personas “normales” han de configurar su mundo sólo desde el pensamiento racional y lógico, rechazando la fantasía. De esta manera, el ejercicio de la imaginación estaría reservado a mentes más cercanas a lo artístico, y en general, a las personas más creadoras, tales como escritores, compositores y pintores. Una vez más, debemos rechazar estas ideas por inexactas y poco respetuosas con el sentir humano más general.

La imaginación, por el contrario, no tiene nada de insano, ni es patrimonio de ningún elegido, sino algo que nos permite sobrevivir como especie, en muchas circunstancias. Se podría afirmar que, es lo que nos distingue de otros mamíferos superiores. La imaginación nos ayuda a lidiar con la soledad, a ordenar nuestras propias ideas y pasar revista a la realidad interna. Está claro que es muy activa en la infancia, cuando el niño juega y está sólo. De esta forma, el niño construye ficciones que le sirven como ejercicio y entrenamiento para el futuro, y siempre que la realidad  se vuelva insatisfactoria. No ha de caber duda que las “fantasías compensatorias”, cuando la realidad es dolorosa, tienen una función sanadora. Tanto para el niño, como para el adulto solitario, recurrir a la imaginación creadora supone poblar su mundo con imágenes que le arropan. Se ha dicho que el hombre es un “animal descontento” que utiliza su imaginación como entretenimiento generador de ideas. Ya dijo Freud que, la insatisfacción genera todo tipo de fantasías encaminadas al cumplimiento del deseo…

Estamos en condiciones de afirmar que, el ser humano no habría logrado nada de lo que conocemos como sus realizaciones de no haber sido por el ejercicio de su imaginación. En el terreno de la creación, la imaginación tiene una amplia presencia. Son muchos los escritores que gracias a una florida imaginación han superado crisis personales y elaborado sus materiales . Escribir les ha servido como terapia para no enloquecer. Un ejemplo de esto lo representa el escritor inglés  Kipling, que junto a su hermana, fueron confiados a una familia amiga mientras sus padres viajaron a Inglaterra. El autor recuerda que fue tal el horror que sintió durante los cinco años de ausencia paterna, que si no hubiera sido por el ejercicio de su imaginación, no hubiera podido resistir ese cautiverio. El carecer del apoyo paterno necesario, le llevó a inventar historias que le salvaron la vida.

Algo parecido acontece con las personas que han tenido una pérdida personal significativa en sus vidas. Para aquellos que poseen habilidades creativas, existe un hilo conductor que va de la ausencia del amado, pasa por un estado de depresión lógica y termina en la creación. Gracias a que pueden elaborar el duelo por la pérdida, de manera imaginativa, dan forma a su sufrimiento creando “realidades” intangibles desde su yo herido. Tanto la escritura como otras actividades de creación, son modos de enfrentar de manera activa las pérdidas, tengan éstas el origen que tengan. Constituyen procesos de reparación de la herida recibida que generan una realización externa en forma de obras. Es indudable que muchas personas que no poseen estas habilidades, se estarán preguntando si para ellas no existe la salvación por la creación. Hemos de decir que la imaginación está en todos, y todos podemos ser creativos desde nuestras capacidades. De modo que un acto creativo tan común como el hacer una buena tortilla de patatas, tiene tanta relevancia como un poema bien construido para quien lo hace. Ambas son creaciones a las que se han aplicado imaginación y fantasía y se concretan en algo que se puede ofrecer al exterior. Al igual que la vida cotidiana individual, la imaginación la puede moldear hasta hacer de ella una auténtica obra creativa, de arte, que causa admiración a quien la ve. Tanto el proceso de lograrse como ser humano, como el proceso de creación, son tareas que prolongan toda la vida y  exigen un esfuerzo sostenido para llevarlas a buen fin.

Por Carlos Espina, psicólogo.